Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 30
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CAPITULO 30

Septiembre tiene siempre la esencia de los nuevos comienzos.

Trae consigo el aroma de un cuaderno en blanco y la rutina que se recupera con una mezcla de pereza y alivio; reencuentros en las esquinas y un ritmo urbano que vuelve a acelerarse de golpe tras el letargo de las vacaciones de verano.

Es el momento en el que el año empieza de verdad para todos, cuando el crujido de las hojas secas bajo los zapatos se mezcla con el sonido del tráfico y la promesa de que, pase lo que pase, el otoño siempre nos regala una oportunidad para resetear el marcador y empezar de cero.

Son las once de la noche y la casa está sumida en una penumbra acogedora, silenciosa, solo iluminada por el reflejo de la pantalla de mi ordenador sobre la isla de la cocina.

A mi lado, Oreo duerme plácidamente enroscado sobre sí mismo, mientras Dulce vigila desde el alféizar de la ventana las luces de la urbanización, controlando SU territorio.

El sutil sonido del correo saliendo resuena en el silencio de la cocina. Ya está. Ya no es mío.

Me echo hacia atrás en el taburete, exhalando todo el aire que tenía retenido en los pulmones y me quedo mirando fijamente la pantalla vacía.

Supongo que la gente se preguntará a menudo cuál es el verdadero dilema de escribir, de la maternidad o de la vida en pareja.

Al final, tras tantas crisis existenciales, he entendido que el verdadero arte no consiste en ser perfectos, sino en aprender a sostenerlo todo en el aire sin que nada se rompa.

Nos autoexigimos ser madres perfectas, esposas amantes, profesionales de éxito y amigas impecables, haciendo malabarismos con mil platos de porcelana a la vez.

Y encima vivimos aterrorizadas por el ruido que hará el primer plato al estrellarse contra el suelo.

Pero la cruda realidad es que no hay una forma correcta de hacerlo.

Por desgracia para nuestra cordura, no existe un manual de instrucciones que te salve de cometer errores.

La única certeza es que, a veces, para que las cosas funcionen, hay que asumir que alguna sartén va a salir ardiendo por el camino por culpa de un despiste y que la felicidad no es una línea recta, sino saber reírse del desastre mientras recoges los pedazos por el camino.

Durante meses estuve completamente bloqueada, dándome cabezazos contra la pared y llorando frente al cursor, porque intentaba forzar una historia idílica que no existía.

Me empeñaba en inventar la forma perfecta de contar nuestra historia sin que pareciera el desastre caótico que somos en realidad.

Qué ciega he estado. Las historias no se fuerzan; las historias hay que vivirlas y hay que dejar que te salpiquen de realidad.

Por eso, cuando decidí mandar el primer manuscrito a la mierda, me puse a escribir sobre lo que de verdad tenía delante. Bueno, más bien sobre lo que tenía al otro lado del teléfono.

Porque el manuscrito que acaba de aterrizar en la bandeja de entrada de mi editora no es mi historia con Leo, ni el enredo erótico-festivo de mi suegra Carmen.

No. Esa historia de momento se queda a buen recaudo en mi diario, que bastante expuesto ha estado ya.

Lo que he escrito devorando las noches de verano entre biberones y cafés con hielo, es la historia de Lara.

O más bien su último y accidentado capítulo.

Me entra la risa al recordar los meses que me ha dado mi santa amiga desde que Marcos se marchó a Londres.

Menudo verano de locos nos ha hecho pasar a todos.

Mi nueva novela es un recorrido por el rally existencial de una treintañera soltera en Madrid, una crónica delirante, canalla y sin anestesia de la fauna ibérica que se ha ido encontrando en Tinder durante su luto amoroso.

Creo que he plasmado su paso, con pelos y señales, por todas y cada una de las citas desastre que ha tenido este verano y que han puesto su mundo del revés…

hasta ahora. Porque, conociéndola como la conozco y viendo el ritmo al que aparecen las notificaciones en su móvil, sospecho que su peor cita todavía está por llegar…

y yo voy a estar en primera fila para rescatarla.

Cierro la tapa del portátil, apago la luz de la isla y enfilo las escaleras descalza, subiendo despacio hacia el dormitorio a oscuras.

Me meto entre las sábanas de nuestra cama, acurrucándome contra la espalda cálida de Leo, que se mueve dormido para rodearme la cintura con el brazo de forma automática.

Noto su respiración rítmica en mi nuca y sonrío en la penumbra.

Al final, qué queréis que os diga… A mi parecer, la literatura erótica de Valeria de la Vega se queda muy corta.

El amor real, el de verdad, el que te mantiene viva y te eriza la piel, no tiene nada que ver con directivos multimillonarios perfectos con abdominales de acero en jacuzzis rodeados de champán.

Aunque, ahora que no nos oye nadie, os diré que la experiencia en el Hotel La Casita del Amor fue muy…

pero que muy interesante. Os lo recomiendo, Carmen no iba desencaminada.

Pero el amor de verdad es este caos maravilloso, imperfecto y desastroso en el que, para poder sobrevivir y ser felices, no es necesario lograr que todo encaje, sino simplemente tener el valor de seguir adelante juntos.

Porque la vida es perfecta, precisamente, cuando dejamos de tener miedo a que sea imperfecta.

Esta es mi imperfecta historia. Y os juro que no la cambiaría por ningún bestseller del mundo.