Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 28
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CAPITULO 28

El lunes por la mañana el cielo está de un color gris plomizo y encapotado, a juego con mi estado de ánimo. Me levanto sintiéndome una mezcla entre Lara Croft dispuesta a conquistar el mundo y un reo camino del patíbulo. Hoy es el gran día. Es el primer día de guardería de Vera y Alma.

Leo ha tenido que irse a primera hora a Studio Lumen porque tenía que entregar la propuesta para las clínicas de Bruselas, así que me tengo que encargar yo solita del despliegue.

Llevo en pie desde las siete de la mañana moviéndome por la casa como un zombi con sobredosis de cafeína, repasando por decimoquinta vez las mochilas de las niñas como si fuera el equipaje para una misión de la NASA.

A ver: dos paquetes de pañales de la talle tres con el nombre grabado en rotulador permanente, tres mudas de repuesto por si acaso, diez baberos para que tengan para toda la semana, cuatro chupetes por si pierden alguno, los dos biberones esterilizados hasta el punto de que brillan en la oscuridad y un peluche para cada una.

Meto a las niñas en sus sillitas en los asientos traseros del coche, tiro las mochilas en el maletero y me pongo al volante sintiéndome la peor madre del mundo.

Joder, si es que no tienen ni siete meses.

¿Qué clase de monstruo egoísta abandona a sus hijas con unas desconocidas para quedarse en casa tecleando chorradas en un portátil?

En cuanto enfilo la carretera hacia el centro, soy totalmente incapaz de dejar de mirar por el espejo retrovisor interior.

Cada cinco segundos desvío la mirada para comprobar obsesivamente si mis hijas siguen respirando, si se han atragantado con su propia saliva o si han decidido aburrirse de la vida.

Por culpa del dichoso espejito de vigilancia, en la primera rotonda casi me trago un camión de la basura, que pega un bocinazo que me asusta haciéndome pegar un volantazo y treinta metros más adelante un señor en patinete eléctrico me insulta a gritos en tres idiomas diferentes mientras me esquiva por los pelos.

—¡Mira por dónde vas, imbécil! —le grito asomando la cabeza por la ventanilla sin darme cuenta de que el ceda al paso le tenía yo.

Para calmarme, recurro a la única persona en el planeta que me escucha sin poner jamás en duda lo que siento. Llamo a Lara a través del manos libres del coche. Necesito urgentemente una voz amiga que me ayude a sentirme mejor.

—Lara, por lo que más quieras, dime que estoy haciendo lo correcto —le pido en mitad de un ataque de pánico— Siento que las estoy mandando a un internado en Siberia.

¿Y si lloran? ¿Y si no entienden sus balbuceos?

¿Y si se piensan que las he cambiado por la segunda novela y no me vuelven a mirar a la cara? He fracasado como madre.

—A ver, Sara, respira, que pareces más loca que de costumbre—me corta Lara rápidamente— No las estás mandando a un campo de concentración, solo van a ir a la guardería.

Y, hasta lo que yo sé, es un sitio agradable con las paredes de colores dónde van a pintar con las manos y a babear los juguetes de otros niños. Deja de montarte películas.

—¡Qué fácil es hablar cuando no eres tú la que está sufriendo! —le espeto con amargura, pegando un frenazo brusco ante el semáforo que se acaba de poner en ámbar— Solo de pensar en dejarlas allí… Mira, te lo juro, se me está revolviendo hasta el estómago.

—Sara, de verdad, cuelga el teléfono y céntrate en conducir antes de que salgas en las noticias por estamparte contra una marquesina de autobús —se ríe Lara al teléfono—

Déjalas, vete a una cafetería, tómate un café con un par de gotas de ginebra si te hace falta y ponte a escribir de una puta vez, que a este paso Elena te va a rescindir el contrato. ¡Ánimo, madre del año! ¡Te veo el sábado!

Y me cuelga dejándome con la palabra en la boca cuando ya estoy girando en la esquina para entrar en la calle de la guardería.

Qué simpática y empática ella… Ten amigas para esto, de verdad.

Resoplo con fuerza mientras el Apple Watch pita como un poseso porque mis pulsaciones han cruzado la barrera del sonido.

Aparco en doble fila frente al local con la fachada de colorines, me miro al espejo retrovisor, me recoloco las gafas de sol y me digo: «Venga, Sara, tú puedes».

Salgo del coche haciendo malabarismos con las dos mochilitas de ositos colgando y un maxicosi en cada mano, y avanzo por la acera bamboleándome de un lado a otro como un pingüino, rezando para que las niñas no me monten un berrinche por separase de mí, porque eso ya no sé si lo voy a poder soportar.

En este momento siento más que nunca la tentación de meterlas en el coche y volver a casa, pero me controlo y sigo avanzando despacio hasta la puerta.

La guardería tiene las paredes pintadas con murales de nubes felices de colores chillones y soles con caritas sonrientes, y un olor exagerado a colonia de Nenuco, supongo que para disimular el resto de aromas que se arremolinan en el lugar.

En el vestíbulo nos recibe la educadora infantil, que es una chica de unos veinticinco años llamada Marta.

Es encantadora, sonriente, no tiene ni una sola ojera y lleva un babi de colores.

Me mira con una paciencia infinita, como si estuviera más que acostumbrada a lidiar con madres primerizas al borde del colapso.

—¡Buenos días! Pero bueno, ¿quiénes son estas dos princesas tan guapas? —las saluda Marta con una voz dulce de dibujo animado, agachándose a su altura.

—Hola, soy Sara… —consigo articular a su coronilla rubia— A ver, Marta, te cuento muy rápido.

Aunque ya se lo expliqué todo a la directora cuando vine a la entrevista el otro día, pero por si acaso…

Esta de la izquierda es Alma, que es un terremoto, y esta de la derecha es Vera.

Te aviso que como algún niño le quite a Vera el conejito, no va a dejar de llorar en toda la mañana y además, por favor, ten muchísimo cuidado porque tiende a meterse todo en la boca y…

—No te preocupes, mamá, que va a estar todo bien, de verdad —me corta Marta mirándome con una sonrisa angelical, mientras coge a Vera en brazos con soltura y me deja bastante claro que me vaya ya.

La verdad es que yo esperaba que mis hijas se aferraran a mi cuello llorando a moco tendido, suplicándome con sus ojitos que no las abandonara con estos desconocidos, desesperadas por separarse de mí.

Pero la cruda y humillante realidad es que, en cuanto Marta sienta a Alma en la alfombra de vinilo del aula y coloca a Vera a su lado, mis hijas experimentan una amnesia maternal fulminante, olvidándose de mi existencia al momento.

Alma abre los ojos de par en par al localizar una piscina de bolas de colores a tres metros y empieza a gatear hacia ella entusiasmada y Vera localiza un camión de plástico rojo que sujeta otro niño babeante y estira los brazos con intención de quitárselo de un manotazo.

No sueltan ni una sola lágrima, no ponen ni un mísero puchero.

Ni siquiera una triste mirada de despedida hacia la mujer que lleva meses sin dormir por cuidarlas. ¡Nada!

—Bueno, niñas… mami ya se va, ¿eh? —digo agitando la mano en el aire a modo de despedida patética— Portaros bien.

No os comáis los juguetes… Marta, si Alma llora por lo que sea, se suele calmar con el chupete.

Y si Vera se pone bruta, le cantas la de La vaca Lola , pero con ritmo lento, que si no no le gusta y…

—Tranquila, Sara, de verdad, van a estar divinamente, confía en mí —me vuelve a cortar Marta con una sonrisa amable, intentando empujarme hacia el pasillo con el cuerpo sin mucho disimulo.

—Sí, sí, ya me voy… si no quiero molestar —añado, dando un paso atrás pero volviendo a asomar la cabeza por la puerta—. ¡Adiós, niñas! ¡Mami os quiere! Volveré pronto, ¿vale? Si pasa cualquier cosa, lo que sea, me llamáis al móvil. Lo tengo con sonido…

—Que siii, tú tranquila, mujer, que no va a pasar nada—Marta me empuja literalmente con la puerta en mis narices, dejándome con cara de tonta frente a la puerta cerrada.

Llego al coche arrastrando los pies sintiendo que no les tenía que haber hecho caso, no había ninguna necesidad de dejarlas aquí encerradas, podían estar conmigo perfectamente.

Tras sentarme en el asiento del conductor, cierro la puerta de golpe y me quedo mirando el volante con una angustia tremenda.

El silencio dentro del coche es tan inmenso, que me pitan los oídos.

Me apoyo contra el respaldo, me quito las gafas de sol y me froto los ojos que me escuecen.

En buena hora me dejé la puñetera sartén al fuego.

Tengo la mano puesta sobre la llave de contacto, dispuesta a arrancar de una vez y buscar una cafetería moderna con wifi donde ahogar mis penas en cafeína y carbohidratos, pero me lo pienso mejor.

Lara tiene razón, necesito terminar este manuscrito de una puñetera vez antes de que Elena quiera finiquitar nuestro contrato.

Empiezo a girar la llave en el contacto pero…

es superior a mis fuerzas. No puedo irme así.

Apago el motor, me vuelvo a bajar del coche y cruzo la acera corriendo hasta la puerta de la guardería, a la que me pego como una lapa presionando mi oreja izquierda contra la madera, mientras entorno los ojos para concentrar toda mi energía en el sentido del oído.

Si hubiera existido un premio a la madre más psicótica del año, me acabaría de clasificar para la final. Y con honores.

Al otro lado de la madera se escucha un alboroto tremendo, una especie de coro de unos quince bebés berreando al unísono, juguetes de plástico chocando con el suelo y música de canta juegos a todo volumen.

Yo intento agudizar el oído al máximo, conteniendo el aliento, para distinguir el llanto de Vera o el de Alma entre la marea de lamentos.