CAPITULO 22
Nos sientan en una mesa de madera oscura junto al paseo y Elena, pletórica por el éxito de la sesión de firmas de esta mañana, pide una botella de vino blanco y el plato estrella de la casa: el Arroz Parellada.
Cuando nos sirven la paella humeante, el olor intenso a mar, a azafrán y a sofrito inunda la mesa, haciéndome la boca agua.
Es el famoso arroz «para señoritos», donde todo —absolutamente todo: las gambas, el calamar, el lomo, las salchichas— viene escrupulosamente limpio, pelado y troceado en porciones perfectas para que no tengas que mancharte los dedos ni usar el cuchillo en ningún momento. Un invento maravilloso, la verdad.
—Sara, una cosita… —Elena deja caer la cucharilla del flan sobre el plato con un clic metálico que me hace levantar la vista— no te lo he querido decir antes para que no te pusieras nerviosa, pero esta tarde nos esperan en Gràcia a las cinco.
—¿Para qué? Elena, por favor, que tengo los dedos entumecidos de firmar y…
—He conseguido que te hagan una entrevista conjunta con Valeria «Val» de la Vega.
Casi escupo el último sorbo de vino blanco.
Me da un ataque de tos que intento camuflar con la servilleta.
¿Valeria de la Vega? ¿La reina nacional de la novela erótica?
¿La que vende millones de ejemplares escribiendo sobre orgasmos múltiples, directivos multimillonarios con oscuros gustos sadomasoquistas y empotramientos salvajes?
¿Y yo voy a sentarme a su lado a hablar de qué?
¿De que llevo meses en los que lo más interesante que me pasa por la noche es conseguir dormir cuatro horas seguidas? ¿Estamos locos o qué?
—Elena, ni de coña. Esa mujer desayuna ostras con champán en un ático de lujo y yo escribo sobre mi gato gruñón en pijama. ¿Cómo pretendes que haga una entrevista con ella sin hacer el ridículo?
—Sara, escúchame—Elena suaviza el tono para convencerme— El contraste entre la dulzura de tu comedia cotidiana y el fuego de su literatura erótica es un bombazo. Tú sonríe, sé tú misma y déjate llevar.
Ahora mismo me apetece muchísimo un gin-tonic… ¿Quedaría muy mal si me lo pido?
Dejarme llevar dice la tía tan tranquila… ¡Verás!
Dos horas más tarde, entramos en una cafetería moderna y de diseño del barrio de Gràcia, donde las plantas colgantes que caen desde tuberías vistas, las mesas de terrazo con vetas de colores y los hípsters devorando cruasanes de matcha dominan el lugar.
Valeria de la Vega ya está allí, apoltronada como una emperatriz romana en un sofá de terciopelo rosa chicle.
En cuanto la veo, me dan ganas de dar media vuelta y huir en el primer taxi que pase por la puerta.
Es una diva de cuarenta años espectacular.
Viste un traje chaqueta de raso rojo amapola brillante sin nada debajo, con un escote de infarto, taconazos de aguja, una melena rubia platino rizada y sostiene en su regazo a un chihuahua diminuto y tembloroso que lleva un jersey de cachemir blanco con pedrería de strass y al que acaricia de forma exagerada con unas uñas kilométricas pintadas a juego con su traje.
—Hola, soy Sara, un placer… —le digo, extendiéndole una mano e intentando por todos los medios no dejarla al alcance del chihuahua, que me gruñe enseñándome los dientes como una piraña en miniatura.
—¡Hola, cariño! ¿Qué tal?—me saluda con una voz estridente y un acento de lo más pijo, dándome dos besos que huelen intensamente a Chanel N.º 5— Siéntate, siéntate aquí a mi lado y ponte cómoda, mujer.
Le estaba diciendo justo ahora a Cupido —señala al mini Gollum que no para de temblar— que tu libro me ha parecido divertidísimo, de las cosas más frescas y simpáticas que he leído este año.
Aunque, déjame decirte que creo que a tu protagonista le hace falta un buen revolcón que la deje con las piernas temblando durante días para quitarle las tonterías que tiene en la cabeza.
¡Mucha comedia, pero poca acción en el colchón, nena!
Miro a Elena con los ojos desorbitados pidiendo auxilio, sintiendo cómo mis mejillas comienzan a hacer juego con su traje de raso.
Cupido se acurruca en los brazos de su dueña sin perderme de vista ni un segundo con sus ojos saltones, mientras el técnico del pódcast nos coloca los micrófonos, nos da la señal de que estamos en directo en Instagram y Valeria se acomoda el escote con un movimiento felino, lista para brillar.
—¡Buenas tardes, mis adictos al pecadoooo!
—arranca Val con un desparpajo natural y una soltura que ya quisiera yo para mis aburridísimas presentaciones—.
Hoy estamos aquí, en mi querida Barcelona, con la maravillosa Sara, la nueva reina de la comedia romántica.
Y vamos a hablar de la finísima línea que separa la ficción de la realidad.
A ver, Sara, cuéntanos… —se gira hacia mí, entornando los ojos con picardía y apoyando los codos sobre la mesa— Tus lectoras seguro que se mueren por saberlo.
Escribes sobre tu propia vida, eso ya lo sabemos todas, pero apenas hay escenas picantes en tu novela, así que nos has dejado con las ganas de saber lo más importante…
¿cómo gestionas tú los niveles de pasión en tu matrimonio?
Porque supongo que tu marido, que sale tantísimo en el libro, será tu muso en la cama, ¿no?
¿Le das caña o eres de las que utilizan la clásica y aburrida excusa del dolor de cabeza?
Trago saliva con mucha dificultad y el micrófono parece amplificar el sonido de mi garganta seca.
En mi mente se proyecta, como una película de terror psicológico en alta definición, la imagen de mi diario violado, las ideas de mi suegra intentando reavivar nuestra pasión…
y la maldita reserva de La Casita del Amor .
—Bueno… —consigo articular con esfuerzo, forzando una sonrisa que debe de parecer una mueca de dolor de muelas— Supongo que cuando tienes dos gemelas de seis meses, tu mayor fantasía erótica no es un directivo cachas desnudo en un jacuzzi, sino poder dormir ocho horas seguidas.
Valeria suelta una carcajada teatral, agitando su melena platino de un lado a otro mientras da palmas en la mesa de con tanta fuerza que hace que Cupido pegue un brinco del susto en su regazo y le lance una mirada de reproche.
—¡Ay, por favor, qué aburrimiento, hija mía!
¡Eso es un sacrilegio, nena, un crimen contra la humanidad en toda regla!
Con la felicidad que da el buen sexo y lo bien que te deja el cutis.
Mira, te voy a dar un consejo… —Valeria se inclina hacia mí sobre la mesa, haciendo que las perlas del jersey de Cupido tintineen como cascabeles diminutos— Cariño, a los hombres hay que mantenerlos siempre firmes, hambrientos y motivados, que si no, se despistan y miran el menú de otros restaurantes.
Hay que innovar. ¿Tú qué tropos manejas en la cama?
¿Tenéis juguetes? ¿Disfraces? ¡Dime que por lo menos tienes un Satisfyer en el cajón de la mesilla!
Casi me desintegro en el sofá de terciopelo rosa. Miro de reojo a la pantalla del técnico y veo cómo los comentarios de sus seguidores suben a la velocidad de la luz. «¡Valeria presidenta!» , «¡Sara, responde por Dios!» , «Pobrecilla, le va a dar un parraque en directo» .
—Bueno, yo… la verdad es que no tenemos mucho tiempo para el látex —consigo balbucear, intentando desesperadamente mantener la dignidad mientras noto una gota de sudor frío bajándome por la nuca.
—¡Látex dice! Qué antigua, por favor —Valeria resopla, agitando la mano en el aire como si espantara una mosca—. A ver, Elena, querida, pásame la bolsa, anda.
Elena, que está disfrutando del espectáculo desde la barrera como una auténtica sádica, le acerca a Val una bolsa de papel satinado negro con cordones dorados.
Valeria mete el brazo con una sonrisa maliciosa y, ante mis ojos horrorizados y los de cinco mil personas que nos ven desde sus casas en directo, empieza a sacar artillería pesada y a alinearla sobre la mesa de la cafetería.
—A ver, nena, escúchame bien, como madrina erótica te voy a regalar un kit de primeros auxilios—anuncia Val como si me estuviera recetando paracetamol— Esto de aquí, es un aceite corporal con efecto calor sabor piruleta.
Un clásico, no falla nunca y huele de maravilla, te van a dar ganas de chuparlo, créeme.
Esto otro es un antifaz de seda, porque si anulas por completo el estímulo visual, se agudizan los otros sentidos, ¿me entiendes?
Y esto… esto es el Santo Grial. —Saca con un movimiento triunfal una caja de plástico blanco minimalista con el logo dorado en relieve—Es sumergible, recargable por USB y tiene más revoluciones que un coche de carreras.
Te lo llevas a Madrid, metes a las niñas en la cuna, te pones esto con música de fondo y el lunes me escribes un correo dándome las gracias. ¿Sabes cómo funciona verdad?
—Yo…la verdad es que…—La verdad es que yo no sé ni dónde meterme en este momento. Me sudan hasta las manos.
—¡Ay, Dios! Me parece a mí que tienes que aprender muchísimo más de lo que yo pensaba. A ver, Elena, pásame el bolso, anda. Sí, ese, el grande de Loewe .
Elena, que está muerta de la risa y secándose una lágrima con el dorso de la mano, le tiende un bolso de dimensiones colosales del que podría salir perfectamente, sin exagerar, una familia entera de refugiados.
¡La madre que la parió! Está disfrutando de lo lindo del espectáculo… y encima a mi costa, la muy sádica.
Valeria saca otro aparato idéntico de su bolso—este de un color fucsia chillón que hace daño a la vista—, le da al botón de encendido y el artilugio de silicona empieza a vibrar con un zumbido potente sobre la mesa.
Cupido se asusta con el runrún eléctrico, pega un brinco hacia atrás en el sofá y, sacando sus instintos de lobo rabioso de un kilo, se lanza a morder el aparato como un sádico diminuto.
—¡Uy! Perdonadme, mis adictos, es que a Cupido a veces le da por morderlo—Valeria, que está más que acostumbrada al carácter demoníaco del pequeño monstruo, lo sujeta en el aire a tiempo.
Por culpa del traqueteo continuo de la vibración, el chisme fucsia empieza a avanzar lentamente por la superficie de la mesa, desplazándose en línea recta hacia mi taza de café con hielo.
El hípster barbudo de la mesa de al lado ha dejado de mirar la pantalla de su ordenador y nos observa con los ojos totalmente desorbitados, con el cruasán de matcha a medio camino de su boca abierta.
—Valeria, de verdad, te lo agradezco un montón… pero no hace falta, en serio, no creo que sea necesario, yo no… —intento frenarla desesperadamente, estirando las manos sobre la mesa para intentar tapar el panorama antes de que la cámara lo enfoque en primer plano.
—¡De nada, nena, es un regalo de la casa!
—me corta ella con desparpajo, apagando el aparato de un manotazo y embutiéndolo todo en una bolsa de tela de satén negro que se guarda de nuevo dentro de su bolso— Considéralo material de inspiración para tu segunda novela.
Que tus lectoras quieren mambo, Sara. Menos gatitos gruñones y más revolcones, ¡un respeto a la literatura de calidad, coño!
El técnico del pódcast hace una señal con la mano para cortar la emisión del directo, riéndose por lo bajo mientras recoge los cables.
Valeria se recuesta en el sofá súper satisfecha, dándole un beso largo y sonoro en la frente al pobre Cupido que sigue gruñendo.
Yo me quedo sentada rígida en el borde del sofá, completamente petrificada y sin lograr asimilar todavía el torbellino que me acaba de pasar por encima.
Definitivamente, este viaje va a marcar un antes y un después en mi aburrida vida.
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Intentar encajar en el estilo de otro, es la forma más rápida de perder el tuyo.