Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) EPILOGO
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EPILOGO

Alma

Nunca pensé que acabaría leyendo los diarios de mi madre.

De hecho, si me lo hubieran preguntado hace unos meses, habría dicho con total seguridad que jamás lo haría, porque los diarios son territorio sagrado, un búnker de intimidad que solo pertenece a quien los escribe.

Y más en esta familia, sabiendo que estos mismos cuadernos ya estuvieron a punto de costarle el divorcio a mis padres.

Pero aquí estoy. Sentada en el suelo de mi despacho, rodeada de carpetas y acariciando una barriga descomunal de treinta semanas. Treinta semanas de unas gemelas que crecen dentro de mí y por las que rezo cada noche para que no se parezcan en nada a nosotras.

Estoy aterrada. Sé perfectamente de quién he heredado esta tendencia patológica al dramatismo, aunque, para ser justos, esta vez creo que tengo motivos de peso.

Tengo miedo a no estar preparada para lo que se me viene encima, a no ser capaz de llegar a todo, a convertirme en una de esas personas desbordadas que siempre van corriendo como locas detrás de su propia vida sin llegar a alcanzarla nunca.

Tengo miedo a decepcionar a las personas que más quiero, a no ser suficiente, a repetir los mismos errores del pasado o a cometer otros nuevos, porque al final las cosas que más importan son siempre las que dan más vértigo.

Fue precisamente ese miedo el que me llevó una tarde a sumergirme en los diarios de mi madre.

Buscaba una brújula, pero encontré un tesoro y cuando me quise dar cuenta, llevaba días inmersa en una historia que me descubría una versión de ella que nunca había conocido.

La Sara de mis recuerdos siempre parecía saber lo que hacía en cada momento, era una mujer fuerte e invencible, capaz de ayudarnos con los deberes mientras firmaba contratos editoriales y sonreía a mi padre en mitad de la cocina.

Pero la mujer que aparecía en estos cuadernos estaba aterrada la mitad del tiempo. Tenía dudas existenciales, crisis de ansiedad y metía la pata constantemente. Pero, aún así, con el agua al cuello, siempre encontraba la forma de respirar y seguir adelante.

A través de sus líneas, he entendido que la vida nunca es perfecta.

No aparece un momento mágico en el que, de la noche a la mañana, todos los problemas desaparecen y una siente que por fin lo tiene todo bajo control.

Ojalá fuera así, pero no. Simplemente hay que aprender a seguir en pie, con paso firme, mientras resuelves el siguiente contratiempo que, con cariño, te envía el universo.

Mi madre no fue valiente porque no tuviera miedo. Fue valiente porque siguió remando hacia adelante a pesar de él.

Cuando terminé de leer el último cuaderno, supe que aquellas historias no podían quedarse escondidas dentro de un cajón, acumulando polvo. Porque si a mí me ayudaron a entender que la vida no tiene que ser perfecta para ser maravillosa… quizá puedan ayudar a alguien más a perdonarse a sí misma.

Gracias a ellos he entendido que nadie puede con todo, que todos tenemos miedo y nos equivocamos, pero que, aun así, merece la pena arriesgarse, ser valientes y volver a intentarlo.

Mi teléfono móvil suena encima de la mesa con una vibración insistente. Es un WhatsApp de la futura abuela del año.

Sara (19:15): Hola, cariño. ¿Qué tal estás hoy?

Espero que no te estés matando a trabajar, que nos conocemos…

Por cierto, ¿Te has comprado ya el sujetador de premamá?

Que el pecho se cae si no lo cuidas desde ya, ¿eh?

Ah, y ha dicho tu padre que cuentes con él también para la eco 4D, que no se la piensa perder. Luego te llamo. Te quiero.

Bloqueo el teléfono con un clic que resuena en el despacho y miro mi barriga al notar una patadita desde el interior. Sonrío mientras la acaricio, porque mi madre tiene razón.

No se trata de construir una vida perfecta, sino una que merezca la pena vivir.

FIN