CAPITULO 16
Durante el trayecto escucho la radio con la esperanza de que alguna canción me distraiga y me obligo a pensar en cualquier cosa que no sea ni en la presentación, ni en septiembre—que ya se encarga de recordármelo el calendario cada vez que entro en la cocina— ni en la vergüenza que sigo arrastrando desde que mi suegra ha leído detalles que ni el propio Leo sabe todavía que he escrito, ni mucho menos en la que se le avecina a mi mejor amiga… lo que me deja pocas opciones.
La Casa de la Cultura de Miraflores es una casona preciosa de finales del siglo XIX, con las paredes de piedra y las ventanas pequeñas y oscuras.
Es una de las construcciones que sobreviven con orgullo en los pueblos de la sierra y que huelen a papel viejo y a madera húmeda en cuanto cruzas el portón principal.
En las paredes de madera del vestíbulo hay un par de carteles con mi nombre y la portada de mi novela, pegados en el tablón de anuncios junto a un folleto de un taller de cerámica y otro de una ruta de senderismo por el puerto de la Morcuera.
La sala donde se va a realizar el evento tiene sillas plegables de plástico, un micrófono encima de la mesa principal flanqueado por dos botellas de agua y, en la pared del fondo, una exposición de fotografías en blanco y negro de Vicente Aleixandre paseando por estas mismas calles empedradas hace casi un siglo.
Hay gente que acude a estos eventos simplemente porque les apetece salir de casa un rato y el libro de una escritora novata es una excusa tan buena como otra cualquiera para pasar la tarde.
Otras personas vienen porque, sorprendentemente, se han leído el libro.
Y luego, en primera fila, está Leo que ha venido por sorpresa, no es que no tuviera un plan mejor, desde luego, pero tampoco es que se haya leído el libro entero, solamente conoce algún párrafo suelto que le fui leyendo en voz alta mientras lo escribía.
Justo antes de salir, mientras me retoco el pintalabios frente al espejo del baño, me llama mi suegra por teléfono.
—Buenas tardes, ¿qué tal vas?
—Nerviosa, Carmen, no te voy a engañar. Ya estamos a punto de empezar.
—Es normal, pero tú tranquila que va a ir fenomenal, ya lo verás.
—Muchas gracias Carmen, eso espero.
—Por cierto… —mi suegra baja la voz, adoptando un tono de misterio que me pone los pelos de punta al instante—¿Llevas ropa interior bonita?
—¿Perdón?—Me quedo completamente a cuadros, con la boca abierta y el pintalabios en la mano parpadeando frente al espejo.
—Mujer, como va a salir genial, tendréis que celebrarlo como Dios manda después… ¿no? Bueno eso, que solo quería desearte mucha suerte. No te entretengo, ¡luego me cuentas!—y cuelga, dejándome una vez más con la palabra en la boca literalmente abierta.
La presentación empieza con un pelín de retraso porque el micrófono se niega a funcionar y se acopla con un pitido muy molesto cada vez que me acerco, lo cual le da a todo el mundo diez minutos extra para presentarse con el vecino de butaca, creando un ambiente de complicidad en la sala.
Cuando por fin conseguimos arrancar, me hacen un montón de preguntas sobre el proceso de escritura, sobre cómo se escribe una historia cuando es semi real, sobre si Leo sabe que sale en el libro y sobre todo, me preguntan por Oreo, que genera siempre más entusiasmo que cualquier personaje humano.
—Sara —pregunta una mujer de unos cincuenta años desde la segunda fila — ¿No te sientes muy expuesta escribiendo algo tan personal?
La pregunta provoca varios murmullos de interés en la sala y me quedo unos segundos en silencio, pensando cómo plantearlo antes de acercarme al micrófono.
—Sí y no. Supongo que publicar una novela se parece un poco a dejar una ventana de tu casa abierta.
Cualquier desconocido puede asomarse desde la calle y ver algo tuyo, una parte de cómo piensas, de tus miedos o de cómo entiendes el amor— Asiento para mí misma mientras busco las palabras adecuadas —Aunque claro, normalmente la gente tiene la precaución de no escribir sobre su propia vida de una forma tan explícita…
La gente comienza a reír y me doy cuenta de la ironía de lo que acabo de dar a entender, la importancia de no escribir sobre tu propia vida, cuando estoy sufriendo las consecuencias de ello y aun así, tengo en el bolso un cuaderno que continúa mi historia.
En ese momento Eva, mi agente, que está sentada a mi izquierda en la mesa, se inclina hacia mí discretamente y me señala una página del libro que tiene abierto sobre la mesa delante de ella.
—Lee este capítulo, anda —me susurra cómplice al oído con una sonrisa que no me gusta nada—Les va a encantar, ya verás.
Lo reconozco antes de terminar de leer la primera línea y me pongo tan nerviosa que se me corta la digestión de golpe.
—Eva, este capítulo no, ni de coña —le susurro tapando el micro con la mano izquierda.
—Que sí mujer, hazme caso, que tiene mucho gancho —insiste ella con firmeza, empujando el libro abierto hacia mí— No me vengas con vergüenza a estas alturas, Sara. El libro ya está publicado y lo está leyendo mucha gente. Dale caña.
Miro el párrafo y a Leo alternativamente, en busca de apoyo. El párrafo en cuestión es de la noche del Wine and Paint y es, a mi parecer—muchas sabréis a cuál me refiero y me daréis la razón—un poco…íntimo, como para leerlo en voz alta delante de toda esta gente, pero… en fin, allá vamos.
—Bueno… —empiezo acercándome al micrófono, notando como me tiembla el labio ligeramente e intentando que no se me note lo nerviosa que estoy—. Voy a leeros un pequeño fragmento del libro a petición de Eva, mi agente, que es la que manda aquí.
Carraspeo un par de veces para aclararme la garganta, le doy un sorbo a la botella de agua y tragando saliva, empiezo a leer.
Pone su mano derecha sobre la mía, despacio.
Su pecho me roza la espalda cuando se inclina para alcanzar el lienzo y un escalofrío me recorre cuando su otra mano me sujeta la cintura.
Empieza a guiar el pincel con su mano sobre la mía, una pincelada larga, otra corta, con sus dedos rozándome los nudillos cada vez que cambiamos el ángulo, con su aliento rozándome el cuello entre pincelada y pincelada…
Levanto un segundo la vista de la página hacia el público buscando a Leo, que me está mirando fijamente con las mejillas ligeramente sonrosadas y me dedica pequeña sonrisa cómplice que me da la fuerza necesaria para continuar leyendo.
…Sus manos me recorrieron entera memorizando cada curva de mi cuerpo y yo arqueé la espalda buscando más contacto, mientras sus labios exploraban lugares que me hacían temblar.
El miedo que había sentido durante días desapareció, reemplazado por la certeza absoluta de que aquí era exactamente donde quería estar.
Me tocó como si fuera la primera y la última vez al mismo tiempo, mezclando ternura y pasión.
Yo me dejé llevar, sin pensar, sintiendo cómo cada caricia, cada beso, cada susurro contra mi piel me hacía sentir más viva de lo que me había sentido nunca.
Cuando por fin termino de leer la última palabra y cierro el libro sobre la mesa, no sé muy bien dónde meterme.
Siento que me he ido encogiendo en la silla con cada línea pero, sorprendentemente, la gente empieza a aplaudir con entusiasmo, sacándome una sonrisa tímida y un suspiro de alivio que me anima al instante.
—¡Que levante la mano Leo! —grita un señor mayor desde la tercera fila, provocando una carcajada colectiva que retumba entre las paredes.
Leo, sin levantarse de la silla, estira el brazo derecho hacia el techo y deja la mano en alto, saludando como un torero .
El gesto provoca un aplauso espontáneo todavía más fuerte y algún silbido cómplice por el fondo de la sala que le hace reír abiertamente y contagia a las personas de alrededor.
Lo cual, sinceramente, termina de salvar mi presentación.
Si alguien me hubiera avisado que iba a leer en voz alta esta escena delante de desconocidos y mi marido, habría fingido una lesión para no venir.
Pero la verdad es que recuerdo esta presentación con especial cariño.
No sé si porque me hizo perder la vergüenza de golpe o porque Leo me demostró, una vez más, que iba a estar a mi lado en cualquier situación.
Más tarde, ya de vuelta en casa, intento leer una comedia romántica recostada en el sofá, en pijama y pegada al cuerpo de Leo que también ha aprovechado para leer un rato.
Oreo está hecho una rosquita junto a mí, dándome un calor horroroso, pero no me muevo porque me da mucha pena despertarle.
Cuando por fin consigo centrarme en una página, noto mi móvil vibrar insistente encima de la mesa.
Lara (22.35): Hola, ¿qué tal ha ido la presentación?
Sara (22.36): Surrealista es quedarse corta. Eva me ha hecho una encerrona y me ha tocado leer en voz alta el capítulo del Wine&Paint delante de Leo… Ya te contaré…¡Qué vergüenza! ¿Tú que tal? ¿Algún plan interesante?
Lara (22.36): He vuelto a discutir con Marcos. Interesante… no mucho, la verdad.
Sara (22.36): ¿Y eso?
Lara (22.37): Pues con el monotema de los cojones, ¡de qué va a ser!. Insiste en que me vaya con él y yo quiero ir, claro que me encantaría poder irme con él, pero no puedo, Sara, no puedo. Es mucho tiempo.
Lara (22.37): Joder, sé que es una oportunidad increíble y todo lo que tú quieras, pero ¿y qué pasa con nuestros planes? ¿Con nuestra vida? ¿Se va dos años como si nada y yo qué?
Tardo varios segundos en teclear la respuesta, porque si soy sincera, tampoco sé qué haría yo en su lugar. ¿Abandonaría todo? Quiero pensar que sí, que sería una romántica kamikaze de las que se lanzan al vacío sin pensar, pero la verdad es que no estoy segura.
Sara (22.38): No se va cómo si nada, Lara, y tú lo sabes. Por eso insiste tanto en que vayas con él. Entiendo que tu situación es complicada, pero… tal vez podrías reorganizarlo de alguna forma, buscar una alternativa…
Lara (22.38): Eso no es una opción, Sara. No voy a trastocar a los demás por esto. No puedo, le he dado mil vueltas.