Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 4 #3
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CAPITULO 4 #3

Trato de rebobinar en mi cabeza para recordar por dónde me llegaba, hasta que estalla la guerra en el salón.

Vera se pone a llorar a todo pulmón, con la cara roja y los puños apretados, porque Alma le ha quitado un cubo rojo.

Así que antes de que la sangre llegue al río, me acerco para devolvérselo, las separo una en cada esquina de la alfombra y vuelvo al portátil.

Y en el puñetero instante que voy a posar los dedos sobre el teclado, me llama Leo por teléfono para preguntarme qué tal va el día.

Cojonudo va, cariño. De maravilla.

Miro el reloj del horno y veo que ya son las cinco y cuarto de la tarde.

Joder. Así no hay manera.

A las seis, después de haber tenido que mediar otras tres veces entre las gemelas y una más entre Dulce y Oreo por un ratón de cuerda descabezado, decido que lo único viable que me queda para conservar mi salud mental es salir a dar un paseo por el parque para airearme yo y, de paso, cansar a las fieras antes del baño.

Las gemelas van en el carrito doble muy tranquilas, observando todo lo que pasa a su alrededor sin perder detalle.

Después de dar dos vueltas al perímetro del parque, me siento un rato en un banco de madera aprovechando que a las niñas les encanta mirar a los niños mayores en los columpios mientras devoran unas galletas.

El sol de la tarde empieza a caer entre los árboles, tiñendo el cielo de un tono anaranjado precioso.

Cuando terminan su merienda, me dispongo a retirar el rastro de babas y migas y abro el compartimento de almacenaje que tiene el carrito bajo el asiento para sacar el paquete de toallitas.

Pero me quedo a cuadros al encontrarme a Oreo dentro.

Está hecho un ovillo perfecto entre las toallitas y la bolsa de los pañales, dormido en el único espacio tranquilo que ha encontrado para escapar al acoso de Dulce.

Miro nerviosamente a mi alrededor,  rezando a todos los dioses para que no aparezca ningún perro suelto que lo asuste, pero Oreo se limita a abrir un ojo, me mira con pereza y lo vuelve a cerrar sin mover ni un solo milímetro de su anatomía.

—¿Pero cuánto tiempo llevas ahí metido?

En ese momento pasa por delante de nuestro banco una vecina mayor llevando de la mano a su nieto.

—¡Ángel mira! ¡Qué monada de gatito! —exclama la mujer parándose en seco como si hubiera visto un unicornio—. Que gracioso, ¿también lo lleváis de paseo?

—Pues mire, parece ser…—respondo sin perder de vista a Oreo.

Definitivamente, mi vida cada vez es más surrealista.

Esa noche después de cenar, cuando por fin consigo un rato de paz, rescato mi diario y lo abro por la primera página en blanco:

Sábado.

Hoy he descubierto que me he pasado todo el día con un calcetín negro de lunares blancos y otro azul de flores rosas.

He estado paseando media tarde por el parque así, convencida de que iba monísima con mis vaqueros piratas nuevos.

Ahora entiendo por qué una señora me miraba tanto los pies. Y yo pensando que había pisado algo…

También he descubierto que Oreo utiliza el compartimento de abajo del carrito de las gemelas como escondite para huir de Dulce.

No tengo ni idea desde cuándo lo hace, pero me hace pensar que su estancia en esta casa, la lleva bastante peor de lo que yo pensaba.

Pobrecito mío, espero no haberme equivocado al traerla a vivir con nosotros.

Pero lo que más me preocupa, es Lara. Marcos y ella han vuelto a discutir ante la posibilidad de mudarse.

Sé que Lara lo está pasando fatal y que no puede evitar comparar esta situación con el calvario que vivió con Javier.

Aunque yo creo que no tiene por qué pasar lo mismo ahora.

Marcos no es Javier, gracias a Dios. Marcos jamás le haría eso. Estoy segura.

Pero no sé qué hacer para ayudarla. No sé si debería decir algo o quedarme callada. Siento que la situación se les está yendo de las manos y que yo no puedo hacer nada al respecto.

Ojalá existiera una forma de querer a la gente que te importa sin sufrir cuando lo hacen ellos. Aunque supongo que entonces tal vez no les querrías de verdad…

¿Qué se hace cuando ves que la relación de tu mejor amiga se va a la mierda?

Y, sobre todo ¿tienes algún derecho a entrometerte en una decisión que no es tuya?

Cierro el cuaderno después de un rato mirando al techo de la cocina sin obtener ninguna respuesta convincente. Desde su cojín, Oreo me mira con los ojos medio cerrados mientras Dulce duerme echa un ovillo dentro de su caja de cartón, completamente ajena al tsunami que va sembrando a su paso.

Qué suerte tienen algunos.

Esta vez, sin embargo, no consigo descifrar la expresión de Oreo. Quizás porque cuando no hay nada que decir, lo único que sirve es que alguien se quede a tu lado acompañándote en silencio. Y en eso Oreo es único.

*****

Hay personas que te dicen que están bien aunque sepas perfectamente que es mentira.

El problema, es que a veces no puedes hablar sin entrometerte, pero tampoco puedes quedarte callada sin sentirte culpable.

Y al final lo único que puedes hacer es quedarte cerca y esperar.

Aunque esperar, cuando quieres a alguien de verdad, sea probablemente de las cosas más difíciles que existen.