CAPITULO 4 #2
Las lágrimas corren por sus mejillas sin que ella haga ningún esfuerzo por detenerlas, dejando unos surcos en su maquillaje. Se me encoge el corazón al verla así. Me levanto, rodeo la mesa del comedor y la abrazo por los hombros desde atrás, dándole un beso tierno en lo alto de la cabeza.
—Sara, esto ya lo he vivido—confiesa contra mi brazo con los ojos hinchados—Las relaciones a distancia no funcionan; lo aprendí por las malas. No quiero pasar por esto otra vez, no puedo.
La abrazo en silencio mientras ella llora desconsoladamente y el café se va enfriando entre sus manos.
—Estoy bien —murmura después de un rato, secándose las mejillas con la manga de su camiseta—Es solo que, desde que se lo ofrecieron en marzo, no hacemos más que discutir por todo.
Muchas veces son tonterías, pero llevamos así mucho tiempo y yo ya no sé ni cómo actuar cuando estoy con él para que no salte todo por los aires…
Estoy devanándome los sesos pensando qué decirle para consolarla, cuando de repente y sin previo aviso, Lara se recompone enderezándose en la silla, se suena con un pañuelo de papel que saca de su bolso y cambia de tema rápidamente.
—Basta de flagelarse por hoy. Yo no había venido para hacer terapia de pareja, te lo juro. —agarra su móvil de encima de la mesa, teclea algo a toda velocidad y me pone a un palmo de la nariz la pantalla de su móvil con la aplicación de Goodreads abierta.— ¿Has leído esta puta maravilla?
Es una reseña de mi primera novela. La leo esbozando una sonrisa porque es larga, bastante larga, de hecho.
Analiza los personajes uno a uno, menciona las borderías de Oreo y acaba confesando que la historia le ayudó a cambiar la imagen que tenía de sí misma, aprendiendo a aceptarse con sus fallos, aunque sean muchos.
¡Me ha puesto cinco estrellas como cinco soles!
Doy palmadas rápidas mientras boto de alegría en la silla, que es la reacción normal de cualquier persona adulta y madura. Pero cuando levanto la vista de la pantalla, veo que Lara tiene los ojos brillantes otra vez.
—Es que eres buena, Sara —musita mirando la reseña en su teléfono—De verdad, tienes talento.
—Anda, calla. Que no es para tanto.
—En serio… —insiste agarrándome de la muñeca—tienes que empezar a creértelo de una puñetera vez.
Le devuelvo el móvil intentando quitarle importancia con un ademán de la mano, pero en realidad siento una mezcla absurda entre alegría y unas ganas tremendas de echarme a llorar.
Porque cuando alguien de tu entorno te dedica un cumplido, una parte de ti siempre piensa que te lo dice por animarte.
Pero cuando lo escribe una desconocida desde su casa, alguien que no te debe absolutamente nada y que ha leído tu historia sola, sin conocerte, sin ponerte cara, y aun así decide dedicarte diez minutos de su valioso tiempo para contarte que algo de lo que tú escribiste le hizo pensar… eso no tiene precio.
En ese momento, Dulce entra al salón como una kamikaze, persiguiendo algo que ninguna de las dos vemos, rebota contra la pata de la mesa haciendo temblar los caos de cartón, se reorienta en décimas de segundo y sale disparada hacia el pasillo, derrapando sobre el parqué de una forma que ríete tú de Fast & Furious.
—¿Qué coño persigue esta loca?—pregunta Lara estupefacta.
—Ni idea. A veces creo que esta gata ve cosas que nosotras no vemos. Igual la casa venía con fantasmas incluidos, ya no me extrañaría.
A mi lado, Oreo contempla la retirada de Dulce con una expresión que lleva semanas evolucionando, porque ya no es la indignación de los primeros días, sino algo más parecido a la resignación de quien ha entendido que comparte casa con alguien sin remedio y que lo único que puede hacer al respecto es armarse de paciencia y esperar a que madure.
Lo cual, en el caso de Dulce, bien podría ser nunca.
—Pues a mí me parece monísima —comenta Lara, dándole el último trago a su café.
—Es un puto trasto, Lara. Nos trae a todos de cabeza, al primero al pobre Oreo.
—Ya, no te digo yo que no, pero es un trasto monísimo.
Por la tarde, cuando Lara ya se ha marchado y las gemelas están gateando por la alfombra del salón, rodeadas de juguetes de plástico de colores chillones, con cara de que hoy no tienen intención de aguantar mucho tiempo entretenidas ellas solas, intento continuar mi manuscrito de pie en la encimera de la cocina.
Milagro mediante, consigo encadenar dos frases seguidas bastante decentes y estoy enlazándolas con una tercera, saboreando mi pequeño triunfo, cuando Dulce salta a la encimera como un ninja peludo, pegándome un susto de muerte que casi me hace tirar el ordenador al fregadero.
Acto seguido, se pone a jugar con mis bolígrafos y me los tira al suelo uno por uno con la patita.
La bajo al suelo mientras ella protesta teatralmente, pero pierdo el hilo de la frase que estaba escribiendo.