CAPITULO 27
El martes me despierta a las ocho la vibración insistente, constante y un poco sádica de mi Apple Watch en mi muñeca, torturándome con la alarma.
Remoloneo entre las sábanas un par de minutos, estirándome con una pereza deliciosa y me doy cuenta de que he conseguido encadenar casi siete horas de sueño del tirón sin que nada me despertara a media noche.
Está claro que poder dormir en condiciones es, con diferencia, el mejor y más barato tratamiento de belleza que existe.
Me siento en el borde de la cama, frotándome los ojos con los puños y, al mirar a mi lado, veo que el sitio de Leo está vacío y las sábanas ya están frías; entiendo que ha madrugado para irse al estudio.
El recuerdo de lo que pasó ayer, hace que me levante corriendo al acordarme de las niñas, pero al asomarme a su habitación compruebo con un suspiro de alivio que siguen profundamente dormidas abrazadas a sus peluches.
Hoy la suerte está de mi lado y parece que podré tomarme un café tranquila.
Es entonces, mientras avanzo por el pasillo, cuando me llega el sonido amortiguado de la canción Copenhague de Vetusta Morla desde la planta de abajo.
Parpadeo descolocada, frunciendo el ceño, me extraña que mi suegra esté escuchando música indie, no la pega nada, a no ser que su idilio clandestino con Carlos le haya revolucionado también sus gustos musicales.
Bajo las escaleras descalza, guiada por un delicioso olor intenso a café recién hecho y a mantequilla derretida que me despierta el estómago de golpe y me hace salivar.
Al entrar en la cocina, me quedo de piedra al ver que Leo está allí, de espaldas a mí.
Está tan concentrado dándole la vuelta a una tortita en la sartén, moviendo las caderas al ritmo de la música, que ni siquiera se da cuenta de que me he levantado.
—Buenos días —le saludo con voz somnolienta, apoyándome en el marco de la puerta con una sonrisa.
Leo se gira de golpe, sobresaltado por mi voz, pero se le ilumina la cara al verme. Deja la espátula a un lado de la sartén, se acerca a mí, me rodea la cintura con los brazos, pegando mi cuerpo al suyo y me da un beso lento y profundo que me termina de espabilar.
—Buenos días, cariño. ¿Qué tal estás? ¿Cómo te encuentras? —pregunta, mirándome a los ojos con una mezcla de ternura y culpa que me descoloca.
—Muy bien, la verdad. He dormido como un tronco. —le respondo acariciándole el brazo mientras, miro de reojo la cafetera humeante y la torre de tortitas que descansan sobre la isla— Oye… ¿y esto? ¿Cómo es que no te has ido ya?
Leo se encoge de hombros, me guiña un ojo con chulería y regresa junto a la sartén para sacar la última tortita.
—He decidido quedarme aquí hoy con vosotras.
—Pero Leo, no hace falta—le digo sentándome en uno de los taburetes, sintiendo un pellizco de culpa por trastocarle la agenda— si ya estoy bien y puedo apañarme con las niñas…
—Ya sé que no hace falta, sé de sobra que te apañas tú sola perfectamente —me corta con una sonrisa pícara, mientras me sirve una taza de café— Pero me apetecía pasar la mañana con mis tres chicas, ¿Qué pasa, no puedo cogerme un día libre?
— Sí, claro que sí, si yo encantada pero… —Dejo la frase flotando en el aire y pongo los ojos en blanco—pensaba que a la que me encontraría aquí sería a tu madre.
— Pues ya lo siento, te tendrás que conformar conmigo—me sonríe mientras empuja el plato de tortitas hacia mí.
Me siento en el taburete, cojo la taza caliente entre las manos y doy un sorbo largo, sintiendo cómo el calor me baja hacia el estómago.
Le observo de reojo por encima de la taza pensando la mejor forma de sacarle el tema de su madre, mientras él le echa un chorro exagerado de sirope de chocolate a su plato.
—Por cierto… ¿tu madre se fue muy tarde ayer? Me pareció escucharla desde arriba, pero estaba medio dormida y tampoco me enteré muy bien…
—Vino un rato a ayudarme a limpiar la cocina, pero se fue pronto porque… discutimos, si es que se le puede llamar así.
—¿Y eso?—pregunto en un tono que intenta parecer inocente mientras veo cómo una sombra cruza sus ojos.
—Resulta que ha decidido darle una segunda oportunidad a mi padre.
Vamos, que están juntos. Me parece tan alucinante…
—Leo se detiene en mitad de la frase al ver cómo me muerdo el labio inferior con culpabilidad y resopla cruzándose de brazos, entrecerrando los ojos —¿Tú ya lo sabías?
¡Pues claro que lo sabías! No me lo puedo creer, ¿y no me dices nada?
—Bueno, verás… me enteré por casualidad, los vi un día juntos y… pero era ella quien te lo tenía que contar, Leo—intento defenderme levantando las manos para que no se enfade— Entiéndelo, era mejor que ella te lo explicara a que yo te fuera con el cuento…
Leo resopla indignado y empieza a cortarse la tortita con movimientos bruscos sin levantar la vista de su plato. Yo aprovecho el silencio para intentar ayudar a mi suegra.
—Además, piénsalo; tu padre ya no es el mismo de antes, ha cambiado. Esta súper pendiente de nosotros y, sobre todo, de las niñas… Es normal que entre ellos… Ella tiene derecho a intentarlo de nuevo si es lo que quiere y ya sabe a lo que se arriesga ¿no? Oye, quién sabe, a lo mejor ahora sale bien…
Leo detiene el tenedor a mitad de camino entre el plato y su boca, resoplando por la nariz y hace una mueca mientras observa cómo gotea el chocolate en su plato.
—No lo sé, Sara… el tiempo lo dirá, pero me extraña—da un trago a su café y me mira—De todas formas, lo que más gracia me hace es que ella decida esconder su relación mientras se dedica a meter las narices en la de los demás de una forma tan descarada, ¡Que hipócrita!
—¿Cómo que se mete en la de los demás?—pregunto sintiendo que el corazón me da un vuelco mientras intento disimular sirviéndome otra tortita.
Leo suelta de golpe los cubiertos, que tintinean con un golpe seco contra el plato y se frota la nuca, desviando la mirada hacia la ventana, visiblemente incómodo.
—Mira, Sara…—arranca sin atreverse a mirarme a la cara—no te he querido decir nada porque, conociéndote, sabía que te ibas a agobiar y que te daría vergüenza.
Pero es que no sé qué cable le ha cruzado a mi madre últimamente…
pero de repente le ha dado por meterse en nuestra relación de una forma obsesiva y no entiendo por qué.
Trago saliva con dificultad. El sirope de chocolate se me queda atascado en la garganta junto con la angustia de lo que estoy viendo venir.
—¿Meterse? —consigo balbucear—¿Cómo que meterse? ¿Qué te ha dicho?
—Pues que no hace más que bombardearme con consejos e ideas para… bueno, para mejorar —Leo carraspea poniéndose aún más rojo mientras le da vueltas a su café con la cucharilla—… para mejorar nuestra intimidad, Sara. Nuestra vida sexual, vamos. Que me tiene frito.
—Bueno… creo que yo sí que se por qué lo hace—junto las dos manos alrededor de mi taza de café, buscando algo a lo que agarrarme para soltar la bomba—. A mí también me ha estado dando consejos desde que… bueno, desde que leyó mi diario.
Leo abre los ojos todo lo que puede. Se queda completamente ojiplático, parpadeando completamente alucinado.
—¿Qué mi madre qué? ¿Que leyó tu diario? ¡No me jodas! —Se levanta del taburete de un salto y me apunta directamente a la cara con el tenedor manchado de chocolate—¿Y se puede saber qué coño has escrito para que se ponga a darnos esa clase de consejos?
Me hundo un poco más en el taburete, deseando con todas mis fuerzas que el granito de la isla me trague de forma inminente, mientras el tenedor de Leo sigue suspendido a escasos centímetros de mi nariz.
—A ver, Leo… —empiezo, apartando el cubierto con la punta de un dedo— Pues…
lo normal. Lo utilizo para desahogarme, ya lo sabes…
Escribí que últimamente estábamos un poco distantes por el cansancio, el estrés, las niñas y…
bueno, que nuestra vida sexual era prácticamente un desierto…
y lo que deseaba en algún momento… ¡Pero yo cómo iba a saber que tu madre iba a leerlo!
Mientras me pongo roja como un tomate, Leo se echa a reír soltando el tenedor sobre la encimera para limpiarse las lágrimas que se le escapan por la comisura de los ojos.
—¡Joder ahora lo entiendo! ¡Es que no te haces idea de las cosas que me ha estado enviado!
—Se lleva la mano a la frente negando con la cabeza— ¡Pero si hasta nos ha reservado un fin de semana en un hotel erótico que se llama La Casita del Amor !
Cuando veas las habitaciones… te da algo, te lo juro.
Yo no sabía ni dónde meterme ni cómo decírtelo sin parecer un depravado.
Me quedo completamente de piedra, mientras las palabras flotan en la cocina junto al olor a café. La reserva era de Carmen para nosotros, Leo no tiene ninguna amante.
El alivio me inunda, quitándome un peso enorme de encima. Me echo a reír con ganas, contagiada por su risa y animada por el momento, decido continuar. Ya de perdidos al río.
—Bueno… eso no es lo más fuerte que ha hecho tu querida madre —le digo, entornando los ojos con picardía— El conjunto de lencería que me regaló, no llegaste a verlo pero…es casi transparente. Bueno, qué digo transparente, ¡es que directamente no tiene tela suficiente para taparme nada!
Leo deja de reírse, arquea una ceja y da un paso al frente, acortando la distancia que nos separa. Me rodea con sus brazos, atrayéndome hacia él con una sonrisa canalla.
—Mmmm… —murmura contra mis labios, rozándoles de una forma tentadora—Pues ya es hora de que pueda ver si es de tu talla… No sea que no te lo puedas poner cuando vayamos a La casita del Amor …
—Ya veremos… te lo vas a tener que ganar—le sigo el juego con la misma picardía, pero escondo la cara contra su pecho, muerta de vergüenza al recordar— Aunque siendo sincera… tengo que reconocer que las habitaciones ya las he visto.
Leo arquea una ceja, extrañado.
—¿Cómo que las has visto? ¿Cuándo?
—Descubrí la reserva antes de irme a Barcelona —confieso en un susurro fingiendo un puchero— Pero como no me decías absolutamente nada, estabas tan raro y te ponías a la defensiva por todo…
pues sumé dos más dos y me salieron cinco mil y…
Pensé que tenías una amante, Leo. Pensé que te ibas a ir a ese hotel con otra mujer.
Leo se aparta lo suficiente poniendo sus manos en mis hombros para obligarme a mirarle, y parpadea un par de veces sorprendido.
—¡Pero qué dices, Sara! ¿Pero cómo coño voy a tener una amante? —exclama riéndose— ¡Si no tengo tiempo casi para ti, como para tener que atender a otra! Anda que tienes unas cosas…
Le doy un puñetazo en el hombro, indignada pero inmensamente aliviada.
—¡Oye, no te rías! Que lo he pasado fatal… ¡Te juro que todo encajaba!
Leo me vuelve a estrechar contra él, soltando un suspiro, pero de repente se queda rígido en mitad del abrazo y se separa de mí despacio, mirándome muy serio.
—Bueno…. En realidad…—Leo se humedece los labios nervioso y traga saliva— Puestos a ser sinceros… Yo también pensé lo mismo de ti. Pensé que también estabas con alguien…
—¿Yo? ¡Pero qué dices! ¡Si yo no me he movido de casa! ¡Me paso el día cambiando pañales! —exclamo, completamente descuadrada.
—Pues por el puñetero ramo de rosas, Sara. Yo no te regalé ese ramo…
—¿No eran tuyas? —consigo articular— ¿Entonces…?
Me quedo completamente alucinada, con los ojos desorbitados mientras la última neurona que me queda viva hace clic en mi cerebro y, mirándonos a los ojos, soltamos al unísono:
—¡Mi madre! —exclama Leo a la vez que yo grito dando una palmada al aire.
—¡Tu madre!
Nos empezamos a reír. Pero a reír de verdad, a carcajada limpia y descontrolada, de las que te doblan por la mitad, te dejan sin oxígeno y te hacen llorar.
—¡Somos idiotas! —consigo decir como buenamente puedo mientras me limpio una lágrima del ojo.
—Rematadamente idiotas —repite Leo besándome la frente con ternura.
Rodeo su cuello con los brazos, uniendo mi boca a la suya en un beso que esta vez sí que sabe a nosotros.
Sin embargo, apoyada en su pecho, sintiendo el ritmo tranquilo de los latidos de su corazón mientras las guitarras de Vetusta Morla siguen sonando de fondo, pienso en la que nos ha liado mi suegra.
No dudo ni por un momento que Carmen haya actuado con la mejor intención, de verdad, pero en lugar de unirnos ha conseguido desatar el Apocalipsis en esta casa y nos ha distanciado más que nunca.
Siento una punzada de culpa tremenda y caigo en la cuenta de cuánta razón tenía Leo al insistirme en que era muchísimo mejor no meterse en los problemas de los demás.
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Muchas veces no es la falta de amor lo que separa a dos personas. Son los silencios. Porque cuando el miedo ocupa el espacio de las explicaciones, la imaginación siempre escribe la peor versión de la historia.