Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 11 #2
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CAPITULO 11 #2

—No intentes sacarla del agujero a la fuerza, Leo —remata mi padre sacudiéndose la tierra de las manos contra el pantalón con golpes secos— Quédate dentro con ella hasta que encuentre la salida.

Me encantaría saber de qué narices están hablando, pero desde aquí soy incapaz de descifrarlo ni leyendo los labios. Y mira que lo intento, pero nada. Sólo espero, por el amor de Dios, que mi padre no le haya dado por presionar a Leo con nada inapropiado.

Un rato después, cuando Leo entra en la cocina por la puerta corredera, el sol ha empezado a caer y ya es casi la hora de ponerse a preparar la cena.

—¿De qué estabais hablando tanto tiempo?—le asalto en cuanto pone un pie en la cocina, sin molestarme en disimular.

—De las plantas.

—¿Tanto tiempo? ¿En serio?

—Del riego, Sara. Tu padre me ha aconsejado cambiar los aspersores de la zona del fondo. Al parecer, el seto no está recibiendo suficiente agua y por eso las puntas se están poniendo amarillas.

—¿De verdad que sólo habéis hablado de las plantas?—insisto entornando los ojos, sin creerme ni una sola palabra de lo que está contando con esa cara de santo.

—¿Quieres que te eche una mano con la cena o lo tienes controlado?—el capullo elude la pregunta sonriendo con picardía mientras se lava las manos en la pila.

¡Estupendo! Ahora resulta que mi marido se trae secretitos con mi padre… ¡Ya lo que me faltaba!

El sábado por la mañana amanece con un solazo estupendo y un cielo azul totalmente despejado.

Mi padre está sentado en la mesa de la terraza, disfrutando de su segundo café del día mientras lee el periódico y yo, a su lado, intento convencer a Vera a base de avioncitos de que la papilla de frutas no es ninguna afrenta contra su dignidad.

Justo cuando mi hija me escupe la última cucharada, suena el timbre.

—¡Buenos días por la mañana!—anuncia Carlos empujando una caja enorme por el suelo—¿Las niñas?

—Alma está en el salón con mi madre y Vera en la terraza con mi padre…—no consigo apartar la vista de la caja gigantesca que arrastra hasta la terraza mientras intento limpiarme con una servilleta la papilla de la camiseta. ¿Qué narices ha comprado este hombre ahora por Amazon ?

Tras saludar a mi padre con un fuerte apretón de manos y a mi madre con dos sonoros besos —que ella recibe poniendo una cara de circunstancias que es un poema— Carlos nos desvela el misterio muy emocionado.

La nueva adquisición es un cochecito eléctrico infantil, rosa y blanco, con cinturones de seguridad y faros led que se encienden de verdad.

Se puede conducir directamente o manejarse con un mando a distancia.

Mi padre mira alternativamente a mi suegro y al coche de plástico con las dos cejas arqueadas.

No dice nada, pero creo que tengo una ligera idea de lo que está pensando…

—Es para que las paseéis…—me explica Carlos eufórico—Y antes de que me digas nada, ¡esto sí que lo pueden utilizar ahora!

Las sientas aquí, les abrochas el cinturón y lo manejas tú misma con el mando para que ellas vayan sentadas como princesitas.

Más adelante cuando crezcan, ya podrán manejarlo ellas solas.

¡Es perfecto! Escucha, que tiene hasta bocina de verdad—aprieta el botón del volante y un pitido agudo retumba en el porche, haciendo que Dulce pegue literalmente un brinco y salga pitando hacia el interior de casa—También tiene dos velocidades, marcha atrás, bluetooth para poner música y me han dicho que la batería dura cuatro horas.

—Yo a mis hijas las llevaba en brazos y nunca necesitaron algo así—se limita a comentar mi padre en voz baja mientras mira de reojo el coche.

—Bueno, Antonio, más bien las paseaba YO en su carrito—interviene mi madre desde la puerta con una jarra de agua con hielo en la mano.

—Da igual. No me andaba con estas historias—remata mi padre, volviendo a refugiarse en su periódico—Mira que os gusta tirar el dinero en tonterías.

—¡Muchas gracias, Carlos! De verdad, es muy bonito y original—corto la conversación antes de que se nos vaya de las manos—Oye, ¿me ayudas a llevarlo al garaje?

—arrastro el cochecito alejando a mi suegro del punto cero de la posible Tercera Guerra Mundial de abuelos, mientras a mi espalda escucho a mi padre murmurarle a mi madre algo que termina con la palabra moderneces .

El resto de la mañana la pasamos, gracias a Dios, en una especie de tregua tácita que nos permite disfrutar del solazo que calienta en el jardín. Hace tanto bochorno que decido subir a quitarme los vaqueros y ponerme un vestido más ligero.

Pero al bajar, me detengo en seco al escuchar a Carmen y a Carlos cuchicheando en la zona del lavadero. Hablan tan bajo que al principio me cuesta entender lo que están diciendo, pero la tensión se nota.

—…Por favor, Carmen, escúchame al menos —pide Carlos con una voz casi suplicante.

—Carlos, por favor. —responde Carmen en tono cortante— Te he dicho que no es el momento.

—Sólo quiero que lo pienses con calma, por favor.

—Ya te he dicho que no. —murmura ella tajante— No insistas más.

En ese momento ,mi padre aparece por el pasillo con el periódico bajo el brazo. Los ve, asiente cortés sin entender absolutamente nada de lo que se está cociendo a dos metros de él, y sigue su camino hacia el salón silbando por lo bajo 19 días y 500 noches de Sabina.

Carmen y Carlos se separan de golpe, como dos adolescentes pillados a la salida del cine. Carlos baja la vista avergonzado y Carmen se aleja hacia la cocina rápidamente.

¿Pero qué…?

A la hora de comer se libra en mi cocina la siguiente batalla.

Mi madre y Carmen han decidido, de mutuo acuerdo y de forma unilateral, que van a encargarse ellas de hacer la comida para dejarme descansar.

Pero el debate llega en el momento de decidir el menú.

Teresa quiere hacer arroz a banda porque según ella, no hay nada mejor para reunir a la familia .

Y Carmen, en contraposición, se ha empeñado en hacer lechazo al horno.

Yo me limito a observar la escena desde el sofá, acariciando a Dulce, que ronronea sobre mis piernas ajena al conflicto que se está cociendo a cinco metros.

—El arroz se tarda menos en hacer, Carmen—argumenta mi madre alzando el paquete de La Fallera que acaba de sacar del armario.

—Si ponemos ahora la carne en el horno, a las dos y media estará en su punto y mientras podemos dedicarnos a otra cosa sin tener que estar aquí metidas perdiendo el tiempo—rebate Carmen mientras abre la nevera con demasiada fuerza haciendo bailar los botes de la puerta.

—Con el arroz es más que suficiente, mujer. No necesitamos más, que luego sobra mucha comida.

—A Leo le encanta el lechazo, Teresa. Es su plato favorito.

—Sara come divinamente el arroz también.

Huelo el peligro desde lejos, así que entro en la cocina con la excusa de rescatar a Oreo. El pobre las observa agazapado debajo de la isla, girando la cabeza de izquierda a derecha como si estuviera en la final de Roland Garros.

—A ver…¿y no podemos hacer las dos cosas?—intercedo mostrando la sonrisa más inocente y angelical que soy capaz, pero me gano una mirada fulminante de ambas como si yo fuera el problema.

—¡Eso es muchísimo!—responden las dos al unísono.

Mira por dónde, en algo sí que se ponen de acuerdo…

—No te preocupes, cariño—me dice mi madre con una dulzura exagerada que implica un lárgate de aquí clarísimo—De la comida nos encargamos nosotras. Tú descansa.

Y, efectivamente, se encargan ellas tomando la única decisión lógica que existía desde el principio: cocinar las dos cosas.

Dos horas más tarde, Leo y yo sufrimos sentados a la mesa engullendo, bajo su atenta mirada, un plato enorme de arroz marinero seguido de una ración generosa de lechazo asado.

Alabamos a las dos cocineras, siendo conscientes de que evitar males mayores nos va a costar una indigestión histórica.

Pero es lo que hay; no había otra salida.

Oreo, desde el sofá, nos observa comer con cara de como no os plantéis, no salís vivos de esta…

*****

A veces, el mayor acto de amor no es pedir perdón, sino demostrar cada día que has cambiado. Porque no hay regalos que puedan compensar una ausencia, pero sí pequeños gestos capaces de construir una nueva historia.