Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 29
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CAPITULO 29

El sábado amanece con un sol radiante que ya desde primera hora empieza a picar, lo que nos garantiza un día estupendo aunque caluroso, para la barbacoa que hemos organizado.

El jardín ya está preparado, a nuestro modo.

Hemos extendido una manta gigante para las niñas a la sombra del sauce, la mesa exterior ya está montada con platos y vasos de colores, y la nevera está llena de hielos, cervezas y tinto de verano.

Sería una estampa idílica, salvo porque el encargado del fuego está al borde de un ataque de nervios de proporciones bíblicas.

Leo, embutido en sus vaqueros cortos deshilachados y una camiseta vieja y desgastada, lleva más de media hora peleándose a muerte contra los elementos y las brasas rebeldes en la parrilla. Tiene la cara tiznada de negro, la frente empapada de sudor y un humor de perros.

—¡Pero prende de una puñetera vez, coño! —le grita frustrado a la barbacoa, abanicando las brasas frenéticamente con un trozo de cartón de una caja de Amazon.

El resultado de su titánico y desesperado esfuerzo es una columna raquítica de humo blanco y denso que se le va directo a los ojos, haciéndole llorar y toser como un poseso.

Pero el carbón ecológico que se empeñó en comprar en el supermercado sigue apagado.

Me acerco despacio hacia la parrilla, conteniendo la risa y apoyo la cadera contra la mesa de madera mientras sostengo una copa de verdejo en la mano.

Le miro fijamente, disfrutando al máximo del maravilloso espectáculo de la incompetencia masculina en su hábitat natural.

—¿Necesitas que llame a los bomberos o pretendes ahogarnos a todos antes de que llegue la primera bandeja de panceta? —le vacilo, arqueando una ceja con malicia andaluza.

Leo deja de abanicar las brasas de golpe, se limpia el sudor de la frente con el antebrazo —dejándose otra mancha negra como un minero asturiano en mitad de la ceja— y me mira con reproche.

—Muy graciosa, ¿has desayunado payasos hoy? ¡Es esta mierda de carbón que no prende! Le he echado ya tres pastillas de encendido, dos chorros de líquido inflamable y no hay manera ¡No lo entiendo, joder, si lo estoy haciendo bien!

—Ya, ya veo lo bien que lo estás haciendo, cariño —me mofo sin piedad, dándole un sorbo al vino que me refresca la garganta—Yo por si acaso me mantengo a una distancia prudencial, que tengo terminantemente prohibido acercarme a cualquier tipo de llama o fuente de calor por una temporada.

Leo lanza el cartón sobre el césped con un bufido y se acerca a mí con una sonrisa canalla. Me agarra la cintura y tira de mí hacia su cuerpo con fuerza, sin importarle lo más mínimo mancharme el vestido con sus manos negras.

—Ah, ¿sí? ¿Con que no puedes acercarte a ninguna fuente de calor, eh?

—murmura con un tono de lo más sexy contra mi oído, acelerando mis pulsaciones al instante— Pues te aviso que esta noche tenía en mente convertirme en una fuente de calor.

Y te aseguro que no te va a servir de nada la distancia de seguridad.

Habrá que estrenar el kit de Valeria de la Vega, ¿no?

A ver cuántas velocidades tiene el chisme ese…

Me echo a reír con ganas, sintiendo un cosquilleo maravilloso y una corriente eléctrica que me recorre de arriba abajo. Le doy un beso rápido en los labios manchados de carbón, mezclando el sabor del vino blanco con el hollinarnos de su piel.

—De momento, haz el favor de encender esa barbacoa de una vez, que en diez minutos van a empezar a llegar todos y como no se pueda hacer la carne, ¡nos comen a nosotros! —le doy un azote en el culo mientras me separo— ¡Date prisa!

El claxon del coche de Lara interrumpe el enésimo e inútil intento de Leo por encender el fuego. Instantes después, mi amiga cruza el jardín con una bolsa de hielo en una mano y un pack de cervezas frías en la otra.

—¡Buenas! Traigo municiones—anuncia dejando las cosas sobre la mesa con energía— Pero bueno, Leo… ¿qué coño te ha pasado en la cara? Pareces un deshollinador.

Leo suelta una risa irónica, se limpia las manos en un trapo resignado y se acerca a ella para darle dos besos.

—El carbón ecológico este de las narices, que tiene menos ganas de trabajar que yo un lunes. No sé quién ganará la batalla, pero voy a por más pastillas a ver si lo consigo por aburrimiento.

En cuanto Leo desaparece por la puerta del garaje, dejo mi copa de vino sobre la mesa y me siento a su lado directamente en el césped, rodeándole los hombros con un brazo.

—¿Cómo estás? ¿Qué tal lo llevas? —le pregunto bajando el tono para que quede entre nosotras.

—Bueno… bien. Pasando página. Hay que mirar hacia adelante y yo ya estoy valorando algunas opciones… bastante interesantes—Lara me mira de reojo con una sonrisa pícara y un brillo en los ojos que no logro descifrar pero que, conociéndola, no augura nada bueno.

Mira hacia el porche, donde Leo acaba de reaparecer maldiciendo y peleándose de nuevo con el mechero, y Lara sonríe.

—Me alegro mucho de que hayáis arreglado las cosas, en serio. Me encanta veros bien de nuevo.

Le doy un abrazo, estrechándola fuerte entre mis brazos justo cuando el rugido de otro motor en la entrada nos avisa de que el plato fuerte del día acaba de aparcar en la puerta.

Al verlos cruzar la verja del jardín, me tengo que morder el interior de las mejillas para no soltar una carcajada.

Carlos se ha puesto una camisa de lino de cuello mao en un tono verde oliva con dibujos enormes de palmeras caribeñas que grita «estoy intentando aparentar que sigo siendo joven», con un sombrero de pescador y unas gafas de sol enormes que le tapan media cara.

Carmen camina a su lado luciendo un vestido de cóctel elegante y unos tacones de aguja que se le van clavando en el césped mientras intenta que no se le caiga una ensaladera gigantesca de cristal repleta de brotes tiernos, mango y frutos secos.

Lo verdaderamente alucinante es que avanzan por el sendero rozándose los hombros y tonteando abiertamente como dos quinceañeros.

—¡Buenas tardes a todos! —saluda Carmen mirando fijamente a su hijo— ¡Pero bueno, Leo! ¿Se puede saber qué estás haciendo? Pareces un deshollinador.

Leo levanta la vista del carbón, resopla con fuerza por la nariz, tensa la mandíbula y se cruza de brazos en un intento infantil de mantener el tipo.

—Hola, mamá. Hola, Carlos —suelta con un tono áspero que intenta mantener las distancias con la nueva parejita de moda— Pues aquí, intentando encender esto.

Carlos da un paso al frente, ignorando olímpicamente la actitud borde de su hijo y le da una palmada cariñosa en la espalda.

—A ver, quita de ahí y déjame ver ese fuego. El secreto de las brasas está en no ahogar el tiro del aire, que eres un impaciente. Trae ese cartón, anda.

Leo resopla con fastidio entornando los ojos, pero se aparta de la parrilla resignado, mientras Lara y yo nos sentamos en las tumbonas bajo la pérgola a observarles por encima de nuestras copas de vino, disfrutando en directo del espectáculo de los dos machos alfa.

Es una locura, Carmen y Carlos se comportan como dos adolescentes atolondrados que acaban de empezar a salir en el instituto. Él no para de lanzarle piropos subidos de tono cada vez que ella se acerca a dejar un plato, y Carmen… bueno, Carmen le ríe las gracias con vergüenza.

Miro de reojo a Leo, que está junto a la mesa con las pinzas de la carne en la mano, observando fijamente el flirteo de sus padres en silencio.

El orgullo testarudo de mi marido empieza a agrietarse a pasos agigantados.

No sabe muy bien dónde meterse, pero ver a sus padres de sesenta años queriéndose como críos y mirándose con devoción le está ablandando más de lo que va a estar dispuesto a admitir.

—Espero que esta vez las cosas sean diferentes. No soy quién para impediros nada a estas alturas, pero solo te pido que la hagas feliz— Leo le ofrece una cerveza a su padre y le da una palmada en el hombro, sellando una tregua frente a las brasas.

Mi suegra sonríe, se acerca a Leo y le da un abrazo agradecida que mi marido recibe encantado y aliviado. Mientras está entre sus brazos, Carmen me busca con la mirada por encima del hombro de Leo y me guiña un ojo con complicidad. Operación de reconciliación aparentemente completada.

Por supuesto, Oreo y Dulce también deciden participar de la fiesta…

a su manera. Llevaban un buen rato tumbados con las niñas bajo la sombra del sauce, con las orejas tiesas y las pupilas dilatadas, vigilando todos los movimientos que rodeaban la parrilla.

Pero en cuanto Leo deja una bandeja con los primeros chorizos criollos y la panceta crujiente encima de la mesa, el instinto criminal se activa en sus pequeños cerebros felinos.

Dulce ejecuta la primera fase del plan, saltando sobre la silla para distraer a Carmen, que se gira asustada dando un grito.

Oreo aprovecha el momento —que es un gato gordo pero con una agilidad sorprendente cuando hay embutido de por medio— para deslizarse con sigilo por el borde de la mesa, estira la pata y engancha un chorizo criollo entero que todavía suelta humo.

—¡Eh! ¡Oreo, suelta eso ahora mismo! —ruge Leo percatándose de la jugada demasiado tarde.

Oreo salta al césped con el botín entre los dientes y sale corriendo a toda pastilla con Dulce pisándole los talones.

—¡Papá agárrale, que se va a meter al seto! —grita Leo tirando las pinzas de la carne al suelo y echando a correr como un loco detrás de mi gato gruñón.

Mi suegro, olvidándose por completo de sus sesenta años, da un salto hacia adelante, derrapando sobre la hierba para cerrarle el paso junto a la valla de la parcela.

—¡Lo tengo, lo tengo! ¡Cuidado, Leo, que se va hacia la izquierda! —vocea Carlos, agachándose con los brazos abiertos en plan portero de fútbol.

Oreo, al verse acorralado, frena en seco, suelta un bufido indignado por la comisura de la boca sin soltar el botín y le hace un quiebro a Carlos que pierde el equilibrio.

Mi suegro termina cayendo de culo sobre el césped, con las piernas hacia arriba en una postura ridícula, mientras Leo tropieza con él al intentar frenar y cae de rodillas justo al lado, maldiciendo.

Lara y yo nos incorporamos en las tumbonas, muertas de risa y aplaudiendo a Oreo y Dulce que desaparecen detrás del seto para pegarse el festín de su vida. Hay que reconocer que el secuestro ha sido impecable.

Leo mira a su padre —que sigue sentado en el suelo riéndose a carcajadas—y le tiende la mano para ayudarle a levantarse, dándole una palmada fuerte en la espalda mientras él también se ríe a carcajadas rompiendo de un plumazo la última barrera de orgullo que le quedaba.

La tarde va tiñendo poco a poco el jardín de un tono anaranjado que invita a estirar la sobremesa hasta el infinito.

Carlos y Carmen están sentados en las tumbonas con las niñas en el regazo, haciéndoles carantoñas y mimos mientras Leo los observa embobado desde la mesa sonriendo de lado.

Me acerco a él por la espalda, rodeándole los hombros y le doy un beso en el cuello.

—¿Ves cómo tu madre tenía razón? —le susurro al oído, apoyando la barbilla en su hombro—Se merecen ser felices, aunque sea tropezando con la misma piedra.

Leo se da la vuelta y me abraza, dándome la razón con la mirada.

Pero una carcajada me hace girar la cabeza en dirección al porche, donde Lara lleva sentada en el columpio media tarde sin soltar el teléfono.

Se ríe sola, completamente abducida por lo que sea que tenga en la pantalla, tecleando a toda velocidad con una sonrisa de boba que le deforma la cara.

Al verla distraída, Leo se acerca a traición por detrás y le quita el teléfono de las manos de un tirón.

—A ver, a ver… ¿se puede saber qué escribes tú que te hace tanta gracia? —le vacila en plan gamberro levantando el brazo con el teléfono en alto para que ella no pueda recuperarlo—Llevas enganchada al móvil desde que has entrado. ¿Qué es tan interesante?

—¡Oye! ¡Devuélvemelo ya mismo si no quieres morir! —protesta Lara gritando, poniéndose roja como un tomate mientras pega saltos inútiles y manotazos al aire para intentar recuperarlo— ¡Que te den, Leo, dame el móvil de una puta vez!

Leo baja la vista hacia la pantalla y se le congela la sonrisa en la cara. Parpadea tres veces, abriendo los ojos todo lo que es capaz y la boca de par en par.

—Pero si esto es… ¡Sara, ven corriendo a mirar esto! ¡Pero Lara!

Me acerco corriendo, cotilla perdida y asomo la nariz por encima del hombro de mi marido para husmear.

En la pantalla del móvil de Lara brilla el logotipo inconfundible de Tinder , presidiendo una hilera interminable de chats activos con tíos de lo más variopintos y un mensaje parpadeante en grande que indica «¡Tienes un nuevo Match! » .

—¿Pero bueno, Lara? ¿Y esto? —le pregunto alucinada soltando una carcajada— ¿En serio?

Lara recupera por fin su teléfono de un tirón soltando un bufido, se recoloca el vestido playero y me guiña un ojo con complicidad.

—Te lo iba a contar, pesada, pero os habéis adelantado. A ver, ya te dije que la vida sigue y hay que tirar hacia adelante. Pues ahora voy a explorar nuevas opciones, que Madrid está lleno de peces con ganas de nadar. Este jueves tengo mi primera cita.

—¿Y no te parece que es una huida hacia adelante?—le pregunto frunciendo el ceño preocupada, pero Leo me lanza una mirada asesina cortándome en el acto—Vale, vale. Me callo. No me meto—rectifico levantando las manos— Cada uno gestiona las cosas como puede.

Nos empezamos a reír los tres a carcajadas, contagiando el cachondeo a mis suegros que nos miran desde las tumbonas, mientras Dulce y Oreo asoman la cabeza por el seto con los bigotes manchados de naranja.

Me apoyo contra el pecho de Leo, sintiendo el calor reconfortante de sus brazos rodeándome los hombros, y me quedo un buen rato observando a todos en silencio, disfrutando de nuestra maravillosa familia de locos.

Supongo que al final todos hacemos lo mismo, intentar seguir adelante con las piezas que nos quedan.

Algunos vuelven con un amor del pasado para curarse las heridas, otros arreglan el presente a base de abrazos a oscuras…

y otros se descargan Tinder dispuestos a comerse el mundo.

Y viendo cómo le brillan los ojos de ilusión a mi amiga mientras da like en la pantalla, tengo la sensación de que su historia todavía está muy, pero que muy lejos de terminar.

Que tiemble Madrid, que se avecinan curvas.

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El amor, la amistad y la felicidad tienen algo en común: funcionan mucho mejor cuando dejas de intentar controlarlos.