CAPITULO 14
Cuando por fin llego a casa no hay nadie.
Leo hace una hora que le ha dado el relevo a Lara y se ha llevado a las niñas a dar un paseo por el parque para intentar que se duerman.
La casa está tan en silencio que, teóricamente, es el momento perfecto que el universo me regala para aprovechar a escribir.
Dejo las llaves sobre la isla de la cocina y al levantar la vista, veo que encima de la mesa del comedor hay un ramo de rosas espectacular.
Son rosas rojas enormes, combinadas con pequeñas flores blancas de paniculata y ramas de eucalipto de un verde suave que caen elegantemente por los laterales.
Los pétalos, recién abiertos, parecen de terciopelo y el conjunto está envuelto en un papel crema satinado, sujeto por una cinta de raso color granate anudada en un lazo enorme.
Es, literalmente y sin exagerar, el tipo de ramo hiperromántico que aparece en las películas cuando el protagonista está locamente enamorado…
o intentando que le perdonen una cagada de dimensiones bíblicas.
Me acerco de puntillas e inspiro profundamente. Huele de maravilla a flores frescas, a jardín después de una tormenta de verano y a un toque dulce que no logro identificar. Se me dibuja una sonrisa de idiota automáticamente en la cara, borrándome de un plumazo el agobio que traía de la editorial.
—Ay, Leo… qué romántico eres cuando quieres— susurro sintiendo que encontrar aquello es como recibir un abrazo sin que nadie te esté tocando.
Saco el móvil del bolso a toda prisa para mandarle un WhatsApp y agradecérselo.
Sara (19:50): Acabo de ver el ramo. ¡Me requetencanta! Son preciosas, de verdad. Eres un amor. Mil gracias.
Leo (19:52): De nada
Frunzo el ceño al leer la respuesta y me quedo parpadeando frente al teléfono totalmente descolocada.
¿De nada?¿Así, a secas? ¿Ni un emoji de corazón, ni un me alegro de que te guste, cariño, ni una mísera cara sonriente ?
Q ué raro. Estará liado con las niñas, supongo.
Tampoco voy a darle demasiadas vueltas, porque los hombres son capaces de responder un frío « ok » ante una declaración de amor y quedarse tan anchos.
Me sirvo una Coca-Cola con mucho hielo y limón mientras las palabras de Elena siguen resonando en mi cabeza. Ser honesta . Sí, claro, qué fácil suena. Pensar que los días pasan volando y que septiembre está a la vuelta de la esquina, me revuelve el estómago.
Cojo el rotulador rojo del bote de la encimera, le quito la tapa con los dientes y marco un círculo gigante en el calendario sobre el día uno de septiembre, remarcándolo dos veces con saña y mala leche, como si el problema fuera el calendario y no yo.
Tiro el rotulador de mala manera contra la encimera, donde rueda hasta chocar con la cafetera, cojo el vaso y me obligo a salir al porche con el portátil bajo el brazo. Afrontar los hechos, lo llaman. A ver si el aire consigue inspirarme algo que no sea compasión por mí misma.
Desde la mesa del jardín, veo cómo Dulce se ha vuelto completamente loca. Corre por el césped, frena en seco derrapando y salta persiguiendo a unas pobres mariposas. Pobrecillas, como se descuiden…
Abro la tapa del ordenador y accedo al archivo maldito: «Diario II en proceso.docx» .
El cursor parpadea acusador sobre la última línea que escribí hace ya ni se sabe cuántos días, en mitad del tercer capítulo.
Resoplo frotándome la cara con las dos manos y me aparto el pelo de la cara con desesperación.
El cursor sigue ahí. Pum, pum, pum. Burlándose de mí y mi incompetencia en mi propia cara.
Empiezo a hablarle a Oreo, que se ha subido a la mesa y me observa fijamente escondido detrás de la pantalla.
—A ver, Oreo, guapo, gánate el pienso y dame ideas.
Podría escribir, por ejemplo, que soy incapaz de distinguir a mis propias hijas si no les miro el culo…
—Oreo me mira fijamente sin pestañear con las orejas tiesas—No, mejor no.
Porque entonces las lectoras van a pensar que soy mala madre y, según están las cosas, alguna llama a los servicios sociales.
Doy un sorbo a la Coca-Cola sintiendo las burbujas descender por mi garganta y continúo con mi monólogo de loca.
—O podría ponerme en plan dramática y escribir que Leo y yo llevamos semanas sin poder acostarnos como dios manda—Oreo me mira con sus ojos verdes y entorna los párpados con cara de ¿estás segura?
¿te lo has pensado bien? — Tienes toda la razón, mejor no.
Que igual piensan que tengo una vida patética y se compadecen de mí.
Me dejo caer con fuerza contra el respaldo de la silla, estrujándome los sesos intentando encontrar algo decente.
—¡Ah, ya sé! ¡También podría escribir que mis suegros divorciados igual están liados!—Oreo bosteza exageradamente en mitad de la frase, enseñándome todos sus dientes y la lengua rosa como si le aburriera soberanamente—Vaaale, de acuerdo, además ni siquiera sé si es verdad…
Me quedo mirando fijamente la pantalla, mientras el cursor sigue parpadeando implacable, desquiciante.
—¿Sabes qué te digo, Oreo? ¡Que a tomar por saco!—Y cierro la tapa del portátil de golpe que resuena en todo el porche, haciendo que Oreo dé un respingo y me regale una mirada de reproche.
Me quedo contemplando el ordenador cerrado, sintiendo una mezcla de rabia, miedo y vergüenza porque acabo de darme cuenta de que Elena, con solo cuatro palabras, ha dado en el clavo de mi problema.
Llevo semanas asustada. No bloqueada por falta de ideas, no.
Asustada. Asustada de no estar a la altura del éxito de mi primera novela, asustada de defraudar a las lectoras que confiaron en mí, asustada de que el bombazo de Diario de una chica con talento para el desastre fuera solo casualidad y que, en realidad, yo sea un fraude que no tiene ni puta idea de escribir una historia de verdad.
Vuelvo a la cocina a rellenarme el vaso con el orgullo herido y Oreo pisándome los talones. Salta sobre una silla, trepa a la encimera y se va directo hacia el ramo con cautela.
—Ni se te ocurra—le advierto señalándole con un cubito de hielo.
Oreo ignora completamente mi advertencia, estira el cuello, olisquea una de las rosas y abre la boca de par en par, dispuesto a hincarle el diente al eucalipto. Antes de que lo consiga, le bajo al suelo y me quedo embobada mirando las flores.
Qué preciosidad, de verdad. Me encantan. Durante unos minutos, gracias al olor de las rosas, consigo olvidarme por completo de septiembre y de mis miedos.
Leo llega cuando el sol ya ha bajado y las gemelas vienen dormidas en la sillita, con una cara de paz absoluta que, ahora mismo, me da mucha envidia.
Las subimos en silencio hasta sus cunas con la esperanza de que no se despierten y, cuando bajamos, Leo se queda mirando fijamente el espectacular ramo que descansa sobre la mesa.
Pero en lugar de decirme algo, aprieta la mandíbula y se dirige a la cocina a poner agua a hervir para la pasta.
Yo me siento en la encimera descalza, con las piernas colgando y la cabeza apoyada contra el armario alto de madera.
Leo me mira de reojo mientras saca el paquete de espaguetis del armario, pero no dice nada.
Echa la pasta en el agua hirviendo con un puñado de sal y, en cuanto ve que vuelve a borbotear, se da la vuelta.
Se acerca a mí despacio, colándose en el espacio que queda entre mis piernas hasta quedarse pegado al borde de la encimera.
—Estás rara —dice por fin, rodeándome con sus brazos por la cintura—¿Qué te pasa?
—Nada, solo estoy cansada y… Elena me ha dicho hoy que tengo que entregarle el borrador a más tardar el uno de septiembre.—Le hago un puchero mientras rodeo su cuello con los brazos, enredando mis dedos en su pelo.
—Tranquila, seguro que lo consigues. Y mientras tanto… —pega un tirón de mis caderas para acercar todavía más mi cuerpo al suyo hasta que no queda espacio entre los dos—se me ocurre una forma estupenda para quitarte ese agobio de encima.
— Leo, de verdad, no sé si es el momento, estoy cansada y muy angustiada…
—¿Seguro que no te apetece? ¿Ni un poquito?
—Apoya su frente contra la mía mientras una de sus mano baja despacio por el lateral de mi rodilla.
Engancha el bajo del vestido y lo va deslizando hacia arriba, muy lentamente, por el lateral de mi muslo.
Es un roce tan ligero que me eriza la piel, dejando la tela arrugada y recogida sobre mis caderas.
Su boca se acerca a la mía sin llegar a tocarla, tan cerca que noto su respiración caliente y acelerada sobre mis labios.
Joder.
El rastro de calor que va dejando su palma se concentra entre mis piernas, acelerando mi respiración. Le quito la camiseta de un tirón, dejando su piel al alcance de mis manos que exploran con deseo los músculos tensos de su espalda animándole a continuar.
—Creo que a ti también te sobra ropa—murmura contra mi cuello, agarrando mi vestido para sacármelo por la cabeza y tirarlo al suelo.
Baja por mi garganta, iniciando un rastro de besos suaves y húmedos sobre mi piel desnuda que continúan hacia mi hombro. Se detiene para deslizar hacia abajo el tirante de mi sujetador con un dedo…
Y mi teléfono suena a todo volumen sobre la encimera. Los dos damos un brinco del susto, separándonos de golpe.
¡No me jodas! ¡La madre que lo parió!
Me aparto de Leo a toda prisa y empiezo a tocar todos los botones del lateral del móvil para intentar deje de sonar antes de que despierte a las niñas.
—Es tu madre—informo a Leo, que se ha quedado inmóvil con las manos apoyadas en la encimera y la cabeza agachada mirando al suelo, intentando controlar su respiración.
— ¿En serio? ¡Qué oportuna coño! —gruñe entre dientes—No lo cojas… — me agarra de nuevo por las caderas con deseo, intentando convencerme.
Pero desde arriba, el llanto agudo de Vera empieza a bajar por el hueco de las escaleras, eliminando de golpe y porrazo cualquier posibilidad de continuar.
—Voy a ver a la niña. —Leo me suelta de golpe, resoplando frustrado. Recoge su camiseta del suelo con un gesto brusco y se dirige hacia la puerta a regañadientes.
—Hola, Carmen—respondo al teléfono, bajándome de un salto al suelo en ropa interior.
—Hola, ¿Qué tal? ¿Qué tal las niñas?
—Perfectamente —respondo en tono lo más neutro que puedo mientras recojo mi vestido del suelo— Ya están dormidas.
—¡Ay qué bien! —La voz de Carmen suena especialmente animada—. Pues nada, no os entretengo entonces, aprovechad ahora que estáis tranquilos para estar juntos. Necesitáis ratitos para vosotros, para poder conectar.
Me apoyo de espaldas en la encimera con el teléfono pegado a la oreja y los ojos fijos en el taburete vacío.
A ello íbamos, Carmen.
A conectarnos, literalmente…Hasta que has llamado tú.
—Qué buena idea —digo con ironía resoplando hacia el techo—. Lo tendremos en cuenta, gracias. Buenas noches, Carmen.
Al fondo del pasillo, Leo aparece en lo alto de las escaleras con Vera en brazos, mirándome desde arriba bastante serio, mientras la acuna con un vaivén automático. La niña está recostada contra su pecho, con el pulgar metido en la boca y los ojos entreabiertos a punto de caer rendida otra vez.
La estampa me parece tan tierna, que sonrío inconscientemente y provoca que, a pesar de la frustración, Leo sonría también en la penumbra.
La magia se ha ido, los dos lo sabemos. Pero hay algo en esa forma de aceptarlo sin reproches, que es también una forma de quererse, aunque no sea la que ninguno de los dos habría elegido para esta noche.
*****
A veces creemos que el problema es no saber cómo vamos a llegar hasta el final, cuando en realidad lo único que necesitamos saber es cuál es el siguiente paso.
El resto del camino casi siempre aparece mientras avanzamos.