CAPITULO 24
Hay algo profundamente adictivo en el simple hecho de dormir una noche entera del tirón, así que decido exprimir hasta el último minuto de mi bendita soltería temporal y bajo sin prisa a desayunar al buffet del hotel.
Me preparo un capuchino gigante con una capa de espuma tan densa que se podría flotar en ella, añado un par de mini cruasanes de mantequilla que se deshacen literalmente en la boca y un bol gigante de sandía que tiene una pinta estupenda y un color rojo brillante.
Me quedo un buen rato sentada en la mesa, saboreando cada bocado en un silencio que me sabe a gloria.
Miro de reojo mi maleta apoyada junto a la columna, donde la bolsa con los juguetes eróticos de Valeria descansa a buen recaudo bajo mi ropa y se me escapa una sonrisa.
Qué fin de semana tan surrealista y maravilloso al mismo tiempo. Quién me lo iba a decir a mí.
A media mañana llego a la bulliciosa estación de Sants arrastrando la maleta con paso ligero y me subo al AVE rumbo a Madrid.
El trayecto de vuelta se me pasa en una especie de duermevela, viendo pasar los paisajes áridos e infinitos de los Monegros y los campos amarillos de trigo de Aragón a través de la ventanilla, mientras escucho una playlist acústica y tranquila en Spotify que me aísla por completo del traqueteo.
Cuando el tren frena con un chirrido metálico en la estación de Atocha, cojo mi maleta del maletero superior y salgo al andén para mezclarme con la marea de pasajeros que avanza en silencio hacia las escaleras mecánicas.
Pero cuando levanto la vista buscando la salida, se me para el pulso.
Leo está de pie junto a la barandilla de cristal de la planta superior, con un ramo precioso de girasoles silvestres y margaritas en la mano.
Me quedo inmóvil sin creerme lo que estoy viendo.
Llevo mucho tiempo imaginando a mi marido alejándose de mí y resulta que lo primero que hace en cuanto vuelvo es dejarlo todo para venir a recogerme.
—¿Qué haces aquí? ¿Y las niñas? —le pregunto en cuanto consigo moverme y llegar a su altura, aunque lo único que quiero hacer es soltar la maleta y abrazarle fuerte hasta que me duelan las costillas.
—Las niñas están en casa con mi madre —sonríe Leo, acortando la distancia que nos separa mientras me tiende el ramo de flores— Quería venir a buscarte. Bienvenida a casa, escritora.
Dejo caer la maleta al suelo sin importarme lo más mínimo las miradas curiosas de la gente que nos esquiva a trompicones y le rodeo con los brazos, hundiéndome en el hueco de su cuello.
Leo me sujeta con firmeza por la cintura con sus manos grandes, pegando mi cuerpo al suyo y me da un beso profundo, lento y tierno que borra de un plumazo todos los fantasmas que me atormentan.
Qué queréis que os diga, aunque tengamos pendiente una conversación bastante seria, ahora mismo, necesito desesperadamente disfrutar de este momento.
Cuando llegamos a casa, las niñas están entretenidas jugando con unos bloques apilables, bajo la atenta y orgullosa mirada de Carmen. En cuanto me ven cruzar la puerta del salón, levantan sus bracitos hacia mí sonriendo y ya solo con eso, hacen que me sienta en casa.
Subimos a nuestra habitación para que pueda darme una ducha y deshacer la maleta.
—Te he echado de menos, Sara —murmura Leo contra la piel desnuda de mi hombro, abrazándome por la espalda mientras intento colocar la ropa en el armario.
—Y yo a ti, Leo. Mucho —le respondo, dándome la vuelta entre sus brazos para mirarle fijamente a los ojos, sintiendo los latidos de su corazón contra mi pecho y consciente de que hemos decidido darnos un pequeño respiro.
Tenemos muchas cosas de las que hablar y varios puntos que aclarar, pero ahora mismo no me apetece romper este hechizo.
Necesito pensar muy bien lo que voy a decirle y cómo hacerlo, porque no quiero volver a sufrir la guerra silenciosa y asfixiante de los últimos días.
Hoy solo quiero disfrutar de un poco de paz.
Un par de horas después, aprovecho que Leo ha salido a pasear a las gemelas por la urbanización para hablar a solas con Carmen. Eso es algo a lo que sí me siento con fuerzas para enfrentarme hoy.
Me apoyo de espaldas en la isla de la cocina, cruzo los brazos y la miro fijamente, sin pestañear.
—Carmen, tenemos que hablar. Sé que Carlos y tú estáis juntos de nuevo.
Carmen se queda congelada en mitad del movimiento, deja el trapo sobre la encimera suspirando y se deja caer en uno de los taburetes, entrelazando sus manos sobre las rodillas como si intentara controlar un temblor.
—Sí —admite entornando los ojos y mirando hacia el infinito con una sonrisa nostálgica— Llevamos varios meses juntos, Sara. Viéndonos a escondidas.
—Pero Carmen… —la corto frunciendo el ceño, incapaz de contener la avalancha de preguntas que se me ocurren— Es Carlos. Vuestro divorcio fue horroroso. ¿Por qué vuelves con él con todo lo que te hizo pasar?
—Sé perfectamente lo que estás pensando, Sara.
Sé que parece una locura, pero… Carlos ha cambiado —me dice mirándome a los ojos— No es el mismo hombre egoísta y egocéntrico de antes.
El tiempo nos pasa factura a todos, hija, y a él la soledad le ha dado el baño de realidad que necesitaba.
Ahora, por primera vez en toda nuestra historia, por fin siento que soy su prioridad, que soy lo más importante de su vida y me mira con unos ojos que…
que me hacen sentir viva de nuevo, joder.
Escuchar un taco así en la boca de mi suegra, católica y comedida, es el equivalente a un terremoto de escala ocho. Me muevo incómoda, cambiando el peso de una pierna a otra, mientras asimilo sus palabras.
—Ya, Carmen, pero… ¿no te da miedo que vuelva a las andadas? ¿Que se canse y vuelva a irse como otras veces?
Carmen se queda un momento en silencio, acariciándose de forma inconsciente el lugar de la alianza que ya no lleva en el dedo, mientras procesa mi pregunta con la mirada fija en la encimera.
—Claro que tengo miedo, Sara. Sería estúpida si no lo tuviera —responde con serenidad— Pero he aprendido que nadie puede asegurarme qué pasará mañana, ni con Carlos ni con nadie.
¿Sabes cuántas veces sufrimos por cosas que nunca llegan a pasar?
Demasiadas. Y mientras tanto dejamos escapar las cosas maravillosas que sí están ocurriendo delante de nuestras narices.
Se inclina hacia delante, apoyando los brazos sobre la isla y reduciendo la distancia entre las dos hasta que casi podemos tocarnos las manos.
—Nos pasamos el día agobiadas por el trabajo, las facturas, la casa y, sobre todo, por el miedo al qué pasará.
Nos obsesionamos tanto con el destino que, sin darnos cuenta, nos olvidamos por completo de disfrutar el trayecto.
Y la vida pasa demasiado rápido, Sara. Te lo digo yo.
Mañana nos hacemos viejas o nos morimos de repente y ¿qué nos queda?
Tenemos que aprender a disfrutar de las pequeñas cosas que sí que tenemos.
Un café al sol, una risa inesperada por una tontería o un abrazo a oscuras.
Esas cosas son las que de verdad marcan nuestra felicidad.
Pero no las podemos disfrutar si nos pasamos todo el santo día pensando en lo que nos gustaría alcanzar algún día, en lugar de valorar lo que ya tenemos entre las manos.
Si Carlos un día se vuelve a ir, al menos habré disfrutado de todo este tiempo con él.
Prefiero arrepentirme de haberlo intentado, que morirme con la duda de lo que pudo haber sido.
Las palabras de mi suegra me dejan muda, sintiendo que su discurso no va dirigido solo a su romance secreto… sino que va directo a mi propia relación. A mi bloqueo creativo. A mis celos absurdos. Qué bofetón de realidad me acaba de meter Carmen sin despeinarse.
—Tienes toda la razón, Carmen—consigo articular con dificultad, tragando saliva para deshacer el nudo de vergüenza que me quema— Pero tienes que contárselo a Leo cuanto antes.
Carmen se tensa de nuevo y desvía la mirada hacia la ventana, donde el sol de la tarde ya roza las copas de los árboles.
—No sé si lo va a entender, Sara… Leo ahora mismo está bien con su padre y ha conseguido aceptarle de nuevo en su vida. Pero ha sufrido mucho por su culpa en el pasado. Y esto le va a parecer una traición o una tomadura de pelo.
—Carmen, no puedes seguir escondiéndote.
Os puede ver cualquier día igual que lo he hecho yo, o enterarse de alguna forma y ahí sí que vamos a tener un problema —le insisto dando un paso hacia ella—Sobre todo, si se entera de que yo ya lo sabía y no se lo he contado, va a sentir que le mentimos todos.
Habla con él, Carmen, por favor. Cuanto antes.
—Lo sé, lo sé, tienes toda la razón —Carmen suspira pasándose una mano por el pelo resignada—. Lo haré, te lo prometo. Se lo contaré todo en cuanto encuentre el momento. Pero por favor, Sara, dame unos días. No se lo cuentes.
Asiento despacio mientras Carmen se levanta del taburete y vuelve a coger el trapo para terminar de limpiar la encimera, como si nada hubiera pasado.
*****
Nos pasamos media vida sufriendo por lo que algún día podría romperse, sin darnos cuenta de que mientras tanto, estamos descuidando todo lo que aún sigue en pie.