Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 7 #2
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CAPITULO 7 #2

—Hola, Elena. Perdona que te moleste a estas horas, pero creo que antes no he sido del todo sincera contigo y necesito aclararlo.

La verdad es que la novela va bastante más retrasada de lo que te he dicho.

Bueno… por decirlo de alguna forma, porque en realidad no soy capaz de escribir nada decente, ¡tengo el cerebro completamente frito!

Creo que mi creatividad me ha abandonado junto con mi paciencia, lo siento mucho.

Yo lo intento, pero… esto va a ser un fracaso monumental.

Tras enviar el audio, sentí que me quitaba un peso enorme de encima. Dejé el móvil en la encimera y me concentré en hacer la ensalada porque Leo estaba a punto de llegar y, entre unas cosas y otras, se me había echado el tiempo encima.

Mientras troceaba unos tomates que me había traído Claudia del huerto de mi padre—buenísimos por cierto—, la pantalla se iluminó anunciando un audio de Elena.

Doce segundos en los que me decía que lo entendía perfectamente, que no me agobiara y que ya lo hablaríamos con más calma el viernes, en un tono completamente neutro que era imposible de interpretar.

El problema era que le había enviado el audio a Elena, sí —desde aquel famosos audio que envié a Ramiro insultándole tiendo a revisar los destinatarios— pero, con tan mala puntería, que lo había enviado al grupo donde está Elena, pero también mi agente—que respondió con un gif de un gato mirando fijamente a cámara con cara de pocos amigos—y la todopoderosa responsable de comunicación de la editorial, que directamente no respondió, lo cual es todavía peor.

Me quedé completamente quieta mirando el teléfono, con el cuchillo en una mano y medio tomate chorreando en la otra.

Reproduje el audio entero. Veintisiete segundos de sinceridad mandados al grupo profesional de mi carrera literaria.

Mi cerebro—que cuando se trata de catastrofismo, funciona a velocidades que ya quisiera yo para escribir—calculó rapidísimo cuántas personas acababan de recibir la confesión de que la autora revelación de la temporada no era capaz de escribir ni una sola línea decente.

Eran tres. Pero las tres personas clave.

Bingo.

Premio a la escritora más imbécil del año.

Sentí el impulso de tirar el iPhone por la ventana, pero eso no iba a solucionar nada. Oreo desde el taburete de la isla, se me quedó mirando y cerró los ojos muy despacio. Juraría que hasta negó con la cabeza.

—No —le dije agitando la cabeza—. Esto no me puede estar pasando otra vez.

¡Mierda!

Y ese, amiga mía, es el origen de mi actual crisis de ansiedad.

Minutos después, sigo hundida en el sofá intentando encontrar una salida, cuando suena el timbre y, al abrir, aparece Carmen con una crema corporal en la mano.

—Hola, hija, buenas noches, ¿Qué tal? Toma, que me llevé sin querer esta crema el otro día…

—No te preocupes, Carmen, pasa.

Deja la crema encima del mueble del recibidor y se abalanza con los brazos abiertos sobre las gemelas, que la reciben con el entusiasmo que reservan para las visitas que les traen juguetes o les hacen carantoñas durante más de cinco minutos seguidos.

Me refugio en la cocina para prepararle un café rápido y ganar tiempo.

Pero Carmen no ha venido a tomar café y sin que venga a cuento, me suelta desde el salón como quien no quiere la cosa:

—Por cierto, Sara.

—Dime…—respondo desde la cocina, con la taza en la mano, conteniendo el aliento.

—¿Habéis probado Leo y tú a ducharos juntos?

Me quedo paralizada con la cafetera en la mano. ¿En serio me está preguntando lo que me imagino? Dime que no. Por favor, dime que lo he entendido mal. Mi mente ya me juega malas pasadas.

—He leído en algún sitio—continúa Carmen desde el salón con toda la calma del mundo— que hay parejas que lo hacen para tener más…

intimidad, ya me entiendes. Igual os funciona…

Bueno, es solo una idea que se me ha ocurrido.

Me marcho ya, que he quedado para cenar y solo quería devolverte la crema por si te hacía falta. ¡Dale un beso a Leo de mi parte!

Escucho sus pasos hacia el recibidor junto con el tintineo de sus pulseras y el clic de la puerta al cerrarse.

Mientras yo sigo con la cafetera inclinada sobre la taza, totalmente en shock, sin darme cuenta de que se está desbordando.

El café ya ha inundado el plato y va trazando un caminito marrón que parece una de esas señales de tráfico que advierten de curvas peligrosas.

¡La madre que la parió!

—¿Y mi madre? —pregunta Leo saliendo del despacho frotándose los ojos.

—Se acaba de marchar —consigo articular reaccionando por fin para limpiar el estropicio con una bayeta— Había quedado.

—¿Qué te pasa?

—¿A mí?, nada.

Hay cosas que una se calla por amor y otras que se ocultan por estrategia. Yo en este momento mezclo las dos.

Por la noche, cuando por fin consigo sentarme ante el portátil, me tiro cuarenta minutos mirando la pantalla en blanco sin escribir ni una sola palabra que valga la pena conservar.

No hay tu tía.

El bloqueo galopante, mi audio suicida, Carmen con su sonrisita de psicópata y sus consejos subidos de tono… Mi cerebro ha alcanzado oficialmente punto crítico de saturación a partir del cual deja de procesar información y simplemente se niega a colaborar.

Cierro el ordenador de un golpe para coger mi diario y escribo:

Miércoles:

Llevo una semana de mierda.

Me quedo mirando la frase fijamente y pienso que es lo más honesto que he escrito en semanas, pero que de ahí no va a salir ningún superventas.

*****

Hay momentos en los que la vida no te deja el espacio necesario para ser la persona que deseas, porque bastante tienes con intentar sostener la que ya eres.