CAPITULO 8
Hay personas que llegan tarde a tu vida y aun así se las ingenian para ponerla patas arriba en cuestión de meses. Y Carlos, el padre de Leo, es una de ellas.
El sábado, a las once de la mañana, suena el timbre en el preciso instante en el que, después de haber tenido una llamada intensita con Elena por mi nula discreción, por fin he conseguido sentarme cinco minutos en el sofá con un café que me acaba de preparar Carmen antes de ponerse a acunar a Vera.
¡Cinco minutos!
Fue un espejismo precioso mientras duró…
Leo abre la puerta y lo primero que escucho desde el salón es un suspiro.
—Papá, ¿en serio?… —protesta frustrado apoyando el hombro en el marco de la puerta.
Me asomo estirando el cuello por encima del respaldo del sofá, sin soltar el café y veo a Carlos en la entrada, con una bolsa gigantesca colgándole del antebrazo, emocionado como un niño el día de Reyes.
—¡Mirad lo que les he traído a mis chicas favoritas!—levanta la bolsa triunfal ignorando el gesto de su hijo.
—Papá, ¿otra vez? Tenemos que hablar en serio de esto. No podemos seguir así, nos vas a sepultar entre tanto juguete.
—Bah, exagerado—replica Carlos invadiendo el recibidor cargado con una bolsa lo bastante grande como para transportar un cadáver pequeño—¿Dónde están mis niñas?
En cuanto Carlos pone un pie en el salón, perfumándole de Sauvage de Dior , Carmen, que hasta ese momento mecía tranquilamente a Vera, murmura un buenos días apenas audible y baja la vista, repentinamente concentradísima en el babero de la niña.
Un babero que no tenía ningún problema visible hasta ese momento.
El aire se vuelve denso en el salón y la tensión se puede palpar en el ambiente.
Carlos deja la bolsa en la alfombra junto al sofá y empieza a sacar las cosas con un entusiasmo desmedido.
—Esto de aquí… ¡es para Alma!
Saca un patinete de madera rosa con el nombre de Alma grabado en letras doradas el lateral, que es un regalo precioso y completamente inútil para una niña que todavía no ha aprendido a andar y que ni siquiera se mantiene sentada cinco minutos seguidos sin caerse de lado como una croqueta.
—Papá… —masculla Leo masajeándose el puente de la nariz a punto de perder los papeles.
—¿Qué? ¡Pero si es una pasada! En la tienda me han asegurado que se puede adaptar a diferentes edades, que va a crecer con ella, que…
—¡Alma tiene solo seis meses!
—Ya lo sé, pero así ya lo tiene para cuando pueda utilizarlo. Nunca es pronto para desarrollar equilibrio… Alma, cariño, ¿a que el regalo del abuelo te mola?
Y antes de que alguno de los dos podamos responder algo coherente, Carlos vuelve a meter la mano en la bolsa mientras Carmen desaparece del salón con la excusa de ir a poner el lavavajillas.
—Y esto de aquí… ¡es para Vera!
Ahora saca la caja enorme de un microscopio infantil con un montón de accesorios, que nos enumera uno a uno mientras Vera, a sus pies, intenta comerse su propio calcetín. Me muerdo el interior de la mejilla tan fuerte para no reírme, que creo que me hago hasta sangre.
Leo mira a su padre con una ceja levantada y los brazos cruzados, mientras Carlos le tiende la caja enorme del microscopio con una sonrisa de oreja a oreja.
—Papá, de verdad… Esto es ridículo.
—¿Qué te pasa ahora?
—Que no puedes dedicarte a comprar tantas cosas y menos aún cosas que ahora mismo son inútiles. Las niñas todavía no distinguen su propio pie de un juguete, ¿para qué narices quieren ahora un microscopio y un patinete?
—Bueno, ahora mismo no, pero ya irán aprendiendo. Así ya lo tienen para cuando llegue el momento. Ay, hijo, ¡no seas tan rancio! Disfruta un poco de la vida.
Lo peor de todo es que lo dice completamente convencido y eso hace que resulte imposible enfadarse con él, porque Carlos mira a las gemelas como si hubieran reinventado la felicidad exclusivamente para él.
Como si llevara cincuenta años esperando este momento, pero hace unos meses esto me habría parecido inimaginable.
Carlos había sido un padre ausente durante la mayor parte de la vida adulta de Leo, que aparecía por temporadas, prometiendo el oro y el moro, pero desaparecía en cuanto las cosas se complicaban. Hasta que Leo se cansó de esperarle y empezó a vivir como si ya no existiera.
La última vez que reapareció fue cuando Leo abrió Studio Lumen.
Tras insistir más de lo que Leo estaba dispuesto a tolerar al principio, consiguió que su hijo quedase con él una tarde en una cafetería del centro, donde tuvieron una conversación muy incómoda pero necesaria sobre su relación.
Y, aunque Carlos era plenamente consciente de que no podía borrar los años perdidos, estaba más que decidido a no perder también los que le quedaban por delante.
Y así, como buenamente ha podido, se lo ha ido demostrando.
Y desde entonces… Bueno, ahora disfrutamos de un abuelo hiperactivo que aparece mínimo tres veces por semana con regalos absurdos y una necesidad casi patológica, de intentar compensar treinta años de ausencia en un tiempo récord.
El problema, es que nadie le ha explicado todavía que el tiempo perdido no se recupera, que las personas solo aprenden a vivir con ello.
La verdad es que me da un poco de pena verle esforzarse tanto. Y muchísima ternura, para qué nos vamos a engañar, porque el hombre lo hace de corazón.
Carmen entra en el salón en ese momento con los labios apretados en una fina línea, mira los juguetes nuevos esparcidos por la alfombra y niega con la cabeza suspirando resignada.
Pero no hace ningún comentario al respecto, lo cual es raro en ella.
Tampoco le dirige la mirada a Carlos. De hecho, ahora que me doy cuenta, no le ha dirigido la palabra más que para saludarle desde que ha entrado por la puerta.
—Voy a ordenarte un poco el armario de las niñas— me informa cogiendo unas chaquetitas de las sillas y saliendo del salón apresurada hacia las escaleras.
¿Pero qué le ha dado a esta mujer hoy con la limpieza? No hace más que dar vueltas por casa…
—A ver, estas princesitas —dice Carlos agachándose junto a las niñas en la alfombra—¿Qué dicen mis chicas? Hola, Alma.
Le roza la punta de la nariz con el dedo índice y la niña suelta un gorgorito encantada de ser el centro de atención.
—A ver Vera, ¿está rico el calcetín?
—¿Se puede saber cómo coño las diferencias? —pregunto exasperada—No lo entiendo.
Carlos se encoge de hombros como si la respuesta fuera obvia.
—Pues porque no son iguales, Sara. Solo hay que mirarlas con un poco de atención.
Y de repente vuelvo a coronarme como una madre regulera de nuevo.
Fenomenal. Mi autoestima, por los suelos una vez más.
Cuando Carlos se marcha una hora más tarde, bajo la promesa de no traer más juguetes el próximo día—promesa que nadie nos creemos—, Carmen por fin baja de la planta de arriba. Pero solo para recoger sus cosas con demasiada rapidez.
—Bueno, yo también me voy.—anuncia cogiendo el bolso de la silla del comedor.
Leo desde el sofá, levanta la vista de su teléfono móvil con el ceño fruncido.
—¿Ya? Pero si casi ni te hemos visto en toda la mañana, ¿te pasa algo? ¿Estas enfadada?
—Nada, ¿qué me va a pasar? Pero tengo muchísimas cosas que hacer y si me quedo no me va a dar tiempo a nada. El viernes nos vemos, intentaré llegar antes de las ocho para que podáis vestiros tranquilos.
Ajá. Claro… Muchísimas cosas. Urgentísimas. De vida o muerte. Tan urgentísimas que las ha recordado todas de golpe justo después de irse Carlos…
Leo me mira interrogante, abriendo la boca para decirle algo, pero Carmen ya está cerrando la puerta de la calle a sus espaldas.
—¿Qué bicho le ha picado?—me pregunta frunciendo el ceño.
—Ninguno… creo.
Pero no estoy tan segura. Aquí pasa algo raro.
Muy, pero que muy raro.
*****
Hay personas que llegan tarde a todo, incluyendo a las cosas que más importan.
Y cuando por fin aparecen, no saben muy bien qué hacer con el tiempo que les queda.
Lo más difícil no es perdonarles, sino dejarles intentarlo sin esperar que lo hagan perfecto.