Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 23
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CAPITULO 23

Salgo de la cafetería muerta de vergüenza, me despido de Elena con un abrazo en la acera y enfilo la calle a paso lento, con la bolsa de satén negro con el «kit de primeros auxilios matrimoniales» de Valeria bien escondida en el fondo de mi bolso.

Con cada zancada, siento que el artilugio me golpea la cadera como una acusación silenciosa de mi flagrante falta de mambo.

Camino disfrutando de los últimos rayos del sol que tiñen de dorado los adoquines, hasta que decido sentarme a descansar en una terraza de los Jardinets de Gràcia .

Mientras espero a que el camarero me traiga un descafeinado con hielo, me pongo las gafas de sol y me dedico a observar el movimiento de la calle.

A pocos metros, al final del paseo, se recorta la imponente silueta del hotel Casa Fuster, con su fachada modernista brillando bajo las luces del atardecer.

En la acera de enfrente, una pareja de unos treinta años camina completamente acaramelada y abrazada, ajena al mundo que la rodea.

Se detienen frente al edificio, él la rodea por la cintura con devoción y saca el móvil del bolsillo para hacerse un selfi romántico contra la fachada.

Ella se apoya mimosa en su pecho, levanta la cara con los ojos cerrados para darle un beso y se ríe después, mirándole con complicidad dentro de su pequeña burbuja de amor.

Me quedo mirándolos durante un buen rato por encima del cristal de mis gafas y me pregunto si serán unos recién casados en plena luna de miel o si, por el contrario, ella será su amante y están viviendo un romance clandestino en Barcelona… como mi marido.

Y no sé si es por estar lejos de casa o por el buen humor del fin de semana, pero una verdad aplastante cruza mi mente, como un rayo de luz blanca en mitad de la oscuridad.

«¿Pero qué coño estas diciendo? A ver, Sara, frena…

¿Y si te has precipitado? ¿Y si estás montando un drama donde solo hay una mala racha?

» , me susurra al oído un Pepito Grillo con voz de sargento.

Hago un esfuerzo sobrehumano por intentar ser objetiva.

A ver, la única prueba que tengo de la supuesta traición de mi marido es una maldita reserva de la que no me ha querido decir nada.

Nada más. Leo no me ha contado nada del hotel erótico, de acuerdo, y se ha puesto a la defensiva, sí…

pero joder, no es que haya encontrado un tanga de encaje metido entre los cojines del sofá, ni un mensaje en su teléfono en plan « te espero desnuda en la cama …

» ¿Y si lo estoy liando todo yo solita con mis paranoias?

De pronto siento una mezcla espantosa de culpa y miedo al darme cuenta de que, tal vez, por un impulso irracional y orgulloso, he estropeado todo.

En mitad de mi crisis existencial, mi móvil vibra sobre la mesa con un WhatsApp de Lara.

Lara (19:12): Hola, reina. ¿Qué tal ha ido la firma?

Seguro que has arrasado. Por aquí… bueno.

Solo quería decirte que ya he llorado todo lo que tenía que llorar por Marcos y he decidido que la vida sigue y hay que tirar hacia adelante.

Mañana mismo empiezo a reorganizar mi mundo. Te quiero. Disfruta de Barna.

Una corriente eléctrica de adrenalina me recorre la espalda al leer el mensaje.

La vida sigue. Hay que tirar hacia adelante.

Las palabras de mi amiga se mezclan con la imagen de la pareja acaramelada de la acera y con mis propias dudas, convirtiéndose en un cóctel explosivo.

Saco el cuaderno fucsia del bolso, pasando las hojas de los últimos días y apoyo el bolígrafo sobre una hoja blanca y limpia.

Las palabras brotan solas, veloces, caóticas, con una fuerza destructiva y sanadora a la vez que hace que me tiemblen los dedos sobre el papel. La honestidad que me pedía Elena, acaba de estallar en mitad del Eixample.

Una hora después, con el pulso todavía revolucionado, cierro el diario de un golpe, me termino el café de un trago y me pongo en marcha.

Camino rápido de vuelta hacia el hotel, sintiendo el aire fresco y húmedo del atardecer en la cara y la adrenalina por las nubes.

Saco el teléfono del bolso sin detenerme, busco el contacto de mi marido y antes de que el orgullo me haga dar marcha atrás, presiono el botón de llamar mientras el corazón me golpea con fuerza.

El tono de llamada resuena en mi oído mientras camino por la acera de la calle Mallorca. Tarda tanto en responder que estoy a punto de colgar, convencida de que me va a saltar el buzón de voz.

—¿Sara?—Su voz suena seca, plana, desprovista de cualquier emoción.

—Hola… —respondo tragando saliva y bajo el ritmo de mis pasos hasta detenerme junto a un portal de piedra— ¿Qué tal? ¿Cómo van las cosas por casa?

—Bien… Normal—responde con una distancia prudencial, como si estuviera midiendo cada una de sus palabras al milímetro para no pisar ninguna mina.

Se hace un silencio corto, denso e incómodo en el que solo escucho el ruido de los coches pasar de fondo, hasta que Leo suspira al otro lado de la línea e intenta rebajar la tensión con un amago de su ironía habitual— Sobreviviendo como buenamente puedo a las niñas… y a mi santa madre.

—¿A Carmen? ¿Qué pasa ahora? —pregunto, entornando los ojos.

— Mi madre se ha hecho con el control de la casa, Sara. Y me está volviendo loco, te lo juro. Si llego a saber que se lo va a tomar tan a pecho, se lo hubiera pedido a la tuya, que al menos me hace croquetas.

Me hecho a reír sin poder evitarlo, sintiendo cómo el nudo que me oprimía el pecho se va deshaciendo lentamente con el calor de su voz.

—Madre mía… Te compadezco, de verdad. Ten cuidado no te vaya a poner el babero a ti también para comer —bromeo con tono mimoso, dejando caer los hombros—. ¿Y las niñas? ¿Qué tal están?

—Fritas. Acaban de caer las dos rendidas. ¿Y tú?—¿Es cosa de mía o su voz suena de repente realmente interesada, más suave y sin esa coraza de hielo ?— ¿Qué tal por Barcelona?

Me muerdo el labio inferior emocionada, apoyándome contra la fachada fría del portal y siento un alivio indescriptible al ver que ya no me contesta con monosílabos como estos días de atrás.

—Ha sido un auténtica locura, Leo, no te lo puedes ni imaginar —le cuento sonriendo sola en mitad de la calle— Esta mañana, cuando he llegado, había una cola enorme frente a la librería. Ver a toda esa gente haciendo cola por mí, por algo que he escrito yo… ha sido increíble.

—Me alegro mucho, Sara. Te lo mereces.—Su tono es tan sincero que me entran ganas de traspasar la pantalla del móvil para abrazarlo.

—Y después he ido a comer con Elena al 7 Portes y resulta que la sádica de ella había organizado una entrevista con Valeria de la Vega, ¿te lo puedes creer?

¡La de las novelas eróticas! He pasado una vergüenza horrible, Leo, yo no sabía dónde meterme.

¡Valeria me ha sacado juguetes eróticos en directo!

Leo suelta una carcajada que hace siglos—o al menos eso me parece—que no le escuchaba en casa.

—No jodas, ¿en serio? —pregunta sin dejar de reír—Bueno… pues ya me los enseñarás, habrá que probarlos, ¿no?

—Ya veremos. Depende de cómo te portes—le sigo el juego con un tono pícaro mientras siento que la chispa vuelve a saltar entre los dos.

—Oye Sara… —dice él de pronto, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro que me eriza la piel.

—¿Sí?— respondo conteniendo el aliento.

Se hace un silencio durante dos segundos en los que me doy cuenta de cuánto he echado de menos escuchar su voz de siempre, sin rabia.

—Te quiero.

—Y yo a ti —respondo en un susurro justo antes de colgar.

Miro la pantalla apagada del móvil con una sonrisa radiante, espantando con todas mis fuerzas las estúpidas dudas que se empeñan en martirizarme, me guardo el teléfono en el bolso y reanudo mi paseo hacia el hotel bajo las primeras estrellas de la noche.

No estoy cansada. Al contrario, me siento totalmente acelerada, eléctrica.

En cuanto entro en mi habitación, enciendo el portátil y abro el cuaderno fucsia de par en par.

Repaso las notas caóticas que he garabateado en la terraza y abro un nuevo documento en blanco.

Mis dedos se posicionan con seguridad sobre el teclado y empiezo a escribir.

Las frases fluyen solas, una detrás de otra, en una cascada incontrolable.

Y el maldito cursor que llevaba tanto tiempo burlándose de mi incompetencia, ahora corre frenético intentando seguirle el ritmo a la historia.

Paso horas metida en mi propia burbuja, si mirar el reloj, hasta que las letras comienzan a bailarme de forma borrosa sobre la pantalla y un bostezo enorme, me obliga a cerrar la tapa del portátil.

Me acerco descalza al ventanal para abrir las puertas y sonrío al ver que por encima de los tejados, las primeras luces del amanecer comienzan a teñir todo de un tono rosado y malva precioso.

*****

A veces la inspiración vuelve, cuando dejas de perseguirla. Igual que algunas personas.