CAPITULO 5
Aunque me da vergüenza admitirlo, las gemelas ya tienen seis meses y todavía no sabemos distinguirlas. Sí, lo sé, parece increíble pero… es la cruda realidad.
Bueno, Leo dice que él sí las diferencia perfectamente, que Vera le mira de una forma diferente a como lo hace Alma, y que Alma tiene un tic en la mano izquierda cuando está a punto de llorar que su hermana no tiene.
Pero la realidad es que ninguno de los dos las diferenciamos y eso, como madre, es de esas cosas que te hacen sentir culpable.
Son prácticamente idénticas salvo por un lunar pequeño y oscuro que tiene Vera en el glúteo derecho, pero una vez vestidas la verdad es que no sé cuál es cual.
¡Estupendo! Para diferenciar a mis hijas, necesito verlas el culo… de juzgado de guardia.
Para intentar atajar el problema llevamos semanas probando diferentes estrategias, porque ahora que gatean ya no basta con dejarlas en su hamaca o cuna correspondiente.
El primer experimento fue hace tres semanas, con un rotulador azul le pinté una rayita finísima en el empeine del pie derecho a Alma, discreta e inofensiva, pero la tía se la borró a los veinte minutos.
No sé cómo lo hizo, no entiendo cómo un bebé que no controla todavía sus propios brazos con precisión consigue borrarse una marca de rotulador en el pie, pero lo ha hecho y si esto es una muestra de lo que me espera con Alma en los próximos años, ya me puedo ir preparando.
Desde entonces hemos probado a ponerle un lacito de distinto color a cada una en el pelo, que se quitan al momento.
Zapatitos diferentes, que no les duran ni diez minutos puestos y una pulserita de goma, que también consiguen quitarse.
Se me acaban las ideas, porque tampoco puedo tenerlas todo el día desnudas.
Si a alguna de las presentes se le ocurre alguna idea que pueda funcionar—legal e inofensiva a ser posible— estaré encantada de recibirlas en [email protected] .
El problema es que este fin de semana Leo y yo vamos a hacernos una escapada los dos solos para tener algo de tiempo en pareja, que buena falta nos hace. Y se va a quedar Carmen, mi suegra, con ellas en casa.
Y aunque normalmente nos encanta vestirlas iguales porque nos hace mucha gracia ver las reacciones de la gente, esta vez le he dejado preparados conjuntos totalmente diferentes para que pueda distinguirlas, porque conociéndola es capaz de darle dos veces el biberón a una y dejar a la otra pobre mía muerta de hambre.
El viernes por la tarde, Carmen llega a las cinco y media con una maleta pequeña y una alegría desbordante propia de quien todavía no sabe lo que le espera, porque solo ha disfrutado de ellas a ratos.
Y yo, presa de los nervios, porque básicamente padezco el síndrome de no fiarme de nadie que no sea yo misma, me dispongo a darle instrucciones.
—A ver Carmen, un par de cositas…
Y le suelto un discurso sobre cómo y cuándo darles las tomas, le recalco que tenga el conejito de Vera siempre a su alcance porque si no llora, le insisto que la hamaquita de Alma tiene que ponerla a velocidad dos —pero dos, no tres— porque se marea, le prohíbo que Dulce duerma en la habitación de las niñas aunque lo intente porque las despierta y le explico que Oreo a veces desaparece en el jardín, pero que siempre vuelve, por lo que no hay qué preocuparse.
Y antes de que alguna piense—que sé que las hay—que soy una exagerada agobiante, que al fin y al cabo es mi suegra y se sabrá apañar perfectamente, aclaro que soy plenamente consciente de ello.
Lo sé, de verdad. Pero hay un momento cuando dejas a tus hijas por primera vez con alguien durante tanto tiempo, en que la parte racional de tu cerebro coge el AVE a Soria para irse a recolectar amapolas y la parte histérica, toma el mando del operativo.
Carmen me escucha con una paciencia infinita, asintiendo despacio de vez en cuando, sin dejar de sonreír condescendientemente como buena mujer que ya ha pasado por todo esto y a la que estoy aburriendo soberanamente.
—¿Seguro que lo tienes todo claro? —le pregunto por tercera vez—Te lo puedo dejar apuntado en una hoja si quieres, así si se te olvida algo puedes consultarlo y…
—Hija, por dios. ¡Que he criado dos hijos! —me coge de las manos y me las aprieta enfatizando sus palabras— No te preocupes por nada, vete tranquila que todo va a estar bien. Tú solo preocúpate de disfrutar.
—Cualquier cosa nos llamas, ¿eh? ¿Quieres que te apunte el teléfono del hotel por si se nos apagan los móviles o no tenemos cobertura allí o…?
Leo aparece en ese momento por el pasillo arrastrando la maleta y, sin darme tiempo a añadir nada más, me coge de la mano con firmeza tirando de mí hacia la puerta de la entrada.
—Vámonos, Sara.
—Pero es que todavía no le he explicado lo del…
Pero la puerta de casa ya está cerrada antes de que pueda terminar la frase. ¡Verás!
El hotel es pequeño, íntimo y tranquilo, con un encanto rústico espectacular.
Son unas cabañas de madera oscura con tejados de pizarra negra, camufladas entre robles centenarios en mitad de un bosque frondoso de la sierra de Madrid.
Al bajar del coche, la tranquilidad que se respira me deja sin palabras.
Solo se escucha el canto animado de los pájaros y el susurro del viento al moverse entre las ramas, acompasado con el murmullo de un arroyo que bordea la parcela.
Madre mía, cuánto silencio.
Tras dejar el coche en el camino de tierra de la entrada, nos asignan una cabaña para nosotros.
Está forrada de madera oscura, con techos altos y vigas vistas.
A la derecha, una puerta corredera de cristal conduce a un baño rústico con una ducha doble con cabezal de efecto lluvia—¡Una ducha doble!
La veo súper práctica para ciertas cosas que no implican necesariamente el gel de baño— y el centro de la habitación lo ocupa una cama de matrimonio enorme cubierta por un manto de pétalos de rosas rojas, a la que espero darle bastante más uso que el simple de dormir.
La pared izquierda es un ventanal panorámico que enmarca unas vistas preciosas a los pinos y robles, y da acceso a una terraza privada con un jacuzzi exterior, también de madera, que me hace desear automáticamente que llegue esta noche.
Me quedo parada en el centro de la habitación en cuanto el recepcionista cierra la puerta, mirando la cama como quien mira una botella de agua después de cruzar el desierto a gatas. Con necesidad. Muchísima necesidad.
Me parece tan surrealista…
—¿Estás bien? —pregunta Leo desde la entrada.
—Sí. Es solo que no recuerdo la última vez que estuve tranquila sin que nada ni nadie reclamara mi atención…
Leo coloca la maleta abierta sobre la banqueta junto al armario, se acerca a mí despacio y me rodea con los brazos desde atrás, apoyando la barbilla en mi hombro.
—Pues este fin de semana nadie te va a pedir absolutamente nada. Salvo yo, que pienso reclamarte entera para mi—murmura en mi oído poniéndome el vello de la nuca de punta en un microsegundo— y a ser posible desnuda.
—Mmmm. Suena tentador…—le respondo girándome entre sus brazos y enredando mis dedos en su pelo revuelto.
Leo se aparta sonriendo, me guiña un ojo y saca una botella de champán rosado del minibar, mientras yo cojo la cajita de bombones de chocolate que veo encima de la mesa. Nos sentamos en la cama y le meto un bombón en la boca, dejando que mis dedos rocen sus labios húmedos.
—Cariño—me mira a los ojos con una gran sonrisa al tiempo que me entrega la bebida burbujeante— Bienvenida a nuestro fin de semana.
A las nueve y media de la noche, tras un primer asalto del que no pienso desvelar ni un solo detalle —vaaaale, ha estado increíble, ¿contentas?— y una ducha rápida antes de salir a cenar, me pongo un vestido fino de color crema y salgo a la terraza para llamar a Carmen.
—Las niñas están perfectamente —me saluda mi suegra antes de que yo abra la boca.
—Gracias, Carmen. ¿Qué tal han…?
—Para eso estoy, hija. —Hace una pequeña pausa—. Y vosotros, ¿lo estáis pasando bien?
Soy perfectamente consciente, aunque no la pueda ver, de que está sonriendo al otro lado del teléfono.
—Sí... muy bien. La verdad es que nos hacía falta…
—¡Cuánto me alegro! No te preocupes por nada, está todo controlado. —de fondo, escucho a las gemelas balbucear y reírse entre ellas— Intentad descansar, que seguro que también os hace falta.
Cuelgo con la sensación de que esa última frase tiene más capas de las que estoy procesando ahora mismo, pero Leo me está esperando para ir a cenar y ese análisis puede esperar hasta mañana.
No tenemos ganas de perder tiempo en trayectos ni de coger el coche, así que nos acercamos al restaurante del hotel en la cabaña principal, donde disfrutamos de la cena sin prisa, saboreando cada minuto de silencio y tranquilidad como si fueran un lujo carísimo al que no estamos acostumbrados.
La carne a la brasa está increíble, jugosa y en su punto, las patatas con mantequilla prácticamente se deshacen solas en la boca y el vino tinto va deshaciendo la tensión que llevamos meses arrastrando.
—¿Quieres postre? —pregunto mirando la carta— He visto pasar antes un coulant de chocolate hacia la mesa de al lado que tenía una pinta…
Leo levanta la vista hacia mí despacio, dando un trago a su copa de vino. La luz de la vela de la mesa parpadea en sus ojos, dándoles un brillo oscuro y peligroso.
—Sí, quiero postre—Me mira entornando los ojos de una forma un tanto lasciva, repasando el escote de mi vestido—. Pero no de chocolate.
—Ah…
Madre mía.
Trago saliva. La forma en que lo ha soltado hace que el calor me suba directamente desde el estómago hasta las mejillas en cuestión de segundos y Leo lo sabe, porque mantiene la mirada fija en mí mientras deja la servilleta de tela sobre el mantel con una tranquilidad pasmosa.