Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 13
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CAPITULO 13

El martes a las ocho y veintitrés de la mañana me llega un WhatsApp de Carmen que dice, textualmente:  ¨ Hija, lo siento muchísimo, pero hoy no voy a poder ir a echarte una mano con las niñas. Me ha surgido una cosa de última hora que no puedo aplazar. Hoy estaba Leo en casa ¿verdad? ¨

Pues sí querida suegra, estaba, en pasado. Porque ya no está; se fue hace una hora hacia el estudio.

Cosas de última hora, ¡joder! ¿Y ahora qué coño hago yo? ¿Me llevo a las gemelas a la editorial? ¿Le pido a Elena que la reunión la hagamos por Zoom desde mi salón, con dos bebés berreando de fondo?

Levanto la vista del puré que llevo más de media hora intentando que Alma se coma sin éxito y la dirijo hacia Oreo, que está hecho un ovillo en el suelo siguiendo el movimiento de la cuchara con atención.

—Ya podías colaborar un poco ¿eh, guapo?

No me vendría nada mal que ejercieras de niñera unas horas—le espeto como una loca, apuntándole con la cuchara chorreante, a lo que me responde con un Tú te flipas, ni de coña me quedo con estos minitrolls clarísimo mientras mira de reojo a la niña, que hace pedorretas con el puré salpicándolo todo.

Plan B… o H, en realidad. Llamo a Lara desesperada.

—¡Hola guapa! Qué pasa, ¿tan nerviosa estás que necesitas terapia exprés?

—Carmen me ha dejado tirada otra vez—escupo sin respirar— Tengo la reunión con Elena en menos de dos horas, no tengo quien me cuide a las niñas y…

—Voy para allá —dice sin esperar a que yo termine la frase.

—¿Pero no tienes…?

—Que voy para allá, coño.

Y cuelga dejándome con la palabra enlace boca. En este momento creo firmemente que hay personas que hacen que el mundo sea un lugar muchísimo más llevadero simplemente por cómo contestan el teléfono.

Lara llega cuarenta minutos después. Trae el pelo recogido en un moño torcido recogido con una pinza de plástico, un café para llevar en cada mano y una sonrisa que, aunque lo intente, no le llega hasta los ojos.

—¿Cómo estás? —le pregunto mientras le paso a Vera con cuidado.

—Bien, estupendamente —finge poniendo voz de dibujo animado—¡Hola bombón! ¡Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar juntas! ¡Somos un equipazo!

—Lara, ¿seguro que te apañas tú sola?

—Que sí, pesada —Se queda mirando el reloj de la pared del salón— ¡Vete ya! Que a este paso vas a llegar tarde.

—Voy bien de tiempo… ¿qué hora es?—miro el mismo reloj siguiendo su dedo y se me para el pulso—¡Mierda! ¡Ya llego tarde!

A toda prisa agarro el bolso, las llaves del coche y mi portátil de la mesa del salón y salgo pitando hacia el coche. Mientras arranco, intento calcular el tiempo que voy a tardar en llegar, rezando a todos los santos de la automoción para encontrar un hueco libre donde aparcar.

Tras comerme un atasco monumental en la M-30, acordarme de los ancestros de la mitad de los conductores madrileños que no usan el intermitente y aguantar seis semáforos en rojo consecutivos, consigo meter el coche en el parking público que, muy oportunamente, hay justo enfrente de la editorial, en el Barrio de Salamanca.

Llego sudando y con el corazón en la garganta.

Cuando entro al despacho de Elena, ella ya tiene todas las estadísticas de venta de mi novela impresas y desplegadas sobre la mesa de cristal. Son buenas. Muchísimo mejores de lo que nadie esperaba en un principio, de hecho.

—He organizado una presentación para finales de junio, el día…

—Elena empieza a pasar hojas de su agenda con el dedo índice—el día veinticinco.

En Barcelona, en una librería preciosa del paseo de Gràcia.

Sé que preferías no viajar todavía porque las niñas son muy pequeñas, pero es importante que vayas.

—¡Pero si falta menos de un mes!—exclamo sintiendo cómo el suelo empieza a tambalearse bajo mis pies—No puedo irme a Barcelona así de repente.

—Lo sé, sé que es un poco precipitado, pero ha sido un cambio de última hora. Hasta ahora hemos intentado que toda la promoción te pillara cerca de Madrid porque así nos lo pediste, pero también sabías desde el principio que tarde o temprano tendrías que viajar.

—Vale…—acepto, intentando que no me tiemble la voz por la ansiedad que empieza a inundarme—pediré refuerzos para que ayuden a Leo en casa…

Espero por Dios que mi suegra tenga a bien ayudarle sin poner pegas, porque como tenga que llamar a mi madre, cuando vuelva me he quedado sin marido.

—Y otra cosa, Sara. Necesitamos el manuscrito para principios de septiembre sin falta.

Tardo un segundo en reaccionar. Creo que no he escuchado bien…

—¿Perdón? Pero si estamos en junio…— Elena levanta la vista hacia mí.

—Lo sé perfectamente. Sé en qué día vivo.

—¡Pero si ni siquiera tengo escrita la mitad de la historia! —le espeto al borde del colapso.

Elena cierra la agenda despacio.

—Sara, créeme. Si pudiera darte más tiempo, lo haría. Pero la editorial quiere meterlo en el catálogo de primavera y si no lo entregas a tiempo, nos vamos a otoño del año que viene.

—No llego, Elena. Es imposible— admito intentando controlar mi creciente ataque de ansiedad.

—Confío en ti.

—No, Elena, no lo entiendes. Llevo semanas atascada. Bloqueada. En blanco.

—Llevas semanas asustada.— La frase me golpea más fuerte de lo que debería.

Siento un escalofrío que me sube por la espalda.

No es agotada, ni saturada…. asustada— Todavía estás a tiempo de solucionarlo.

Sara…Tu libro funciona porque es honesto —Elena suaviza el tono— Pues este tiene que ser igual de honesto, no necesitas que sea perfecto, ni tampoco tiene porqué superar al primero. Tú puedes hacerlo, estoy segura.

Asiento levantándome de la silla mientras una parte de mi cerebro hace el cálculo de cuántas páginas necesito escribir por semana para llegar a septiembre con algo que no sea directamente una vergüenza, pero el número que me sale no es alentador y me entran ganas de ponerme a llorar allí mismo.

—Recuerda, Sara, igual de honesto—me repite Elena sonriendo antes de que cierre la puerta de su despacho.

Salgo a la calle y la luz me parece de pronto demasiado intensa, el calor agobiante y el ruido del tráfico ensordecedor.

Me apoyo contra la fachada de granito gris el edificio con una mano abierta sobre el pecho, obligándome a coger aire despacio, intentando que mi respiración vuelva a algo parecido a la normalidad mientras los ejecutivos pasan por delante de mí a toda prisa, esquivándome con cara de fastidio.

Tengo tres meses por delante para terminar un proyecto que apenas he empezado. Tres meses para acabar una novela de la que apenas tengo tres capítulos que, siendo honesta, me parecen una auténtica mierda pinchada en un palo. Soy un fraude. Un fraude monumental.

Debería irme a casa y encerrarme con llave hasta que consiga escribir algo decente.

Estoy esperando a que el semáforo se ponga en verde para poder cruzar la calle hacia el parking cuando, en la terraza de enfrente, veo a Carmen y a Carlos juntos, sentados en una mesa bajo el toldo negro.

Tienen dos copas de vino vacías sobre la mesa y sus cuerpos están ligeramente inclinados uno hacia el otro.

Y, queridas mías —porque a estas alturas todas sabemos perfectamente lo que voy a hacer—, en lugar de cruzar como una persona normal y acercarme a saludarles, mis piernas se mueven solas en sentido contrario, hasta colocarme detrás de un Audi negro aparcado en doble fila, desde el que puedo observarles a través de los cristales tintados sin ser vista.

Sí, lo reconozco. Se me ha ido la pinza completamente. Lo sé y lo asumo.

Pero la tentación de averiguar de una vez por todas qué coño se traen entre manos estos dos es muchísimo más fuerte que cualquier lógica o dignidad que me quede.

Aparentemente es una situación de lo más inofensiva.

Solo son dos personas adultas disfrutando de un vino en una terraza, algo que ocurre miles de veces al día en Madrid sin que signifique absolutamente nada.

Excepto por el hecho de que yo conozco a mi suegra y lo que estoy viendo no parece precisamente un vino normal y corriente entre viejos amigos.

O sí, no sé. Puede que la ansiedad me esté haciendo ver fantasmas, como a Dulce.

Carmen gesticula muy animada ante lo que sea que le esté contando Carlos, se ríe con ganas, recostándose en la silla y tapándose la boca con las manos de forma muy coqueta.

Demasiado coqueta, diría yo. Un hombre trajeado con cara de pocos amigos se monta en el Audi que me sirve de escudo, obligándome a desplazarme disimuladamente hacia la izquierda mientras finjo que estoy rebuscando en el bolso.

Me siento completamente ridícula y absolutamente patética, así que decido dejar de hacer el imbécil e irme a casa de una vez.

Pero al cruzar el paso de peatones, no puedo evitar echar un último vistazo de reojo hacia la terraza y veo a Carmen riéndose a carcajadas, con un mechón de pelo cayéndole sobre la cara.

Carlos se inclina un poco más hacia ella sobre la mesa y con la mano derecha se lo aparta despacio, colocándoselo detrás de la oreja con delicadeza, mientras la mira completamente embobado.

Me quedo con la boca abierta en mitad del paso de cebra durante unos segundos, hasta que un taxista enfadado me pita sacando la cabeza por la ventanilla para llamarme la atención.

Acelero el paso en dirección al parking antes de que ninguno de los dos levante la vista y me descubra.

Camino hacia el coche todo lo rápido que me permiten las sandalias, con el bolso apretado contra mí y la cabeza a doscientos.

¡No puede ser!

Llamo a Lara incluso antes de salir por la rampa del aparcamiento.

—Lara, tía que fuerte. Acabo de ver a Carmen y Carlos en una cafetería.

—¡Anda! Qué casualidad ¿no?

—¡Lara, que no te enteras! Juntos… Juntos de JUNTOS.

—No jodas. ¿Estás segura? No empieces con tus neuras, mira que tú eres muy de ver cosas dónde no las hay, estarían simplemente to…

—Estaban los dos solos en una terraza, muy acarameladitos—la interrumpo atropelladamente mientras doy un volantazo para esquivar un autobús que ha frenado de golpe— Carlos le ha apartado el pelo de la cara con la mano.

Así—hago el gesto aunque ella no pueda verme—Mirándola embobado. ¡Pero embobado, embobado!

—A ver, pero eso puede ser que…

—Lara, que no, joder. Que Carmen tenía una cara…

—¿Qué cara?

Busco las palabras exactas que puedan describir lo que he visto, esa expresión particular… pero la única comparación que se me ocurre es demasiado honesta.

—La misma cara que pongo yo cuando veo a Leo saliendo de la ducha y me lo comería entero.

El silencio en el que nos quedamos hace que la frase se quede suspendida en el aire entre el sonido del tráfico.

—Joder—suelta Lara por fin, procesando el bombazo.

—Lo sé.

—¡Que fuerte tía!

—Ya lo sé. Estoy en shock.

—¿Pero tú estás segura? Mira que lo que estás diciendo es un tema muy serio…

—Segura, segura al cien por cien de poner la mano en el fuego no, pero…

—A ver, recapitulemos… Carmen lleva semanas dándote la turra con consejos para mejorar tu… ejem, intimidad.

—Lo sé.

—Mientras ella por detrás se dedica a…

—¡No se te ocurra acabar la puñetera frase, Lara!

—la corto a gritos tapándome los ojos con las manos mientras espero que el semáforo se ponga en verde—Te lo pido por favor.

Mi salud mental no está preparada para procesar que mis suegros hayan vuelto juntos y menos aún, para pensar en su vida… . íntima.

—Manda huevos —dice por fin tras soltar aire muy despacio—¡Qué fuerte!

Cuelgo el teléfono al incorporarme a la A-6.

El sol de última hora de la tarde pega en el parabrisas con fuerza, obligándome a bajar el parasol.

Me paso el camino hasta la urbanización pensando en Carmen y en todas las veces que me ha dicho que descanse, que aproveche el momento, que el tiempo pasa rápido…

Igual no lo decía por mí…

¡Qué fuerte!

*****

El miedo siempre encuentra una excusa para detenerte.

La más peligrosa es convencerte de que todavía no estás preparado.