Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 17
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CAPITULO 17

Os juro por lo más sagrado, que hasta que he visto el email esta mañana, yo estaba resignada a ir a Barcelona.

A ver, que tampoco es que me hiciera mucha gracia, para qué nos vamos a engañar, pero tenía asumido que iba a ir por el bien de mi carrera.

Pero cuando he recibido el correo de Elena, no sé qué cable se me ha cruzado…

Estoy en la cocina, intentando limpiar con toallitas húmedas a Dulce, que ha pasado una mañana muy entretenida desenterrándome los geranios del porche y comiéndose unos tomate Cherry que se acababan de poner maduros.

Ahora está completamente negra, llena de tierra hasta las orejas, con la cara pringosa y mirándome como si la estuviera torturando.

En mitad del forcejeo, recibo la notificación en el móvil.

El asunto dice: Barcelona — detalles.

Lo abro con una mano mientras sujeto como puedo a Dulce con la otra, que intenta escapar retorciéndose.

Le echo un vistazo rápido. Elena me explica que ya ha confirmado la librería, el horario de la presentación, el formato y todos los detalles relevantes del evento; incluso me cuenta orgullosa que ha conseguido que salga una reseña en un suplemento cultural el día antes.

El email termina con: Solo necesito que me confirmes si vas a llegar el mismo sábado a primera hora o el viernes, para coordinar el AVE.

Bloqueo el teléfono sin responder y sigo peleándome con Dulce, que considera que puede vivir felizmente así de sucia y está decidida a que la deje en paz para poder volver al jardín a terminar el trabajo que ha dejado a medias.

Aprovechando que le estoy pasando una toallita por las patas delanteras, me planta un mordisco en el dorso de la mano y se baja de la encimera de un brinco.

Yo, que ya me la conozco, había cerrado previamente la puerta de la cocina, por lo que tampoco consigue ir muy lejos y se queda maullando en plan dramático ante la puerta cerrada.

Decido dejarla descansar un poco y aprovecho para leer el correo con calma, pero con cada línea me voy poniendo más y más nerviosa y se me va cerrando el estómago.

Las gemelas solo tienen seis meses, Studio Lumen acaba de cerrar un proyecto para una clínica multiespecialidad con un plazo de entrega muy corto y Leo lleva días haciendo malabares con la agenda hasta arriba.

Irme a Barcelona ahora implica pasar un par de noches fuera de casa y tener que buscar a alguien para que ayude a Leo.

Llamar a mis padres y hacerles venir desde Sevilla me parece excesivo, por lo que lo dejo como última opción.

De mi hermana no me fío para dejarla sola con las niñas tanto tiempo—es capaz de llevarlas de fiesta en la sillita— Lara bastante tiene ya encima como para encasquetarle a las niñas y con Carmen podría hablar pero…

Leo haría todo lo posible por cancelar reuniones para no tener a su madre todo el día metida en casa y al final, que yo me vaya, va a suponer que mi marido desatienda su propia empresa para que yo pueda atender mi recién estrenada carrera…

No, de ninguna manera. No puedo ir a la presentación a costa del trabajo de Leo. Ya habrá más oportunidades en el futuro. Ahora no es el momento.

Sin darle más vueltas innecesarias, contesto el email para que Elena sepa cuanto antes que no voy a ir.

Le pido mil disculpas por echarme atrás en el último momento teniendo ya todo organizado y le explico que, aunque le agradezco mucho la oportunidad, ahora mismo no soy capaz de organizarme para estar fuera de casa tanto tiempo. Espero que lo entienda….

Me quedo con las manos apoyadas en la encimera y los ojos en la pantalla apagada del teléfono, dejando que una maravillosa sensación de alivio me inunde. Es la decisión correcta y la más sensata. Para otra vez será.

Pero Elena me llama dos horas más tarde y yo, ilusa de mí, cojo el teléfono convencida de que va a decirme que lo entiende, que es una pena, que ya buscarán otro evento más adelante, que estas cosas pasan…

que es lo que se dice en estos casos por cortesía.

Pero ya sería raro en mí tener tanta suerte…

—No voy a cancelar el evento, Sara— me suelta Elena a modo saludo directa a la yugular.

—A ver, Elena, escúchame…

—Entiendo que sea complicado y que te cueste dar el paso. Sé que es la primera vez que te vas a separar de las gemelas, pero te aseguro por experiencia que después te acostumbras y además, no podemos decir que no a estas alturas.

—Elena, ya te he dicho que lo siento, pero no puedo ir, en serio.

—Piénsatelo bien. Habla con Leo tranquilamente esta noche y me dices algo. Seguro que es más fácil de lo que te estás imaginando. Además, como lo cancelemos a estas alturas vamos a quedar fatal.

—Es que no hace falta que esperes, Elena, en serio, ya lo tengo decidido y lo he…

—Sara. —Su tono no me deja lugar a réplica—. Habla con Leo.

Por la noche, Leo y yo estamos recogiendo la cocina después de cenar casi sin hablar, cuando me doy cuenta de que, con lo poco que nos hemos visto últimamente, no le he contado nada de lo de Barcelona.

—¡Ah por cierto! Que se me olvidó contarte—comienzo forzando un tono casual mientras me agacho para rellenar el cuenco de Oreo de agua fresca—Cuando fui la semana pasada a la reunión con Elena, me propuso ir a una presentación en Barcelona el día veinticinco.

Leo deja de secar el vaso que tiene en la mano y se gira lentamente hacia mí, arqueando con una ceja con incredulidad.

—Pero vamos, que ya le he dicho que no, no te preocupes—añado atropelladamente, intentando quitarle hierro al asunto— Que las niñas aún son muy pequeñas y además tú en el estudio ahor…

—¿Y se puede saber por qué no me lo habías dicho antes?—me corta dejando el vaso en la encimera con más fuerza de la necesaria.

—Te lo estoy diciendo ahora, Leo…

—Me lo estás diciendo ahora, sí. Después de haber dicho que no vas. —se cruza de brazos apoyado contra el mueble de la cocina, lo que no es buena señal en absoluto—. Me lo estás contando cuando ya has decidido tú solita que no se puede, sin contar con nadie. Como si yo no pintara nada aquí.

—Bueno, pero es porque las niñas son muy pequeñas aún y yo no quería agobiarte con…

—Me puedo encargar yo solo de mis hijas perfectamente, Sara—me espeta con una frialdad que no es habitual en él— ¿Cuánto tiempo es?

—Creo que son tres días…

—Sin problema.

—Ya, Leo, pero tú tienes que entregar lo de la clínica y…

—Y soy perfectamente capaz de reorganizar yo solo mi agenda o pedirle a mi madre que me eche una mano cuando tenga alguna reunión—Leo resopla frustrado—Creo que lo normal sería hablar las cosas, ¿no?

—Bueno… simplemente pensé que no era el momento adecuado y no había mucho que hablar, nada más.

—Qué casualidad, con lo que te gusta a ti hablar…

Me quedo muda, con el orgullo herido, como si me hubieran dado una bofetada. Y cuando paso por su lado para guardar los vasos limpios en el armario, me doy cuenta de que normalmente me habría cogido con cariño de la cintura al pasar, pero esta noche no lo hace. Se queda rígido e inmóvil.

Lo noto de la misma forma en que se nota cuando para de llover, no por el sonido, sino por su ausencia.

Esa noche, como viene siendo costumbre últimamente, me paso las horas dando vueltas en la cama de un lado a otro, enredándome en las sábanas cada vez más agobiada.

Apenas consigo dormir algún rato, pero me despierto sobresaltada enseguida con una presión bastante molesta en el pecho.

Mientras tanto, Leo duerme plácidamente a mi lado con esa facilidad envidiable que tienen algunas personas que, cuando deciden dormir, simplemente cierran los ojos y se duermen.

Sin mayor problema, sin remordimientos y sin importar lo que haya pasado durante el día.

A las seis menos cuarto me rindo. Estoy completamente inmóvil en la oscuridad de la habitación, mirando fijamente las sombras del techo y escuchando el ritmo regular e injusto de su respiración, pensando una y otra vez en lo que me ha dicho antes en la cocina.

Me levanto sin hacer ruido para no despertar a la marmota, cojo el diario de mi bolso y bajo descalza las escaleras hasta el salón.

Me siento directamente en la alfombra, apoyando la espalda contra el sofá.

Iluminada únicamente por el reflejo de las farolas que se cuela entre las cortinas y por las primeras luces del amanecer, escribo a toda prisa, para no reventar:

Martes.

He rechazado la presentación de Barcelona porque considero que no es buen momento, las niñas son muy pequeñas todavía y no quiero cargar a Leo con la responsabilidad de tener que ocuparse de ellas tanto tiempo.

No quiero obligarle a tener que dejar de lado los compromisos que ahora tiene en el estudio, mientras yo me voy a firmar libros a quinientos kilómetros.

No entiendo por qué narices le ha sentado tan mal.

Entiendo que le haya molestado que no lo haya comentado con él antes de dar una respuesta, vale, de acuerdo.

Pero sigo pensando que tampoco había mucho que debatir…

Él insiste en que él puede hacerse cargo de todo con ayuda de su madre y no lo dudo ni por un momento. Tampoco se trata de que no quiera separarme de ellas, bueno un poco sí y eso me hace sentir ridícula porque miles de madres viajan por trabajo sin problema pero… no me refería a eso.

Me temo que tal vez se haya enterado de que hablé con Marcos pese a que me insistió que no me metiese… Pero, es Lara, ¡no lo pude evitar! Y además, tampoco es para estar así, ¿no?

*****

Decir que no por miedo se parece mucho a decirlo por convicción. Pero el cuerpo conoce la diferencia. Y tarde o temprano se la cobra.