CAPITULO 5 #2
Nos levantamos los dos a la vez sin decir nada y, tras pedirle al camarero que nos lo cargue a la cuenta de la habitación, cruzamos el vestíbulo hacia el exterior, devorándonos con la mirada y las manos entrelazadas.
En cuanto dejamos atrás la calidez de la cabaña principal, el aire fresco nos golpea en la cara.
Caminamos a paso rápido por el camino empedrado, rodeados por la penumbra de la noche iluminada por los farolillos situados a los lados del sendero.
Pero a mitad de camino, cuando terminamos de cruzar el puente de madera sobre el arroyo, con el rumor del agua corriendo bajo nuestros pies, Leo me frena en seco de un tirón.
Me empuja de espaldas contra el tronco rugoso de un pino enorme y me besa como hacía meses que no lo hacía, devolviéndome de golpe a un tiempo en el que la pasión nos desbordaba sin que nadie nos interrumpiera.
Una era en la que el agotamiento no nos hacía caer dormidos en cuestión de segundos dejando al otro con las ganas.
Un tiempo en el que nuestra intimidad nos pertenecía solamente a nosotros.
Me coge la cara con las dos manos y abre la boca contra la mía de forma posesiva, lamiéndome el labio inferior antes de morderlo con una suavidad dolorosa y adictiva.
Apenas puedo retener un gemido. Presiono mi cuerpo contra el suyo, buscando su calor, mientras él sonríe contra mis labios antes de profundizar el beso con una intensidad salvaje.
Joder…
Sabe a vino tinto y a él, pero sobre todo sabe a una versión suya indomable que llevaba meses sin probar y que acabo de recordar cuánto echaba de menos.
Mis manos se enredan en su pelo revuelto, tirando de él hacia atrás, mientras una de sus manos se desliza por mi cuello, rozándome con el pulgar el hueco de la clavícula, y continúa su camino por encima de mi ropa hasta detenerse justo debajo de mi pecho, arrancándome un suspiro que se pierde entre los árboles del bosque.
Cuando conseguimos separarnos, salimos corriendo por el sendero, tropezándonos y riéndonos a oscuras hasta llegar al porche de nuestra cabaña.
Leo abre la puerta de un manotazo y la cierra de golpe con el pie a nuestras espaldas, sin soltarme ni un momento.
Me acorrala contra la madera de la entrada, pegando su cuerpo al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclan en la oscuridad del recibidor.
Sus manos escalan hambrientas por mi espalda, rozándome apenas con las yemas de los dedos, provocándome un escalofrío salvaje que me sacude entera.
—Te he echado muchísimo de menos —murmura contra mi boca, con la respiración entrecortada.
Vivimos bajo el mismo techo, dormimos en la misma cama y compartimos una vida entera, pero entiendo perfectamente lo que quiere decir.
Su pulgar dibuja un círculo por encima del encaje de mi sujetador, erizándome la piel y provocando que arquee la espalda contra la pared sin poder evitarlo.
Leo aprovecha mi movimiento para deslizarme un tirante del vestido por el hombro y morder la piel desnuda, mientras la tela cae por mi cuerpo hasta la cintura.
Su boca sube lentamente por mi cuello dejando un rastro húmedo a su paso, deteniéndose justo debajo de mi oreja, en un punto que me desarma por completo.
Sus manos me acarician con una lentitud casi cruel, centímetro a centímetro, como si disfrutara saboreando cómo tiemblo bajo sus dedos antes incluso de tocarme de verdad.
—No veía el momento de tenerte solo para mí —susurra contra mi piel, jadeante.
Y lo peor es que sí lo sé, porque llevo exactamente el mismo tiempo necesitando esto.
Necesitándole a él.
—Ven aquí— Le ordeno, agarrándole del cuello de la camisa con las dos manos y tiro de él hacia la cama.
Leo se ríe entre dientes y obedece, pero en un movimiento brusco y posesivo me levanta en vilo por la cintura y me deja caer en mitad del colchón, aplastando sin piedad los pétalos rojos contra las sábanas.
El aroma de las rosas me rodea por completo.
Sus dedos se hunden en mi piel arrancándome suspiros de anticipación, mientras ascienden por la cara interna de mis muslos con una parsimonia desquiciante, torturándome adrede.
Pero cuando intento girarme sobre el colchón para tomar el control, Leo me sujeta las muñecas contra las sábanas, bloqueándome y obligándome a esperar.
Se aparta para mirarme desde arriba, respirando agitadamente, con las pupilas totalmente dilatadas y noto como el calor me sube por todo el cuerpo de una manera casi insoportable.
—Sara… —dice mi nombre en un susurro apenas audible, como si le costara mantener el control—. Llevo semanas pensando en esto.
—Demuéstramelo.
Fuera, el bosque permanece silencioso y oscuro tras el ventanal, pero dentro de la cabaña se escucha el roce de las sábanas contra nuestra piel desnuda y los pequeños suspiros que se mezclan con nuestra respiración entrecortada.
Y durante un rato, me olvido del mundo. No pienso en nada que no sean sus manos, su boca hambrienta y esa forma de mirarme como si yo siguiera siendo lo mejor que le ha pasado nunca.
Y lo más peligroso de todo es que, cuando Leo me mira así… todavía me lo creo.
Más tarde salimos al jacuzzi de la terraza envueltos en los albornoces blancos del hotel.
Hace algo de frío, pero el agua caliente levanta una cortina de vapor a nuestro alrededor suavizando la temperatura.
El bosque permanece completamente oscuro y silencioso al otro lado de la barandilla.
Me quito el albornoz y el aire frío acaricia mi cuerpo, me meto en el agua deprisa y me apoyo contra el borde de madera con los ojos cerrados, sintiendo las piernas temblorosas. Qué maravilla.
—Se te ve mucho más relajada ¿eh? —bromea Leo a mis espaldas, salpicándome un chorro de agua a traición para sacarme de mi trance.
—No tengo ni idea de quien será el culpable…
Leo suelta una carcajada y me atrae hacia él hasta sentarme entre sus piernas, pegando mi espalda contra su pecho mojado. Aparta con delicadeza el pelo mojado de mi cuello y me besa suavemente detrás de la oreja.
—Necesitamos hacer esto más veces.
—¿Escaparnos?—pregunto, dejándome flotar apoyada en él.
—No. Encontrarnos.
No sé qué demonios tiene esta cabaña aislada, este bosque o este hombre, pero siento que podría enamorarme de Leo otra vez aquí mismo.
¡Menudo peligro tienen estas escapadas!
A las dos de la madrugada seguimos despiertos, abrazados entre las sábanas revueltas.
La penumbra de los farolillos de la entrada se cuela por el ventanal en una luz tenue que apenas ilumina las suaves formas de nuestros cuerpos desnudos.
Apoyo la cabeza contra su pecho y él me acaricia el pelo lentamente, en un ritmo hipnótico, mientras yo escucho el sonido tranquilo de su respiración.
—No entiendo por qué hemos dejado pasar tanto tiempo —comenta rompiendo el silencio.
—¿De verdad necesitas que te lo explique?
—No… A lo que me refiero es que no tenemos que dejar pasar tanto tiempo. Necesitamos tiempo para nosotros. Te necesito a ti, Sara.
Le doy un beso suave en el pecho, encima de su corazón y me quedo pensando en silencio. Tiene razón, por muy difícil que nos parezca, necesitamos sacar tiempo para nosotros. El problema, es que no tengo ni la más remota idea de cómo vamos a sacar tiempo de donde no lo hay.
*****
Solemos creer que el amor se rompe en las grandes crisis como las infidelidades, las mentiras, las despedidas… Pero la mayoría de las veces no ocurre así.
La mayoría de las veces el amor se desgasta en cosas mucho más pequeñas como el cansancio, en los platos sin recoger, en los biberones de las tres de la mañana o en las conversaciones que dejamos para mañana.
Por eso, quizá, querer a alguien de verdad no consiste solo en elegirle una vez, sino en seguir encontrándole cada día, incluso cuando la vida hace todo lo posible por esconderos el uno del otro.