CAPITULO 4
Dulce lleva exactamente un mes en casa y ya ha roto siete cosas, dos plantas y la poca estabilidad emocional que le quedaba a Oreo. Un mes en el que mi segunda novela sigue estancada en la misma frase y mis ojeras han alcanzado una tonalidad morada casi artística, pero esa es otra historia.
Hoy la víctima ha sido el jarrón de cristal de la entrada.
A ver, que en realidad no era ninguna reliquia familiar ni nada por el estilo, solo era uno de esos jarrones cilíndricos y baratos que compras en Ikea pensando que vas a poner flores frescas cada semana y que termina reconvertido en un bote triste lleno de bolígrafos sin tapa y tickets de la compra arrugados.
El problema no es el valor material, sino el escenario que tengo delante: un montón de cristales rotos esparcidos por el suelo de la entrada y a Oreo sentado justo al lado, inmóvil, con la espalda recta y cara de no haber roto un plato—ni un jarrón— en su vida.
—¡Oreo! ¿En serio?—le espeto cruzándome de brazos—¿No tenías otra forma de llamar la atención? Aparta de ahí, anda, que te vas a cortar.
Me quedo mirando a Oreo. Juraría que hasta levanta las cejas con un ¿ves? Te lo estaba diciendo, humana insensata, la delincuente es ella y tú dudando de mí.
—No ha sido tú ¿verdad?
Oreo parpadea muy despacio.
—Vale, de acuerdo, lo siento, te pido disculpas—concedo agarrando la escoba y el recogedor—Pero tampoco has hecho nada por impedirlo, ¿eh? Que se supone que eres el hermano mayor.
El pobre lleva un mes pagando el pato sistemáticamente porque Dulce siempre consigue evaporarse del crimen antes de que yo asome la cabeza, dejándole a él en con el cuerpo del delito.
Y, siendo justos, he de reconocer que el pobre está sufriendo un acoso y derribo psicológico diario por parte del terremoto tricolor.
La prueba está a apenas tres metros de nosotros.
Dulce, se ha adueñado del cojín gris favorito de Oreo y duerme ahora a pierna suelta bajo la ventana del salón, debajo de un rayo de sol.
Está completamente espatarrada, con una de las patas traseras colgando por el borde y ni siquiera se ha molestado en hacerse un ovillo, ocupa el cojín entero, boca arriba y enseñando su barriga sin ninguna vergüenza.
Oreo sigue mi mirada hasta el cojín y vuelve a girar el cuello lentamente hacia mí. Os juro que pocas veces he visto tanto resentimiento concentrado en una sola criatura. Si sus ojos fueran puñales, la gata ya sería confeti.
—Ya, ya lo sé. La vida es injusta, amigo —le consuelo en un susurro dejando la escoba a un lado para agacharme a rascarle detrás de las orejas.
El rey destronado se aparta de mí, se acerca a un par de pasos del cojín y se queda allí, analizando a Dulce con una mirada asesina.
Pero ella ni se inmuta, no se molesta en abrir los ojos, ni siquiera realiza un miserable movimiento de oreja para disimular.
Sigue roncando feliz de la vida sobre lo que ahora considera su propiedad conquistada.
Oreo suelta un bufido por la nariz —o algo muy parecido a un resoplido de indignación humano— y se marcha trotando hacia la cocina, claramente cabreado con el mundo en general y conmigo en particular.
Recojo los trozos grandes del jarrón, paso el aspirador por el recibidor rezando para que no quede ninguna esquirla traidora y compruebo que las gemelas siguen dormidas —milagro divino—.
Rescato el café que lleva veinte minutos esperándome, abandonado y completamente frío encima de la encimera, mientras intento decidir en qué punto del día se supone que tengo que sentarme a escribir.
Para solucionar este caos, en teoría, inventamos hace unos meses el sistema de turnos.
La idea era maravillosa sobre el papel. Se suponía que nos repartiríamos las noches en turnos de tres horas para atender a las gemelas mientras el otro intentaba dormir algo.
Y así, en teoría, ambos sobreviviríamos física y mentalmente al primer año de paternidad múltiple sin acabar divorciados por culpa del agotamiento.
Se suponía que iba a ser una rotación perfecta, a Leo le pareció una idea eficiente y a mí me pareció reconfortante, porque me daba la sensación de que había alguien con el control de la situación.
Aunque ese alguien seamos nosotros y de control vayamos bastante justitos los dos.
Pero, aunque al principio funcionó razonablemente bien, hace semanas que ya no lo hace.
A las que estéis pensando que esto era previsible, os diré que sí, que tenéis razón. Cualquier persona cuerda se habría dado cuenta de que estaba cantado que no iba a funcionar. Pero también os digo que la cordura, en general, es un lujo exclusivo de las personas que duermen.
Esta noche, sin ir más lejos, Leo se levantó a las tres para darle el biberón a Vera y me encontró despierta desde la una y veinte, sentada en pijama en el sofá escribiendo en mi diario.
Porque cuando las gemelas duermen es el único momento en el que mi cerebro funciona a algo parecido a su capacidad normal.
Y yo me levanté a las cinco menos cuarto convencida de que me tocaba a mí, pero me lo encontré a él en la mecedora de la habitación de las niñas con Vera dormida sobre su pecho y el portátil sobre las piernas, con un diseño a medias en la pantalla iluminándole la cara.
Estaba descalzo, con barba de tres días y en calzoncillos pero, aun así, estaba muy guapo.
Es profundamente injusto que algunos hombres parezcan modelos de Calvin Klein habiendo dormido una miseria, mientras el resto de los mortales nos despertamos con aspecto de haber sobrevivido a un apocalipsis zombi.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste del tirón? —me preguntó con la voz pastosa, medio dormido.
—No me acuerdo. Creo que ese término ya no figura en mi diccionario. ¿Tú?
—Tampoco…
El caso es que al final ninguno descansa, porque los dos estamos demasiado ocupados intentando que el otro lo haga.
Que en teoría es un detalle precioso y muy romántico, pero en la práctica nos está convirtiendo en una pareja de muertos vivientes.
Con buen corazón, eso sí, pero listos para ser enterrados en cualquier momento.
El timbre suena a media mañana con insistencia y en la pantalla del videoportero aparece Lara, con el pelo recogido en una coleta alta, tirante y perfecta, y unas gafas de sol enormes que le tapan media cara.
No me sorprende lo más mínimo, ya que tiene la maravillosa costumbre de presentarse en mi casa sin avisar y, desde que nacieron las gemelas, todavía más, porque dice que ahora tiene la certeza de no pillarnos en posturas indecentes o en un arrebato de pasión si viene por sorpresa. Y no sabe cuánta razón tiene…
Abro la verja y, un minuto después, la tengo plantada en la puerta con un café gigante para llevar en cada mano.
—¡Hola! ¿Estás muy ocupada? No sé ni para que pregunto… —dice repasándome de arriba a abajo, deteniéndose en mi pijama de lunares descolorido.
—Buenos días para ti también, miss simpatía.
—Pasaba por aquí y me he dicho « Lara, vete a rescatar a tu amiga del aburrimiento monumental en el que se ha convertido su vida» —Entra sin esperar a que la invite y echa un vistazo rápido al salón buscando a las gemelas con la mirada—. ¿Duermen?
—Milagrosamente, sí. Las dos. Un fenómeno paranormal que no sé cuánto va a durar.
—¡Perfecto! Así tenemos un ratito para nosotras antes de que nos ataquen los Gremlins.
Lara deja el bolso encima de una de las sillas del comedor y se desploma en otra. Yo me siento enfrente, con el café que me ha traído entre las manos mientras la observo rebuscar en su enorme bolso, intentando localizar su teléfono móvil.
—¿Y Marcos?
Lara tarda un segundo en responder, el tiempo justo para que me dé tiempo a ver cómo una sombra cruza su mirada verde esmeralda.
—Tenía cosas que hacer en casa—replica en un tono casual que no se cree ni ella— Os manda recuerdos, por cierto.
—Dile a tu marido que se deje de mandar recuerdos y asome el pelo de una vez, que hace tiempo que no le vemos. Ni que le hubiéramos hecho algo…
—Está muy liado últimamente, Sara. De verdad.
—Ya.
Lara le da un sorbo a su café con la mirada perdida hacia el jardín.
Sus ojos se quedan fijos en el horizonte, perdidos en algún punto entre el seto y sus demonios.
Sé perfectamente que las cosas entre ellos no están bien últimamente, pero decido no presionarla, porque también sé que seguramente ha venido a desahogarse y necesita espacio para poder empezar.
—Anoche hemos vuelto a discutir por lo de Londres —suelta después de un rato, concentrada en quitarse una pelusa invisible del vaquero.
—¿Que va a hacer al final?
—No tengo la menor idea —responde arrancando la tapa de plástico a su vaso de café— Es una oportunidad que no puede rechazar, Sara.
Una exposición internacional que podría impulsar su carrera.
—Se encoge de hombros removiendo el café con el palito de madera, hipnotizada por el remolino que se genera en la superficie—.
Yo le he repetido mil veces que lo acepte si es lo que quiere realmente.
Entiendo perfectamente lo que puede suponer para él, pero…
—¿Y tú qué quieres?
Mi amiga me mira intentando contener un puchero.
—Yo quiero que sea feliz, eso lo primero.
Pero, por otro lado, no quiero que se vaya, y tú sabes perfectamente que yo no puedo irme con él, no puedo abandonarlo todo aquí, mi trabajo, mi familia…
para irme detrás de él a otro país dónde él ni siquiera va a tener tiempo para estar conmigo.
Intenta convencerme diciendo que puede venir algunos fines de semana, que yo puedo ir algún puente, y no para de repetirme que solo van a ser dos años, pero yo sé que una vez que esté allí instalado y si todo sale bien, no van a ser solo dos años.
—Lara…