CAPITULO 18
LEO
Son las diez y veinte de la noche y Studio Lumen está vacío y a oscuras, excepto el rincón de mi mesa.
Sara me ha llamado a las nueve para preguntarme si tardaría mucho llegar a casa y le he dicho que no, que ya casi había terminado.
Pero eso fue hace una hora y veinte minutos y sigo aquí, frente a la pantalla del ordenador, con el mismo archivo abierto que cuando colgué el teléfono y sin haber avanzado ni una sola línea desde entonces.
Apago la pantalla secundaria de la izquierda y me quedo mirando fijamente la principal.
Tiene abierta la propuesta que nos llegó el miércoles pasado desde Bruselas.
Son cuarenta y seis páginas de un briefing para una cadena de espacios culturales europeos con sede en varias capitales, que quiere que le diseñemos una identidad visual completa, la estrategia de comunicación cruzada para tres mercados distintos y el desarrollo de una campaña sostenida durante dieciocho meses.
Es un proyecto de los que marcan un antes y un después en la trayectoria de cualquier empresa.
Las he leído tantas veces que ya me sé algunos párrafos de memoria.
En otra circunstancia, habría llamado a Marcos, habríamos abierto unas cervezas y nos habríamos pasado media noche celebrando por todo lo alto que Studio Lumen por fin pasaba a jugar en otra liga.
Hace un año me habría lanzado de cabeza sin pensarlo, pero ahora no sé qué hacer.
Aceptarlo supone invertir bastante más tiempo del que probablemente me puedo permitir ahora mismo.
Aún no se lo he dicho a Sara porque bastante tiene encima y no quiero darle la excusa que necesita para evitar enfrentarse a los compromisos que tiene pendientes… y al miedo que la tiene completamente paralizada.
La conozco mejor que nadie. He visto cómo escribía entusiasmada, sentada en la mesa de la cocina de madrugada, cuando nadie esperaba nada de ella y publicar un libro era una fantasía absurda que comentábamos entre risas mientras cenábamos pizza tirados en el sofá.
He visto cómo lloraba cuando vendió su primer ejemplar y cuando llegaron las primeras reseñas.
Porque nadie te explica que cumplir un sueño puede dar tanto miedo como perseguirlo.
Y también la he visto hace una semana, sentada delante del portátil durante casi una hora sin escribir una sola palabra.
Y ahí está el problema, o uno de ellos. No es que no pueda hacerlo, es que ha dejado de creer que puede hacerlo y ya no sé cómo convencerla de lo contrario.
Para mí sigue siendo la misma mujer que escribió un libro capaz de emocionar a miles de personas, pero cada día parece costarle más verse a sí misma como yo la veo.
Cierro el archivo y me recuesto sobre la silla giratoria, que emite un leve crujido. Dejo caer la cabeza hacia atrás y resoplo mirando el techo.
Lo peor es que el otro día, en la presentación de Miraflores, delante de una sala llena de desconocidos, Sara leyó en voz alta uno de los fragmentos más íntimos que ha escrito y, aunque estaba muerta de vergüenza, estuvo brillante.
Tan brillante que me dieron ganas de levantarme para gritar a la sala entera que esa mujer increíble era la mía.
Pero ella no recuerda los aplausos, solo piensa en las páginas que todavía no ha escrito porque está paralizada.
Aunque bueno, tampoco es que esté completamente paralizada, porque para lo que le interesa bien que se mueve.
No suelo ser de los que van diciendo a la gente lo que tiene que hacer con su vida y mucho menos a ella.
Primero, porque considero que ella tiene que tomar sus propias decisiones con total libertad y segundo porque yo no soy así.
Pero para una puñetera vez que abro la boca y le pido algo, ¡una!
Se lo pasa por el arco del triunfo. Le dije bien claro, que no se metiera entre Marcos y Lara, que es una situación muy complicada y en la que uno de los dos va a salir perjudicado lo mires por donde lo mires.
Que les dejase a ellos…¡Pues nada! Le ha faltado tiempo para asaltar a Marcos.
Quiero pensar que solo intenta proteger a Lara, que su único interés es evitar que su mejor amiga sufra.
Intento aferrarme con todas mis fuerzas a esa explicación, pero últimamente no logro quitarme de la cabeza otra idea que se va abriendo camino y por más que intento evitarlo, vuelve a mí una y otra vez.
¿Por qué? ¿Por qué tiene tantísimo interés en que Marcos no se marche de Madrid? En esos momentos es cuando me obligo a mí mismo a repetirme que es por Lara… Pero, ¿y si no lo es? O mejor dicho, ¿y si no es solo por eso?
Cuando los vi el otro día en el estudio, hablando entre susurros, uno tan cerca del otro…
tengo que reconocer que me sentó como una patada en los mismísimos.
En el momento que yo salí hacia el pasillo, a mi mujer le faltó tiempo para ir corriendo a hablar con él a solas.
¿Es que no podía hacerlo delante de mí? ¿Por qué tanto misterio?
Se supone que entre nosotros no hay secretos… Bueno, se supone .
Porque me encantaría saber quién cojones le ha enviado ese ramo de flores a mi mujer.
Llevo toda la semana dándole vueltas. No consigo concentrarme en el trabajo, no tengo ganas de ir al gimnasio, no tengo hambre y soy incapaz de centrarme en casa.
Vivo en modo automático y es porque esa pregunta se ha instalado en mi cabeza ocupando todo el espacio.
¿Quién le envía flores a Sara? Y, sobre todo, ¿Por qué?
Soy consciente de que lo fácil, lo lógico y seguramente lo más adecuado, habría sido responderle que no eran mías cuando me escribió para agradecérmelo.
Pero fui un gilipollas, me pilló desprevenido y ahora no sé cómo coño sacar el tema sin parecer un celoso de mierda.
Si hubieran sido de la editorial por las buenas cifras de ventas o un detalle cariñoso de Lara, ella lo sabría.
Pero dio por hecho que eran mías, entre otras cosas porque no es el tipo de ramo que te envían por un tema profesional.
Era un ramo espectacular, carísimo y claramente con intenciones románticas.
Y eso me lleva al mismo punto otra vez, ¿de quién?
Lo que más me cabrea es que yo nunca he sido así. Sara puede salir a cenar con quien quiera y hablar con quien le dé la gana. Nunca he sentido la necesidad de vigilar nada y sin embargo aquí estoy. Con treinta y dos años preguntándome qué imbécil le envía flores a mis espaldas.
Es mucha casualidad que, de pronto, mi mujer, la caótica y extrovertida Sara, se haya encerrado en su mundo.
De entrada pensé que era por el maldito bloqueo creativo, por miedo a no dar la talla, pero ¿y si me equivocaba?
Tiene un bloqueo creativo, sí, de eso no hay duda.
Pero ¿y si no es que esté encerrada en su mundo, sino que su mundo se ha ampliado y ahora no me incluye a mí? …
Porque puedo soportar el cansancio, puedo soportar dormir cuatro horas, puedo soportar las discusiones, los pañales y el estrés. Lo que no sé si soy capaz de soportar es la idea de que un día deje de necesitarme.
Apago el ordenador con un golpe seco que retumba en el estudio vacío y me acerco al gran ventanal de cristal. La noche está despejada en Madrid y puedo ver la luna llena recortándose entre los edificios de oficinas de enfrente.
Encima, el día que recibió las puñeteras flores, no estaba muy dispuesta a hacer nada conmigo. ¡Ella! Que se pasa el día quejándose de que entre las gemelas, el trabajo y el cansancio, ya no tenemos el mismo ritmo que antes. ¿Ahora ya no la importa? Ahora ya solo está cansada…
La veo apagarse día a día y me está destrozando. Porque si estuviera enfadada, podría discutir con ella y arreglarlo. Si estuviera triste, podría abrazarla y recordarle que estoy aquí… Pero esto no sé cómo solucionarlo. Es verla alejarse poco a poco hacia un lugar al que yo no sé cómo seguirla.
Está todo el día pensativa, sé que hay algo que le atormenta, conozco a mi mujer y ese interés en que Marcos no se vaya bajo ningún concepto y que estuviera deseando poder hablar a solas con él…y el ramo. Sé que es una locura pero…
Más vale que no haya sido él porque juro que ¡le reviento!
Aprieto los dientes con rabia hasta que me duele la mandíbula y apoyo la frente contra el cristal frío de la ventana.
Que no joder, que no puede ser, no tiene sentido. Estoy viendo fantasmas donde no los hay. A este paso voy a volverme loco. Necesito dormir de una puñetera vez y dejar de pensar.
Me voy al baño y abro el grifo al máximo.
Me echo agua helada en la cara y me apoyo en la encimera con las dos manos, con la mirada perdida en el agua corre por el lavabo.
Las gotas resbalan desde mi barbilla, golpean el fondo y se incorporan al remolino de agua que gira hasta desaparecer por el desagüe.
¡Cómo me gustaría que cada gota se llevase uno de estos malditos recuerdos!
Así, al menos, dejaría de tener pesadillas por las noches, las pocas horas que nos dejan dormir las niñas.
Las quiero con locura, puedo decir que son lo mejor que me ha pasado en la vida, junto con su madre, por supuesto.
Es de las pocas cosas de las que ahora mismo no tengo ninguna duda.
Pero tengo que reconocer que muchas veces me desbordan porque son agotadoras.
Sé que es una fase, que dos bebés al mismo tiempo supone el doble de esfuerzo y el doble de cansancio.
Pero empieza a pasarme factura y solo llevamos seis meses.
Hacemos malabares para compaginar mi empresa, la carrera de Sara, las niñas, la casa, la familia…
y tengo la sensación de que a veces, por mucho que me esfuerce, no es suficiente.
Siento que caminamos por el borde de un precipicio y que cualquier paso en falso nos va a hacer caer al vacío.
Y eso me aterra, de la misma forma que me aterra que Sara haya encontrado algo mejor que la vida que le estoy ofreciendo.
Durante mucho tiempo he sido yo quien tiraba del carro y Sara estaba ahí, a mi lado, empujando conmigo.
Nunca tuve miedo porque siempre mirábamos en la misma dirección, pero ahora todo está cambiando tan rápido que a veces me pregunto si sigo caminando a su lado o si, simplemente, corro detrás intentando alcanzarla.
Veo como se le abren puertas y estoy muy orgulloso de ella, porque quiero que llegue tan lejos como le dé la gana y que arrase con todo lo que se le ponga por delante.
Pero también la echo muchísimo de menos.
Echo de menos verla reír despreocupada, echo de menos la época en la que no todo giraba en torno a la novela o las niñas…
Echo de menos tenerla a mi lado sin sentir que su mente está en otro sitio…
Y me siento como una mierda por pensarlo, porque sé lo mucho que ha luchado para llegar hasta aquí.
Lo que más me jode es que encima no puedo hablarlo con nadie para que me dé otro punto de vista.
Marcos se ha convertido en mi mejor amigo, pero es evidente que a él no se lo puedo contar y a Sara menos aún.
Y el resto de mis amigos… sinceramente no me apetece hablar de esto con ellos.
Y Marcos pidiéndome consejo sobre si irse o no… ¡Manda huevos!
Y encima, para rematar, tengo a mi madre detrás de mí, que si ya de por sí es bastante pesada, últimamente se está llevando la palma.
Se merece un capítulo aparte. Ya no solo me marea con cosas de las niñas, sino que ahora no sé qué le ha dado que no hace más que meterse en mi relación con Sara.
Está insoportable. No para de enviarme enlaces de sitios para salir, ideas de regalos originales, planes románticos en pareja…
¡Vamos, no me jodas, para planes románticos estoy yo!
Qué ironía, mi madre empeñada en unirnos más como pareja mientras mi mujer tira en dirección contraria y ni siquiera sé por qué.
Me quedo de pie en mitad del estudio a oscuras, iluminado solo por la luz de emergencia del techo y el reflejo de las farolas de la calle que entran por el ventanal.
Los pantones siguen abiertos en la mesa donde los dejó Marcos esta mañana y el moodboard de la pared tiene una esquina despegada que tengo que volver a pegar.
Y el brief sigue sin respuesta en mi bandeja de entrada, pese a que quieren reunirse en Sevilla a mediados de Julio para cerrar el contrato. En Sevilla, donde están mis suegros. No había otro sitio…
Cojo las llaves de la mesa, salgo y cierro de un portazo la puerta de Studio Lumen. Y mientras camino hacia el coche, sigo sin saber qué coño voy a hacer con el proyecto, ni con las flores, ni con Marcos, ni con ninguna de las preguntas que llevan días rebotando en mi cabeza sin dejarme respirar.
Arranco el coche y el motor ruge en el parking vacío.
Apoyo las manos en el volante. Dentro de veinte minutos estaré en casa y Sara seguramente ya estará dormida con su pelo revuelto ocupando media almohada y yo voy a acostarme muy pegado a ella.
Porque ahora mismo tengo claro que estoy agotado, preocupado, cabreado y completamente perdido.
Pero sigo enamorado hasta las trancas de mi mujer.