Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 19
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CAPITULO 19

El viernes Lara me llama a las cuatro de la tarde.

—Voy a matarle—Ni siquiera se molesta en saludarme. Empezamos bien.

—Hola, ¿eh?

—Sara, no estoy para chorradas ahora mismo, te lo digo en serio. Voy a matarle. De forma lenta. Dolorosa. Y cruelmente.

Estoy sentada en la alfombra intentando que Vera no salga demasiado mal parada de su enésimo intento de abrazar a Dulce por la fuerza.

La gata se debate entre dejarse querer por la niña o soltarle un zarpazo, mientras a mi izquierda Alma golpea con fuerza una caja de pañuelos contra la mesa de centro como si estuviera ensayando para una banda de rock.

—¿Qué ha pasado ahora?

— Pues ha pasado que el gilipollas de tu amigo no hace más que decirme que me quiere, pero que tengo que entender que es una oportunidad que no puede perder. ¡Lo que está claro es que a la que sí que puede permitirse el lujo de perder es a mí!

—Mujer, no creo que a Marcos le dé igual perderte, ni mucho menos. Vamos, te aseguro que no. Pero tienes que entender que para él…

—¡Yo ya paso de entender una mierda, Sara, estoy harta! —me corta gritando—Harta de entender, harta de negociar, harta de pedir…¡Que hartura, coño! ¿Tanta ilusión le hace irse a Londres? ¡Pues que le vaya bonito y le den mucho por saco!

—Lara… escucha. ¿Por qué no te vienes a casa un rato y hablamos? Así os separáis un rato y os despejáis y luego, con más calma…

—¡Ah no! Si el señorito no está en casa. Se ha ido a dar una vuelta porque necesitaba despejarse … ¡Él! ¿Te lo puedes creer?

—¿Y tú? ¿Estás bien?

—Yo lo que necesito es un gin-tonic bien cargado y solo son las cuatro de la tarde.

—¿Quieres que demos un paseo con las niñas?—le propongo, mirando de reojo a las niñas que ahora han elegido como víctima a Oreo, que las mira acurrucado bajo la mesa con ojos de pánico.

—No es lo que tenía precisamente en mente, pero tendrá que valer…

—Perfecto. A nosotras también nos vendrá bien salir de casa… ¿Dónde nos vemos?

Una hora después caminamos por los senderos del parque de El Retiro, serpenteando entre los cipreses, los eucaliptos y los madroños camino del Estanque Grande. Las niñas van profundamente dormidas, Lara tiene un cabreo de campeonato y yo estoy muy angustiada. ¡Menudo cuadro!

Después de que Lara se haya quedado a gusto poniendo a Marcos de vuelta y media durante quince minutos seguidos y sin parar a respirar, he tenido que recurrir al armamento pesado y he conseguido que se calmara un poco sobornándola con un cucurucho gigante de helado de chocolate.

Porque la opción de sentarnos en una terraza a ponernos finas a gin-tonic , no me parecía la más adecuada…

—Bueno, mira, de verdad, dejemos de hablar de este capullo integral, que no merece que le dedique ni un minuto más de mi tiempo. ¿Tú qué tal? —pregunta de pronto, dando buena cuenta de su cucurucho— Cuéntame algo que no sea deprimente, por favor.

—Uf, pues va a estar difícil hoy, amiga…

—¿Por? ¿Qué pasa?

—Si tenemos en cuenta que no consigo conectar con la historia que se supone que tengo que escribir, que para colmo la editorial me ha puesto como fecha límite septiembre, que acabo de rechazar una presentación en Barcelona y Elena no está muy contenta que digamos y que Alma está con los dientes y no nos deja pegar ojo…

mi vida es maravillosa ahora mismo—me giro hacia ella para que pueda ver mi mueca de ironía—Y si a todo eso le sumamos que Leo está muy pero que muy raro conmigo últimamente… para qué queremos más.

—¿Raro? —Lara me mira de arriba abajo, bufando—Lo que estará es agotado, Sara. ¡Si me he estresado solo de escucharte!

—No sé… Está superdistante conmigo, callado, demasiado serio… No sé cómo explicarlo. Algo le pasa, pero no sé el qué. Lleva días muy pensativo, como si estuviera enfadado por algo, pero todavía no ha tenido las narices de decírmelo.

Lo que no le cuento a Lara, es que más que todo eso, lo que me está matando es la distancia que está imponiendo entre nosotros.

Los pequeños gestos que ya no hace y echo tanto de menos.

Parecerá una tontería, pero los besos robados, los abrazos por la espalda sin venir a cuento, las bromas que te sacan una sonrisa sin esperarlo…

esas pequeñas cosas son las que me alegran los días.

Por muy malo, difícil, aburrido o agotador que haya sido el día, que Leo me agarre de la cintura al pasar para darme un beso sonriendo, ya solo eso, me da la vida.

—Bueno… a ver, él también tiene muchas cosas encima. Además, como el capullo de Marcos se va, ahora Leo también se va a quedar solo con el estudio. Aquí el imbécil tiene para todos.

—Oye, ¿Te importaría dejar de insultarle, por favor?

—¿Por qué? Es un capullo integral, un imbécil de nacimiento y un gilipollas con todas las letras. ¡Y podría seguir!

—Lara… que Marcos también es amigo mío—Lara abre la boca dispuesta a arremeter contra mí, pero la freno a tiempo levantando la mano frente a su cara—¡Espera, espera!

, Que no justifico lo que está haciendo y te entiendo perfectamente.

Estoy y siempre estaré de tu lado, eso no lo dudes.

Pero también le entiendo a él y también es nuestro amigo.

Y no me gusta que nadie se meta con mis amigos… . Aunque sean unos capullos.

Lara me mira de reojo sonriendo satisfecha mientras disfruta de su helado.

Continuamos caminando bajo la densa y fresca sombra de los castaños de Indias, dejando atrás los senderos de tierra, hasta que los árboles dan paso al imponente estanque.

Nos sentamos en uno de los bancos de hierro forjado que hay a la sombra y nos quedamos observando el agua verdosa en silencio, sumidas en nuestras propias desgracias.

El murmullo de la gente, el alboroto de los niños corriendo y el ladrido de los perros, se mezcla con el eco rítmico de los remos golpeando el agua, mientras las barcas azules se cruzan entre ellas, dejando estelas brillantes a su paso.

Al seguir con la mirada el vaivén de una de las barcas, me da un vuelco el corazón al reconocer a sus ocupantes.

—¡Lara! ¡Mira quién está ahí!—le digo pegándole un codazo en las costillas que la saca de su mundo de golpe.

—¡Ay! Joder, Sara, que bruta eres cuando quieres, ¿qué dices?—protesta frotándose el costado con cara de pocos amigos.

—¡Carmen y Carlos! Qué están ahí. En la tercera barca desde la derecha—le insisto señalándole con el dedo en su dirección.

—¡Anda! Qué casualidad, ¡Carm..!—Lara se levanta del banco, dispuesta a llamar su atención a gritos con el brazo en alto saludando, pero consigo pararla tirando de su camiseta hacia abajo justo a tiempo de que mis suegros la vean.

—Shhhh. ¡Calla! No les llames. Ven, vamos a cambiarnos de sitio para ver qué hacen—me levanto y comienzo a tirar de su manga con una mano mientras con la otra ya he enfilado el carrito de las niñas hacia la derecha del paseo.

—¿Pretendes espiar a tu suegra?

—Quiero confirmar una hipótesis.

—Sara…

—¿Vienes o no? ¡Mueve el culo, que al final nos van a ver!

—Cualquier día de estos me va a tocar ir a buscarte a comisaría—Lara resopla, pero se pone en marcha.

—Puede… pero hoy no—suelto a Lara al ver que comienza a seguirme—Además, tú no podrías venir a buscarme, bonita, porque seguro que también estarías detenida conmigo.

Lara suelta una carcajada mientras camina detrás de mí hasta un puesto ambulante de barquillos que está aparcado a unos metros.

Es una estructura estrecha de metal rojo, un escondite insuficiente para taparnos a las dos, pero es lo que tenemos más cerca.

El barquillero, un señor mayor con gorra que está abanicando sus barquillos con un cartón, nos mira de reojo arqueando una ceja, pero al ver que no le pedimos nada, no dice nada.

Nosotras, completamente ajenas a nuestro patetismo, nos encogemos todo lo que podemos detrás del carrito y buscamos de nuevo la barca.

—¿Los ves? ¡Con el reflejo del sol no veo nada! —susurro entrecerrando los ojos y haciendo visera con una mano para buscar a Carmen entre las barcas.

—¡Cállate y agáchate más, desgraciada! Que te sobresale el culo —sisea Lara pegada a mi nuca, mientras el barquillero nos mira como si se estuviera planteando llamar a seguridad— A ver… espera. Vale, los tengo. Cuadrante noroeste, pasando al lado del pato gordo que flota cerca del embarcadero.

Asomamos las dos cabezas a la vez, una encima de la otra, como un dibujo animado.

Desde nuestro escondite, vemos que Carlos acaba de sacar el móvil y apunta a Carmen con la cámara.

Ella, al verse enfocada, se tapa la cara con la manos muerta de vergüenza, pero Carlos no se da por vencido y empieza a mover los brazos de forma exagerada, dándole indicaciones con las manos como si fuera un fotógrafo profesional en mitad de una sesión de moda.

Carmen suelta una carcajada que llega flotando hasta la orilla, se coloca las gafas de sol en la punta de la nariz y posa de forma exagerada, echando la cabeza hacia atrás como una diva del cine antes de lanzar un beso con la mano a la cámara.

Carlos, entusiasmado con el resultado, se inclina tanto hacia delante para enseñarle la pantalla del móvil que la barca da un bamboleo tremendo, obligándoles a agarrarse a los bordes del casco entre gritos y risas.

—Ay, por favor, creo que me va a dar un coma diabético —farfullo arrugando la nariz

—Calla la boca, amargada —replica Lara que se ha quedado embobada mirándolos—Mírales qué monos, a su edad y…

—Oye… —la corto entornando los ojos— ¿Es cosa mía o vienen hacia aquí?

—Que no, boba, están flotando en el cent… ¡Ostras, que sí! ¡Que vienen! —Lara me agarra del brazo frenética, clavándome las uñas—¡Vámonos!

Carlos y Carmen siguen absortos mirando las fotos del teléfono, ajenos a que la corriente del estanque y el viento empujan la barca en línea recta hacia nuestra orilla.

Cada segundo que pasa se acercan más y ya podemos distinguir el brillo de los ojos de ella y los hoyuelos de él al reír.

El pánico empieza a apoderarse de nosotras; estamos atrapadas, debatiéndonos entre tirarnos al suelo o intentar disimular silbando.

—A ver, espías de saldo —irrumpe una voz ronca y aburrida encima de nuestras cabezas.

El barquillero, harto de tenernos acopladas a su chiringuito, nos aparta de un plumazo con el cartón con el que abanica las obleas.

—¡Circulando!, que me estáis espantando a la clientela con tanto brinco. ¡Venga, aire! —sentencia el hombre, dando un golpe seco con el cartón contra su puesto.

Salimos despedidas de nuestro escondite de mala manera, tropezando entre nosotras a la vista de todo el mundo cuando la barca de madera roza suavemente el bordillo de piedra de la orilla.

El impacto del casco contra el granito hace que Carmen levante la cabeza de golpe.

Nuestras miradas se cruzan durante un segundo que me parece eterno.

Carmen parpadea un par de veces procesando la escena. Ya no hay dudas: están juntos.

Carmen se queda petrificada con las gafas en la mano, su sonrisa de diva se evapora y su expresión pasa de la felicidad absoluta al pánico total.

Abre los ojos de par en par, asimilando que la persona que menos quería que se enterase de su romance, la acababa de cazar con las manos en la masa.

Yo, encantada de no ser la que está pasando vergüenza esta vez, arqueo una ceja en un gesto implacable de: Te tengo .

Nunca había visto a mi suegra quedarse sin palabras, con la boca abierta y muda. Resulta que sí que era posible, sólo había que pillarla en una cita romántica.

—¡Camina, camina, camina antes de que se gire Carlos! —sisea Lara, agarrándome de la manga y arrastrando el carrito de las niñas hacia el Paseo de Venezuela, dejando a nuestra espalda a una Carmen completamente desencajada.

Ya dentro del coche, cierro la puerta con un portazo y apoyo la cabeza contra el reposacabezas, soltando todo el aire de golpe, mientras el aire acondicionado comienza a salir.

—¿Se lo cuento a Leo?— Lara se queda pensando mientras se retoca el pintalabios en el espejo del parasol.

—Tú sabrás, es tu marido—responde con total indiferencia, encogiéndose de hombros.

Me quedo mirando a través del parabrisas, observando los coches pasar. La verdad es que si ellos no lo han querido contar…

—¿Tú qué harías?

—Sinceramente, no soy la persona más adecuada para responderte a eso en este momento.

—¿Y eso por qué?

—Porque ahora mismo odio a todos los hombres en general. Si por mí fuera, cómo si se extinguen todos.

No puedo evitar echarme a reír y pienso en Carmen, en cómo le brillaban los ojos, en Carlos, que parecía tan feliz… y en Leo, que no tengo claro que todo esto le vaya a hacer nada feliz.

—A ver, vamos a analizarlo— Lara cierra el parasol de un golpe y se gira hacia mí con los ojos entrecerrados— ¿Esta relación crees que es una tragedia griega o una novela romántica de reencuentro tardío de esas que te hacen llorar?

—Depende...

—¿De qué?

—De si se lo cuento a Leo o no.

*****

A veces estamos tan ocupados intentando evitar que las personas que queremos sufran, que nos olvidamos de que les estamos quitando la oportunidad de elegir.