CAPITULO 3 #2
La gatita salta de mis brazos aterrizando despatarrada en la alfombra y empieza a explorar el salón con pasitos vacilantes, olisqueando los muebles uno por uno hasta que llega a la hamaquita de Vera.
Husmea el borde de tela, levanta la cabeza hacia mí como si me estuviera pidiendo permiso y, con una delicadeza que no esperaba para un animal que se ha criado en la basura, trepa por el lateral.
Da dos vueltas sobre sí misma y se hace una bola perfecta pegada a la niña, quedándose frita casi al instante y acompasando su respiración a la de Vera.
Oreo, desde lo alto del aparador, castañera los dientes en una promesa de venganza, pero no se mueve. Su orgullo aristocrático no le permite rebajarse a pelear con la plebe.
—Es solo un bebé… —susurro buscando la mirada de mi marido en una súplica.
Leo contempla la estampa en silencio un buen rato, suelta un suspiro y se frota los ojos cansado.
—Tienes que llevarla al veterinario mañana —dice por fin, pasándose una mano por la cara.
—Mañana a primera hora, sin falta, te lo prometo.
—Y tendrás que comprarle un comedero. Y otro arenero si no quieres que Oreo nos queme la casa.
—Esta noche lo pido por Amazon y llega mañana—asiento conteniendo un grito de victoria.
Leo niega con la cabeza resignado, incapaz de apartar los ojos de la miniatura tricolor que duerme junto a nuestra hija.
—¿Cómo se va a llamar?
Lo pienso un segundo mientas la observo dormir junto a la niña.
—Dulce.
—Dulce… me parece bien. Le pega —acepta sin dejar de mirarla.
Un atisbo de sonrisa se le escapa de la comisura derecha de su boca y yo sé, en ese momento, que la guerra está ganada, aunque ninguno de los dos vaya a decirlo en voz alta, claro; mi marido preferiría tragarse un ladrillo antes que reconocer la derrota.
Pero vosotras me entendéis, ¿verdad? Hay veces que una mira a su pareja y se acuerda de por qué se enamoró de él.
Y otras veces, como esta, en las que además de acordarse, se siente un poquito culpable —pero solo un poquito, tampoco vamos a exagerar— por aprovecharse de la situación y saber dónde apretar para salirse con la suya.
Más tarde, cuando las niñas por fin duermen en sus cunas y la casa está en silencio, me siento al lado de Leo en el sofá con el portátil sobre las piernas, dispuesta a continuar con mi supuesta segunda novela, mientras él sigue revisando planos con el ceño fruncido.
La vida de Sara había cambiado mucho desde que todo cambió.
Contemplo la frase una última vez con cara de circunstancias, la borro suspirando mientras pienso que peor no puede ser, y empiezo a teclear otra vez desde cero.
Hay mañanas en que Sara se despierta y piensa que tiene que escribir la segunda parte… pero no sabe por dónde empezar.
La elimino también, presionando el teclado con rabia. ¿Por qué me cuesta tanto? ¿Dónde se ha metido la Sara que escribía sin parar hasta el amanecer? Después de mi tercer resoplido dramático, Leo levanta la vista hacia mí y se incorpora, cerrando a medias su ordenador.
—A ver, escritora ¿qué pasa?
—Nada… Que no sé escribir. Ya no sé ni juntar palabras para que tengan sentido.
—No digas tonterías, anda.
—No es ninguna tontería. El primero lo escribí sin saber que lo estaba haciendo; simplemente contaba nuestra historia y lo que iba pasando a mi alrededor.
Pero esto… —señalo la pantalla en blanco— Ahora tengo que sentarme a pensar un libro sabiendo que hay gente esperando que sea bueno y resulta que ya no sé hacerlo.
—Ya será para menos… —replica bajando por completo la tapa de su portátil. Se gira hacia mí mirándome como si hubiera perdido completamente la cabeza—. ¿Qué tienes hasta ahora?
—Vergüenza. Y mucha.
—Aparte de eso.
—Solo una frase y encima, mala. Pero mala, malísima. De las que hacen que te sangren los ojos al leerla.
—Seguro que en cuanto te relajes un poco y dejes de comerte la cabeza, empiezas a fluir. Es cuestión de tiempo.
—Permíteme que lo dude…
Se ríe bajito como respuesta y vuelve a sus diseños, pero yo me quedo mirándole embobada.
El modo escritora se apaga en mi cabeza y se enciende el modo esposa hormonada y desatendida.
La luz cálida de la lámpara de pie del salón le cae sobre el cuello y perfila la línea de su mandíbula.
Lleva las mangas de su pijama azul marino remangadas hasta los codos, dejando a la vista sus antebrazos fuertes.
Los músculos de la espalda se le marcan ligeramente bajo la tela cada vez que se inclina sobre los planos, concentrado, mordiéndose suavemente el labio inferior.
Madre mía, si es que lo que menos me apetece ahora mismo es trabajar…Pero me obligo a parpadear, trago saliva y pongo los dedos sobre el teclado como una profesional responsable. Cojo aire un par de veces y escribo del tirón:
A veces, la historia que más miedo te da escribir es la que no sabes cómo conservar. Porque, aunque crees conocer el final, dudas si va a ser suficiente.
Esta vez no la borro. La dejo ahí junto al cursor que parpadea y cierro el portátil despacio antes de arrepentirme, sintiendo algo de alivio. Al menos hoy no me voy a la cama con un cero en el marcador.
Cuando ya todos duermen, me arrastro descalza hasta la cocina y me siento con mi inseparable cuaderno fucsia abierto de par en par y una taza de té verde que sé perfectamente que se va a quedar fría sin que le dé un solo sorbo.
Viernes.
Adoro a las niñas, adoro a Leo y tengo la vida que elegí, lo sé. Pero hay días, como hoy, en los que siento que esta vida me queda enorme.
Nadie te explica cómo se supone que tienes que sostener tantas cosas a la vez sin sentir, de vez en cuando, que alguna se te escapa de las manos.
Mi primera novela surgió casi sin querer, de repente, pero este… cuanto más intento forzarlo, más silencio encuentro.
Por si no tenía poco, acabamos de adoptar a Dulce.
No pensaba traer otro gato a casa, de hecho estoy completamente segura de que mucha gente habría pasado de largo, pero, en cuanto me ha mirado con esos ojitos enormes y asustados, no he tenido elección.
La pobre ha aprendido demasiado pronto que el mundo no siempre es amable, ¿cómo iba a dejarla allí tirada?
Solo espero que Oreo consiga perdonarme y la acepte como una más en su reino… aunque ahora mismo lo veo cuanto menos complicado.
Cierro el cuaderno despacio y le pongo la goma con cuidado. Desde su cojín en el rincón, Oreo abre un ojo, mira la caja donde Dulce duerme hecha un ovillo sobre una camiseta vieja de Leo y me mira fijamente, entornando los ojos para reforzar mi traición.
Creo que hemos cruzado una línea roja de la que ya no hay billete de vuelta.
Lo peor es que sospecho que todavía no hemos tocado techo.
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A veces, cuando por fin consigues la vida que llevabas años soñando, descubres que la parte verdaderamente difícil no era alcanzarla, sino aprender a vivir dentro de ella sin el miedo constante a perderla en cualquier momento.