Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 3
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CAPITULO 3

Empujo la puerta de casa con la cadera, intentando hacer el menor ruido posible y me encuentro a Leo sentado en el suelo del salón, con las piernas cruzadas y una gemela en cada brazo, intentando responder un correo en el portátil, que está abierto sobre la mesa baja.

Este hombre sería capaz de dirigir el centro de control de la NASA desde el patio de una guardería.

De verdad que no sé cómo lo hace, pero tiene mejor cara que yo que vengo de la calle.

Alma tiene los ojos abiertos de par en par y cara de que hoy tampoco va a ponernos las cosas fáciles, mientras Vera, duerme plácidamente apoyada en el pecho de Leo con el conejito de peluche estrujado contra la mejilla, completamente ajena al drama que se avecina.

Oreo está subido al respaldo del sofá, como una gárgola gótica, vigilándoles a todos. Al verme entrar, el traidor entorna los ojos hacia mi bolso, arruga la nariz y suelta un bufido sospechando inmediatamente.

En la mesa del comedor hay varios planos desplegados y dos tazas de café sin acabar.

Studio Lumen, la empresa de Leo, sigue creciendo más rápido de lo que ninguno de los dos esperábamos en un principio y Leo seguramente habrá tenido que hacer malabares para poder atender a las gemelas y avanzar la campaña de la cadena de tiendas de ropa que tiene que entregar la semana que viene.

Ver cómo es capaz de abarcarlo todo, me hace sentir culpable.

Él saca adelante su trabajo mientras yo sigo aquí jugando a las casitas.

Dejo el bolso sobre el mueble del recibidor con muchísimo cuidado, rezando a todos los santos de los que me acuerdo para que a la polizón no le dé por maullar o asomar la cabeza en este momento y estropee los cinco minutos que necesito para preparar el terreno.

Al escuchar el tintineo de las llaves en el cuenco de la entrada, Leo levanta la vista y me dedica una sonrisa cansada arrugando las comisuras de los ojos.

—¿Qué tal tu debut con la reina de TikTok?

—Bueno… bien. Le he contado mi vida entera prácticamente, traumas incluidos y luego me ha estado preguntando por el segundo libro…

—¿Y?

—Y nada, le he dicho que está tomando forma.

Leo me mira arqueando una ceja, con una sonrisa de autosuficiencia que me dan ganas de estamparle un cojín en la cara.

—Cariño, eso ya lo has dicho demasiadas veces últimamente…

—Oye, no me metas presión, que el horno no está para bollos —protesto en un susurro acercándome para darle un beso rápido en la frente— Bastante tengo ya con mi propio Pepito Grillo.

Estoy pensando cómo escabullirme con algo de dignidad de esta conversación incómoda sobre mi novela inexistente cuando, de pronto, el universo decide sabotearme. Mi bolso cobra vida propia, se ladea hacia la derecha y da un respingo sobre el mueble del recibidor.

¡Mierda! La polizón se ha despertado.

Oreo se pone de pie de un salto en el sofá, erizado y arqueando el lomo.

—Sara… ¿por qué se mueve tu bolso? ¿Qué narices has metido?—Leo deja a las niñas en el sofá y se acerca despacio, sin apartar los ojos del bolso mutante que ahora emite el sonido de un sutil raspado de uñas contra el forro interior.

Me quedo paralizada en mitad del pasillo, sin saber muy bien por donde empezar a explicarme.

¿Cómo se logra convencer a alguien al borde del colapso para que se complique un poquito más la existencia sin que te pida los papeles del divorcio?

Las mentes cuadriculadas dirán que lo lógico habría sido llamar a una protectora o cualquier otra opción razonable, pero las que tenemos el corazón blandito, me darán la razón en que, cuando te encuentras un cachorrito desvalido y le coges, ya no eres capaz de soltarle sin sentirte un monstruo despiadado.

—No es nada, es…una gatita—suelto sin anestesia y sin coger aire—La he encontrado en el contenedor de la esquina, pobrecita, estaba sola, asustada y…

—Sara…—Su tono de voz ha bajado tres octavas. Malo.

—Es minúscula, Leo, tendrá dos meses como mucho.

—Sara…

—Te juro que no había nadie más, no podía dejarla ahí toda la noche y…

—No. —Vaya, el Leo cabezón ha entrado en la sala.

—Solo será un par de días, de verdad. Mañana mismo la llevo al veterinario y le busco una familia en condiciones…

—¡Sara, que no puedes hacerte cargo de ella! ¡Que tenemos dos bebés!

—Y un gato…—apunto yo, empeorando mi propia defensa. ¿Veis como no sé callarme?

—Exacto. Y un gato. ¿No te parece suficiente ya?

—Leo…—intento desplegar mi cara de gatito de Shrek, pestañeando con un puchero que debería conmover a las piedras.

—Sara, he dicho que no. No me mires así.

—Es que es tan pequeña y estaba tan indefensa en la basura…—insisto, dando un paso hacia él y sujetándole del brazo.

—También lo es Alma y no por ello hemos ido a buscar otro bebé.

No puedo evitar soltar una carcajada, lo cual es un tremendo error táctico, porque reírse debilita cualquier negociación, pero es que el argumento es impecable. Por suerte, conozco su cara de sargento y veo que a él también se le escapa una sonrisa involuntaria antes de volver a ponerse rígido.

¡Bien! Una grieta. Aún hay esperanza.

Saco a la gatita del bolso despacio, acurrucándola contra mi pecho, porque al verse expuesta, encoge las patitas temblando como un flan. Está sucia y huele regular—por decirlo finamente— pero nos mira con unos ojitos redondos que desarmarían a cualquiera.

En ese mismo instante, Oreo se baja del sofá, eriza el lomo hasta duplicar su tamaño y suelta un bufido indignado que retumba en todo el salón.

Su cara de me habéis traído competencia y exijo la cabeza de alguien en una bandeja, contrasta con la indefensión de la pequeña.

Acaba de procesar, en su pequeño y egocéntrico cerebro aristocrático, que su peor pesadilla ha cruzado el umbral de SU casa y, además, tiene pulgas.

Leo se queda mirando fijamente la mancha blanca que la gata tiene en mitad de la cara y veo como su armadura de hombre sensato de la casa , comienza a agrietarse.

Sus ojos oscuros se suavizan y sé que he ganado la batalla.

Esa mirada es la misma que pone cuando me ve acurrucada en la cama y decide que puede llegar diez minutos tarde a trabajar.

—No —repite Leo, mirándome a los ojos.

Pero ya no suena, ni de lejos, igual de convencido. Su armadura acaba de sufrir un siniestro total.

Durante la siguiente hora, se libra una batalla en tres frentes simultáneos.

Mientras Leo lidia con las niñas en el salón, intentando que se tomen el biberón aguantando sus llantos, yo me atrinchero en el baño para lavar a la polizón en el lavabo.

Abro el grifo esperando a que salga el agua templada y el champú de bebé, porque no tenemos otro más apropiado.

Oreo sigue todos mis movimientos desde el pasillo, sentado rígidamente junto al marco de la puerta, sin querer acercarse demasiado, pero lo suficiente para no perderse ni un solo detalle.

Está totalmente indignado. Su lenguaje corporal demuestra un enfado monumental.

La verdad es que la gatita más buena no puede ser.

No suelta ni un solo maullido de protesta mientras la enjabono y se reduce al tamaño de una rata mojada; se queda completamente quieta, dejándose hacer no sé si por confianza o, más probablemente, por agotamiento.

Cuando termino de aclararla y la envuelvo en una toalla de manos, resulta que debajo de toda esa suciedad aparece un pelo suave que combina parches negros, naranjas y blancos, junto a unos ojos castaños enormes que la hacen parecer todavía más desvalida.

Al terminar de secarla con cuidado, la envuelvo contra mi pecho y noto como ronronea otra vez.

Ay, no.

Mierda.

Ya le he cogido cariño.

La llevo en brazos a la cocina y, cometiendo un delito de alta traición felina que seguramente pagaré muy caro durante los próximos meses, le abro una de las latitas de atún gourmet de Oreo.

La pequeña se lanza sobre el plato con ansia, engullendo como si alguien fuera a quitárselo en cualquier momento, como si no supiera que ya está a salvo.

Se me cae el alma a los pies al ver como prácticamente se atraganta al engullir.

A quien no se le cae nada a los pies es a Oreo, que observa cómo se evapora su preciado manjar desde la puerta de la cocina con una mirada de auténtico psicópata. Tiene las pupilas tan dilatadas que casi no se le ve el color de los ojos.

—Hay más latitas en el armario, tranquilo—le susurro, agachándome a su altura mientras vigilo de reojo a la gatita— Puedes compartir, ¿vale?. Hay que ser generoso.

Oreo me lanza una mirada letal, fulminando a la intrusa de reojo mientras ladea la cabeza de una forma bastante siniestra. Está a punto de pedir un abogado de oficio y denunciarme ante el Tribunal de Estrasburgo por alta traición.

Cuando la pequeña termina de rebañar el plato, la llevo al salón donde Leo está atrincherado en el sofá, con el portátil sobre las rodillas, la camiseta arrugada y el pelo revuelto de pasarse las manos por él mil veces.

Esquiva con agilidad los ataques que Alma le propina con un sonajero de plástico verde mientras responde un correo como si toda esa locura fuera completamente normal.

Está tan concentrado y atractivo que me dan ganas de abalanzarme yo también sobre él.

Su mandíbula, sombreada por la barba de un par de días, se tensa mientras teclea con sus dedos largos.

¡Qué injusta es la genética! Yo parezco un mapache atropellado y él un modelo de ropa informal para padres perfectos.