Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 9
36%

CAPITULO 9

A las siete y media de la tarde, mientras Leo y yo estamos—milagrosamente, contra todo pronóstico y alineándose los astros—viendo una película tirados en el sofá, la puerta se abre de golpe y aparece mi hermana Claudia.

Sin avisar, para no variar, con unos tacones de infarto, un frapuccino en la mano y un humor de perros.

—Vengo a reclamar mis derechos—anuncia acusándome mientras me señala con la llave de mi casa.

Ni hola, ni buenas tardes, ni nada.

—¿Perdón? —pregunto sentándome de golpe en el sofá, intentando adivinar qué mosca le ha picado a esta ahora.

Mi hermana deja el bolso sobre la mesa del comedor, se acerca al sofá haciendo resonar sus tacones y me estampa el móvil delante de la cara, sin molestarse siquiera en sentarse.

—He visto esta reseña.

Es una captura de pantalla de Goodreads, donde una lectora menciona de pasada a la hermana de la protagonista como uno de los personajes secundarios con más potencial de la trama, recalcando que le hubiera gustado leer más sobre ella.

—¿Y?

—Quiero regalías.—reclama indignadísima cruzándose de brazos.

—Claudia, por favor…

—Sara, soy un personaje secundario con un magnetismo brutal. Lo dicen las lectoras con el poco protagonismo que me diste, pues imagínate si me lo llegas a dar…

—Esto no funciona así, Claudia.

—Pues debería.

—Tiene razón—interviene Leo sin apartar la vista de la película, ganándose una mirada asesina por mi parte que él decide ignorar deliberadamente—En lo del magnetismo, digo…

—¡Gracias, Leo, gracias! ¿Lo ves Sara? ¿Eres la única que no quiere reconocer mi talento? Me corresponde, no intentes ignorarlo—protesta a voces enfilando el pasillo camino de la cocina para saquear la nevera buscando algo qué comer.

¡Como Pedro por su casa! Oreo la sigue desde lejos con las orejas hacia atrás, vigilando que no le robe sus latitas de atún.

Hasta hace casi un año, Claudia vivía en Sevilla con mis padres, pero se mudó a Madrid en cuanto consiguió un trabajo en una agencia creativa que según ella, es emocionalmente agotador pero estéticamente increíble, una lindeza que no tengo ni puñetera idea de qué significa y que tampoco tengo interés en averiguar.

Solo sé que desde que se mudó aquí, su vida es una sucesión de festivales, conciertos, citas en Tinder y decisiones cuestionables.

Bueno, y que aparece por nuestra casa cada dos por tres como un huracán vestido de Zara.

—Además —continúa señalándome con una cucharilla llena de yogur antes de desplomarse en el sofá— me debes muchísimo, bonita.

—¿Yo a ti? ¿De qué?

—¡Hombre! De qué dice… Pues que si no llega a ser por mí, tus hijas habrían nacido en el suelo de un probador entre camisetas rebajadas. Deberías levantarme un monumento en el jardín.

¡Ya estamos! El parto otra vez…

Rompí aguas un sábado por la mañana, en un centro comercial lleno hasta los topes de gente que buscaba gangas entre las rebajas. Sí, lo sé. Es humillante a más no poder.

Estábamos en una tienda de ropa premamá porque Claudia insistía en que aunque estés embarazada de gemelas no tienes por qué vestir como una mesa camilla, y había encontrado un vestido de punto azul marino que se empeñaba en que me probara a toda costa—cosa que a día de hoy sigo sin entender, porque con semejante barrigón daba igual lo que me pusiera, que parecía zeppelín, en serio— Estábamos discutiendo porque me daba una pereza enorme hacer la cola del probador, cuando, de repente, noté una cascada caliente bajándome por las piernas, formando un charco en el suelo del local.

—No puede ser…—me lamenté viendo como el charco crecía por momentos sobre las baldosas blancas.

—Sara… —dijo Claudia despacio, abriendo los ojos como platos y paralizada con la percha en el aire—. ¿Te acabas de mear encima?

—¡NO! ¿Tú estás tonta? …Creo.

La verdad es que en ese momento no estaba muy segura y casi prefería el bochorno de haberme hecho pis delante de todo el mundo, a la posibilidad de estar de parto y el calvario que se me vendría encima durante las siguientes horas.

Quince minutos después, mi querida hermana iba conduciendo por la M-30 como una auténtica psicópata, dando volantazos y tocando el claxon con saña, mientras yo gritaba como una posesa desde el asiento de copiloto, agarrándome al cinturón de seguridad con las dos manos.

—¡Más despacio, Claudia, joder! ¡Frena! ¡Que nos vamos a matar!

—¿Acaso quieres dar a luz en mi coche nuevo? ¡Ni de coña, bonita! Empuja hacia dentro si hace falta ¿eh?

Sigo sin entender cómo logramos llegar vivas a urgencias, pero lo hicimos. Y gracias a ella, técnicamente, mis hijas no nacieron al lado de un perchero de rebajas. Lo cual es un argumento que Claudia ha decidido explotar cada vez que le conviene.

Cuando conseguimos que Claudia se vaya a su casa —tras agotar a las niñas a base de carantoñas y un baile improvisado a Bad Bunny en mitad del salón—la casa recupera por fin el silencio y Leo y yo conseguimos sentarnos juntos un rato.

Me dejo caer a su lado en el sofá, acurrucándome bajo su brazo con la cabeza apoyada en su hombro.

El calor de su cuerpo me envuelve y su olor—mezclado con su eterna fragancia a Acqua di Giò— me hace cerrar los ojos, relajándome contra su cuerpo.

Me abrazo a su pecho sintiendo el latido tranquilo de su corazón y estiro el cuello para besarle con calma, disfrutando del roce lento de sus labios.

Joder.

¡A veces se me olvida cuánto necesito esto!

Leo me rodea con su brazo, haciendo presión sobre mi espalda para acercarme más a él. Desliza sus dedos cálidos por debajo de mi camiseta rozándome la piel de las costillas y me besa profundamente, despacio, sin prisa, mientras noto cómo un calor abrasador se desliza desde mi estómago hacia abajo…

Y entonces, Dulce entra en el salón poseída por el mismísimo Lucifer.

Se sube a la mesa derribando un vaso vacío que se hace añicos contra el suelo, salta al sofá, le pisa el estómago a Leo con sus cuatro patas y se instala triunfalmente en el poco espacio que quedaba entre nuestros cuerpos, mirándome fijamente, desafiante, mientras de fondo se escucha un llanto desconsolado que baja por las escaleras desde la habitación de las niñas.

¡Estupendo! La felicidad nunca viene sola en esta casa…

Leo suspira resignado contra mi pelo, aparta la mano de mi cintura despacio y se levanta para ir a atender a las niñas, dejándome un beso rápido en la frente que me sabe a otra noche más.

Me quedo sola en el sofá con Dulce ronroneándome contra las piernas, victoriosa, mientras Oreo observa la escena con exactamente la misma expresión que tengo yo en este momento.

Traición absoluta.

Sábado:

Esta noche Dulce ha decidido que el espacio entre Leo y yo le pertenece, lo que ha roto la magia del momento impidiendo, para mi desgracia y la de mis hormonas, que llegásemos a más. Otra vez. La sequía continúa.

Carmen, si estás leyendo esto: te juro que no es lo que parece.

Bueno, qué narices, sí que lo es. Para qué mentir a estas alturas de la película… Si no hay tema, no hay tema.

Hablando de mentiras, o más bien de secretos…

Me encantaría saber qué narices le pasa a mi suegra últimamente.

¡Está más rara…! Ya no viene a casa tanto como antes y, cuando lo hace, es durante el tiempo justo de cuidar a las niñas o hacernos la visita del médico.

Hoy, que parecía que todo volvía a la normalidad y pensábamos que iba a pasar la tarde con nosotros, ha sido entrar Carlos por casa y ponerse a deambular como pollo sin cabeza, huyendo de él.

Jamás había visto a mi suegra ponerse incómoda delante de nadie. Carmen es de esas mujeres que pueden discutir con una teleoperadora, regatear a un fontanero o poner firme a quien haga falta sin despeinarse. Pero hoy evitaba mirar a Carlos como si hacerlo, pudiera meterla en problemas.

¡Ni que el pobre hombre le hubiera hecho algo…!

¡Espera!

¿Y si sí que se lo ha hecho?

Pero no parecía enfadada, era más bien como si le diera vergüenza estar cerca de él…

Igual son imaginaciones mías… o igual no.

*****

No todos los errores tienen solución, pero casi todos admiten una forma de pedir perdón.