CAPITULO 15
La mañana del jueves la paso de compras por el centro con las niñas, en una expedición logística complicada que me deja con la sensación de haber sobrevivido a una batalla sin bajas pero con un par de heridos.
En cuanto consigo salir del bucle infernal de Gran Vía y Fuencarral—tras esquivar a cientos de turistas, sortear patinetes eléctricos y salir de las tiendas abarrotadas—, decido acercarme al estudio para saludar a los chicos antes de volver a la urbanización.
Llegamos a media mañana, con Vera dormida en la mochila portabebés, pegada a mi pecho con el conejito apretado entre nuestros cuerpos como un polizón.
Alma va en la sillita de paseo en la que he conseguido milagrosamente que permanezca sentada y sin intentar tirarse en marcha, a base de sobornarla con galletas.
Al entrar, veo a Marcos antes de que Leo se percate de nuestra presencia. Está de pie junto a la mesa de reuniones, con varias fotografías impresas extendidas, examinándolas mientras ambos están inclinados muy concentrados sobre el papel.
—Hola, chicas —Nos saluda Leo, levantando la cabeza tras la señal silenciosa de Marcos avisándole con un gesto de que hemos llegado.
Sus ojos verdes se iluminan al vernos y se acerca para darme un beso y acariciar la mejilla de Vera con delicadeza mirándola embobado—Me encanta cuando está así, tiene una cara de angelito…
—en momentos como este le pondría el babero a él, sinceramente—¿Cómo es que os ha dado por venir?
—He terminado antes de lo que me esperaba y no me apetecía volver a casa, donde me espera el portátil asesino— Leo coge en brazos a Alma, que comienza a protestar atada en la silla.
Se la lleva hasta su mesa y la sienta en el suelo, a su lado, con un taco de post-it de colores para que se entretenga despegándolos.
Yo empujo la sillita vacía hasta la entrada y me acerco al ventanal—Pero tranquilos, que no molestamos. Solo quiero descansar un rato.
Me instalo en el sofá de cuero con Vera todavía dormida en la mochila, saco el móvil del bolso y me dispongo a cotillear un rato Instagram.
Lo escucho sin proponérmelo, porque básicamente es lo que pasa cuando estás en una habitación con el teléfono, fingiendo que ves reels de gatitos mientras en realidad tienes el oído sintonizado con lo que ocurre a tres metros de ti, especialmente cuando el tema afecta a tu mejor amiga.
—Ya no sé qué coño hacer, Leo. Casi no me habla desde el lunes—escucho decir a Marcos de pronto, incorporándome ligeramente en el sofá sin levantar la vista del teléfono.
—A ver, ponte en su lugar…
—Si yo la entiendo, de verdad. Entiendo que se haya agobiado, pero es que Londres está aquí al lado —se justifica Marcos frustrado cogiendo una de las fotografías— Es un vuelo de dos horas y media a Madrid, joder. No es como si me fuera a la otra punta del mundo. Además, solo son dos años.
Leo sigue con los brazos cruzados, inclinado sobre la mesa pensando qué responderle, cuando Alma descubre que la mesa de su padre tiene cajones.
El inferior derecho queda a su altura desde el suelo y tiene, según descubre al abrirlo, un montón rotuladores de punta fina de muchos colores, ordenados hasta ese momento por familias cromáticas según el criterio obsesivo de Leo.
Alma mete sus manitas regordetas dentro y saca tres de golpe, desordenando todos los verdes y los azules.
Leo se agacha para cerrar el cajón con la mano izquierda, mientras con la derecha señala una de las fotos, intentando disimular su incomodidad ante el regalo que le acaba de hacer su hija.
—Esta me gusta mucho, tiene mucha fuerza. A ver, Marcos… es una situación muy complicada. Sinceramente no me gustaría estar en tu pellejo ahora mismo.
—Pues yo no creo que sea para tanto—insiste Marcos, pasándose una mano por la nuca— Sé que no entraba en nuestros planes y respeto su postura, pero tengo claro que si no voy, me voy a arrepentir.
—¿Y Lara qué dice? —Alma vuelve a abrir el cajón y saca otro puñado de rotuladores rojos antes de que Leo lo cierre con el pie mirándola de reojo con el ceño fruncido.
—Que ella no puede irse y que no quiere que pierda ninguna oportunidad por su culpa, pero que una relación a distancia no va a funcionar.
No sale de ahí, Leo. Llevamos mucho tiempo dándole vueltas a lo mismo y siempre acabamos en el mismo callejón sin salida—Marcos se frota la cara con las manos resoplando—No sé qué hacer.
Yo creo que sí que podemos organizarnos y tengo muy claro que no quiero perderla, pero…
Leo permanece unos segundos mirando las fotografías sobre la mesa, sin saber qué contestar.
—Entonces piensa fríamente cuál de las dos opciones te haría arrepentirte más dentro de diez años.—Leo se encoge de hombros—Es una mierda lo mires por dónde lo mires.
—Joder, Leo. ¿Tú qué harías?
—Da igual lo que yo haría —responde mirándole fijamente— Lo único que importa es lo que estés dispuesto a asumir tú.
Se quedan en silencio un buen rato, mirando las pruebas de impresión, hasta que Leo coge una y la acerca a la luz. La conversación cambia hacia el encuadre, la saturación del color y el contraste, pero yo ya no estoy escuchando.
Vera se mueve levemente contra mi pecho dentro de la mochila, todavía dormida y yo bajo la vista hacia ella, con la mano abierta sobre su espalda diminuta sintiendo su respiración. No puedo dejar de pensar en Lara y en lo mal que lo va a pasar cuando Marcos se marche.
Al cabo de unos minutos, Leo deja las fotografías sobre la mesa y se dirige hacia el pasillo.
—Voy un momento al baño, ahora vengo.
—Vale —responde Marcos distraído, sin levantar la vista de las copias.
Espero a que el sonido de los pasos de Leo desaparezcan por completo, cuento mentalmente hasta tres para armarme de valor y me levanto del sofá con cuidado de no despertar a la niña.
—Marcos.
—¿Sí?—alza la vista sorprendido por verme a su lado.
—Sé que no debería meterme pero…
—A ver, venga, sorpréndeme — me dedica una sonrisa cansada y un tanto cínica, dejando los folios sobre la mesa.
—Lara lo está pasando fatal—la sonrisa de Marcos desaparece inmediatamente.
—Ya lo sé, Sara.
—No, creo que no tienes ni idea. Porque si de verdad lo supieras… —busco las palabras adecuadas, intentando hacerle reaccionar de una maldita vez— Está aterrada, Marcos.
—¿Y crees que yo no?— se punta con un dedo al pecho bastante indignado— ¿Crees que para mí es fácil?
—Entonces intentad encontrar un punto medio, antes de mandar todo a la mierda.
—¿Qué punto medio? —Marcos bufa, mirándome con desesperación— ¿De verdad crees que hay un término medio en todo esto? O me quedo en Madrid y pierdo la oportunidad de mi vida o me voy a Londres y pierdo a la mujer de mi vida. No hay más.
—No lo sé—le rebato con suavidad poniendo una mano sobre su hombro—Pero puedes hablar con la empresa.
Intenta negociar las condiciones. Tal vez podrías trabajar en remoto parte del tiempo desde aquí, cuando no sea imprescindible estar allí…
O yo qué sé, pedir algo más de tiempo para pensároslo con calma.
—Sara, llevamos meses hablando de esto en bucle—Marcos se frota la nuca agobiado—Y créeme, si existiera una solución más fácil, ya la habríamos encontrado.
Durante unos segundos que me parecen eternos, ninguno de los dos dice nada. Marcos mira fijamente las fotografías mientras yo acaricio la espalda de mi hija de forma automática.
—La quiero muchísimo, ¿sabes? —murmura él finalmente con la mirada perdida.
—Ya lo sé, Marcos.
—Pero no quiero mirarme al espejo dentro de diez años y arrepentirme de no haber aprovechado esta oportunidad. Hay trenes que solo pasan una vez en la vida.
—Y yo solo quiero que dentro de diez años no mires atrás y descubras que perdiste a la mujer de tu vida por no haber tenido el valor de buscar una alternativa.
Marcos abre la boca dispuesto a rebatirme, pero en ese momento aparece Leo al final del pasillo y se detiene en seco al vernos hablando.
—¿Interrumpo algo? —pregunta Leo desde la puerta demasiado serio.
—No, nada, nada importante —respondo demasiado deprisa.
Leo nos mira fijamente un instante más antes de acercarse a la mesa para seguir revisando las fotografías, Marcos coge una para revisarla con él, mientras yo regreso al sofá con Vera dormida intentando parecer inocente, aunque creo que no lo consigo.
*****
Es muy fácil hablar de perseguir sueños cuando no eres tú quien se queda mirando una silla vacía cada noche.