Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 20
69%

CAPITULO 20

Entro en casa agotada y pegajosa por el sudor.

Aún sigo pensando como contarle a Leo que sus padres, pese a todo, vuelven a estar juntos.

Aparco el carrito en el recibidor y avanzo hacia la cocina arrastrando los pies por el parqué.

Dejo las llaves del coche sobre la isla de la cocina y voy directa a por un vaso de agua fría que me bebo de un trago sin respirar.

Tras echar agua fría también en los cuencos de Oreo y Dulce, subo a cambiarme de ropa porque hace un calor de mil demonios y el vestido se me pega por todos los lados.

Al llegar a la habitación, lo primero que veo es un sobre de color granate con letras doradas apoyado en la almohada de Leo. Lo cojo con curiosidad y al abrirlo descubro que es una reserva de hotel.

Establecimiento: Hotel La Casita del Amor

Régimen: Escapada Sensorial Premium

Me quedo parpadeando frente al papel sin terminar de procesar lo que estoy viendo.

¿La Casita del Amor? ¿En serio? El nombre más cursi no puede ser, pero la curiosidad—esa fuerza de la naturaleza que mueve montañas—me impide dejarlo donde estaba, así que saco el móvil del bolsillo del vestido y lo busco en Google para ver cómo es.

La imágenes que aparecen en la pantalla me dejan ojiplática.

Es un hotel temático boutique para parejas escondido en la sierra de Madrid, diseñado única y exclusivamente, para desatar la pasión y desconectar del universo— según ponen ellos mismos en su web — Las habitaciones son temáticas, tienen camas gigantes de dos metros con sábanas de seda roja, jacuzzis privados, luces LED que cambian al ritmo de la música, sillones tántricos y una carta de masajes aromáticos que hace que me ruborice solo de leer los títulos de los tratamientos.

Dependiendo de la temática elegida, cambia el mobiliario de la habitación.

De la mazmorra y sus accesorios, prefiero no describir nada, porque solo ver las fotografías ya me entra tal sofoco que me tengo que sentar en la cama.

¡Vaya pasada! Un templo del pecado y la lujuria, vamos.

Ríete tú de las cincuenta sombras de Grey .

Voy pasando las fotos de la galería con el ceño fruncido y una sonrisa incrédula, porque me extraña muchísimo que a Don serio y cuadriculado, se le haya ocurrido reservar un fin de semana en algo tan… temático. Pero termino sonriendo sola en mitad de la habitación. ¡Me encanta!

Ay, Leo… cómo me gustan estas sorpresas. Y yo aquí comiéndome la cabeza… ¡si es que muchas veces soy más tonta!

Con lo orgulloso que es y lo muchísimo que le cuesta verbalizar lo que siente, resulta que se está dejando la piel para arreglarlo. Primero tuvo el detallazo de regalarme ese ramo de rosas espectacular y ahora se encarga de reservar una escapada erótica…

Guardo la reserva dentro del sobre con cuidado para no dejar marcas, lo dejo exactamente en el mismo sitio y con el mismo ángulo de inclinación para que él no note que lo he descubierto antes de tiempo y me muerdo el labio inferior emocionada y con las hormonas dando palmas.

Definitivamente, el fin de semana del doce de julio nos va a pillar con la lencería de encaje que me regaló Carmen y las pilas cargadas.

¡Que tiemble la sierra de Madrid, porque pienso quemar La Casita del Amor de arriba a abajo!

Cuando Leo llega a casa, intento actuar con total normalidad, pero es superior a mis fuerzas.

Escucho la puerta del garaje cerrarse con un golpe sordo y el corazón me da un vuelco de la emoción.

Me coloco estratégicamente de pie junto a la isla de la cocina, apoyando la cadera con sensualidad, forzando mi mejor sonrisa, esperando con el pulso acelerado a que cruce la puerta para intentar que me dé la sorpresa.

Pero Leo entra arrastrando los pies, con la mochila del portátil colgada del hombro y cara de no venir precisamente de muy buen humor.

Me mira de pasada, me da un beso rápido que me sabe a poco y se va directo a la nevera a por una botella de agua sin decirme nada.

Decido con la poca paciencia que me queda, ignorar su actitud y pasar directamente a la acción.

—Hola, cari —empiezo con un tono falsamente casual, apoyando los codos en la encimera y dedicándole mi mejor sonrisa de mujer que no sabe nada —. ¿Qué tal el día?

—Largo y para olvidar—Da un trago a la botella sin mirarme—¿Y tú? ¿Qué habéis hecho hoy?

No quiero estropear la sorpresa poniéndole de peor humor con lo de sus padres, por lo que decido omitir ciertas partes del paseo.

—Nada en especial. Fuimos a dar un paseo con Lara por El Retiro para que le diera el aire. Ha vuelto a discutir con Marcos y necesitaba despejarse. Al final ha sido entretenido, la verdad. Las niñas se volvían locas con los patos del estanque.

—Me alegro, pues ya habéis estado bastante mejor que yo.

—Vaya… ¿Y eso? ¿Alguna novedad?

Leo da otro trago a la botella, se limpia los labios con el dorso de la mano con un gesto brusco y me mira con el ceño fruncido, muy descolocado por mi repentino buen humor.

—¿A qué te refieres? ¿De qué? —pregunta con frialdad.

—No sé, de tu día, del estudio, de todo en general… Como últimamente casi no hablamos… a lo mejor hay novedades de algo —Insisto, entornando los ojos con picardía.

Leo resopla, deja la botella sobre la encimera y se cruza de brazos, mirándome con desconfianza.

—Ninguna novedad, Sara. El trabajo de siempre, problemas a patadas y el mismo estrés de todos los viernes. No sé qué película te estás montando ahora.

Su tono me escuece, pero decido no tirar la toalla todavía. A lo mejor es que quiere mantener el misterio hasta el final y hacerse el interesante… ¡A la mierda! voy a ponérselo en bandeja para que confiese.

—He estado pensando… — intento sonar casual mientras juego con el cuenco de la fruta— que como últimamente estamos tan estresados y casi no tenemos tiempo para nosotros, podíamos organizar algún plan para los dos solos, ¿no?

No sé, una escapada romántica a mediados de julio o algo así… ¿Qué te parece?

De verdad que yo esperaba que los ojos se le iluminaran, que se le escapara esa sonrisa de pillo que tanto me gusta y me confesara que ya lo tenía todo pensado. Pero la sorpresa que me llevo hoy no es la que esperaba.

Leo se pone serio de golpe, tensa la mandíbula y da un paso hacia atrás, marcando una distancia que me sienta como un bofetón.

—Pues no sé, Sara, ya veremos si se puede—responde con un tono tajante que me corta la respiración— Tengo mucho trabajo acumulado y no sé si voy a poder escaparme.

De hecho, estoy pendiente de confirmar varias reuniones y es muy probable que alguna sea fuera de Madrid y me toque viajar en esas fechas.

Me quedo completamente a cuadros, paralizada con los codos apoyados en la encimera y la sonrisa congelada en una mueca que ya no engaña a nadie, mientras la maravillosa burbuja de ilusión en la que flotaba hace cinco minutos estalla de golpe, salpicándome la cara con una realidad espantosa.

—¿Te vas a ir fuera? —consigo preguntar, sintiendo cómo una punzada de rabia me inunda.

—Sí, aún lo tengo que confirmar, pero es probable que sí —coge su mochila del suelo sin mirarme a los ojos— Voy a ducharme, que estoy agotado.

Se da la vuelta y desaparece escaleras arriba, dejándome sola en la cocina.

Empiezo a dar vueltas como un animal enjaulado, poniéndome nerviosa por momentos, visualizando una y otra vez la reserva.

Viernes 12 de julio. Dos noches. Escapada Sensorial Premium .

Me agarro las manos desesperada, entrelazando los dedos con fuerza, intentando calmar el temblor que ha aparecido de golpe.

¿Reuniones fuera de Madrid justo en julio?

¿Y por qué se pone así? ¿Por qué se pone a la defensiva?

Joder, qué estúpida he sido. Qué ignorante, qué ingenua y qué ilusa.

Por eso está tan distante estos días. Por eso está tan serio y le cuesta mirarme a los ojos. El ramo de rosas no era para arreglar nada, al menos no conmigo. ¡Intentaba lavar su conciencia!

La verdad me golpea con fuerza en la boca del estómago, dejándome sin aire y con unas ganas tremendas de vomitar. La reserva de La Casita del Amor no es para mí. Leo tiene pensado irse a ese hotel con otra mujer.

La rabia me quema por dentro, haciendo que me hierva la sangre.

Subo las escaleras de dos en dos, impulsada por la furia, dispuesta a dejarle muy claro a mi marido que no va a jugar conmigo y que no soy gilipollas.

Al llegar arriba escucho el sonido amortiguado del agua de la ducha correr.

No pienso quedarme en casa como una imbécil, cuidando a las niñas, mientras él se va a desconectar.

Entro en nuestra habitación directa a abrir la puerta del baño y enfrentarme a él, pero al pasar junto a la cama, me quedo congelada en mitad del dormitorio, mirando el espacio vacío. El sobre ha desaparecido. Se ha tomado la molestia de esconderlo.

El agua de la ducha deja de sonar de repente.

Sé que Leo va a salir del baño de un momento a otro, pero toda la furia se evapora de golpe, dejando en su lugar un vacío frío y desolador.

Ya no me apetece gritar. No tengo fuerzas para discutir.

No soy capaz ni de mirarle a la cara. No me esperaba esto de él. De Leo no.

Doy media vuelta y bajo las escaleras a cámara lenta, agarrándome a la barandilla con las dos manos porque me tiemblan tanto las piernas que siento que me voy a desplomar en cualquier momento.

Todo me da vueltas, escucho un pitido ensordecedor y noto que me falta el aire.

Como un autómata salgo al jardín dejando la puerta entreabierta y me dejo caer en una de las tumbonas que están en mitad del césped.

Me acurruco de lado, abrazando mis rodillas contra el pecho intentando dejar de temblar.

No me puedo creer que Leo sea capaz de hacerme algo así.

Leo, que conoce perfectamente mi historia con Diego y su humillante final.

Leo, que recogió mis pedazos, me curó las heridas y me enseñó a volver a confiar y a seguir adelante.

No puede ser. Todo esto tiene que tener una explicación razonable.

Tal vez me lo estoy imaginando todo y simplemente no quiere estropear la sorpresa.

Intento agarrarme a esa explicación con uñas y dientes, pero algo dentro de mí, no deja de susurrarme que ese tipo de hotel no es del estilo de Leo.

Al menos no del Leo que yo conozco, aunque quizá no le conozca tanto como pensaba.

Mi teléfono móvil empieza a vibrar insistente sobre la lona de la tumbona, rompiendo el silencio con su zumbido.

Es Lara, pero por primera vez desde que la conozco, soy incapaz de enfrentarme a ella.

Me limito a presionar el botón lateral para silenciar la llamada y dejo que la pantalla se apague.

Me recuesto con los ojos cerrados e intento respirar, pero el teléfono vuelve a vibrar.

Lara (22:15): Marcos ha vuelto a casa hace diez minutos y se ha puesto a hacer la maleta. Se va este lunes. Me ha dicho que ya vendrá a por el resto de sus cosas más adelante… se está yendo de verdad…

Me quedo mirando las letras fijamente, sintiendo cómo se me parte el alma por ella.

Pero ahora mismo, por muchísimo que la quiera, soy incapaz de responderle ni un mísero «lo siento» o encontrar las palabras adecuadas para animarla.

No tengo fuerzas ni para sujetar mi propio mundo.

La imagen de la maldita reserva no deja de dar vueltas en mi cabeza.

Solemos quejarnos con demasiada ligereza de todas esas cosas pequeñas y absurdas que nos saturan en el día a día.

Nos quejamos del cansancio, de la falta de tiempo para nosotros, del llanto de los bebés o de los plazos de entrega.

Lo hacemos sin valorar la inmensa suerte que tenemos hasta que un día, sin previo aviso, el suelo empieza a temblar, las paredes se derrumban y te das cuenta, demasiado tarde, de cuánto echas de menos precisamente esas mismas cosas que antes te traían de cabeza.

Porque esas pequeñas cosas significaban que tenías una vida.

Que tenías un hogar donde refugiarte del mundo.

El jardín está en penumbra, iluminado únicamente por la luz tenue de la cocina que se filtra a través de las cortinas y huele a jazmín, ese olor dulce que me encanta pero que ahora mismo me resulta asfixiante.

Escucho la puerta corredera abrirse despacio a mi espalda.

Unos pasos lentos avanzan sobre el césped y me llega el olor de su perfume, pero por primera vez ese olor no me hace sentir absolutamente nada.

Leo se detiene a un par de metros de mi tumbona, descalzo, con las manos en los bolsillos del pijama y el pelo todavía mojado. Le observo mirarme recortado contra la luz cálida que sale de la cocina.

—Oye… —su voz suena baja y un poco ronca—. ¿Vas a cenar algo?

—No tengo hambre, la verdad —respondo sin soltar mis piernas, manteniendo la mirada fija en la oscuridad del seto.

Leo resopla suavemente y baja la mirada al césped, donde sus pies descalzos se hunden en la hierba mojada.

—Ya. En realidad yo tampoco —Se hace un silencio denso e incómodo— ¿Vas a tardar mucho en venir? Te vas a quedar fría aquí fuera.

—Leo, quiero estar un rato sola, si no te importa.

—Muy bien —zanja con una frialdad que es nueva entre nosotros— Como quieras. Buenas noches, Sara.

Se da la vuelta y regresa hacia el porche con paso firme, cerrando la puerta corredera tras él con un clic seco que me deja de nuevo a solas en la penumbra.

Me quedo mirando el cristal donde hace un segundo se reflejaba su silueta y siento, con un nudo en la garganta, que la brecha que se ha abierto entre nosotros es ya un océano insalvable.

Vuelvo a bajar la vista hacia el móvil, que sigue parpadeando en mi mano con el mensaje de Lara. Pienso en que Marcos está haciendo las maletas para irse sin mirar atrás, persiguiendo su tren. Pienso en Leo y en su dichosa reserva. Y, sobre todo, pienso en mí.

Ni de coña. Me niego en rotundo a ser la que se quede llorando en casa mirando una silla vacía.

En un impulso, con las manos temblando de rabia y el orgullo herido, abro la aplicación de Iberia en el móvil.

No me lo pienso dos veces, tres clics rápidos y compro un billete de avión directo a Barcelona para el viernes que viene a primera hora de la mañana.

Acto seguido, con la respiración acelerada le redacto un correo a Elena: Olvida mi mensaje anterior.

He conseguido organizarme con las niñas y voy a la presentación.

Vuelo por mi cuenta el viernes por la mañana y llegaré al hotel sobre las doce. Cuenta conmigo.

Le doy a enviar con una fuerza desmedida, como si el botón tuviera la culpa de mis miserias y respiro hondo.

Que empiece el juego.

*****

Cuando el miedo aparece, dejamos de diferenciar entre lo que sospechamos y lo que sabemos. Porque hay errores que nacen de una mentira, pero los más peligrosos, nacen de una suposición.