CAPITULO 10 #2
Aprieto el tenedor entre los dedos con más fuerza de la que debería, observando cómo se ponen mis nudillos blancos y me obligo a sonreír cuando Marcos me mira buscando complicidad para no sé qué chorrada que acaba de decir Leo y que yo no he escuchado.
Cuando Lara vuelve del baño, lo hace totalmente recuperada y sonriente, demostrando una vez más una capacidad admirable para no hundirse cuando las cosas se tuercen.
Sé que probablemente sea solo fachada, pero consigue que la cena transcurra mucho más animada de lo que cabría esperar.
Se pone a contarnos anécdotas sobre las pifias que le prepara Torrija cada dos por tres, a las que yo contribuyo encantada con batallas de Oreo y Dulce que no se quedan atrás.
—El otro día pensé que se iban a matar —les cuento mientras dejo la copa sobre la mesa.
—¿Tan mal se llevan? —pregunta Marcos.
—No, ese es el problema. Que Dulce cree que son súper amigos.
—Pero Oreo opina exactamente lo contrario —añade Leo riendo.
—Totalmente. Estaba yo tan tranquila intentando escribir en el salón, cuando veo a Oreo cruzar el pasillo hacia su cojín y, de repente, aparece Dulce desde detrás del sofá como una francotiradora.
—Ay madre… —dice Lara.
—Pegó un salto que ni Tom Cruise en Misión Imposible, en serio. Se le tiró encima con las cuatro patas abiertas y empezó a morderle la cola para jugar.
—No…¿Y Oreo? ¿No le hizo nada?
— Oreo salió disparado por el salón maullando como si hubiera visto al demonio, mientras la enana corría detrás de él convencida de que aquello era un juego maravilloso.
—Lo mejor fue el final— añade Leo dándole un sorbo a su vino.
—Ah, sí. —vuelvo a la carga gesticulando con las manos—Oreo consiguió refugiarse encima de la librería, donde Dulce todavía no sabe escalar. Y la muy sinvergüenza se quedó abajo sentada.
—Esperándole—remata Leo.
—Esperándole, como una psicópata diminuta.
—Pobre Oreo —se ríe Lara.
—Ese gato tiene más paciencia que cualquiera de nosotros —dictamina Marcos mientras ataca el último trozo de focaccia.
—La está desarrollando por obligación —respondo con ironía—. Porque Dulce ha decidido que son hermanos, mejores amigos y compañeros de aventuras, pero sin contar con él.
Estamos recordando entre risas aquella noche mítica en la que Torrija interrumpió el primer beso que estuvimos a punto de darnos Leo y yo en nuestra primera cena los cuatro juntos, cuando veo parpadear una notificación de Wahtsapp de Carmen en la pantalla del reloj.
Saco el móvil del bolso para abrirla, porque en el reloj solo me aparece un enlace y no consigo adivinar de qué se trata.
El link pertenece a un artículo de psicología titulado Cómo los bebés afectan a la vida íntima de pareja: causas y soluciones . Y debajo del enlace, Carmen ha escrito « por si os sirve de algo» junto al emoji que saca la lengua.
Casi me atraganto con el vino. Empiezo a toser como una tuberculosa. ¡La madre que la parió! ¿En serio? ¿Esto está pasando de verdad?
Me quedo tan bloqueada que guardo el teléfono en el bolso sin contestar. Es que, a ver,
¿qué narices se contesta a una cosa así? ¿Un gracias? ¿Un emoji con el pulgar hacia arriba? ¿Un vete a la mierda, Carmen con todo el cariño del mundo ?
Leo, desde el otro lado de la mesa, alarga el brazo y pone su mano sobre la mía.
—¿Todo bien? ¿Pasa algo con las niñas?
—Perfectamente —miento descaradamente mientras me termino la copa de vino de un solo trago y me sirvo otra sin ofrecer a nadie.
Pero en realidad me paso los siguientes veinte minutos dándole vueltas con la cucharilla a mi trozo de tiramisú, fingiendo escuchar la conversación de los demás mientras mi cerebro intenta averiguar hasta dónde va a ser capaz de llegar Carmen…
Se admiten apuestas. Ya sabéis dónde podéis enviarlas.
La cena termina mucho más tarde de lo previsto, después de tomarnos unas copas en la terraza de al lado, donde el aire fresco de la noche nos concede una pequeña—y agradecida— tregua del calor de finales de primavera, que ya empieza a resultar agobiante.
Nos acercamos paseando tranquilamente hasta la parada de taxis, disfrutando de las calles que se han ido vaciando por completo.
A estas horas apenas quedan un puñado de camareros arrastrando sillas y recogiendo las mesas de los locales que ya van a cerrar.
Lara, antes de subirse al taxi con Marcos para volver a Chamberí, se abraza a mi cuello y yo aprovecho para susurrarle al oído.
—No estás sola, ¿vale? Pase lo que pase.
Ella se limita a sonreír, apretándome las manos con fuerza, sin responder con palabras lo que las dos ya sabemos.
En nuestro taxi, Leo y yo observamos las luces de Madrid reflejarse en la ventanilla en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos con el sonido del motor del coche como única compañía, hasta que el conductor gira en la rotonda para entrar en la urbanización.
—¿Crees que conseguirán superarlo? —pregunto en un susurro sin apartar la vista del cristal.
Leo sabe perfectamente a qué me refiero, pero no responde inmediatamente, sino que se queda unos segundos mirando los árboles que desfilan oscuros al otro lado de su ventanilla.
—No lo sé —admite por fin, rompiendo el silencio—. Pero Lara es mucho más fuerte de lo que cree.
Cuando entramos en casa, las gemelas duermen profundamente en el piso de arriba y Carmen está repanchingada en el sofá viendo una película.
—Están dormidas las dos —nos cuenta Carmen en voz baja apagando la televisión y desperezándose— Alma protestó durante un rato sobre las diez, pero se volvió a quedar frita enseguida.
—¿Y Oreo? —pregunto al no verle en ninguno de sus sitios habituales.
—Salió un rato al jardín y ha vuelto hace nada —me cuenta haciendo un gesto vago hacia la puerta corredera— Traía algo enganchado en la pata delantera izquierda.
Le he limpiado lo que buenamente he podido, porque no se dejaba tocar, pero no sé muy bien qué es.
Igual mañana deberías echarle un vistazo por si acaso se ha clavado una espina.
—¿Sangraba?—me alarmo al instante, dejando el bolso en el recibidor.
—No parecía, aunque estaba un poco raro, más esquivo de la cuenta. Claro que tu gato tampoco es que sea el colmo de la simpatía ya de por sí. Le he abierto una de sus latas de atún y se la ha comido con ganas, así que muy grave no puede ser, porque hambre desde luego tenía.
Busco a Oreo con la mirada y lo encuentro tumbado debajo de la isla de la cocina. Está hecho un ovillo, con la pata delantera izquierda ligeramente recogida bajo su cuerpo. Me agacho a su lado y estiro la mano despacio hacia él.
—A ver, majestad, déjame que te vea esa pata un momento.
Pero Oreo se levanta de inmediato, se estira arqueando el lomo hacia arriba y se va hacia su cojín del salón con paso digno.
Le observo unos segundos caminar, pero no noto nada raro, ni cojera, ni rigidez evidente, solo me mira con su cara habitual de déjame en paz, que tengo sueño antes de tumbarse de nuevo de lado y agachar la cabeza dispuesto a seguir durmiendo, por lo que no me parece que le duela demasiado.
Igualmente, mañana por la mañana le echaré un vistazo, con más luz y menos copas de vino encima.
Tras despedirme de Carmen —que ha tenido la deferencia de no hacerme ningún comentario sobre el artículo— apago todas las luces de la planta baja y subo las escaleras a oscuras dispuesta a enfrentarme a una de las grandes mentiras de la vida adulta: que desmaquillarse ante de acostarse solo se tarda cinco minutos.
Paso por la habitación de las niñas para asegurarme de que siguen tapadas, recojo un peluche que Alma ha lanzado fuera de la cuna y continúo hasta nuestro dormitorio, quitándome los tacones por el camino con cierta torpeza y soltando un suspiro de alivio cuando mis pies descalzos tocan por fin el suelo frío.
Al entrar en la habitación y encender la luz, me quedo completamente inmóvil bajo el marco de la puerta.
Ay no. No puede ser.
Encima de la cama hay una bolsa de papel blanco satinado con letras negras de Intimissimi, y dentro, envuelto en papel de seda rosa cuidadosamente doblado, descubro un conjunto de lencería negro de encaje.
Es tan sofisticado, tan sugerente, tan transparente y tan incompatible con mi vida actual, que durante unos instantes dudo si Carmen se habrá equivocado de destinataria.
Me cuesta creer que mi suegra—la misma que va a misa todos los domingos— me haya comprado un conjunto de encaje semitransparente que deja tan poco espacio a la imaginación. Se conoce que, de las indirectas sutiles, Carmen ha decidido pasar directamente a la acción.
Leo pasa a mi lado en ese momento, quitándose el jersey, me da un beso distraído en la mejilla y se dirige hacia el baño del dormitorio.
—¿Qué es eso?—pregunta de pasada.
—Nada… un regalo que me ha hecho tu madre.
—¿Y eso? No es tu cumpleaños, ¿no?
—¡Pues claro que no, Leo! No tengo ni idea, le habrá dado por ahí…
—Habrá querido tener un detalle bonito contigo—sonríe mi marido mirando la marca de reojo—Te quiere un montón.
Un detalle…sí, claro. Supongo que a esto también se le puede llamar así.
—Sí, habrá sido eso…
Leo desaparece dentro del baño, completamente ajeno a todo porque mi querido marido todavía vive felizmente en un universo paralelo donde las indirectas de su madre no existen.
Escucho el grifo del lavabo abrirse mientras sigo plantada al lado de la cama, hipnotizada por el dibujo del encaje.
Empiezo a sospechar que el verdadero peligro no es que Carmen haya leído mi diario, sino que se lo ha tomado muy en serio.
Demasiado en serio. Y, ahora mismo, no sé qué me preocupa más, si lo que mi suegra haya decidido leer entre líneas o lo que pretende conseguir con todo esto.
*****
Hay conversaciones que empiezan mucho antes de que alguien se atreva a pronunciarlas en voz alta. Durante semanas viven en los silencios, en las frases a medias y en las miradas que se esquivan. Y cuando por fin salen a la luz, la decisión ya suele estar tomada desde hace tiempo.
Sólo que ya nadie puede fingir que no la ha escuchado.