CAPITULO 26
Cuando Leo se asegura que la casa se ha ventilado lo suficiente, me obliga a subir para acostarme un rato e intentar descansar. Me paso dos horas tumbada de lado, con la mirada perdida en la penumbra de nuestro dormitorio, incapaz de dormir pero con el cuerpo completamente anestesiado.
Desde el piso de abajo me llega el ruido amortiguado de los portazos de los armarios, el traqueteo del cubo de la fregona contra el suelo y el zumbido del aire al entrar por todas las ventanas abiertas de par en par.
El olor persistente a aceite quemado ha conseguido colarse por toda la casa, recordándome a cada segundo la tragedia que he estado a punto de provocar.
A eso de las seis de la tarde, el sonido del timbre me saca de golpe de mi letargo. Escucho la puerta de la calle abrirse y la voz inconfundible de mi suegra, que ha venido en cuanto Leo la ha llamado para contarle lo que ha pasado, dispuesta a ayudar a limpiar el estropicio.
Me llega amortiguada la voz de Leo, hablando con ella entre susurros y no lo puedo evitar, mi incorregible vena cotilla, gana la batalla al cansancio.
Me levanto de la cama rápidamente y salgo al pasillo descalza, pisando de puntillas con cuidado para no hacer ruido sobre el parqué.
Me dejo caer en el tercer peldaño de la escalera y me agarro a la barandilla para intentar escuchar la conversación entre los barrotes conteniendo la respiración para que no me descubran.
—Está agotada, mamá. La veo al límite —arranca Leo en voz baja preocupado mientras se sienta en uno de los taburetes de la isla — Así no podemos seguir, no puede ser.
Podía haber pasado algo muy grave. Creo que voy a buscar a alguien que me ayude con en el estudio para poder estar más tiempo en casa o…
no sé qué hacer. Pero me preocupa verla así.
—Gracias a Dios no ha pasado nada serio, no le des más vueltas —responde Carmen tranquila— Sara es una mujer maravillosa, pero tiene que aprender a dejarse ayudar. No se puede estar en misa y repicando. Y tú tampoco puedes multiplicarte, Leo, que bastante tienes tú también.
Escucho el tintineo de una taza de café contra la encimera. Carmen suelta un suspiro y continúa:
—Mira, hijo, sé que Sara se niega, pero…
tal vez ha llegado el momento de que os planteéis llevar a las gemelas a la guardería—Carmen baja aún más la voz lo que me obliga a asomarme para poder escuchar—Aunque sean solo tres o cuatro horas, Leo.
Además a las niñas les va a venir muy bien socializar con otros niños y aprender a no estar todo el día pegadas a su madre.
Desde mi escondite, noto cómo me da un vuelco el corazón al escucharla.
No es que no quiera llevarlas a la guardería…
bueno, a ver, sí, pero no es por no separarme de ellas.
Es que si las llevo ahora… siento que es porque no soy capaz de ocuparme yo sola de mis propias hijas. Es asumir que he fracasado.
—Mamá, ya sabes que Sara no quiere ni oír hablar del tema de momento y…
—Llegados a este punto, no tiene que ser sólo lo que Sara quiera.
—le corta Carmen rotunda—Estáis metidos en un bucle absurdo que solo os está perjudicando.
¿Os habéis visto últimamente? Os pasáis el día a la gresca, distantes y enfadados la mitad del tiempo.
Necesitáis centraros como pareja para que las cosas funcionen…
y eso empieza por poder estar más tranquilos.
Escucho cómo Leo se levanta de golpe arrastrando el taburete impaciente y se pone a caminar de un lado a otro.
—¡Es que las cosas se ven muy fáciles desde fuera, mamá!
—le espeta Leo frustrado— ¿Crees que no he hablado con ella mil veces de la maldita guardería?
¡No tengo ganas de discutir por más cosas con ella!
Aparte, mamá, perdóname pero, ¿me vas a dar tú a mí consejos de pareja?
¿Tú? ¿Que te pasaste años tirándote los trastos a la cabeza con mi padre?
Mira, de verdad, ya lo que me faltaba. Ya sé que necesitamos tranquilidad, pero en esta casa últimamente es imposible encontrarla.
Me llevo una mano a la boca, conteniendo el aliento, horrorizada por el hachazo tan injusto y cruel que acaba de soltar mi marido. Sé lo muchísimo que le ha tenido que doler a Carmen esa acusación.
—Tienes razón, Leo —admite ella en un susurro— Tu padre y yo no hicimos las cosas bien, ni mucho menos.
Pero precisamente porque cometimos muchos errores, sé perfectamente de lo que te estoy hablando.
Sé el precio tan alto que se paga por dejar que el orgullo te paralice y te distancie de la persona que quieres.
Escucho otra vez el sonido metálico de la base del taburete al arrastrar por el suelo de la cocina, anunciando que Carmen se ha levantado también.
—Y por eso mismo, también sé cuánto se gana cuando decides dejar atrás el rencor, empezar de cero y tomarte la relación desde un punto de vista diferente. Yo ahora estoy muy feliz y quiero que tú también lo seas.
—¿Qué dices? ¿De qué estás hablando ahora? —pregunta Leo completamente descolocado por el repentino cambio de tercio.
—Tu padre y yo hemos vuelto, Leo —responde Carmen del tirón, soltando la bomba sin anestesia— Carlos y yo estamos juntos otra vez. Llevamos meses saliendo.
El silencio que se hace en la cocina es tan denso que casi puedo escuchar mis propios latidos contra los barrotes de la escalera. Me sujeto con fuerza al pasamanos, paralizada, sin atreverme a moverme.
—¿Qué? —consigue articular Leo en un susurro, soltando el aire de golpe como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago— ¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Has vuelto con Carlos? ¿Con el hombre que te dejó tirada más de una vez? Dime que es una broma, por favor.
—No es ninguna broma, Leo —responde Carmen manteniendo el tipo— Sé que no te hace mucha gracia, pero las personas cambian.
Tu padre ha cambiado de verdad y nos hemos vuelto a encontrar en un momento en el que la vida nos ha enseñado a darnos cuenta de lo que de verdad importa y nos estamos dando una segunda oportunidad.
—¿Una segunda oportunidad? ¿En serio, mamá? ¡Pero si os disteis mil oportunidades y siempre acababais igual! —explota Leo de golpe, perdiendo los papeles.
Escucho el golpe seco de su puño contra la encimera en un estallido de rabia que me hace dar un bote en el peldaño. El eco del puñetazo retumba en las paredes de la cocina.
—¿Se puede saber en qué coño estás pensando, mamá? ¿Te has vuelto loca?
—¡Leo, contrólate! —le corta Carmen subiendo el tono claramente enfadada— No te consiento que me hables en ese tono.
Entiendo perfectamente que te ha pillado desprevenido, pero tu padre ya no es el mismo de antes y tú lo sabes.
Se esfuerza mucho por demostrártelo todos los días. Se merece un respeto. Y yo también.
Leo resopla con desdén, pasándose una mano por la cara y soltando una risa amarga, seca y despectiva que zanja la conversación.
—Mira, mamá, haz lo que te dé la gana. Sinceramente, tú sabrás lo que haces con tu vida. Ya eres mayorcita para saber dónde te metes y con quién te estrellas.
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El rencor siempre pesa más sobre quien lo carga, que sobre quien lo provocó.