Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 10
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CAPITULO 10

Me he pasado toda la semana intentando quedar a solas con Carmen.

No para tomar un café, ni para hablar de las niñas, bueno, técnicamente sí, pero solo son excusas para averiguar qué narices le pasa con Carlos.

Y ella, que o bien se lo huele, o bien tiene cosas más interesantes que hacer, me insiste cada vez que se lo propongo en que esta liadísima, ocupadísima y con la agenda llenísima.

De pronto, resulta que tiene una agenda repentinamente saturada para ser una mujer jubilada que ,hasta hace apenas un mes, venía a nuestra casa mínimo cuatro veces por semana sin que nadie se lo pidiera y se quedaba hasta la hora que hiciera falta.

Así que hasta esta noche, que viene a quedarse con las niñas, no consigo verla.

Llevamos semanas —meses, en realidad— intentando organizar una cena con Lara y Marcos que, por hache o por bache, siempre se caía por algún motivo.

Cuando no era Alma, era por Vera y cuando no, una migraña de Lara o una reunión de Marcos.

Llevo todo el día esperando el momento de la cena como si fuera un acontecimiento más importante de lo que es en realidad; en parte porque me apetece muchísimo tener tiempo para nosotros dos como pareja, pero sobre todo porque últimamente Lara está muy apagada, lo que me indica que las cosas con Marcos no han mejorado precisamente y la cena de esta noche puede venirnos muy bien a todos.

—Oye, ¿has hablado con Marcos últimamente? —le pregunto a Leo mientras se anuda los cordones de las zapatillas sentado en el borde de la cama.

Se ha puesto unos vaqueros desgastados en las rodillas y un jersey de punto azul índigo que le queda especialmente bien y potencia el color de sus ojos. Por un momento, me entran ganas de quitárselo a mordiscos en lugar de salir a cenar a ningún sitio. Qué desperdicio de hormonas, de verdad.

—¿Sobre qué?

—Si te ha dicho algo de qué piensa hacer con lo de Londres. Si va a aceptarlo o…

—No me ha dicho nada en concreto—me corta rápidamente.

—¿Y tú cómo lo ves a él?

Leo se encoge de hombros levemente y termina de anudarse el otro cordón con un movimiento brusco.

—Normal. Como siempre.

—¿En serio? ¿No te da la sensación de que últimamente está…?

—Sara —Se levanta acercándose a mí y me coloca una mano en la cintura, mientras con la otra me aparta con delicadeza el pelo detrás de la oreja, en un gesto que me anticipa que va a decirme algo que no quiero oír— No te metas. Es cosa de ellos.

—Solo quiero ayudarles.

—Lo sé. —Su pulgar me acaricia la mejilla intentando relajar mi gesto tenso— Pero es una situación muy complicada y, aunque intentes ayudarles con la mejor intención del mundo, lo único que vas a conseguir es enredar más las cosas.

No hay una solución perfecta para esto y la decisión tienen que tomarla ellos solos, asumiendo las consecuencias sin que puedan echarle la culpa a nadie.

Odio cuando tiene razón, porque sé que la tiene, pero me siento muy impotente por no poder hacer nada. Soy consciente de que Lara está pasándolo fatal y quedarme de brazos cruzados me está matando.

Carmen llega a casa a las ocho y media, le doy las instrucciones habituales—lo siento, no lo puedo evitar, es superior a mí— y, tras despedirnos de las niñas, salimos hacia el restaurante.

Cuando llegamos al barrio Salamanca las terrazas están llenas de gente aprovechando la noche templada de finales de primavera.

El ambiente animado, la música que sale de los locales abarrotados, el sonido de los coches y el murmullo continuo de las conversaciones me transportan durante unos minutos a una vida que ya casi no recuerdo, pero que echo muchísimo de menos.

Me recoloco el vestido, sintiendo el aire nocturno acariciarme las piernas y por un momento me siento joven y libre.

Más joven quiero decir, que joven sigo siendo, que os quede claro.

El restaurante es un italiano precioso, decorado con un gusto exquisito que imita a una mansión retro italiana, con plantas colgando del techo y luces de neón reflejándose en los espejos.

Nada más entrar nos envuelve un olor maravilloso a pan recién horneado, queso fundido, aceite de trufa y pasta al dente que me hace salivar como un perro de Pavlov.

Un camarero repeinado nos acompaña amablemente hasta una mesa al fondo, junto a un ventanal enorme desde el que se ve a la gente paseando por la acera iluminada.

Lara y Marcos ya están sentados, uno frente al otro en los bancos tapizados que rodean la mesa.

Cuchichean sobre algo que a Lara le hace gesticular exageradamente con las manos y tener una expresión de tensión que no augura absolutamente nada bueno.

Sin embargo, en cuanto nos ven acercarnos, se callan automáticamente y se levantan sonriendo para saludarnos.

—¡Milagro! —Lara se acerca para abrazarme, envolviéndome en su nube de perfume de Chanel y apretándome con tanta fuerza contra ella que me hace saber, sin necesidad de decir ni una sola palabra, que no está precisamente en su mejor día— Habéis conseguido salir de casa.

—No cantes victoria todavía —respondo en voz baja, frotándole la espalda con cariño en un intento silencioso de transmitirle ánimos— Hasta que no hayan pasado tres horas sin que nos llamen por una emergencia, no pienso considerarlo un éxito.

—Mira que te gusta exagerar…

—Lo dice la misma mujer que el año pasado se fue a urgencias porque se le había quedado una lentilla doblada en el ojo en lugar de quitársela en casa.

Tras los besos y abrazos de rigor, nos sentamos a la mesa. Leo frente a mí y yo junto a Lara, a la que aprieto la mano por debajo del mantel en cuanto dejo el bolso apoyado en el banco entre nosotras. El camarero se acerca para tomarnos nota de las bebidas y dejarnos las cartas.

—¿Qué tal las niñas?—nos pregunta Marcos sin levantar la mirada de la sección de pasta—Los fettuccini con salsa de boletus estaban espectaculares la última vez que vinimos, creo que voy a repetir.

—Creciendo por momentos—responde Leo al tiempo que saca su móvil para enseñarle la última foto que les hizo ayer sentadas en el césped del jardín.

Y durante los primeros diez minutos hacemos exactamente lo que habíamos jurado que no haríamos, hablar de las gemelas.

Porque todos los padres dicen que no quieren convertirse en esas personas incapaces de mantener una conversación que no incluya a sus hijos, pero al final todos, absolutamente todos, acabamos haciendo exactamente lo mismo.

Por suerte, la tortura solo dura diez minutos, porque el camarero se acerca a tomarnos nota cortando muy oportunamente la conversación.

Continuamos poniéndonos al día, hablando de todo y de nada, retrocediendo durante un rato a un tiempo en el que estas cenas eran muchísimo más frecuentes y espontáneas; cuando quedar a tomar una caña rápida era un planazo que se organizaba sobre la marcha.

Me hace darme cuenta otra vez de cuánto necesitaba esto, de cuánto necesitaba una conversación adulta con mis amigos, frente a una buena copa de vino y sin nadie que nos interrumpa.

El camarero aparece con varios entrantes para compartir —un plato de vitello tonnato y una focaccia con romero que huelen de maravilla—y la conversación, lenta pero inevitablemente, se desvía hacia el trabajo. Y, en consecuencia, hacia el temido tema que todos llevamos media noche esquivando.

—Quería aprovechar que estamos juntos para contaros algo…—suelta Marcos de repente, mientras se corta un trozo de pizza, con total naturalidad, como quien comenta el tiempo.— Sobre el proyecto de Londres.

La expresión de Lara, en cambio, me hace incorporarme ligeramente en el banco.

—¿Qué vas a hacer al final? —pregunta Leo dejando su servilleta sobre el mantel.

—A ver, no es que quiera irme… pero no hacen más que insistirme y es una oportunidad increíble. Las condiciones son muy buenas, en serio…—mira a Lara de reojo con culpa antes de bajar la vista a su plato— Voy a aceptarlo.

El silencio cae a plomo sobre nosotros y especialmente sobre Lara, que ha decidido concentrarse en dar vueltas a su copa de vino, haciéndolo rodar despacio por dentro del cristal.

Le aprieto la rodilla por debajo del mantel y veo cómo sus ojos se ponen vidriosos por momentos mientras aprieta los labios en un intento desesperado por no echarse a llorar delante de todos.

Verla así, hace que se me ponga un nudo en el estómago.

—Disculpadme un momento…—Lara se levanta pasándose la servilleta disimuladamente por la comisura de los ojos—Voy al baño un segundo, ahora mismo vuelvo.

—¿Voy contigo?—le pregunto levantándome con ella.

—No, de verdad, no te preocupes, Sara. Ahora mismo vengo—responde con una sonrisa forzada que me dice que necesita unos minutos a solas.

—¿Y cuándo empiezas? —pregunta Leo a Marcos mientras la silueta de Lara desaparece por el pasillo hacia los baños.

—Cuanto antes, en lo que consiga organizarme aquí…¡Pero tranquilos! Que no vais a perderme de vista tan fácilmente. Tengo que pasarte todo lo que tenemos a medias del estudio y, además, voy a venir a Madrid bastante más a menudo de lo que os pensáis.

—Ya decía yo que no íbamos a tener tanta suerte —bromea Leo soltando una risita forzada e intentando quitar hierro al asunto.

Me siento de nuevo con la mirada fija en la copa de Lara que se ha quedado a medias sobre el mantel.

Observo la marca de su carmín rosa fresa en el borde del cristal, mientras los chicos siguen hablando como si no hubiera pasado nada.

Lo que de verdad querría hacer ahora mismo, es levantarme y encerrarme con ella en el baño dejándola llorar contra mi hombro hasta que se quede sin lágrimas, pero ella me lo ha impedido y respetar eso, supongo que también es una forma de quererla ahora que ya no tenemos veinte años para solucionar la cosas a base de chupitos de tequila y fiesta salvaje hasta caer agotadas.