Diario de una desaparición Chapter 4
10%

Chapter 4

—¿Rutina? —le preguntó al Inspector-Jefe Daniel Hurtado, cuando éste le hubo explicado parcamente el caso, sentados en el asiento trasero del coche que les conducía a la casa de la mujer desaparecida.

—Más les valdría.

—¿Por qué lo dice, señor Hurtado? —y es que estaba deseando, al revés que su jefe, complicarse la existencia con un "verdadero" caso de desaparición, y no de personas que desaparecen voluntariamente, como ocurría la mayoría de las veces.

—Ciertos detalles que..., ah, hemos llegado.

El conductor aparcó en un gran hueco y se apearon del vehículo. Estaban en un tranquilo barrio de jubilados en la Dehesa de la Villa, entraron en un modesto pero limpio portal y, ante la ausencia de ascensor, subieron presurosos los dos pisos que había hasta llegar a la casa a la que se dirigían.

—Acabo de hablar con el exmarido por teléfono y nos está esperando —le comentó Daniel Hurtado en el rellano de las escaleras, a la par que apretaba el timbre, que sonó a canto de chicharra—, tome buena cuenta, y no sólo escrita, de todo y déjeme llevar a mí el interrogatorio.

En un principio no podemos registrar la casa y este señor tampoco tiene derecho, pero dejemos que sea él quien nos facilite las cosas y, si las circunstancias lo requieren, pediremos una orden judicial.

La puerta blindada se abrió y un hombre de unos cuarenta años, sin afeitar, les franqueó la entrada.

Vestía vaqueros marrones, una informal camisa de cuadros y unas pequeñas chancletas en los pies, que claramente no eran suyas.

Unas grandes gafas le tapaban la mitad de la cara, de la que, aun siendo delgado, rebosaba una visible papada.

De rasgos equilibrados, denotaba un pasado atractivo, perdido ahora quizás por una cierta dejadez.

Obsequioso, les invitó a pasar al salón, con la soltura de quien está en su propia casa.

Detrás de él observaron un enorme gato negro, que salió corriendo hacia una de las habitaciones.

—¿Es la policía, ¿verdad? —y estrechó las manos de los dos inspectores mientras se presentaban por sus nombres y cargos—, soy Antonio Lacarra, el marido de Rosa, siéntense, por favor.

—¿No están por aquí los niños? —preguntó Daniel Hurtado, pues había esperado hablar con ellos, tomando nota mental del detalle de haberse calificado a sí mismo como todavía marido.

— Se los he llevado a mi madre, esto les tiene nerviosos y así les evito la tensión de esperar en su propia casa. Por otra parte, me deja las manos libres por si hay que colaborar, hacer algo...

—De momento, nos ayudaría en gran manera si nos contestara a unas preguntas. Como el asunto es, cuando menos, delicado, si no grave, pueden resultarle incluso molestas o indiscretas, pero créanos nos es nuestra intención ofenderle.

—Adelante, les contestaré en todo lo que yo sepa.

—En principio, aun cuando no parece ser el caso, y sólo por rutina, he de preguntarle, ¿sabe si tiene alguna relación con el mundo de la droga, o de la delincuencia organizada?, ¿Está metida en política o en sindicatos?

—¡En cuanto a lo primero, eso sería absolutamente impensable!

Rosa no andaría metida en algo turbio de ese estilo ni por casualidad.

Como verá por la casa, y pese a que yo les paso una buena pensión, vive, junto a mis hijos, en una casa de mediano nivel.

Pero ya no es simplemente por eso, es que no le va nada.

Es una funcionaria del Estado, con una vida normal, y dedicada a su familia.

No miren en esa dirección, que no van a ir a parar a ninguna parte.

Por lo que respecta a la política u otras cosas por el estilo, siempre ha tenido sus opiniones, claro está, pero, que yo sepa, nunca le ha interesado meterse en ningún partido o sindicato.

—No se preocupe, no estoy sugiriendo nada, sólo eran vías de investigación que hay que ir descartando. En realidad, no parece ser el caso. Y dígame, ¿qué me puede decir de las personas que le vieron por última vez?

—No sé si les voy a poder ayudar en ese sentido.

Primero, les diré que, aunque mantengo mucho contacto con la madre de mis hijos y llamo todos los días por teléfono para hablar con ellos, la relación se ciñe en exclusiva a organizar los pormenores de las visitas a los niños o los problemas que éstos puedan tener.

Verán ¿fuman? ¿no? —se levantó del sillón, nervioso, para encender un cigarrillo y continuó—.

Pues verán, nuestra relación como pareja separada puede decirse que se sale de lo normal.

—¿En qué sentido?

—En el positivo. Nos llevamos bien, ella no tiene ningún problema de dinero conmigo, y más de una vez le he adelantado o prestado algunas cantidades cuando me lo ha pedido.

Incluso, en un principio, y hasta un año y medio después de separarnos, cuando se trasladó a vivir a Madrid desde Guadalajara, seguimos con la misma cuenta en el banco, sin necesidad de pasarle yo una pensión, sencillamente cada uno cogíamos de la cuenta lo que necesitábamos.

Y ya no es sólo por la cuestión económica, sino que el Convenio de separación fue de mutuo acuerdo, pero no lo cumplimos estrictamente.

—Y ¿cómo es eso? —le animó a hablar el Inspector-Jefe, aunque no parecía que hiciera mucha falta.

—Pues porque el régimen de visitas, o de vacaciones o de lo que sea, no lo llevamos según estipula el Convenio, sino, por el bien de los niños y también según nuestras necesidades, sobre todo por mis guardias, decidimos sobre la marcha en dónde van a estar los niños el fin de semana.

Además, me suelo pasar a verlos entre semana la tarde que a mí mejor me venga, siempre que no tengan algún cumpleaños o hayan quedado con los compañeros del colegio para hacer un trabajo o ensayar algo.

—Económicamente, ¿tiene problemas?

— ¿Rosa o yo? ¿Ella? Bueno, les puedo decir que está algo pillada por la hipoteca de esta casa que se compró a los dos años de separarnos, aunque disponga de dinero, entre mi pensión y su sueldo, para vivir decentemente.

—Usted, ¿le paga por transferencia?

—Nada de eso, en mano. Al principio de cada mes, se lo voy dando en dos o tres días, según lo saco del cajero, así nos resulta más cómodo.

—Y ¿sabría decirnos dónde tiene la cuenta Rosa? Debemos averiguar si ha habido movimiento con las tarjetas de crédito, dinero disponible, si ha tocado la nómina, en fin, si se ha producido algún cambio económico en los últimos tiempos.

—Buscando teléfonos, he visto que en la mesilla de su cuarto tiene dos tarjetas de débito de Bankia y algún recibo. Un momento, que ahora se las traigo.

—Se lo agradeceríamos mucho, puede ser importante —los dos policías se miraron, pues seguramente Antonio había hecho un cierto registro, quizás morboso, de la casa hasta poder toparse con las tarjetas.

Los teléfonos los podía encontrar en la agenda y no parecía necesario abrir el cajón de la mesilla del dormitorio.

Al instante, les presentaba un par de tarjetas y un recibo de una transferencia en el que se podían leer dos nombres. En la línea superior, el de Rosa Laborda Pardo y abajo el de algun pariente, a juzgar por los apellidos, Teresa Pardo Pimentel.

—Esa es mi suegra. Por lo visto tienen una cuenta conjunta. Lo malo es que está de viaje, pero pueden hablar con mis cuñados los solteros, aún viven con ella y sabrán cuándo vuelve.

—No se preocupe, si lo viéramos preciso, pediríamos permiso al juez para investigar la cuenta, la casa o lo que haga falta.

Esta es una primera aproximación a lo que puede haber sucedido, pero si lo necesitáramos rápidamente podríamos acceder a las cuentas bancarias o a registrar la casa y sus pertenencias.

—¡Esperen un momento! No les he dicho que se ha dejado el bolso. Es lógico ya que llevaba mochila, ahora mismo se lo traigo— Y desapareció otra vez por la puerta. — Estaba en la entrada, donde lo coloca siempre.

—¡Qué barbaridad, cómo pesa este bolso! ¿Qué guardarán dentro las mujeres? —exclamó admirativamente Angus, que lo había cogido de manos de Antonio para pasárselo a su jefe.

—Ahora mismo lo comprobaremos —respondió el Señor Hurtado, el semblante serio, dando a entender que ellos no estaban allí para cotillear el bolso de ninguna mujer, sino que iba a ser examinado científicamente en busca de pruebas—. Vaya revoltijo de papeles, lo mejor será vaciarlo sobre la mesa.

Rápidamente volcó el contenido del bolso, y a la vista de todos, y componiendo una montaña, aparecieron un paquete de pañuelos de papel, calendarios de bolsillo, un estuche de pinturas, papeles de notas, clips, recibos de diferentes compras, un monedero con 10 euros y algunas monedas sueltas, un metrobús gastado, unas gafas de sol sin funda, dos bolígrafos, uno azul y otro rojo, un pasador de pelo negro, el boletín de la Seguridad Social de los funcionarios, Muface, y por último, el Carnet de Identidad, del tipo nuevo, pequeño y reluciente, con su chip dorado.

—¿Es una persona distraída? ¿Saldría a la calle sin los papeles del seguro o sin su NIF?

—Por lo que yo sé, perfectamente. Es un tema del que no se preocupa lo más mínimo, en lo que a ella se refiere.

Pero cuando hace la bolsa de los niños para el fin de semana nunca se le olvida, en el bolsillo con cremallera exterior, una fotocopia de la tarjeta sanitaria y las recetas con descuento de la Mutua de los funcionarios.

—¿Y el carnet de conducir, lo llevaría consigo?

—Eso supongo que sí, y también faltan las llaves del coche y de la casa.

—Mire, por otro lado, necesitamos hacernos una idea de las relaciones personales que tenga ella, de los sitios que frecuenta, ambiente de trabajo, y otros detalles que nos puedan ayudar.

—De su trabajo, luego les doy el teléfono y la dirección para que se pasen y hablen con sus compañeros.

Además, es una persona muy activa, y sé que los martes por la tarde, hacia las siete o así, colabora en un taller literario, pero no sé exactamente el centro cultural, supongo que será del barrio.

En cuanto a amigos, sólo les puedo decir los nombres que más me suenan o un par de amigas a las que he visto en dos o tres ocasiones, cuando he venido a buscar a los niños.

Hay una tal Irene, que vive en Valencia y otra, que trabaja en un herbolario y no sé si vive en Guadalajara o Madrid y que se llama Camino.

Además, están sus amigos de las marchas de senderismo.

—Entonces, de la vida, digamos más íntima, de Rosa ¿no nos puede decir nada?

—Si se refieren a su vida sentimental, si sale con alguien o no, la verdad, actualmente no tengo ni idea, pero en el pasado ha habido alguno que ha sonado más, si no me equivoco salió con un extranjero, después conocí a un tal Felipe y después oí hablar a mis hijos, y yo mismo cogí el teléfono una vez, de un leonés, este duró más, fue un tal Aladino.

Si quieren, voy a por la agenda de teléfonos y a ver si sacamos algo en claro.

No acababa de decir estas últimas palabras cuando se levantó por tercera vez, nervioso y dirigió de nuevo al dormitorio, que es donde la señora de la casa tenía el único teléfono de la vivienda, inalámbrico, y a los pocos segundos, se encontraba de vuelta con una libreta, en la mano, de tapas marrones, de imitación piel con apliques verdes. Se la tendió al Señor Hurtado.

—Bien, muchas gracias, con esto será suficiente de momento. Es posible, de todas formas, que necesitemos hablar con los niños, que son, al fin y al cabo, los que viven con su mujer, por lo que indíquenos el teléfono de sus suegros y su dirección por si tenemos que ponernos en contacto con ellos.

—¿Qué creen ustedes que ha podido pasarle? —esta vez la pregunta sonó emotiva, a la vez que se le dilataba la pupila, oscureciendo aún más sus ojos agrandados por las gafas de hipermétrope.

—No lo sabemos aún, pueden ser tantas cosas. Simplemente, esperemos que haya sido una desaparición voluntaria y pronto la tengamos otra vez en su casa.

Y tras prometerle nuevamente que iban a dedicar toda su atención a la búsqueda, se despidieron.

—No parece que tenga mucha idea de por dónde anda su exmujer, por mucho que presuma de relación positiva —comentó Angus en tono irónico ya en el coche, de vuelta a la Brigada.

—Pero por ayudar que no quede ¿verdad?

—¿Por qué dice Vd. eso? ¿Cree que ha estado demasiado amable?

—De momento es muy pronto para sugerir nada, pero éste parece ser más un perro ladrador que mordedor.