CAPITULO 6
Lo primero que hago nada más abrir los ojos y después una visita rápida al baño, es salir descalza a la terraza para llamar a Carmen.
Pero que conste que no lo hago en plan madre histérica, desconfiada y controladora, ¿eh?
Es solo para saber cómo van las cosas por allí.
De hecho, estoy totalmente tranquila y relajada flotando en una nube, como si me hubieran recargado las pilas de golpe después de meses funcionando al cuatro por ciento.
Y, como sé perfectamente lo que estáis pensando, aclaro que no me refiero a ese tipo de pilas…
bueno, o tal vez sí, que para eso hemos venido, no nos vamos a engañar.
—Las niñas están perfectamente —me saluda mi suegra.
—¿Te han dejado dormir algo?
—Como dos angelitos, de verdad. Han dormido estupendamente. Vosotros muy bien, imagino. ¿No?—No sé si son alucinaciones mías, pero noto cierto retintín en su voz.
—Sí… —respondo notando como el calor me sube por el cuello y poniéndome roja—. Nosotros también muy bien. El hotel es muy tranquilo, la verdad.
—¡Estupendo! Vosotros aprovechad, que la vida pasa muy rápido. Luego hablamos.
Cuelgo con las mejillas ardiéndome y me quedo mirando el bosque, intentando decidir si mi suegra acaba de insinuar lo que estoy pensando. ¡Vaya con Carmen!
Regresamos a la civilización el domingo a media tarde, después de dar un último paseo romántico por el bosque.
Durante el trayecto de vuelta, me debato en silencio entre la nostalgia por los recuerdos que se quedan atrapados entre las paredes de la cabaña y las ganas de devorar a besos a mis hijas.
Miro de reojo a Leo, que va tarareando una canción de Melendi que suena bajita en la radio con una mano sobre el volante y la otra en la palanca de cambios.
Parece totalmente relajado y me doy cuenta de que quizá esta escapada no nos hacía falta solo como pareja, sino que también le hacía falta a él.
Porque últimamente estoy tan ocupada intentando sobrevivir al día a día, que a veces se me olvida que Leo también sobrevive conmigo.
Al llegar a la urbanización, me tranquiliza ver que la casa sigue en pie.
No hay ambulancias, patrullas de policía ni servicios de emergencia aparcados en la puerta, lo cual ya es un comienzo prometedor.
Cuando entramos veo que las gemelas están perfectas, las dos dormidas en sus cunas mientras Carmen recoge sus bártulos.
—¡Mis bebés! —susurro emocionada, dejando caer el bolso al suelo y asomándome al borde de madera, con la extraña paradoja de haberlas echado de menos pero a la vez haber bendecido cada segundo que he pasado lejos de ellas.
El que no está para fiestas es Oreo, que aparece desfilando el pasillo hacia nosotros con la dignidad herida.
Se sienta delante de mí, con la espalda rígida, pasando su mirada gélida de las maletas a mi cara.
Pero cuando me agacho para ganarme su perdón con una caricia, me hace la cobra con un movimiento de cabeza digno de Matrix.
Se levanta, da media vuelta y se aleja con la cola tiesa, logrando—y disfrutando— castigarme con el látigo de su indiferencia. Me lo tengo merecido por abandonarle.
Dulce, en cambio, aparece detrás de él a toda velocidad, se enreda en mis piernas en un ataque de euforia, intenta escalar por mi pantalón y, tras caerse de espaldas con un golpe seco contra el suelo, se incorpora como si nada hubiera pasado y sale corriendo, arroyando la maleta a su paso.
Está claro que cada uno gestiona el abandono cómo buenamente puede…
Tras darnos el parte detallado de las últimas cuarenta y ocho horas, Carmen se cuelga el bolso del hombro dispuesta a marcharse. Está a punto de abrir la puerta para irse, cuando se para en seco y se da la vuelta.
—Ay, qué cabeza tengo, que me dejo las gafas de leer arriba.
—Espera, no te preocupes, que ya subo yo a por ellas…—me ofrezco dando un paso hacia los escalones.
—No, no, deja. Ya voy yo, qué sé dónde están.
Carmen sube hacia nuestra habitación con paso ligero mientras nosotros nos quedamos haciendo carantoñas a las niñas, que ya empiezan a desperezarse y a reclamar nuestra atención.
—Listo — anuncia Carmen un minuto después bajando por las escaleras mientras teclea en su teléfono móvil con una sonrisa radiante que le ilumina la cara—. Bueno, ahora sí que me tengo que ir. Que descanséis, que seguro que os hace mucha falta. —Me guiña un ojo y se va a toda prisa sonriendo.
Desde el salón escucho la puerta de la entrada cerrándose, mientras me quedo mirando fijamente hacia las escaleras sin moverme.
Hay algo que…
Espera un momento.
Subo las escaleras corriendo, de dos en dos, con un mal presentimiento que se confirma en cuanto entro en la habitación.
Yo juraría —pondría la mano en el fuego, los dos pies y hasta mi colección de bolsos— que el cuaderno fucsia que utilizo de diario estaba colocado de forma totalmente diferente cuando me marché el viernes.
De hecho, está boca abajo, con la goma apoyada contra la madera y yo siempre, pero siempre, lo dejo al revés.
¡Mierda!
Le quito la goma de un tirón y paso las páginas frenéticamente de atrás hacia adelante, intentando desesperadamente recordar lo más rápido posible lo que he dejado por escrito en las últimas semanas.
Demasiadas cosas. Confesiones de alto voltaje, quejas sobre nuestra sequía sexual, frustraciones de madre desbordada, alguna crítica sutil… entre otras muchas lindezas.
Joder, joder, joder…
Me acerco a la ventana, descorriendo la cortina de un manotazo y veo que Carmen ya se ha montado en el coche.
Al verme entre las cortinas, saca la mano por la ventanilla bajada y se despide sin dejar de sonreír, arranca y se marcha calle abajo con toda la tranquilidad del mundo.
Me ha guiñado un ojo. Estoy segura de que me ha guiñado un ojo.
Me quedo observando la calle vacía con el cuaderno apretado contra mi pecho y la certeza de lo que acababa de pasar.
¡Tierra, trágame y escúpeme en la otra punta del mundo, por favor!
Esa misma noche, tras decidir una nueva ubicación secreta para mi diario que no esté a la vista de todos—lo voy a enterrar debajo del colchón en mi lado de la cama, muy original, lo sé… sigo admitiendo sugerencias a la misma dirección de e-mail de antes— lo abro y escribo:
Domingo.
¡Socorro! Que alguien llame a los Geos de inmediato.
Necesito tramitar una mudanza internacional de urgencia. A poder ser, a otro continente. Incluso a un planeta remoto en el que no exista la cobertura móvil.
Carmen ha leído mi diario.
No sé cuánto exactamente, pero he releído las últimas páginas intentando calcular el nivel exacto de la tragedia y puedo confirmar que hay detalles que jamás, bajo ningún concepto divino ni terrenal, deberían caer en manos de tu suegra.
Jamás de los jamases. En este momento me arrepiento muchísimo de lo detalladas que están algunas situaciones y, más concretamente, lo detalladas que están algunas situaciones íntimas con Leo.
Ahora entiendo el significado real de sus comentarios durante el fin de semana. No eran simples indirectas amables, eran misiles teledirigidos cargados de dobles sentidos por todo lo que había leído sobre lo que solemos hacer y… las ganas de lo que no podemos hacer muchas veces.
¡Qué vergüenza, por favor! Qué vergüenza…
Hay cosas que no debería leer nadie, pero tu suegra, o tus propios padres. ¡Menos todavía!
¿Por qué coño tendré la necesidad de escribir estas cosas?
¿Por qué? ¡Seré imbécil!
A ver, lo que ha hecho Carmen está fatal y no tiene justificación, pero yo también tengo parte de culpa por dejarlo a la vista. Mira que siempre lo llevo conmigo en el bolso a todas partes, pero con las prisas, se me olvidó por completo.
La próxima vez que la vea voy a tener que fingir una pérdida temporal de memoria o mudarme a otra comunidad autónoma. Igual me hago apicultora en un pueblo remoto de Soria y no vuelvo.
Sinceramente, creo que nunca volveré a mirar a mi suegra igual después de esto.
Desde los pies de la cama, Oreo me mira fijamente con cara de te lo mereces por dejar todo tirado, incluido a mí.
¡Encima!
*****
Hay cosas que, una vez escritas, ya no se pueden borrar. Y hay personas que, una vez que las leen, ya no las pueden olvidar.
Yo, desde luego, he aprendido la lección.
Aunque sospecho que Carmen va a tardar bastante más en olvidar ciertas partes que yo en superar esta vergüenza.