CAPITULO 16 #2
Sara (22.39): Piensa que él va a venir muchos fines de semana y tú puedes ir otros, hay muchas parejas que viven así, uno de los dos se pasa la semana fuera, no es lo ideal, vale, pero…
La burbuja de los tres puntos que indica que está escribiendo aparece y desaparece dos veces en la pantalla antes de que me llegue la respuesta.
Lara (22.40): Ya, ya, si la teoría nos la sabemos todos.
Pero yo no me veo capaz, Sara, no me veo.
Toda la semana esperando que llegue el fin de semana para verle, sola, amargada, contando los días hasta la siguiente visita, que no.
Y además, que tú sabes igual que yo, que al principio vendrá casi todos los fines de semana, pero después le irán surgiendo cosas allí y cada vez las visitas se irán espaciando más…
Las relaciones a distancia no funcionan.
Y no tengo muy claro si quiero estar metida en una, aunque sea con Marcos.
No sé qué decirle, porque entiendo perfectamente a Lara y la apoyaré en todo lo que decida, sin ninguna duda, pero también entiendo a Marcos…
Me quedo quieta con el teléfono en la mano mirando la pantalla de mi Kindle a mi lado, donde la novela que estaba leyendo muestra un párrafo en el que los protagonistas llegan agarrados de la mano a la casa que se acaban de comprar juntos para iniciar su vida en común. ¡Qué ironía, joder!
A mi lado, Leo sigue concentrado en su lectura, ajeno al torbellino que se está formando en mi cabeza. No sé por qué narices lo hago, porque él es mi máximo apoyo en todo, pero no lo puedo evitar.
—Oye Leo… ¿Tú también te irías dos años fuera si tuvieras una oportunidad cómo la de Marcos?
Leo se tensa al instante y baja el libro despacio, coloca el marcapáginas y me mira en silencio intentando descifrar a través de mis ojos qué es lo que se me pasa por la cabeza.
—Dependería de si tú vienes conmigo, Sara.
—¿Y si no pudiera ir? ¿Nos dejarías aquí solas?
—Pues, si no pudieras venir por el motivo que fuera… Dependería de cómo te sientas tú también con la decisión, las niñas aún son pequeñas. Además ni tú eres Lara ni yo soy Marcos, no te comas la cabeza que nos conocemos, ¿vale?—Asiento despacio, pero no logro quedarme tranquila del todo.
Intento imitarle y seguir leyendo, pero mi cabeza ha entrado en bucle y no dejo de darle vueltas, hasta que Oreo se levanta de mi lado y se sube al alféizar de la ventana del salón. Se queda mirando fijamente hacia la calle oscura y vacía, maullando insistente.
—Oreo, no puedes salir que está lloviendo a mares—le digo para que se calle.
Pero no se mueve y sigue maullando cada vez más fuerte, dejándome clara su opinión.
—¡Oreo vale ya! Que está lloviendo, no seas pesado. No puedes salir.—repito mientras le cojo en brazos y lo bajo al suelo, ganándome un bufido y una mirada de odio felino que no deja lugar a dudas su opinión sobre mí en este momento.
Oreo camina ofendido hasta su cojín, se enrosca sobre sí mismo dándome la espalda y apoya la cabeza entre sus patas delanteras, resoplando por la nariz sin dejar de mirar la ventana de reojo.
¡Pues sí que estamos todos bien!
A la mañana siguiente me levanto antes de que suene el despertador, harta de dar vueltas entre las sábanas tras una noche en la que apenas he conseguido dormir un par de horas seguidas.
Mientras el café empieza a subir borboteando en la cafetera italiana e inunda la cocina con su olor, me asomo a la ventana.
Fuera, las hojas de las plantas del jardín brillan empapadas por la tormenta de anoche, que ha dejado el ambiente fresco y con un fuerte olor a tierra mojada.
Me siento descalza en el taburete alto de la isla de la cocina con mi diario abierto sobre la encimera y escribo a toda prisa, dejando que la tinta fluya para desahogarme:
Jueves.
Siempre pensé que el amor consistía simplemente en caminar de la mano hacia el mismo destino.
Pero, ¿qué pasa cuando, aunque el camino común es maravilloso, el destino empieza a apuntar en dos direcciones totalmente distintas? ¿Cómo se mantiene el equilibrio entre dos personas, cuando una comienza a brillar más que la otra?
Suena muy egoísta, lo sé. Y cuando se trata de tu pareja, se supone que su éxito te hace sentir orgullosa, eso por descontado, lo que quieres es que llegue lo más lejos posible y, sobre todo, que sea feliz.
Pero cuando es incompatible con la vida que llevas actualmente y tus propias metas, ¿es necesario dejar todo atrás?
¿Y si no puedes? O mejor dicho, ¿y si no quieres? ¿Eso te convierte en mala persona? ¿Le quieres menos por ello?
¡Me parece tan injusto!
¿Le demuestras tu apoyo y amor incondicional, dejando todo atrás a costa de hacerte más pequeña? ¿ O le permites brillar en su camino y tú continúas el tuyo a costa de tu relación de pareja?
¿Y si Leo comienza a sentir lo mismo? ¿Y si, ahora que tengo que dedicarle tiempo a mi carrera, él comienza a hacerse más pequeño?
Leo asegura que él no se iría sin mí pero, ¿y si la pregunta no es esa?
¿Y si la pregunta es si yo sería capaz de obligarle a él a seguir mis pasos?
Él tiene muchos proyectos por delante con el estudio… ¿y si no son compatibles?
La cafetera suelta un soplido estridente anunciando que mi café está listo, devolviéndome a la realidad y a la cocina con un sobresalto que me hace dar un respingo.
Me levanto a toda prisa para apartarla del fuego y servirme el café intentando encontrar una solución a un dilema que, sinceramente, no sé si tiene respuesta.
*****
A veces el miedo a perder a alguien nos hace impedir que continúe su camino.
Y entonces lo perdemos de todas formas, cuando descubre que nunca le dejamos avanzar.