Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 21
71%

CAPITULO 21

La semana siguiente pasa flotando en una especie de indiferencia mal disimulada disfrazada de rutina.

Leo y yo nos movemos por el chalet como dos desconocidos que comparten piso y que compiten por ver quién aplica mejor la sagrada ley del hielo.

Él apenas abre la boca para hablarme más allá de los buenos días indispensables y yo me muerdo la lengua hasta hacerme daño cada vez que paso por delante del cajón de su mesilla, donde la maldita reserva del hotel sigue oculta como una bomba con el temporizador en marcha.

Lara, por su parte, está viviendo su propio proceso de demolición controlada.

Le devolví la llamada el sábado por la mañana, sintiéndome la peor amiga del mundo por no habérselo cogido el día antes y nos pasamos horas llorando por teléfono; ella por su soledad inminente y yo por la traición que me quema por dentro.

El lunes, en cuanto Marcos se subió al avión rumbo a Londres y a su nuevo futuro, Lara se atrincheró en su piso y me dejó clarísimo que agradecía mucho mis intentos de rescate, pero que no quería ver a nadie durante una temporada indefinida.

Necesitaba estar sola para atiborrarse de helado de chocolate, poder llorar agusto, encontrarse a sí misma y decidir qué iba a hacer con su vida a partir de ahora.

Yo, por supuesto, respeté su decisión a regañadientes, tras hacerle jurar que si necesitaba cualquier cosa, lo que fuera y a la hora que fuera, me llamaría sin pensárselo dos veces.

Bastante tenía yo ya con gestionar mis propios demonios.

Y así, entre silencios que se hacen eternos, llantos nocturnos de las niñas por culpa de los dientes y Oreo turnándose para acompañar al que peor cara tiene en cada momento, llega por fin el viernes.

A las ocho y media de la mañana, el claxon impaciente de un taxi rompe el silencio de nuestra calle.

Tengo la maleta junto a la puerta de la entrada y a Leo de pie en mitad del pasillo, en pijama, descalzo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada gélida que se le ha quedado grabada durante toda la semana.

—Puedo llevarte yo, Sara. Aún hay tiempo.

—No, de verdad, Leo, déjalo. No hace falta—le corto colgándome el bolso del hombro sin mirarle a los ojos— Prefiero no sacar a las niñas a la calle ahora que se acaban de dormir. Además, ya está el taxi esperándome fuera. Te aviso en cuanto llegue al hotel.

No me rebate la excusa de las gemelas. Pero la verdad, es que no tengo ganas de meterme cuarenta minutos en el coche a solas con él hasta Barajas, fingiendo una conversación amable. Necesito poner distancia entre los dos para poder respirar. Necesito alejarme de él para volver a saber quién soy yo.

Agarro con fuerza el asa de la maleta, le rozo la mejilla sombreada por la barba con los labios en un beso frío de despedida y por un momento de debilidad, me entran ganas de quedarme, de gritarle que paremos esta guerra absurda, de pedirle que me abrace fuerte y que me explique por qué siento que ya no sé quién es.

Pero él hace el menor amago por detenerme y yo salgo sin mirar atrás.

Al cerrar la puerta del taxi, el conductor mete primera en dirección a la M-40 y yo me apoyo contra el respaldo, soltando de golpe todo el aire que tenía retenido en los pulmones.

Me quedo mirando por la ventanilla cómo la silueta de mi casa se va haciendo cada vez más pequeña en el retrovisor, hasta que la urbanización desaparece por completo detrás de una curva.

Me voy a Barcelona a ser la escritora que se merece triunfar, aunque cuando vuelva el domingo, no tengo ni la más remota idea de qué es lo que va a quedar en pie de la vida que hoy dejo atrás.

El avión toma tierra en El Prat con un traqueteo brusco que me despierta del duermevela en el que llevo metida una hora y las ruedas chirrían contra el asfalto de la pista.

Ya estoy aquí. Mientras arrastro mi maleta por los pasillos de la terminal buscando la salida, saco el móvil del bolso para escribir al padre de mis hijas.

Sara (11:45): Acabo de aterrizar. El vuelo se me ha hecho muy corto. Espero que las niñas estén tranquilas. Luego hablamos.

Ni un emoji. Ni un beso. Ni un te quiero automático de los que solemos escribir sin pensar. Solo lo justo para que no pueda echarme nada en cara. Acto seguido, busco el chat de Lara y le escribo con el corazón:

Sara (11:47): Acabo de tomar tierra en Barcelona. Sé que querías estar sola, pero por favor, si necesitas cualquier cosa, lo que sea, aunque sea gritarle al teléfono, me llamas a la hora que necesites. Estoy aquí. Te quiero.

Me subo al asiento trasero de un taxi negro y amarillo, el conductor enfila la autovía y, en cuestión de veinte minutos, la ciudad condal se despliega imponente ante mis ojos bajo un sol espectacular.

Atravesamos la Gran Vía de les Corts Catalanes y el coche me deja en la puerta del Hotel Praktik Vinoteca, en pleno Eixample.

Es un hotel boutique precioso, con decoración nórdica y un olor a madera y vino que me relaja nada más entrar.

Subo a la habitación de la cuarta planta y, en cuanto paso la tarjeta magnética y escucho el clic metálico de la cerradura al abrirse, suelto un gran suspiro.

La habitación me encanta. Tiene las paredes de un blanco impoluto que transmite paz, suelos de parqué oscuro y una iluminación cálida que te hace sentir en casa.

El centro lo domina una cama enorme, vestida de blanco con grandes cojines mullidos color granate.

Sobre el cabecero de madera cuelgan un par de láminas geométricas de arte abstracto y, haciendo honor al nombre del hotel, hay un pequeño estante de hierro forjado con una selección de botellas de vino y un par de copas de cristal relucientes.

Me acerco al ventanal  panorámico y abro de par en par las puertas dobles de madera oscura que dan al pequeño balcón, para que entre el aire.

Dejo la maleta apoyada contra la puerta del armario y me descalzo para sentir el tacto frío de la madera bajo mis pies.

Por primera vez en seis meses, nadie llora a mi alrededor y nadie me mira con reproche desde el otro lado del salón.

Me tumbo de espaldas en la cama, hundiéndome en el colchón y me quedo mirando fijamente las molduras del techo durante un buen rato.

Pero cuando los recuerdos empiezan a agobiarme y amenazan con amargarme el viaje, decido salir a la calle para que me dé el aire.

Me dedico a callejear sin rumbo durante más de una hora, disfrutando del simple y maravilloso placer de caminar.

Paseo por la Rambla de Catalunya bajo la sombra de los tilos, esquivando las terrazas llenas de gente que ya disfruta del aperitivo del fin de semana bajo las sombrillas.

El aroma de las tapas al pasar hace que me empiece a rugir el estómago con fuerza y me doy cuenta de que llevo dos días sin comer en condiciones.

Así que me siento en una mesa libre en la terraza de una esquina peatonal de la Rambla de Catalunya y le pido al camarero una copa de vino blanco, unas croquetas de jamón ibérico que tienen una pinta maravillosa y un montadito de salmón ahumado con queso de cabra y miel.

A tomar por saco la dieta, ya total, qué más da.

Mientras espero a que me traigan la comida, me quedo ensimismada observando el trajín de la calle peatonal.

En la mesa de al lado, hay una pareja joven con un niño de unos cinco años y una niña pequeña que no tendrá más de tres.

El crío está concentrado intentando pintar un dinosaurio en una servilleta de papel con un bolígrafo que le ha prestado su padre, mientras la niña, con unos mofletes para comérselos a besos y el pelo rubio recogido en dos coletas diminutas con gomas de colores, saborea una galleta de chocolate gigante que le mancha la cara.

El padre la mira con ternura y le limpia con delicadeza la comisura de los labios con el pulgar, mientras le guiña un ojo a su mujer, que le devuelve una mirada cómplice por encima de las cañas.

Me muerdo el labio inferior, deseando con un poquito de envidia que esa escena fuera mía.

Cómo me habría gustado estar sentada en esta misma terraza, pero con Leo al otro lado de la mesa, compartiendo esa mirada cómplice, con nuestras hijas a nuestro lado.

Porque Leo también está siempre pendiente de las niñas, anticipándose a lo que necesitan.

Siempre pensé que me enamoraría del diseñador brillante, pero en realidad me enamoré del hombre tierno que sabía lo que yo necesitaba incluso antes de que yo fuera capaz de nombrarlo.

Me doy cuenta de que he viajado quinientos kilómetros para huir de mi propia rutina y, sin embargo, lo único que desea mi estúpido corazón ahora mismo, es que mi marido y mis hijas estuvieran aquí, sentados a mi lado.

Sacudo la cabeza con fuerza y espanto el pensamiento a manotazos antes de ponerme a llorar delante de toda esta gente. Doy un sorbo al vino blanco para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta y, cuando termino de comer, me levanto para continuar mi paseo.

Subo tranquilamente por las calles hasta el Paseo de Gràcia, contagiada por el ritmo vibrante de la ciudad, que me inyecta una energía renovada.

Me coloco bien las gafas de sol y me dedico al placer de pararme en cada escaparate que me llama la atención, disfrutando del lujo de la milla de oro barcelonesa.

Es increíble la felicidad que puede darte algo tan simple como caminar despacio sin que nada ni nadie te distraiga.