Chapter 3
Como cada día, el despertador de Daniel Hurtado apenas necesitó de un pitido para que su dueño, velozmente, lo apagara con tino y de un solo toque.
Su mujer, de sueño más pesado, no solía escuchar tan leve e interrumpido sonido, o, como mucho, se arrebujaba un poco más entre las cálidas sábanas.
El teléfono, colocado en la mesilla del dormitorio, a la izquierda de la oreja de su marido, no había sonado a horas intempestivas en las últimas tres o cuatro noches y tenía que aprovechar esa paz temporal.
Eran los inconvenientes habituales de estar casada con un Inspector-Jefe de Homicidios, aunque, gracias a Dios, desde que le encargaran la Sección de Desaparecidos, de la Brigada de la Policía Judicial, el tema de los horarios se había relajado un tanto.
Mientras se embadurnaba la cara con espuma de afeitar, aprovechó ese instante diario frente al espejo para observar de nuevo aquel rostro tan familiar, echando la boca a un lado y a otro, al tiempo que la hoja daba pasadas hábiles sobre la dura y negra barba.
El cabello, ralo y oscuro, lo había peinado en pocos segundos y, mucho se temía, cada vez era menos lo que tardaba en ordenarlo metódicamente en su cráneo alargado.
Los ojos grises le miraban sobre el blanco espumoso, a la vez que iba dejando al descubierto las mejillas hundidas, la mandíbula alargada y los labios finos, casi en rictus permanente, que apenas dejaban entrever los amarillentos dientes de ex fumador.
Se había encorvado para efectuar con corrección el rutinario afeitado, pues el espejo estaba democráticamente colocado para que las dos personas que día a día se asomaban en él pudieran hacerlo.
Siendo él tan alto y su mujer de tan escasa de estatura -de jóvenes les decían que parecían el puntito y la i- llegaron al acuerdo de elegir un sitio intermedio en la pared para que ambos tuvieran la oportunidad de obtener el fiel reflejo.
Una vez vestido discretamente con traje gris oscuro y corbata azul marino, se dirigió a grandes pasos a la cocina.
En ésta le esperaba ya el café humeante, fruto del puntual programador que, en los días en los que no surgía ninguna urgencia en su trabajo, le tenía listo el brebaje.
Le gustaba amargo, muy caliente y sin azúcar, y a pequeños sorbos, para no escaldarse la garganta, y sin sentarse, se lo tomó.
Paladeó hasta el final de la taza, donde apreció con la mirada, la nariz en medio, los últimos posos del café.
Llegar a su trabajo le costó menos de veinte minutos, dando un paseo. Se consideraba un privilegiado en la gran ciudad. Vivir tan cerca de la Brigada le ahorraba tiempo en los cuatro desplazamientos que, como poco, tenía que efectuar cada día.
—¿Alguna cosa? —preguntó de camino a su despacho al inspector Ramírez, de la Sección de Delincuencia Violenta, que había estado de guardia.
—Una posible desaparición, tiene una copia de la denuncia en su mesa.
—Espero que no me complique la mañana, ¿otro niño se ha escapado de casa?
—Esta vez me parece que ha sido la mamá.
—Bueno, le echaré un vistazo.
Entró rápidamente a su despacho, se quitó la chaqueta, la colgó con sumo cuidado en una percha y la guardó en un armarito metálico. La habitación era pequeña pero moderna, sin ningún detalle personal. La denuncia estaba encima de su mesa, al lado del teclado del ordenador.
"Otra vez que alguien se larga con su amante", pensó, después de leerla por encima en pocos minutos. Vio que la desaparición había sido denunciada por el exmarido. "Y, lógicamente, el ex estará que trina y la arma porque a fin de cuentas le han dejado a su cargo a los niños así, de sopetón".
Los informes de Tráfico y de los hospitales descartaban que la mujer hubiera sufrido un accidente de coche, en el área de la provincia de Madrid, al menos.
La última persona que había visto a la mujer la había dejado al lado de su coche, al parecer un Ibiza blanco de los antiguos.
Ese vehículo había sido buscado por una patrulla de policías por las inmediaciones de la Plaza Castilla, que es donde supuestamente lo había aparcado su propietaria y al lado del cual había sido acompañada por el amigo, y de momento no había sido hallado.
Esto hacía pensar que Rosa Laborda salió de allí conduciendo su propio coche.
El por qué no había llegado a su casa era el quid de la cuestión y era trabajo suyo averiguarlo.
Además, para más INRI, no tenía móvil para poder rastrear sus llamadas.
Solo el 30 por cien de la población del país no tiene móvil, le dijo su analítica memoria y le ha tenido que tocar a ella.
Mientras releía los detalles del caso, no muchos más, tuvo la impresión de que el asunto no iba a ser tan sencillo como pudiera parecer en un principio.
La idea de la fuga amorosa no podía descartarla, de hecho, las próximas actuaciones seguirían esa línea, pero habría que ir pensando en que se encontrarían con desarrollos más dramáticos.
Asomó la cabeza por la puerta de su despacho, estiró el cuello e intentó averiguar si los inspectores asignados a su Sección de Desaparecidos, la inspectora Esther Alonso y el inspector Angustias Ondarreta, Angus, habían subido de la cafetería, ya desayunados.
Le pareció ver detrás de la pantalla de su ordenador el cabello castaño y corto de Angus y le llamó.
—Nos vamos, una desaparecida —le comunicó mientras se acercaba—. Por el camino le explicaré los detalles del caso.
No había terminado de decirlo, cuando su subordinado ya se había levantado de un salto, emocionado y saltarín como siempre que tenía que abandonar la oficina y se le ofrecía la oportunidad de desempeñar trabajo de calle.
Del inspector Ondarreta, un joven moreno, de rasgos corrientes pero expresivos, alto y muy delgado, lo primero en que se fijaba la gente era en su nombre de pila, claramente femenino.
Ser un varón y llamarse Angustias le había proporcionado continuos disgustos desde su infancia, haciendo honor a su significado pesimista.
El nombrecito le marcó un carácter susceptible y peleón y ya en el jardín de infancia, antes de que le insultaran con el ¡nena!
, prefería ser él mismo el primero que pegara, a lo macho, por si acaso.
El tener un diminutivo más masculino, arreglaba un poco la cuestión, pero tampoco le entusiasmaba.
Angus evocaba a un viejo y gruñón "Pa" americano, con sombrero vaquero, fumando en pipa en la mecedora de su porche, al tiempo que llama con voz chillona a "Ma".
Lo que sí le sacaba de quicio era contestar a la manida pregunta del porqué de su patronímico. Por ello, cuando llegaba nuevo a un sitio, reunía a la gente, para no tener que repetirse, y se lo explicaba.
—¿Angustias? —le preguntaban siempre, como si la gente estuviera sorda, y no pronunciara lo bastante clarito.
—Si, y, escuchadme bien porque no voy a volver a explicarlo más, a mí me llamaron Angustias, por las idem que pasó mi madre en un parto que duró siete días con sus siete noches.
Sufrió tanto que, para vengarse del responsable de tanto dolor, que fui yo, qué se le va a hacer, no se le ocurrió mayor putada que ponerme Angustias.
Y ahora —terminaba con voz grave y cara de malas pulgas— no quiero volver a oír nada del asuntito de mi nombre por los restos ¿estamos? , me llamáis Angus y santas pascuas.
Y, es más, referente al nombre, incluso era posible que se hubiera hecho policía porque pensaba que necesitaba un trabajo en el que los compañeros no se llamaran por su nombre, sino que se citaran unos a otros por el apellido y en el que la gente de fuera le tuviera un respeto.
Descartó la medicina porque, aunque le gustaba aquello de Doctor Ondarreta, no soportaba el olor de los hospitales y era muy aprensivo.
También había pensado en el magisterio, por lo de Señor Ondarreta y porque los niños le encantaban, pero también reconocía que podían ser muy crueles y ya se imaginaba que enseguida harían mofa y befa, apodándole como poco "La Angustias" o cualquier otra lindeza de las que se les ocurrían a los pequeños terroristas.
Para militar, por aquello de oír ser llamado General o Comandante Ondarreta, simplemente, no servía, eso de estar saludando con la mano en la cabeza todo el día y de ser destinado a quién sabe qué remotos lugares cada poco tiempo no estaba hecho para él.
Pero lo de inspector Ondarreta sí le había sonado bien y tras terminar la licenciatura de Derecho y estudiar las fuertes oposiciones que se requerían para entrar en la escala ejecutiva, consiguió aprobar, de ello hacía ya tres años.
Los primeros dos años se los había pasado en la academia de Ávila, ocho meses de práctica en una comisaría de Parla, y en la actualidad se encontraba, desde hacía ya más de un año, en su primer destino, ya fijo.