Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 25
83%

CAPITULO 25

El lunes me levanto con la intención de aplicar la filosofía de mi suegra para exprimir cada minuto del día como si fuera el último.

Pero el universo, al que ya todas conocemos, se encarga de reventarme el budismo a la primera de cambio.

Vera ha decidido que no le apetece desayunar y que la papilla de cereales está muchísimo mejor decorando mi camiseta limpia que dentro de su propio estómago.

Un soplido y ¡pum!, gotelé de papilla en mi escote.

Y Alma, para no ser menos que su hermana, ha descubierto que si agitas el biberón con fuerza, obtienes una pintura maravillosa con la que restregar el suelo.

Mientras tanto, Oreo me persigue como un acosador, maullando enfadadísimo y haciéndose la víctima incomprendida por toda la casa, porque considera que su cuenco no está lleno hasta los bordes.

Y Dulce, muy maja ella, ha estado más que entretenida escalando y deshaciendo la montaña de ropa que me ha costado dos horas doblar y que tenía colocada encima de la cama lista para guardar en el armario.

Cada vez estoy más convencida que lo de la conciliación es un mito urbano que se han inventado personas sin hijos, ni mascotas.

Mientras limpio la leche pegajosa del suelo, intento encontrarle algo de sentido a lo que me contó Lara ayer por la tarde.

Me quedé helada. Marcos y ella han decidido darse un tiempo para continuar cada uno su propio camino por separado; él en Londres aclarándose con su nueva vida y ella en Madrid, reconstruyendo su mundo desde cero.

«Más adelante ya se verá, Sara, ahora mismo es lo que hay», me dijo resignada.

A gatas por el suelo y con la bayeta en la mano, repaso toda su historia de amor desde el principio, recordando todos los momentos en los que han sido realmente felices y todas las historias que hemos compartido durante todos estos años.

Si una pareja tan sólida como la suya, se puede romper por culpa de la distancia tan fácilmente, ¿quién nos asegura al resto que estamos a salvo?

Apretando los dientes para no ponerme a llorar, cojo mi teléfono con los dedos pringosos y apunto un par de ideas sueltas en una nota.

Pero decidida a no hundirme en mis propias paranoias, dejo a las gemelas a buen recaudo dentro de su parque de juegos en el salón, rodeadas de juguetes y me voy a la cocina a preparar algo rápido para comer antes de que vuelvan a protestar.

Pongo una sartén al fuego, le echo un chorro generoso de aceite de oliva y me quedo esperando a que se caliente.

Pero antes de tener tiempo para nada más, me llama Elena.

—¡Buenos días, mi escritora estrella! —me saluda de buen humor— No he podido resistirme a llamarte. Me he leído esta noche las páginas que me has enviado y ¡son una auténtica pasada! ¡Me encanta!

Un chute de adrenalina me recorre las venas de arriba a abajo en un momento. El cursor asesino ha muerto. Estoy de vuelta.

—¿En serio, Elena? ¿Te gusta de verdad? ¿No me lo dices por animarme?

—Me estuve riendo un montón, te lo juro, es buenísimo, de verdad. Pero escucha, hay un párrafo de la página cuatro que quiero que revises, porque si le cambiamos un poco el enfoque del diálogo va a quedar redondo. ¿Tienes el manuscrito delante?

—Eeehm… no, Elena, ahora mismo no, pero dame un momento que voy a por el portátil—le respondo saliendo de la cocina a toda prisa.

Entro en el despacho, abro la tapa del ordenador y me pongo a repasar las líneas con Elena, hasta que Dulce viene corriendo por el pasillo directa hacia mí, con el rabo erguido y las pupilas dilatadas, maullando como una loca desquiciada.

—Ay, Dulce, calla, pesada, que estoy al teléfono —la aparto suavemente con el pie con la intención de que se calle un momento y me deje escuchar lo que me está diciendo Elena.

Pero ella esquiva mi pie con agilidad y se pone a maullar a gritos, me bufa de forma salvaje enseñándome los colmillos y sale corriendo hacia el pasillo, girándose para comprobar si la sigo.

—Elena, espérate un segundo, por favor, que la gata se ha vuelto loca y no sé qué narices le pasa—le pido extrañada por el berrinche que tiene la gata—Ahora te llamo.

Me levanto dejando el ordenador encendido y, en cuanto pongo un pie en el pasillo, un olor acre y denso a chamuscado me golpea de lleno.

Corro hacia la cocina y me quedo paralizada en el marco de la puerta al ver que la sartén que dejé olvidada al fuego ha empezado a arder y una llama naranja de casi medio metro se alza debajo de la campana extractora, llenándolo todo a su alrededor de un humo blanco y espeso que se empieza a extender por el resto de la casa.

Entro en pánico y el instinto más básico y estúpido me empuja a coger la sartén por el mango para llevarla corriendo al fregadero y meterla debajo del grifo abierto. Pero justo a tiempo, una voz de alarma en mi cabeza me hace detenerme, «¡Agua no, Sara, que estalla!» .

Temblando de la cabeza a los pies, con el humo blanco empezando a picarme en los ojos y a colarse por mi garganta haciéndome toser, agarro el paño de cocina que tengo colgado del asa de la puerta del horno, lo empapo en el chorro del grifo, lo escurro y, conteniendo la respiración, lo lanzo extendido sobre la sartén, tapando la llama para asfixiar el fuego.

Doy un paso atrás asustada, con el corazón latiéndome a doscientas revoluciones por minuto y apago la vitrocerámica de un manotazo.

Con las piernas temblando, levanto un poco la esquina del paño y compruebo aliviada que la llama se ha extinguido bajo la tela.

Pero la cocina está llena de humo y entonces el pánico cambia de bando: Las niñas .

Salgo corriendo de la cocina con los ojos llenos de lágrimas y sin dejar de toser.

Llego al salón tropezando con la alfombra y me dejo caer de rodillas junto al parque de juegos.

Vera y Alma están perfectas, sanas, salvas y siguen balbuceando felices ajenas a la desgracia que ha estado a punto de ocurrir.

—Dios mío, menos mal… Gracias, gracias, menos mal… —sollozo limpiándome el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Me levanto del suelo rápidamente y empiezo a abrir de par en par todas las ventanas del salón y de la cocina para que corra el aire y se lleve el humo cuanto antes. Cojo a las gemelas, una en cada brazo y las saco pitando al jardín, dejándolas sentadas sobre el césped a la sombra del cerezo.

Dulce y Oreo, que han captado perfectamente la gravedad de la situación, salen disparados detrás de mí.

Me dejo caer de rodillas sobre la hierba junto a mis hijas, que me miran asustadas por mi reacción y me pongo a llorar sin control.

¿Y si Dulce no llega a venir a avisarme? ¿Y si me quedo cinco minutos más colgada al teléfono mientras el fuego alcanza los muebles? ¿Y si mis hijas se asfixian por mi culpa? Por mi culpa, por querer demostrar que puedo con todo. Me siento la peor madre del mundo.

Dulce se sienta a mi lado en el césped con las orejas tiesas, lamiéndose una pata delantera y vigilándome de reojo con una expresión de «De la que te acabo de salvar, humana insensata, a ver si espabilas» y Oreo se acurruca junto a mí en silencio, pegando su lomo a mis piernas, pero soy incapaz de dejar de temblar.

El aire no me entra del todo en los pulmones y tengo un nudo en la garganta que me ahoga.

Desbloqueo el teléfono con dedos temblorosos, intentando enfocar como puedo la pantalla empañada por las lágrimas que no paran de brotar. Necesito a Leo.

No sé cuánto tiempo paso sentada en el césped llorando abrazada a las niñas.

Solo sé que, de repente, el chirrido de unos neumáticos frenando en la entrada me saca de mi trance.

Escucho el portazo de un coche y, un segundo después, Leo entra en el jardín corriendo, con la respiración entrecortada y la cara pálida y desencajada por lo que me ha escuchado delirar por teléfono.

Cruza el jardín corriendo, se deja caer de rodillas junto a nosotras, derrapando sobre la hierba y me agarra con fuerza de los hombros, obligándome a levantar la cara y mirarle.

—¿Sara? ¡Sara, mírame! ¿Estáis bien? ¿Las niñas están bien? —Sus ojos verdes escanean a Vera y a Alma como un poseso y, al comprobar que están intactas, vuelve a mirarme a mí temblando—. Por Dios, Sara, dime algo, ¿qué ha pasado?

Rompo a llorar de nuevo, sin poder contenerme ni un minuto más, soltándolo todo de golpe.

—No puedo más, Leo… Te lo juro, no puedo más —escupo entre sollozos hiperventilando— Te juro que lo intento, todos los días lo intento.

Intento llegar a todo pero al final no consigo nada.

No puedo más. Quiero ser buena madre, buena escritora, ocuparme de la casa, apoyar a Lara y estar pendiente de ti y…

y no estoy haciendo nada bien. Lo intento, de verdad que lo intento, pero no puedo más, no puedo más.

Hundo la cara en su pecho desesperada, empapándole la camiseta con mis lágrimas, mientras él me rodea con sus brazos firmes, pegándome fuerte a su cuerpo.

—Les podría haber pasado algo a las niñas, Leo…

—consigo articular tiritando— Me he ido al despacho para repasar una cosa del manuscrito con Elena y me he olvidado de que había dejado una sartén al fuego.

Si Dulce no llega a venir a buscarme maullando como una loca, hubiera quemado la casa con nuestras hijas dentro.

Solo de pensarlo… lo estoy haciendo todo mal, muy mal.

Leo no dice nada durante unos instantes que se me hacen eternos. Solo me estrecha todavía más fuerte contra él, escondiendo su barbilla en mi pelo revuelto. Puedo notar cómo le tiemblan los brazos mientras me sujeta y su respiración entrecortada contra mi oído.

Cuando se calma lo suficiente, me coge la cara con las dos manos, obligándome a mirarle directamente a los ojos.

—Sara, escúchame bien, mírame —me pide con la voz temblorosa, intentando encontrar mi mirada borrosa—.

Shhh, tranquila, cariño. Ya está. Respira.

Eso no ha pasado, ¿vale? Por suerte, estáis todas bien.

No eres mala madre. No lo eres, Sara, solo estás agotada.

Quítate esa idea de la cabeza. Todo va a ir bien, tranquila. Estoy aquí contigo.

Cierro los ojos y respiro su perfume, aferrándome a él con las pocas fuerzas que me quedan.

*****

Nos enseñan a ser fuertes y a aguantarlo todo,

pero nadie nos dice qué hacer el día que ya no podemos más.