Chapter 1 #2
—¿Sabes qué te digo? Que salgo para allá.
Escucha, Alejandro, tengo el móvil, si mamá llega mientras estoy de camino me llamas inmediatamente.
No te preocupes, que se habrá quedado tirada por ahí con el coche, habrá sido la batería o algo, con lo “despistes” que es, y no podrá telefonear.
De todas formas, voy a llamar a tu abuela Teresa. A ver si sabe algo.
—La abuela se ha ido al Uruguay con el tío Ernesto.
—Bueno, pues hablaré con tus tíos.
No habían pasado tres cuartos de hora cuando Antonio aparcaba su coche al lado mismo del portal. Subió las escaleras de tres en tres y entró en la casa. Su hijo mayor le esperaba tras el dintel, con el semblante serio.
—No ha venido y ha llamado el tío Tomás, preguntando que si ya habíamos tenido noticias.
—Vayamos por partes, hijo. Hoy tenía que irse de marcha con el grupo ese con el que se suele ir los domingos, ¿no?, pues dame la agenda de teléfonos y dime a quién llamo.
—Están Pepe, el de las risitas, y Rafa, uno bajito.
—Vamos a ver, a ver, ¡joderr!, aquí no hay quién encuentre nada, tu madre no debe saberse el alfabeto, Pepe, Pepe, ah, aquí está, en la R, cómo no —nervioso, marcó el teléfono indicado en negro en la agenda, conviviendo con diversas direcciones cada cual apuntada con una letra o color diferentes.
—Ñiicc, ñiicc, pii, pii, ¡Hola!, en este momento no estoy en casa, pero déjame el recado en esta máquina infernal, pii, pii, que cuando yo llegue ella se encargará de dármelo.
—¡Dios, tiene puesto una mierda de cacharro contestador! Probaremos con el otro, dime cuál era. Rafa, Rafa, vaya, casualmente está en la R, al lado de Telepizza.
—Holaa, muy buenaas, vamos a ver, como habréis comprobado no estoy aquí en casa, es el arte artefacto éste explosivo, en el cual podéis decir lo que queráis.
¡Eh, no os cortéis nada! Vamos no me insultéis eh, que nada, yo suelo estar aquí en casa sobre las ocho y media y nueve y media, que es cuando, no sé, suelo estar por aquí cenando y cosas de esas que se hacen por las tardes.
Así es que nada, sé que el mensaje es un poco largo y lo siento, así es que pido disculpas por no estar aquí, aunque hay un poquito de mí, que es mi voz, ¿vale?
—Lo que me faltaba, otro contestador, y éste tiene la biblia en verso, me ha tenido media hora, qué gente, deberían estar prohibidas las chorradas. ¿A quién más puedo recurrir?
—No sé, papá, pero podrías dejar un recado a Pepe y así nos llama en cuanto que llegue.
— Tienes razón, hijo, ahora mismo llamo otra vez. A ver, ¿dónde estaba el número ese? ¡Ah, aquí!
—Dígame —Tras marcar, en un sólo timbrazo, escuchó una aturdida voz masculina, al propietario de la cual había despertado en la primera llamada.
El pobre Pepe estaba totalmente dormido, se había pegado un buen susto al oír sonar su teléfono a aquellas horas y mientras hacía el esfuerzo de despejarse la cabeza del sueño profundo y paralizante en el que acababa de caer, su "máquina infernal" se había hecho cargo de la situación.
Después, sin ningún motivo en concreto, se había quedado sentado en el frío comedor, a la espera de que volviera a sonar, y, si era el caso, atrapar el auricular al vuelo.
—Hola, mira, tú no me conoces, verás, soy Antonio. Perdona que te moleste a estas horas, mira, soy el exmarido de Rosa... y es que, verás, estoy aquí en su casa y no ha llegado, quería preguntarte si ha ido de marcha hoy con vosotros.
—Si, si, ya, eres el padre de Bárbara y Alejandro.
¿Has sido tú el de antes? ¿Sí? Bueno, sólo te puedo decir que sí, que ha venido a La Pedriza con nosotros, precisamente en mi coche, con mi amiga Lola y conmigo, y la he dejado en la Plaza Castilla, justo a la altura de su coche, sobre las siete de la tarde.
—¿Ha dicho si iba a algún otro sitio después?
—La verdad es que no ha comentado nada en ningún sentido.
En el camino se ha medio dormida, iba sola atrás, se ha tumbado y no ha hablado gran cosa.
Quizás porque hoy nos hemos dado una paliza.
Hemos subido hasta El Yelmo, unos cuatro o cinco del grupo se nos han perdido, o como lo llama Rosa, traspapelado, y hasta que los pudimos encontrar ha habido que andar bastante.
Cuando por fin llegamos a mi coche, estábamos cansados y, ya te digo, que ni para hablar.
Otros días sí sé que tiene prisa por llegar a tiempo, por los niños, pero hoy precisamente no he oído que dijera nada. Más que nada porque íbamos en silencio.
—Gracias, Pepe, probaré a buscarla por otro lado.
—Desde luego, y si sabes algo, haz el favor de avisarme, ya me he quedado preocupado yo también.
— Otra vez gracias, y adiós —colgó el aparato, esta vez alterado, y pensando que las cosas tomaban un mal cariz— Alejandro, vete a la cama. Mientras voy a seguir haciendo llamadas. No te preocupes, no será nada, duérmete, mientras yo sigo haciendo averiguaciones.
—Yo no me acuesto —protestó su hijo, pálido— no tengo sueño, quiero ayudar, no pienso...
—Vale, de acuerdo, te quedas. Lo primero que haremos será llamar a la policía, al 112.
—Policía dígame —respondió una voz masculina de inmediato.
—Verá, mi exmujer no ha vuelto a su casa. Se había ido hoy de excursión y sus compañeros de marcha la dejaron al lado de su coche a las siete de la tarde y todavía no ha regresado, para diez minutos que tendría que haber tardado desde la Plaza Castilla hasta aquí ...
—¿No se habrá ido a otro sitio?
—No, no, ella sabía que yo iba a dejarle los niños y me iba a ir a mi propia casa. Nunca lo ha hecho, como mucho retrasarse, pero no aparecer así, es extraño, con lo tarde que es.
—Mire, va a tener que poner una denuncia. ¿Desde dónde llama?
—Desde la Dehesa de la Villa.
—Eso corresponde a la comisaría de Tetuán, acérquese y pondremos en marcha la búsqueda.
—Bien, ahora voy para allá —colgó despacio el auricular e inspiró aire fuertemente antes de dirigirse a su hijo, que no se había perdido palabra de su conversación con el policía— Alex, me voy a poner esa denuncia.
Hijo, te quedas de hombre de la casa. Acuéstate en la cama de tu madre, al lado del teléfono y así, si hay novedades me las comunicas al instante.