Chapter 5
La inspectora Esther Alonso era una mujer alta, rotunda de carnes, morena y resultona, cerca de los treinta años.
De buena familia, nacida en la gran ciudad, sus padres no habían visto con buenos ojos que, después de terminar sus estudios de Derecho, con tan buenas notas, y pensando ya en colocarla en un distinguido despacho de abogados, se dedicara a opositar al Cuerpo de Inspectores, de la escala ejecutiva de la carrera de la Policía.
Su sueño secreto, que no había confesado a nadie, ni siquiera a su compañero "Angus", era el de entrar en el grupo de élite de las pocas señoras comisarias del país.
Pero primero había de ascender por promoción y años de antigüedad a Inspector-Jefe.
Para ello se dedicaba a fondo a acumular méritos y a ese fin aplicaba su gran inteligencia y tesón.
Hacía tres años que estaba a las órdenes del Inspector-Jefe Daniel Hurtado, poco después de terminar las prácticas en una Comisaría del Centro de Madrid.
Soltera, segura de sí misma y enamorada de su trabajo, tenía un eterno novio desde los veinte años.
Y mientras se labraba un futuro profesional, arreglaba el piso de la cooperativa cuyas llaves les habían entregado el último verano.
Pasaba ora la enfermedad de su madre u ora la de su hermana la pequeña.
No se casaba y, sin pena ni gloria, iban pasando los años de noviazgo, empalideciendo aquellas primeras ilusiones de pasar por el altar o, al menos, de vivir juntos.
Poco a poco el trabajo le iba absorbiendo su vida privada y le seducía más resolver un caso que ir a cenar con su querido Javier.
El prometido, en realidad, tampoco había puesto mucho empeño en los dos últimos años, para que las veladas que pasaban juntos, tuvieran alguna gracia.
La rutina de la década que llevaban juntos había consolidado un afecto casi fraternal que hacía que ni siquiera se les pasara por la cabeza la idea de replantear su relación.
La fecha de la boda se había ido convirtiendo en un tema tabú y ya ni siquiera disimulaban con frases del estilo "cuando nos casemos haremos esto" o "después de la boda haremos aquello".
Se encontraba ante un chalet adosado de la urbanización "Los Rosales", en San Lorenzo de El Escorial.
Llamó al timbre, colocado al lado de un buzón verde, e, inmediatamente, se oyeron unos ladridos, seguidos de una voz mandando callar.
Ante su vista apareció una atractiva mujer rubia, de ojos verdes, joven y muy delgada, acompañada por un "cocker spaniel" de color canela que daba continuos saltos a su alrededor.
—Hola, soy Camino ¿Es la inspectora Alonso? No tenga cuidado con el perro, no muerde. Pase, pase, en realidad le estaba esperando con impaciencia y angustia desde que me llamaron. No puedo creer que mi amiga Rosa haya desaparecido así, por las buenas. ¡Ha tenido que pasar algo!
Le hizo pasar a un gran salón. Apartó un camión de plástico del sillón de imitación en terciopelo azul y le ofreció asiento.
Tiró al suelo otros juguetes que ocupaban la mesita de centro, y se acercó para sí misma una silla de madera de pino.
Nerviosa, encendió un cigarrillo, temblorosos los delgados dedos sobre el mechero de plástico.
—Como ya le hemos informado por teléfono, su amiga Rosa no regresó a su domicilio ayer domingo. Su exmarido fue el que puso la denuncia y, tras unas primeras averiguaciones, hemos decidido ocuparnos seriamente del asunto. No parece ser una desaparición voluntaria ...
—¡Eso se lo puedo asegurar! ¡Aquí ha ocurrido algo!
Rosa es mi mejor amiga y le puedo decir que nunca jamás abandonaría a los niños.
Para ella es lo más importante de su vida y ni se le ocurriría irse a la esquina sin ellos.
Además, dejar el trabajo, la familia, con la que está tan unida.
Eso es impensable, no me lo puedo creer.
Algo muy, pero que muy grave, habrá ocurrido para hacer una cosa así ¿Han mirado en todos los hospitales?
—Si, si, es lo primero que hemos comprobado.
En estos momentos el Inspector-Jefe ha ido a los juzgados para conseguir una orden de registro de la casa de su amiga y un poder para intervenir sus cuentas bancarias.
Mientras tanto me ha enviado aquí para hablar con usted, si no le importa. ¿Están muy unidas?
—Si, mucho, nos lo contamos todo, hablamos casi a diario. Somos un apoyo continuo la una para la otra.
—¿Está usted separada?
—Si, igual que ella, y también tengo dos hijos, pero más pequeños —y señaló los juguetes y demás objetos que los niños habían desperdigado por el salón.
—¿Salen mucho juntas?
—La verdad es que no. Yo tengo novio y, por diversas razones, solemos quedarnos en mi casa o en Madrid, y Rosa, sin embargo, pues va más de acá para allá.
Tiene sus actividades, su senderismo. Aunque sí que procuramos hacer alguna acampada con sus hermanos y sobrinos, o planificamos juntas algunos días de vacaciones en verano.
Antes, cuando mi horario de trabajo me lo permitía, nos veíamos para comer todas las semanas.
Ahora es más difícil, pero siempre que podemos quedamos para pasar un rato las dos.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio?
—¡Qué pregunta tan pesimista! ¡La última vez!
Suena fatal —suspiró largamente mientras se mordía el labio inferior—.
Creo que fue el lunes pasado, cuando fue a verme al herbolario en el que trabajo.
Como actualmente no cerramos al mediodía, siempre que puede, que no suele ser muchas veces por no dejar la ficha a alguna compañera de trabajo, se pasa y charlamos entre cliente y cliente.
—¿Le notó algo raro? ¿Tenía algún problema en especial?
—Bueno, no es que no tuviera problemas, los habituales, pero no estaba especialmente alterada, no noté nada que me llamara la atención.
— ¿Tiene, digamos, algún amigo especial?
— En estos momentos, no. Hacía poco que había roto una relación, pero ahora estaba tranquila.
—¿Sabe si tiene enemigos? ¿Se ha peleado con alguien?
—Hay uno que no sé si se le puede considerar enemigo, lo que sí sé es que la lleva persiguiendo desde hace tres años, un antiguo novio, Aladino, el leonés.
Pero a mí siempre me ha parecido bastante inofensivo.
Es muy pesadito, llamando por teléfono continuamente, no sé, no le veo atacando a nadie, aunque se ha llegado a esconder detrás de un árbol y todo para espiarla o le ha seguido cuando cogía el autobús.
Hace un par de meses Rosa se pegó un buen susto con él.
La inspectora adelantó la cabeza, y se arrellanó con interés en el sillón, a la vez que con los ojos le invitó a continuar con el relato.
—Según me contó, estaba comiendo con un amigo en un restaurante que hay al lado del trabajo de Rosa y donde suele ir a comer varias veces en semana, cuando se levantó para ir al cuarto de baño.
No fue pequeña su sorpresa cuando se lo encontró sentado tranquilamente en una mesa cercana, tomando él mismo el menú del día y sonriéndole como si fuera lo más normal del mundo.
Dijo que era una casualidad que se hubieran encontrado en la misma casa de comidas.
—Y ¿conoce usted a este leonés?
—Sí, le vi una vez y me pareció un buen hombre.
Pero es hijo único, huérfano de padre desde los trece años, y vive con su madre, que debe ser muy posesiva y le ha inculcado a su hijo excesiva prevención contra las mujeres.
Fue muy desconfiado con Rosa, ella le aguantó muchas faenas durante todo un año y lo más gracioso del tema es que fue Aladino el que la dejó.
Por lo visto, él se dio cuenta demasiado tarde de lo mucho que la quería y de lo profundamente enamorado que estaba y ha estado intentando recuperarla todo este tiempo.
Pero hace años que se está pasando, está muy obsesionado, como enfermo, y no se llega a creer que cuando le están diciendo "no" es que es "no".
Un tipo un poco retorcido, creo. ¡Y eso que parecía tan normal!