Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 11
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CAPITULO 11

Como el universo ya me tiene acostumbrada a no concederme treguas y las desgracias en esta casa nunca vienen solas, dos semanas después vienen mis padres desde Sevilla para pasar el fin de semana con nosotros.

Soy consciente de que, en este momento, estaréis pensando que soy una exagerada, que la visita de mis padres no es ningún drama y que más quisieran muchas poder tenerlos cerca , pero eso lo pensáis porque no los conocéis.

Los quiero mucho, que conste, pero a una distancia prudencial que me permita mantenerme cuerda.

En condiciones normales, mi madre ella sola ya sembraría el caos.

Pero teniendo en cuenta que en esta ocasión se van a juntar bajo el mismo techo con los padres de Leo…

yo sí que veo venir la desgracia girando por la esquina de mi calle en dirección a mi puerta.

Desde la ventana del salón veo como Antonio, mi padre, aparca frente a la puerta y se baja del coche para quedarse parado en la acera con los brazos en jarras, observando mi casa con tanta atención que me juego el cuello a que va a encontrar algo que objetar incluso antes de entrar.

Mi madre, Teresa, se baja del coche recolocándose la chaqueta de punto y directamente se pone a sacar del maletero el millón de bolsas de rafia del Mercadona repletas comida que se ha traído desde Sevilla.

Y es que tiene la convicción profunda e inamovible de que en Madrid nos alimentamos del aire y de que aquí es imposible encontrar un tomate que sepa a tomate.

Evidentemente no son un millón de bolsas, pero sí son ocho gigantescas, que las estoy contando desde la ventana.

Nos van a cebar como los pavos en navidad.

Leo aparece a mi lado y suelta un suspiro que le sale del alma.

—Que comience el Show —murmura resignado y se va a abrir la verja para ayudarles.

Mi padre recorre el salón con la mirada sin decir ni una sola palabra, solo asiente de vez en cuando.

Se asoma al jardín a través del ventanal y repasa todas las plantas que adornan el perímetro, sonriendo satisfecho al comprobar que no las hemos matado todavía.

Mi padre no es una persona generosa en palabras—nunca lo ha sido, es de los que piensan que hablar gasta saliva—, pero le encantan las plantas y que haya dado el visto bueno a mis hortensias, es el mejor cumplido que podía hacerme.

Mientras él termina su inspección del terreno, mi madre decide pasar directamente a la acción y se lanza al suelo en décimas de segundo junto a las niñas, en cuanto las ve jugando en la alfombra. Es bastante admirable la verdad si tenemos en cuenta su edad.

—¡Pero bueno! ¡Cuánto han crecido estas niñas!—las saluda emocionada, comiéndoselas a besos y haciéndoles cosquillas que las hacen reír a carcajadas—Voy a tener que venir mucho más a menudo, que si no, no me vais a conocer.

Al oírla no puedo evitar mirar a Leo con horror, sintiendo como el pánico se apodera de mí. ¡No por Dios!

En ese momento, Alma decide que la mejor forma ganarse el afecto incondicional de su abuela es demostrarle sus nuevas habilidades motrices, así que agarra el sonajero azul que tiene a su lado y lo lanza hacia adelante con todas sus fuerzas, consiguiendo que pase a escasos centímetros de la permanente de mi madre antes de aterrizar con un golpe seco contra el cojín de Oreo.

El pobre, que estaba durmiendo plácidamente su tercera siesta de la mañana, se despierta del susto con los ojos desorbitados y sale despavorido escaleras arriba con Dulce pisándole los talones para morderle la cola en mitad de la huida.

Mi padre observa la trayectoria del proyectil y después a la niña.

—¿Y esta fiera es…?

—Alma—respondo tras mirarle disimuladamente la uña rosa del pie, recogiendo el arma del delito del cojín.

—Sin duda, ha salido a ti. Tiene el mismo genio.

Leo, que pasa por el salón en ese momento cargado con parte de las bolsas de mi madre, suelta una carcajada al oírlo, ganándose un sonajerazo en el hombro que él decide ignorar riendo.

¡Joder con mi padre! Para esto, casi prefiero que siga ahorrando saliva…

—Leo, espera, que voy contigo—le pide mi madre, levantándose de la alfombra a toda prisa.

Adivinando sus intenciones, me apresuro a seguirles hacia la cocina después de pedirle a mi padre que vigile a las niñas cinco minutos, pero cuando llego, me encuentro la puerta del frigorífico abierta de par en par y a mi madre buceando en su interior.

Está desplazando despiadadamente toda la compra que hice el jueves para hacer sitio a los tomates del huerto de mi padre—que son magníficos, eso hay que reconocerlo—, una torre de sobres de jamón ibérico, varios litros de gazpacho casero que se ha traído, cinco cuñas de queso curado, dos pollos enteros y lo que parece ser media matanza distribuida en diferentes formatos.

—Mamá…—empiezo, conteniendo la respiración mientras siento cómo la tensión me va escalando por el cuello.

—Dame un segundo, hija, que esto es como jugar al Tetris.

—Mamá, por favor, ¿puedes no cambiarlo todo de sitio?—le ruego mientras veo cómo exilia mis yogures desnatados bífidus al cajón de abajo del todo, donde suelo guardar las verduras.

—Es que si no lo coloco yo, aquí no entra nada. Sara, tienes la nevera hecha un desastre.

—¡Pero si ya había hecho yo compra para el fin de semana! No sé para qué traes todo esto.

—¿A esto le llamas tú comida, hija?—pregunta señalando el paquete de tomates Cherry ecológicos, que ahora está abandonado en la encimera esperando su destino incierto.

—Los compré ayer. Salen muy buenos, mamá.

—Si tú lo dices…

Intento rescatar a tiempo un brik de leche de avena que está siendo desplazado sin piedad hacia una posición en la que claramente no va a sobrevivir y Leo, plenamente consciente del peligro, decide desaparecer con la elegancia totalmente acertada de no decir absolutamente nada, dejándome sola y abandonada ante el peligro del huracán Teresa.

Le dedico una mirada asesina que promete venganza antes de que atraviese la puerta pero, cuando me giro, mi madre ya está cerrando la nevera satisfecha, con todo su arsenal sevillano a buen recaudo y la mitad de mis cosas abandonadas en fila sobre la encimera.

Primera batalla perdida en sólo tres minutos, acabo de batir mi récord personal.

A media tarde, el ambiente parece estar más relajado.

Leo le está enseñando a mi padre las plantas del jardín mientras charlan animadamente.

Les vigilo desde la ventana de la cocina mientras voy poniendo el lavavajillas, pero lo que yo esperaba que durase diez minutos como mucho, se está alargando bastante más de la cuenta y eso me pone un pelín nerviosa.

Oreo pasa a mi lado dispuesto a salir también al jardín, mientras Dulce lo acecha escondida estratégicamente detrás de la pata de la mesa de la cocina, agazapada con las pupilas dilatadas y el trasero agitándose a milímetros del suelo, lista para el ataque. En esta casa nadie respeta la paz ajena.

Fuera, están de pie junto a las plantas del fondo, a la sombra del roble. Mi padre tiene las manos metidas en los bolsillos y Leo está con los brazos cruzados sobre el pecho escuchando atentamente.

—¿Qué tal os apañáis por aquí?—le pregunta mi padre, observando la cyca que tengo plantada en una maceta enorme en la esquina.

—Bueno… —Leo se rasca la nuca—vamos sobreviviendo, Antonio.

—No pareces muy convencido.

—No es eso, es solo que últimamente veo a Sara desbordada.

—Normal, ¿qué esperas?—mi padre resopla apartando una hoja seca— Entre las pequeñinas, tu estudio, el nuevo libro de Sara, la casa…

Son demasiados frentes abiertos y eso que Sara aún no ha tenido que viajar prácticamente nada para las presentaciones de la novela, que cuando empiece con las ferias y las firmas…

Encima, por si tuvierais poco, solo se le ocurre a mi hija meter otro gato más en casa.

¡Otra cosa más de la que estar pendiente!

¿Cómo no vais a estar desbordados? Lo que no sé es cómo no os habéis vuelto locos todavía.

—Pues haciendo malabares, básicamente—admite Leo con una sonrisa cansada— O al menos, así ha sido hasta ahora.

El problema es que Sara es la que siempre hace que todo parezca fácil y últimamente la veo bloqueada.

No avanza con la segunda parte, la editorial le está presionando con plazos cada vez más cortos y yo…

yo ya no sé cómo ayudarla, Antonio. Cada vez que lo intento, parece que estorbo más que otra cosa.

—Es que tú no tienes que ayudarla —Leo se le queda mirando bastante sorprendido ante su respuesta ladeando la cabeza con el ceño fruncido—No me mires así, hombre. Lo que quiero decir es que estás intentando buscar una solución a un problema que no tienes que arreglar tú.

—¿Y no se supone que para eso somos una pareja? ¿Para ayudarnos?

—Mira, Leo, cuando Sara tenía nueve años se empeñó en plantar un limonero en el patio de nuestra casa—Leo gira la cabeza hacia él, descolocado por el cambio de tema—Lo cuidaba como si fuera un tesoro. Tanto empeño le ponía, que lo regaba tres veces al día.

—Eso es una barbaridad.

—Claro que lo era. ¡Cómo que lo ahogó en dos semanas!

—Leo suelta una carcajada haciendo sonreír a mi padre—Se pasó un montón de días llorando sin parar, pero después me pidió otro.

Que también se le murió al poco tiempo… No quería escuchar los consejos de nadie, decía que ella sabía .

Le costó cuatro limoneros entender por sí sola cuánta agua necesitaban realmente.

Mi padre se agacha junto a una de mis preciadas hortensias para inspeccionar unas hojas que han empezado a ponerse amarillas por los bordes.

—Hay personas que cuanto más se les complica el camino, más empeño le ponen en sacarlo adelante—continúa hablando mientras revisa el envés de las hojas en busca de alguna plaga— Necesitan demostrarse a sí mismas, por orgullo, que son capaces de hacerlo solas.

Mi hija es una de ellas. Ya lo era de pequeña, así que imagínate ahora.

Leo baja la vista hacia sus zapatillas, intentando procesar lo que mi padre le está diciendo.