Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 28 #2
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CAPITULO 28 #2

«Ese llanto agudo de la izquierda… ¿será Vera porque algún salvaje le ha quitado el camión rojo? No, espera, ese otro tiene pinta de ser Alma sufriendo un trauma por mi culpa…», me debato en un bucle mental desquiciante y neurótico.

Estoy tan concentrada escuchando, que no me percato de que ya no estoy sola en la acera.

—¿Pasa algo? —irrumpe una voz seca a mi espalda.

Doy un brinco del susto que casi me hace estamparme contra el pomo, me giro de golpe con el corazón a punto de salirse por mi boca y me encuentro de frente con una madre de unos treinta años, impecable, peinada de peluquería, que sostiene a un niño rubio en brazos.

Me está mirando de arriba abajo con superioridad, como si se hubiera encontrado con una demente.

—Eeehm… no, no, qué va, para nada, todo perfecto —consigo balbucear, poniéndome roja como un tomate— Es que… Bueno, ¡hasta luego!

Paso por su lado esquivando su mirada e intentando recuperar la dignidad que perdí en el momento en que pegué la oreja a la madera.

Me subo de nuevo al coche, tiro el bolso en el asiento del copiloto, meto primera y salgo de la calle derrapando sobre el asfalto.

Definitivamente, la maternidad te destruye el cerebro por completo.

Cuando entro en casa, cierro la puerta a mi espalda y me quedo quieta en mitad del recibidor, jugando con las llaves entre los dedos.

Es una sensación extraña, no hay ruidos, no hay llantos, no hay…

absolutamente nada. Camino despacio por el pasillo sintiéndome una intrusa en mi propio hogar.

En el salón, Oreo y Dulce están durmiendo plácidamente, acurrucados el uno contra el otro encima de la alfombra donde el sol se cuela por el cristal de la ventana.

Hasta ellos han decidido darse una tregua.

Decido no desaprovechar ni un solo minuto de mi libertad. Cojo el portátil y me salgo al jardín, instalándome en la tumbona bajo la sombra de la pérgola. Coloco el ordenador sobre mis rodillas y abro el documento de la novela con un subidón de adrenalina, dispuesta a quemar el teclado…

Pero pasan diez minutos. Luego quince. Y el cursor asesino ha vuelto a la carga, parpadeando en la pantalla con un ritmo regular y desquiciante sin que sea capaz de teclear ni una sola palabra.

Me muerdo el labio, desesperada. No puede ser. Esto es una broma de mal gusto.

Estoy tan acostumbrada a escribir por encima del ruido y las interrupciones, que ahora me siento totalmente perdida. Llevo meses soñando con poder tener un ratito de silencio y ahora que lo tengo, no sé qué coño hacer con él.

Pero a la una y media cierro la tapa del portátil con un gesto triunfal.

Lo he conseguido. Contra todo pronóstico y gracias al ruido artificial que he encontrado en YouTube, he escrito quince páginas del tirón.

¡Quince páginas maravillosas! A lo mejor Carmen tenía razón y pedir ayuda no era fracasar…

Durante el trayecto de vuelta, me entretengo imaginando el maravilloso reencuentro con mis hijas.

Me imagino cruzando la puerta de la guardería y a mis hijas soltando los juguetes de golpe, gateando hacia mí a toda velocidad al reconocerme, con los bracitos abiertos en plan ¡Mamá, por fin has vuelto, sabíamos que no nos habías abandonado!

Solo de pensarlo, emociono yo sola conduciendo por la avenida. Hasta siento un nudo en la garganta.

Aparco el coche en triple fila frente a la fachada, me coloco las gafas de sol y entro en la guardería pisando fuerte, orgullosa. Al llegar a la puerta del aula, me asomo con el corazón palpitando. Marta, la educadora perfecta y sin ojeras, me ve aparecer y me regala su enésima sonrisa angelical.

—¡Hola, Sara! Llegas justo a tiempo. Pues han estado divinamente toda la mañana, la verdad, son unas santas.

Me acerco a la alfombra de vinilo con los brazos ya estirados hacia el frente, lista para fundiros en el abrazo del siglo.

—¡Hola! ¡Mami ya está aqu…!

Pero la frase se muere en mi boca, el aire se congela en mis pulmones y el reencuentro de Hollywood se va a tomar por saco en un segundo y de la forma más humillante posible.

Alma está sentada en un rincón, con un chupete que sospecho que no es el suyo, intentando arrancarle una oreja de goma a un caballo de juguete, pasándose mi llegada triunfal por el forro de sus pañales.

Y Vera, por su parte, está tumbada boca abajo al lado de un niño pelirrojo; los dos están balbuceando y compartiendo confidencias sobre una alfombra de texturas, mirándome de reojo con la misma indiferencia con la que Oreo me mira con más frecuencia de la que me gustaría.

Cuando me agacho a besarlas con la intención de propiciar el momento tierno, Alma me aparta la cara con su mano pringosa de galleta porque le estorbo y Vera suelta un quejido de fastidio porque interrumpo su idilio con el pelirrojo.

Manda narices, nueve meses de embarazo, ocho horas de parto y un millón de pañales para que mi hija prefiera a un pelirrojo que babea sobre una alfombra.

Marta me mira aguantándose la risa sin mucho éxito y me entrega las dos mochilas de ositos.

—Ya te dije que se iban a adaptar de maravilla. Mañana seguro que entran aún con más ganas.

—Sí… se las ve traumatizadísimas, desde luego —consigo responder con una mueca, recogiéndolas del suelo mientras asimilo con el orgullo herido que la crisis de separación solo la he sufrido yo.

A las ocho de la tarde, cuando Leo llega a casa, va directo hacia la alfombra a comerse a besos a las niñas, sin quitarse ni los zapatos,

—¿Que tal vuestro primer día en la guarde?—pregunta poniendo una voz de pito ridícula mientras les hace cosquillas en las barriguitas que las hacen patalear riendo— ¿Han llorado mucho? Pobrecitas mías…

Me apoyo en el marco de la puerta con los brazos cruzados, mirando indignada a las enanas traidoras que ahora tiran el pelo a su padre tan felices.

—Aquí la única que ha llorado he sido yo. Tus hijas son unas desagradecidas.

*****

El paso que más miedo da, no es dejar marchar a quienes quieres, sino descubrir que pueden estar perfectamente sin ti.