Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 2
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CAPITULO 2

Cuando llevas dos semanas intentando escribir la primera frase de tu segunda novela y lo más brillante que has conseguido es La vida de Sara había cambiado mucho desde que todo cambió , entiendes con bastante claridad que el bloqueo creativo no es una metáfora idílica de escritora intensa con gafas de pasta y un café frío.

Qué va. El bloqueo creativo es un okupa con muy malas pulgas y pocas ganas de dialogar, que se instala por la fuerza entre tu cerebro y tus dedos sin la menor intención de irse por las buenas.

Se atrinchera ahí dentro, cambia la cerradura de tus ideas y te deja fuera, a la intemperie, tiritando de miedo.

Y lo peor no es el vacío de la primera página en blanco, lo peor es tener que fingir delante de todo el mundo como si tuvieras el Pulitzer a la vuelta de la esquina.

Porque la gente por la calle, mis seguidores de Instagram y hasta la cajera del supermercado me preguntan por la maldita segunda novela con la misma ligereza con la que tu abuela te interroga en la cena de Navidad sobre cuándo vas a tener hijos o cuándo te vas a casar.

Pero nadie pregunta ¿Qué tal llevas tu bloqueo creativo?

¿Cuántas veces has llorado ya esta semana viendo parpadear el cursor mientras te muerdes las uñas?

Qué va, te sueltan un ¿Y el segundo libro?

acompañado de una sonrisa de va a ser estupendo, ya verás, que te dan ganas de llorar.

Es exactamente la misma cara que ha puesto Carla esta mañana.

La maldita pregunta me persigue durante todo el trayecto de vuelta a casa, pegada a mi nuca como esas moscas pesadas de agosto que no se van por más que las espantes.

¿Y el segundo libro?

¿Y el segundo libro?

A ver, que conste que ya tengo escrita una frase. Mala a rabiar, sí, pero técnicamente es un principio… Vaya tela.

Cruzo la barrera de seguridad de la urbanización, dándole vueltas a mi drama profesional mientras callejeo con la ventanilla bajada porque necesito desesperadamente que me dé el aire fresco en la cara para no hiperventilar.

Aspiro con fuerza varias veces, en un intento ridículo de calmar mi ansiedad, pero lo único que consigo es notar la humedad del ambiente y el olor a césped recién cortado y a cloro de piscina.

Serpenteo entre las calles idénticas, flanqueadas por chalets con vallas blancas, con Estopa sonando a todo volumen en los altavoces.

Porque David y José, con su rumba gamberra, son lo único que me mantiene cuerda cuando el cerebro me va a mil por hora.

Me pongo a cantar a gritos la de Pastillas para dormir agarrándome con fuerza al volante y desafinando como una loca, para ahogar el ruido de mis propios pensamientos.

Pero no puedo evitar pensar en que llevamos varios meses instalados aquí y todavía se me hace rarísimo.

Hace un año vivíamos hacinados en un piso minúsculo en el centro de Madrid.

Un piso tan pequeño, que si abrías la puerta del horno era físicamente imposible abrir el lavavajillas a la vez sin provocar un colapso espacio-temporal en la cocina.

Vivíamos rodeados del ruido de los tubos de escape, el murmullo constante de la gente en las terrazas y el crujido de la madera del suelo cada vez que caminábamos descalzos.

Y ahora, en cambio, disfrutamos de un jardín precioso donde oreo se dedica a mirar los pájaros con intención de cazarlos—pero se queda en la intención, gracias a su peso, los pájaros pueden vivir tranquilos— una casa de dos plantas y espacio más que de sobra.

Es curioso lo retorcida que puede ser la mente, porque aun teniendo mucho más espacio, a veces, cuando el silencio de la urbanización se vuelve demasiado denso, siento que las paredes se me echan encima y que estoy completamente oprimida en una jaula de oro con hipoteca a treinta años.

Aparco enfrente de casa y me quedo unos segundos apoyada en el volante, haciendo tiempo sin apagar el motor.

Dentro me esperan Leo, las niñas, Oreo… y mi portátil con su maldita página en blanco.

Y aunque me muero de ganas de abrazarlos y comerme a besos los mofletes regordetes de mis hijas, remoloneo un rato observando la calle a través del cristal, disfrutando de la calma.

Miro las luces encendidas en la casa de los vecinos del 36 que deben de estar ya cenando, el perro de los del 43 asomado a la valla del jardín que me mira con las orejas tiesas pero sin molestarse en ladrar, la vecina del 52 que sale a tirar la basura en zapatillas…

hasta que empiezo a sentirme ridícula sentada aquí sola a oscuras, en una calle que lo más interesante que pasa es el camión de la basura y decido bajarme del coche.

Estoy a punto de empujar la verja blanca del jardín, cuando un movimiento me hace frenar en seco.

Junto al contenedor amarillo de la esquina, hay una gatita diminuta rebuscando muy concentrada entre unas bolsas de basura y al notar mi presencia, levanta la cabeza y se queda petrificada, con los ojos abiertos como platos, esperando mi próximo movimiento.

Tendrá dos meses como mucho y tiene tanta roña encima que a duras penas se distingue que es tricolor; tiene una mancha blanca en mitad de la cara, como si alguien le hubiera estampado un puñado de harina mientras dormía.

Sé que no debería pararme, no debería ni siquiera mirarla, porque tengo dos gemelas de seis meses que absorben el cien por cien de mi energía, un gato gruñón que se cree el Rey del mundo y que lleva fatal compartir el oxígeno con otros seres vivos, un contrato editorial soplándome en la nuca y, sobre todo, un marido que me está esperado en casa para cenar y al que esto no le va a hacer ni puñetera gracia. Bastante tenemos ya encima.

Pero la gatita parpadea despacio, relajando su postura al ver que no me muevo y emite un maullido agudo y lastimero que me llega directo al corazón. Así que aprovecho la oportunidad para agacharme despacio en mitad de la acera y estirar la mano hacia ella.

—Hola, pequeña… —susurro conteniendo el aliento muy quieta para que no salga corriendo debajo del contenedor. De cerca puedo ver que tiene una costra junto a la oreja izquierda y una patita llena de barro seco.

La gatita se acerca con cautela estirando el cuello, olisquea con mucho cuidado la punta de mis dedos con su naricita húmeda y fría, y me da un cabezazo en la palma de la mano ronroneando.

Joder.

¿Me la tenía que encontrar yo?

Miro a ambos lados de la calle como si estuviera a punto de trapichear con sustancias ilegales, que en cierto modo es lo que estoy a punto de hacer, porque meter a un animal callejero en casa sin consultar previamente al copropietario de la hipoteca es un billete directo, sin escalas y en primera clase hacia el divorcio.

Pero la gatita no deja de mirarme con esos ojitos de huerfanita, y claro…

Pienso que no puedo dejarla aquí solita toda la noche a merced de un perro o del coche de cualquier vecino despistado.

Pienso que van a ser solo un par de días, lo justo para encontrarle una familia decente, que la llevo mañana a primera hora al veterinario, que la pongan el kit completo de vacunas, le hago un par de fotos bonitas y le busco casa por Instagram.

Pienso que no tiene por qué quedarse…

Pienso que Leo tampoco tiene por qué enfadarse…

La gatita suelta un estornudo minúsculo que la hace tambalearse y a partir de ahí ya no pienso más, porque ya está metida dentro de mi bolso.

*****

Las personas más felices no son las que menos problemas tienen, sino las que eligen complicarse la vida por aquello que merece la pena.