Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 7
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CAPITULO 7

Han pasado tres días con sus respectivas setenta y dos horas agónicas y todavía no he conseguido mirar el diario sin que se me revuelva el estómago.

Lo he intentado, que conste. Me he sentado con él en la cocina por la noche dispuesta a releer cada línea, intentando convencerme de que tampoco hay nada tan escatológico entre las páginas, que son situaciones normales, de las que les pasa a todo el mundo.

Claro que son situaciones normales, sí. ¿Le pasan a todo el mundo?

También. Pero la diferencia está en que la gente normal, sensata y con un instinto de supervivencia básico, se guarda esas cosas para sí misma o, como mucho, las comenta con sus amigas tomando una copa.

¡No se las pone en bandeja de plata a la madre de su marido!

A saber qué piensa ahora de mí. ¡Por dios!

Va a pensar que soy una ninfómana desatada, o peor aún, que corrompo a su perfecto, pulcro y angelical hijo con prácticas eróticas dignas de un cabaret…

Ahora cada vez que me mire, me va a imaginar como una depravada acosando a Leo por los rincones de la casa…

¡Qué horror! La idea de tramitar los papeles para hacerme apicultora en Soria, cada vez me parece más atractiva.

El lunes por la mañana, nada más levantarme tras una noche en vela dándole vueltas al tema, llamé a Lara mientras me sujetaba a un tanque de café a modo de salvavidas.

—Hola guapa, ¿qué tal? Ay, espera un segundo, ¡Torrija baja de ahí ahora mismo! Este perro tiene complejo de gato, todo el día subido por los altos…

—Lara. Carmen ha leído mi diario.

—¿Qué dices?

—¡Que estoy segura de que Carmen ha leído mi diario!

—¿Cómo va a hacer eso, mujer? Seguro que no, que son imaginaciones tuy…

—¡Que te estoy diciendo que lo ha leído, coño!—el hecho de que dude me pone de los nervios y acabo pegando un grito que asusta a Oreo—Estoy segurísima. Me lo dejé olvidado en la mesilla y cuando volví estaba bocabajo y yo siemp…

—Aaah, bueno…Mira que eres histérica, de verdad, ¿solo es por eso? Seguro que lo movió para limpiar el polvo o algo, no seas tan dramática.

—¡Que no! Que desde el viernes no ha hecho más que tirarme indirectas, que más bien son directas directísimas.

Se hace tanto silencio al otro lado de la línea que me hace pensar que se ha cortado la llamada.

—¿Lara?

—Pero… ¿cuánto crees que ha podido leer?

—Demasiado.

—¿Cuánto es demasiado?

—Demasiado nivel Leo se ha quedado dormido y yo tengo un calentón de tres pares de narices.

—Mmm vaaale, a ver…Houston, tenemos un problema.

—¡Lara, por favor dime qué coño voy a hacer! Me muero de vergüenza, no voy a poder ni mirarle a la cara cuando la vea.

—La has cagado —sentencia Lara, que es única dando ánimos—Pero bueno, no es tan grave.

Piensa que tiene dos hijos, no le has descubierto nada nuevo…

Aunque tal vez no sea muy agradable leer con pelos y señales lo que hace tu hijo en la cama, o en cualquier superficie donde os haya ocurrido jugar a los médicos…

Por cierto, ¿has probado el mito del centrifugado de la lavadora?

—¡Lara! Así no me ayudas. ¿Qué hago?

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Nada. Esperar. —El ruido ensordecedor de su cafetera de fondo la obliga a gritar y a mí a separarme el teléfono de la oreja para que no me deje sorda— No puedes hacer nada más, Sara. Espera a ver qué hace ella.

—¿Y si no hace nada?

—Un perrito piloto para ti.

—¿Y si me dice algo?

—Pues te jodes y bailas. ¿Qué vas a hacer? ¿Negarlo? ¡Lo has escrito tú!

—Lara, no sé para qué te llamo, no me estás ayudando.

—Ya lo sé, cielo. Pero es lo que hay. El daño ya está hecho y ahora te toca capear el temporal como una campeona. ¡Te dejo que Torrija me ha abierto un armario! ¡Ciao!

Colgué con más ansiedad de la que tenía antes de llamarla, que ya era bastante, lo cual no me ayudaba para nada.

En el fondo tenía la esperanza de que a Lara se la ocurriera uno de sus planes disparatados y absurdos que al final consiguen solucionar algo…

la mayoría de las veces. Pero esta vez Lara no estaba muy inspirada, por lo que se ve y me va a tocar apañarme yo solita.

La ansiedad no se despegó de mí en todo el santo día, recordándome, en un bucle infinito de tortura, cada uno de los detalles escabrosos que con tanta ligereza había tenido la genial idea de inmortalizar a lo largo de los últimos meses…

lo que provocó que no estuviera yo muy centrada que digamos.

Me diréis que no es más que una excusa barata para justificar mi torpeza innata, pero juro que no es así; mi cabeza estaba donde estaba, y no precisamente donde tenía que estar.

Y este caos mental provocó —lo juro, en serio— lo que pasó después.

Esa misma tarde, mientras las gemelas dormían la siesta, tuve una reunión por videollamada con Elena, mi editora.

Elena es eficiente, directa y buena en su trabajo, lo cual en circunstancias normales son tres cualidades que valoro y admiro mucho, pero que en este momento concreto de mi vida me resultan agotadoras.

Y mira que nos llevamos bien ¿eh? A base de horas de correcciones, cafés virtuales e histerias de última hora, hemos conseguido una relación muy estrecha y tenemos mucha confianza.

Pero también tiene la habilidad paranormal de aparecer en mi vida cuando menos falta me hace.

—¿Cómo va ese manuscrito? —canturreó sin preámbulos, con su cuaderno de notas abierto sobre la mesa y dando un sorbo a un café humeante.

—Bien… viento en popa—mentí descaradamente, mirando de reojo el diario que en ese momento tenía sobre la mesa, intentando adivinar si Carmen había llegado a leer la entrada del quince marzo o si se habría detenido antes por el bien de su salud mental.

—¿Ya tienes algo para enseñarme? ¿Algún capítulo que me haga suspirar?

—No, todavía no. Estoy puliéndolo…ya sabes, quiero que quede perfecto.

Elena me miró por encima de las gafas con cara de estar empezando a perder un poco la paciencia que tanto me gusta de ella.

—Sara. Diario de una chica con talento para el desastre está funcionando muy bien, los números son brutales, hay momentum . Tenemos que aprovecharlo. —Se recostó sobre su silla apuntándome con el boli— Necesito algo antes de final de mes. Un par de capítulos, aunque sea. Lo que tengas.

Le prometí que lo tendría, le aseguré que no habría ningún problema y corté la llamada con un suspiro. Me quedé mirando la pantalla apagada con la desagradable sensación de haber prometido algo sin tener ni idea de cómo iba a cumplir mi palabra.

El llanto sincronizado de las gemelas anunció el fin de la fiesta y el regreso al mundo real.

Para intentar calmarme, decidí darme una ducha.

Necesitaba cinco minutos bajo el agua, a solas, sin que nadie me pidiera nada, ni tener que cumplir las expectativas de nadie.

Y antes de que el comité de buenas madres se me eche encima acusándome de negligencia, en mi defensa diré que las gemelas llevaban ya un rato tranquilas en la alfombra de actividades con las canciones infantiles que les encantan y dejé la puerta el baño abierta de par en par para escuchar si pasaba algo.

Me metí bajo el chorro helado con los ojos cerrados, dejando que el agua me empapara entera, implorando al universo que me enviase alguna idea brillante que me sacara de mi bloqueo creativo y me despejara la mente aunque fuera un poco.

Durante dos minutos, escuché al payaso Plimplim cantar su banda sonora infernal mezclado con la risa aguda de Alma.

Al tercer minuto oía el piano blandito, esa era Vera seguro.

Y en el quinto, me di cuenta sintiendo un escalofrío de que ya no escuchaba a las niñas, solo la canción sonando de fondo.

Las llamé a gritos desde la ducha, pero evidentemente ninguna me iba a contestar…

El pánico comenzó a inundarme. En los quince segundos que tardé en cerrar el grifo y salir a trompicones, me dio tiempo a imaginar todo tipo de escenarios horribles, cada uno peor y más sangriento que el anterior.

Salí del baño a toda prisa envuelta en la toalla, chorreando espuma y con el pelo lleno de mascarilla.

Me pegué un resbalón monumental en el suelo del pasillo que me hizo chocar con el tabique, dejando mi silueta mojada en la pared y aplastándome el dedo meñique del pie contra el rodapié.

Llegué al salón con el corazón a doscientos y el dedo latiendo a su ritmo.

Las dos estaban perfectamente.

Alma seguía en el centro de la manta, siguiendo el ritmo de la música con los brazos como una directora de orquesta en miniatura y Vera observaba muy concentrada a Dulce, que intentaba desesperadamente sacar un muñeco de goma atascado debajo del sofá, metiendo la patita con saña.

Me quedé petrificada en la puerta, sujetando la toalla por una esquina, desnuda, goteando y llena de jabón. Oreo me miraba con los ojos como platos desde la alfombra.

—Ni una palabra —le advertí con voz de psicópata, señalándole con el dedo.

Oreo no dijo nada, faltaría más, pero tampoco le hizo falta. Mis pintas de loca dejaban todo bastante claro.

Las madres siempre pensamos que lo peor es escuchar un golpe fuerte o un llanto desgarrador, pero no. Lo peor, con diferencia, es el silencio que te hiela la sangre.

Según pasaban las horas, mi agobio fue en aumento hasta bloquear las pocas neuronas que me quedaban en pie.

Mientras preparaba la cena, en un intento desesperado — o huida cobarde, según se mire— por deshacerme de la presión que me oprimía, se me ocurrió la brillante idea —modo irónico activado— de mandarle un audio a Elena para sincerarme con el progreso de mi fraudulento manuscrito y aclarar las cosas.

Dicen que de los errores se aprende, pero en mi caso, está demostrado que esto no se cumple.

Abrí el WhatsApp, vi su último mensaje con un ¨ perfecto gracias, Sara, luego te llamo¨ , entré en el chat y pulsé el botón del micrófono para grabar: