CAPITULO 12
El problema de las treguas familiares es que parecen permanentes justo antes de saltar por los aires. La cena del sábado vino a demostrarme una vez más, por si todavía me quedaba alguna duda, que el optimismo en nuestras familias es solo una forma muy elegante de invocar un disgusto.
A diferencia de la comida, en la cena no tuvimos tanta suerte.
Y eso que esta vez se pusieron de acuerdo en hacer algo tan universal como una tortilla de patata para todos.
El problema llegó cuando mi madre sacaba los huevos y las patatas y a Carmen se le ocurrió la genial idea de iniciar uno de los debates más encarnizados y sangrientos del territorio español.
—Oye Teresa, ¿y la cebolla? Se te ha olvidado sacarla.
—Yo a la tortilla de patata no le pongo cebolla nunca.
El silencio incómodo que siguió a esa respuesta, marcaría el tono del resto de la noche.
—La tortilla de patata de verdad tiene que ser sin cebolla.—insiste mi madre subiendo el tono un poco más de lo necesario mientras corta las patatas—La cebolla lo único que hace es enmascarar el sabor de la patata.
—Ah…—Carmen se acerca a la nevera y saca tranquilamente una cebolla del cajón de las verduras, dejándola en la encimera con un golpe seco que no tiene nada de accidental—Pues yo siempre se la pongo. A Leo le encanta, está mucho más sabrosa. Donde esté una tortilla con fundamento…
—Una buena tortilla no está sosa por no llevar cebolla, Carmen. Es cuestión de tener buena mano y saber darle el punto.
—No digo que esté sosa, mujer, pero con cebolla está mejor.
—Bueno, depende de cómo la hagas y el arte que tengas, claro…
Desde el sofá, Leo me mira con los ojos desorbitados, aterrorizado y me hace un gesto desesperado con la cabeza hacia la cocina, suplicándome que interceda antes de que lleguen a las manos.
—¡Veeenga, vale ya, por favor, no discutáis! —voceo desde mi rincón del sofá mientras intento recordar si todavía me queda algún sobre de Almax en el botiquín— Que cada una haga la suya y así probamos las dos.
Las dos aceptan mi solución salomónica con desgana, mirándose de reojo con desconfianza, pero se ponen a cocinar en paz durante diez minutos, hasta que Dulce decide intervenir en el conflicto a su manera.
En realidad, decir que Dulce entra en la cocina es quedarse muy corta, más bien irrumpe.
Aparece a velocidad de escape, con las pupilas dilatadas y las orejas hacia atrás persiguiendo una mota de polvo invisible o un fantasma que para ella debe de ser una urgencia vital.
Salta a la encimera como una mala bestia pequeña, derrapa entre las dos tortillas en marcha y, en su trayectoria, golpea el codo de mi madre, que da un respingo involuntario por el susto y el salero que tenía en la mano se vuelca entero sobre la sartén que acaba de poner al fuego con su tortilla sin cebolla.
Una montaña blanca de sal sepulta el huevo batido en un momento.
Se hace tal silencio en la cocina que creo que hasta los planetas dejan de girar. Nadie se atreve ni a respirar.
Yo me quedo congelada con el biberón de Alma en una mano y la tapa de plástico en la otra, sin acabar de ponerla, esperando la detonación.
Carmen mira a mi madre con la boca abierta de par en par mientras Dulce continúa su frenética persecución rumbo al jardín a través de la gatera, sin enterarse del cataclismo diplomático que acaba de provocar.
Y mi madre… mi madre se queda petrificada durante unos instantes interminables, como suspendida en el tiempo.
Después se limita a coger la sartén con un trapo de cocina, vacía el contenido entero en el cubo de la basura sin mediar palabra y cierra la tapa con un golpe seco que no necesita traducción.
La única muestra que permite entrever su monumental cabreo es ese golpe seco.
Y conociendo a mi madre, ese gesto es bastante peor a que se pusiera a soltar sapos y culebras por la boca, así que decido hacer mutis por el foro a toda prisa con la excusa de llevarle el biberón a Alma que, por primera vez, acude a mi rescate justo a tiempo soltando un llanto ansioso desde los brazos de mi padre en el salón. Gracias, hija. Te debo una.
En medio de esa tensión, Claudia entra en casa desviando providencialmente la atención del conflicto salado.
Entra por la puerta como un huracán, con unas sandalias de tiras y plataforma y un mini vestido de gasa verde botella que le tapa lo justo para que no la detengan policía por exhibicionismo, dejando un rastro de Carolina Herrera que nos perfuma el salón en un momento.
Esta vez, es mi madre la que se queda con la boca abierta, olvidándose de la tortilla que descansa en la basura.
—¡Hola a todos!—anuncia dejando el bolso sobre el mueble del recibidor—Siento el retraso, pero me ha llamado mi amiga Eva justo cuando iba a salir de casa y claro, ya nos hemos liado a hablar sobre su novio, que es un capullo integral, de verdad, no entiendo por qué no le manda a tomar por saco de una puñetera vez con lo mal que lo está pasando la pobre, en fin…
—al girarse hacia el sofá es cuando nos ve la cara a todos— ¿Qué me he perdido?
¿Se ha muerto alguien y no me habéis avisado?
Cuando por fin nos sentamos a cenar la tortilla de Carmen y la ensalada de lechuga y tomate—esta vez con cebolla— que ha añadido mi madre en compensación por la suya caída en combate, Leo y yo somos puestos en el compromiso inevitable pero terrorífico, de tener que dar nuestro veredicto.
—¿A vosotros cómo os gusta más la tortilla? —pregunta mi madre metiendo el dedo en la llaga sin anestesia sin dejar de mirarme a los ojos.
Leo y yo nos miramos un momento agónico con el tenedor en el aire, sin saber qué decir. Porque cualquier respuesta va a hacer que alguna de las dos termine enfadada. Pero Claudia acude a nuestro rescate sirviéndose un trozo enorme de la tortilla de Carmen sin preguntar.
—Está que te mueres, Carmen —suelta mi hermana masticando mientras señala el plato con el tenedor— Desde que me vine a Madrid yo también la hago con cebolla y, oye, está más jugosa, la verdad.
Mi madre se queda mirando a Claudia alucinada, con una expresión que promete desheredarla el lunes por la mañana, pero decide hacer un esfuerzo sobrehumano para no decir nada y limitarse a llenarse el vaso de agua hasta el borde.
Aunque yo sé perfectamente lo que estaba a punto de responder, que básicamente es que la tortilla de Carmen habrá salido bien, pero que la suya, sin cebolla, tal como ella la hace, le habría dado mil vueltas.
—¿Y qué tal las cosas por la agencia, Claudia? —interviene mi padre cambiando velozmente de tema.
Y Claudia, que no necesita que la insistan para ser el centro de atención, se lanza a contar sus dramas y aventuras en la agencia entusiasmada por haber encontrado un público dispuesto a escucharla atentamente.
Una hora después, cuando anuncia que tiene que irse porque ha quedado en Malasaña para salir de fiesta, mi madre no aguanta ni dos segundos después de que Claudia cierre la puerta antes de preguntarme.
—¿Sale mucho tu hermana?
—Bastante —reconozco mientras recojo los platos de la mesa.
Mi madre resopla, mirando hacia mi padre preocupada, dejando claro que no le hace ninguna gracia tener a mi hermana lejos de su control.
Yo aprovecho la distracción para coger a Vera en brazos, que ya se está frotando los ojos de sueño, y escaquearme a su habitación, antes de que pueda seguir con el interrogatorio sobre los hábitos de mi hermana, porque no tengo ni la información, ni las ganas de dársela.
Una vez que consigo dejar a la niña dormida en su cuna, salgo de la habitación de puntillas procurando no hacer ruido y al entrar en mi dormitorio, me encuentro a mi madre que sale de nuestro baño —porque desde que han llegado, mi casa parece el metro en hora punta y los otros están ocupados— Me dirijo hacia la mesilla de Leo para buscar el cargador del móvil, y al girarme con el cable en la mano, se me hiela la sangre.
Mi madre tiene mi diario en la mano, abierto en la primera página, y lo está mirando curiosa.
Me quedo completamente inmóvil en mitad de la habitación y siento que mi corazón da un golpe seco contra mis costillas. Otra vez no, por favor.
—¿Es para tu segundo libro?—pregunta levantando la vista hacia mí inocente.
Al escucharla reacciono, me levanto como un resorte, cruzo la habitación en dos zancadas y le arranco —literalmente— el cuaderno de las manos con un tirón brusco.
—¡No! ¡Es mi diario!—le espeto con la respiración entrecortada y el pulso disparado.
—¡Ay, hija, perdona! —mi madre parpadea asustada por mi arrebato— Lo vi aquí encima de la mesilla y pensé que…
—Buenas noches, mamá —me pongo el cuaderno bajo el brazo y salgo disparada hacia el pasillo sin esperar respuesta, porque sé que si me quedo medio segundo más en esa habitación voy a decir algo que seguramente lamentaré durante semanas.
—Buenas noches, hija…—escucho a mi espalda mientras me alejo— ¡Y descansa! que tienes mala cara…
Bajo las escaleras a oscuras, con el cuaderno apretado contra mi cuerpo.
Maldito diario. Me tiemblan las manos del susto y del cabreo.
Empiezo a pensar que este maldito cuaderno tiene una atracción sobre todas las personas de mi entorno que no es ni medio normal.
¡Mañana a primera hora lo entierro en el jardín!
Bastante agobiada, salgo al porche para tomar el aire.
Para ser finales de mayo, hace calor y el jardín huele al jazmín que florece junto a la valla.
Me apoyo en la barandilla del porche con el cuaderno todavía abrazado a mi pecho como si fuera un escudo, observando las siluetas oscuras de los árboles, que se balancean suavemente con la brisa que se cuela entre las hojas con un sonido relajante.
A veces tengo la sensación de que mi propia casa ha dejado de pertenecerme.
O pensándolo bien, tal vez soy yo la que ya no sabe encajar dentro de ella.
Escucho la puerta corredera abrirse despacio detrás de mí, deslizándose por el riel.
Mi padre sale al porche sin hacer ruido, se sienta en la silla de mimbre que hay junto a la puerta y se queda mirando la penumbra del jardín con una taza de café entre sus manos. Un café nocturno y bien cargado que mi madre lleva décadas intentando que deje de tomarse, pero…
Nos quedamos los dos un buen rato en silencio, observando el cielo estrellado, hasta que él da un sorbo a su taza, la deja en la barandilla y entones, sin mirarme dice:
—He leído tu libro.
Me quedo completamente quieta, conteniendo el aliento, esperando que continúe.
—Creo que está bien escrito—se gira hacia a mí por fin, dedicándome una sonrisa que hace que se le marquen las arrugas de las comisuras de los ojos— Me ha gustado el personaje del padre.
—Gracias…—susurro con un hilo de voz.
Me acerco y le doy un beso en la mejilla que él recibe apretándome contra su hombro en un medio abrazo que me reconforta. Nos quedamos así, abrazados en la oscuridad, mirando las estrellas en silencio hasta que apura su café, se levanta y entra en casa sin añadir nada más.
Me quedo en el porche sola, envuelta en la oscuridad de la noche, con mi diario todavía agarrado y la sensación de acabar de recibir mi mejor crítica literaria hasta el momento.
El domingo por la tarde, la casa por fin recupera su calma habitual después de que mis padres hayan puesto rumbo a Sevilla.
Mientras Leo baña a las gemelas arriba, yo me atrinchero en el columpio del porche con la intención de obligarme a continuar—o mejor dicho a empezar de una puñetera vez—la novela.
Pero estoy tan agotada y saturada del fin de semana que, en su lugar, decido desahogarme con la única escritura que me sale ahora mismo. Escribo mientras el sol se va tiñendo de naranja y se esconde detrás de las copas de los árboles.
Domingo.
Este fin de semana han estado aquí mis padres y mis suegros. Cuatro personas que quieren a las gemelas de cuatro formas completamente distintas y que no coinciden prácticamente en nada, aunque cada uno de ellos esté convencido de que su manera es la única correcta.
Aunque haya sido un maldito caos, la verdad es que ha estado mucho mejor de lo que me esperaba en un principio.
¡La casa no ha terminado en llamas! Contra todo pronóstico…
Supongo que, en el fondo, los cuatro tienen razón, porque no hay una sola forma de querer a alguien. Lo importante es hacerlo con el corazón.
No dejo de pensar en Carmen y Carlos, está claro que se traen algo entre manos pero, ¿el qué?… Después de pillarlos ayer tengo muy claro que…
Cierro el cuaderno de golpe al escuchar un ruido de ramas secas en el fondo de la parcela.
Al levantar la vista hacia la valla, distingo la silueta de Oreo recortada contra el cielo morado del atardecer.
Salta al interior del jardín con una agilidad sorprendente teniendo en cuenta su peso, aterriza sobre el césped sin hacer ruido y empieza a caminar hacia el porche con la cabeza alta, el pecho erguido y la cola ligeramente levantada.
—Oye. ¿Se puede saber de dónde narices vienes a estas horas?
Oreo se detiene un momento en mitad del césped para mirarme con un no es asunto tuyo dibujado en la cara y sigue caminando hasta entrar en casa. Al pasar a mi lado veo que tiene el lomo manchado de tierra oscura. A saber dónde narices se mete este gato cuando sale.
Me recuesto contra el columpio suspirando y me quedo mirando el espacio vacío. ¡Me alegro de que al menos alguien en esta casa tenga claro hacia dónde va, de dónde viene y qué coño está haciendo con su vida!
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El amor no tiene una sola forma definida. Tiene tantas como personas están dispuestas a entregarlo.
Lo importante, al final, nunca es la forma.
Lo importante es que nadie se marche sin dejar algo suyo dentro de ti.