CAPITULO 21 #2
Me quedo unos minutos embobada frente al escaparate de Loewe , admirando un bolso color caramelo que me ha enamorado, pero que cuesta más que dos mensualidades de mi hipoteca, por lo que suelto un suspiro y sigo subiendo por la avenida hasta que me detengo frente a las formas imposibles y mágicas de la Casa Batlló, cuyos balcones parecen máscaras de carnaval bajo el sol de la tarde.
Unos metros más arriba me detengo ante la grandeza de La Pedrera para observar su fachada ondulante que simula las olas del mar y termino entrando en la tienda de cada persona que avanza en la cola trae su propia historia y un motivo completamente diferente para estar allí:
Primero le toca el turno a una chica de unos veinte años que me deja el ejemplar sobre la mesa temblando como un flan, muy emocionada porque mi protagonista es literalmente ella, en cada página.
Unas cuantas firmas después, le llega el turno a un señor de unos sesenta años, que desprende un fuerte olor a colonia clásica.
Me pide con un guiño pícaro que le dedique la novela a su esposa, pero que le ponga alguna frase picante de esas tuyas, Sara, que cumplimos las bodas de oro la semana que viene y nos viene de perlas un poco de inspiración.
Me pongo roja en cuestión de segundos, hasta que consigo reaccionar, provocando una carcajada de las chicas que esperan justo detrás en la cola.
Pero el premio de la mañana, se lo lleva, por goleada, una mujer de unos cuarenta años que se planta ante mí con paso firme, deja el libro sobre la mesa y levanta un transportín de tela negro.
Por la rejilla asoma una cara asustada, con los ojos desorbitados y los bigotes tiesos, de un gato gordo blanco y negro, muy parecido a mi Oreo.
—Es que vi en una Story en tu Instagram, que te habías inspirado en tu propio gato para crear el personaje —me suelta la mujer toda emocionada gesticulando mucho con las manos— y me he traído a Benito para que se conocieran los dos. ¡Es que son clavaditos! ¿No ha venido Oreo contigo?
—Eeehmm, no, qué va.—respondo parpadeando totalmente descolocada y buscando a Elena con la mirada— Lo siento muchísimo, pero Oreo se ha quedado en Madrid.
—¡Ah! Vaya, qué pena…
—Ya imagino… pero era mucha paliza para él, pobrecito.
—Claro, claro, lo entiendo. ¡Qué le vamos a hacer!
Benito se quedará con las ganas el pobre…
—la mujer no hace más que zarandear el transportín y el pobre Benito nos mira con una cara de odio que promete venganza—Bueno, al menos a ver si me puedes firmar el libro estampando también su huella junto a la dedicatoria.
Elena y yo nos miramos con los ojos abiertos como platos, apretando los labios para contener una carcajada.
Termino mojándole con cuidado una de las almohadillas al pobre Benito en la tinta del sello de la librería y estampándola junto a mi firma, debajo de la dedicatoria.
El gato, por supuesto y como era de esperar, me bufa con el mismo desprecio y mala leche que me regala Oreo en Madrid.
Firmo el último libro a las dos y media, con los dedos entumecidos, la mano agarrotada por el esfuerzo y la boca seca de tanto hablar, pero mi ego está flotando en la estratosfera.
Miro a Elena, que está frotándose las manos mirando las cajas de libros vacías y siento que he recuperado una parte de mí que creía aplastada por las páginas en blanco de mi nueva novela. Soy escritora. Y valgo para esto.
Y por unas horas, rodeada del cariño de desconocidos que me abrazan como si me conocieran de toda la vida, he conseguido olvidar que mi vida en Madrid se está desmoronando.
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A veces necesitamos alejarnos lo suficiente para ver con claridad aquello que nunca quisimos perder. Porque hay viajes que sirven para descubrir el mundo y otros que solo existen para recordarte quién eras antes de perderte.