Diario de una desaparición
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Chapter 1
—No contesta nadie, papá —, informó Alejandro mientras llamaba al telefonillo, al lado de su hermana Bárbara, que daba saltitos impacientes de un pie al otro.
—Dale un poco más —insistió Antonio, su padre—, si no pediremos la llave a la vecina. No creo que tarde, dijo a las nueve y son casi las diez de la noche.
Se iba a producir la habitual "entrega" de niños de domingo por la noche, después de haber pasado el fin de semana en Guadalajara con el padre separado.
No era la primera vez que llegaban al domicilio de los niños en Madrid, en la Dehesa de la Villa, y que su madre, Rosa, no había regresado aún.
Ésta solía practicar senderismo los domingos y no había hora fija de llegada. Era una tarde de octubre.
Se encontraban ante un viejo y pequeño portal.
A lo alto, en la esquina derecha, un escudo del yugo y las flechas demostraba que era una vivienda de protección oficial de los tiempos del general Franco.
La arquitectura de las casas, de desgastado ladrillo rojo anaranjado, estaba en consonancia con otras tantas miles que se construyeron en los años sesenta para las gentes "humildes" en toda España.
En los tiempos que corrían se habían revalorizado, por la construcción del metro y por su excelente situación al lado de uno de los pulmones con los que se podía aliviar la contaminada ciudad.
Jardines con setos, acacias y adelfas, de barato mantenimiento, caminos de tierra y un parque con anticuadas estructuras metálicas amarillas en las que jugaban los niños, hacían de este lugar un barrio tranquilo para la mayoría de los jubilados que lo habitaban.
"Otra vez que no está esta tía", pensó Antonio, harto de que su exmujer hiciera lo que le viniera en gana.
"Ahora me toca subir a la casa de la vecina y aguantar todas sus amabilidades, ya podría darme una copia de las llaves, mira que se las he pedido miles de veces, pero, sin decirme que no, me dice, ya, ya, y no me las da.
Si hasta me he ofrecido voluntario y todo para hacerlas yo mismo en el ferretero, o, como el otro día, que le indiqué un sitio cerca de aquí donde hacen este tipo de llaves de seguridad.
Desde luego, no vive poco bien ni nada, siempre feliz, saliendo siempre que le apetece, ya no le importa dejar a los niños solos, con tal de divertirse.
Y yo aquí pringado, todo el puto día haciendo guardias en el hospital o en la carretera jugándome la vida para ver a mis hijos".
—Papá, ¿llamamos a Julia, la vecina, y le pedimos las llaves? ¡No vamos a estar en el portal hasta que aparezca mamá!—, era Bárbara, que estaba deseando entrar a su casa para saludar a su nueva tortuga, Pinky, preocupada de que se muriera de soledad.
"Qué guapa está y en qué mujer se va a convertir de mayor", pensó su padre mientras subían los dos pisos de la vivienda, sin ascensor.
Bárbara era una niña de once años, muy delgadita, pero con gracia, atractiva, naricilla chata, ojos castaños, con una sonrisa casi permanente, el pelo rubio oscuro, largo y espeso, y, en conjunto, con ángel.
A su lado iba Alejandro, que ya había cumplido los catorce y era un adolescente serio, reservado, espigando ya un guapo mozo, con sus granos y espinillas varias, la pelusilla aspirante a bigote sobre el labio superior, y cariñoso exclusivamente con sus padres y su tío Bernardo, el de los ordenadores, y, ocasionalmente, con su hermana.
Al abrir la puerta del piso, los niños se abalanzaron sobre los moradores de la casa.
Alejandro corrió a abrazar a su gato Miki, al que una amiga de su madre llamaba "la pantera", por su color negro, su gran tamaño y su mucho pelo de angora, mientras que Bárbara voló a su cuarto a ver el estado de su querida tortuguita, que, al parecer, no había fallecido en su aislamiento de un día, y que, más bien, se encontraba feliz y libre de tantas atenciones.
—¡Niños, niños, dejad esos horribles bichos y poneros rápidamente el pijama!
Yo ya me tengo que ir para Guadalajara—, chilló Antonio, a la vez que miraba la hora y no mentaba en voz alta una larga lista de familiares de la madre de sus hijos, que no estaba donde debía, esperando su llegada—.
Me voy, ya os llamaré cuando llegue a mi casa.
No os preocupéis, que vuestra madre está a punto de llegar.
Y como no le da la gana tener móvil, le voy a dejar una nota, que he escrito detrás del menú del colegio de Bárbara, cuando llegue que la lea.
"Rosa:
No puedo esperar más, son las once menos cuarto y me voy a Guadalajara.
Los niños ya han cenado. Les he comprado unas hamburguesas y se las han comido en el coche, y se han puesto el pijama.
Cuando llegues, llámame, que te quiero comentar unas cosas del colegio de Alejandro.
Si tuvieras móvil, no tendríamos que andar con estas notitas. "
No era aún la hora indicada en la nota, pero era habitual siempre poner una hora más acorde con los sentimientos de remordimientos que quería provocar.
A veces interesaba poner un tiempo más temprano, para que cuando volviera la madre sintiera que había dejado a los niños solos y desamparados más tiempo de lo aconsejable, o más tardío, si lo que intentaba era hacer ver que había estado más horas de las precisas en su papel de padre separado amantísimo de sus criaturas.
Era muy típico de él, que no sabía aún que el contestador gratuito de la telefónica decía siempre la hora en que había llamado cualquier persona que dejara un mensaje, decir, "Rosa, son las ocho y media de la tarde y me voy, dejo los niños solos", cuando la chivata y eficiente voz de la telefónica había transmitido previamente: "Tiene un mensaje nuevo.
Mensaje número uno, recibido el día tres de diciembre a las diecinueve horas y dos minutos exactamente ".
A la hora y media, y ya desde su casa de Guadalajara, Antonio descolgó el teléfono para intentar ver si había venido ya Rosa.
Vivía en un gran dúplex que compartía con su amante, llamada Chelo, y conocida por los niños en la casa de su ex como "La ejem" o "La que tú ya sabes...
", porque su madre (que no se andaba con tantas contemplaciones y que siempre que hablaba del tema con sus amigas la citaba como "La pindonga esa") no les permitía nombrar el motivo de la ruptura de su matrimonio.
Telefoneaba por pura rutina, sencillamente estaba convencido de que ya había vuelto, porque lo de esperar su llamada, sabía perfectamente que podía quedarse sentado, o, si no, como mucho podía aspirar a un timbrazo de teléfono y ya, lo cual indicaba que querían que fuera él quien llamase y sólo él se gastase su dinero en teléfono, que menudo dineral se gastaba en hablar todos los días, incluso varias veces por jornada, con sus hijos, como padre divorciado modelo que se consideraba con gran convencimiento.
Se había comprado un móvil especialmente para llamarlos.
—¿Otra vez colgado del teléfono para llamar a Madrid?
—le recriminó "La Ejem", como hacía siempre que le pillaba en tan repetida situación—, estoy más que hasta el moño de que en esta casa, que por cierto es de mi madre y por ello pagamos una miseria por ella, no hagas otra cosa que recurrir a la excusa de tus hijos, aun cuando no estén, sin ocuparte de mí, que parezco un adorno más entre tus libros de pediatría.
—Shhh, calla, hola Alejandro ¿ha venido ya tu madre?
—No, papá, todavía no —la voz de Alejandro no sonaba en absoluto alterada, pues se había pasado todo el rato jugando a la videoconsola y el tiempo se le había ido en un suspiro.
—Pero, ¿cómo es posible? ¿Dónde se habrá metido? —un amago de preocupación le encogió algún órgano interno— ¿Habéis escuchado los mensajes del contestador, a ver si es que ha tenido alguna avería con el coche o algo así?
—No los hemos escuchado, pero para oírlos tengo que colgar.
—Bueno, pues cuelga y ahora llamo otra vez.
El contestador gratuito de telefónica se escuchaba solamente con descolgar el teléfono y esperar siete segundos. Alejandro así lo hizo.
"Tiene tres mensajes antiguos", dijo la señorita robótica de la compañía de teléfonos.
"Mensaje número 1, recibido el día 25 de diciembre a las 21,35 horas: Rosa, soy Irene, es que antes, hija, como, la verdad es como estoy que no me entero muy bien de nada, ¡Eh!
, y tú si vienes a Valencia que no hace falta que te vuelvas corriendo a Madrid.
Si tienes un día libre te puedes quedar perfectamente.
Mejor o peor estaremos por lo menos juntas, un beso muy grande bonita, hasta luego, que no cierres el billete, vale, hasta luego".
"Mensaje número 2, recibido el día 30 de diciembre a las 14,49 horas: Rosa, soy Edelmira, gracias por tu mensaje.
La verdad es que yo no lo tengo nada claro, me gustaría, al final me gustaría salir de noche, pero resulta que el último tren de aquí sale a las 21 o 22 horas y los taxis no sé cómo estarán esa noche, y luego después pues por otra parte quiero decir que depende un poco de si acaso saliera.
Por otro lado, de alguna manera no podría o si no salgo sí podría, ¿entiendes?
y perdona que sea el mensaje tan largo, bueno, si no me llamas te volveré a llamar, hasta luego".
"Mensaje número 3, recibido el día 3 de enero a las 12,05 horas: Eh, Rosa, eh, soy Andrés, nos conocimos eh en la excursión del domingo, eh, recuerdas que quedamos en que te llamaría, eh, te llamaré, eh, en otro momento. Gracias."
—Alex, ¿ha llegado ya mamá?
—No, todavía no —el pobre niño ya estaba preocupado y su voz sonaba asustada.
—¿Has escuchado los mensajes?
—Si, papá, pero eran todos antiguos, de amigas y amigos de mamá, no me he enterado de nada. Hablan en clave.
—¿Qué hace Bárbara?
—Se ha dormido, hace ya rato, a las doce, con la luz encendida y la he apagado.