Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 1 #2
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CAPITULO 1 #2

Y aquí, justo aquí, es donde tendría que haberme callado.

Una persona con dos dedos de frente se habría sentado, habría sonreído con elegancia y habría despachado el asunto con un topicazo sobre el tráfico de Madrid o el caos de la M-30 .

Pero yo llevo seis meses durmiendo cuatro horas seguidas como máximo y mi cerebro ya no filtra absolutamente nada.

—Es que mi hija me ha usado de diana esta mañana justo antes de salir —escupo sin anestesia con las palabras atropellándose en mi boca mientras me dejo caer en la silla con la gracia de un saco de patatas— Me ha vomitado encima y me he tenido que cambiar de vestido en el último momento, porque este no es el que tenía preparado para hoy, pero ahora está en la pila de la cocina en remojo con agua y jabón Beltrán, y no sé si es paranoia mía o qué, pero yo creo que todavía huelo a vómito aunque me he cambiado entera y me he bañado en colonia.

Lo siento en el alma, te juro que me había imaginado este encuentro de una forma muy distinta.

Me detengo demasiado tarde, evidentemente.

Carla me mira alucinada, sin dar crédito a todo lo que acaba de oír.

El aroma a té matcha y tarta de zanahoria recién horneada que flota en el ambiente, parece congelarse entre las dos y durante un segundo pienso que está valorando si todavía puede fingir una emergencia familiar para escapar por la puerta.

Ojo, que no la juzgo. Probablemente yo también me daría a la fuga en este momento…

Sin embargo, en contra de mis pronósticos, suelta una carcajada espontánea, pero una de verdad no esa sonrisa educada que pone la gente cuando no sabe qué hacer contigo, consiguiendo que el nudo que tengo en el estómago se afloje de golpe.

—Tranquila, mujer, respira—dice, levantándose para tenderme la mano con una manicura francesa perfecta—Soy Carla, encantada de conocerte por fin. ¿Te traigo un café?

—Por favor, te lo ruego.

—¿Cómo lo quieres?

—Directamente en vena, si puede ser, y si no, con leche, doble y mucho azúcar. Gracias.

Suelta una carcajada de camino hacia la barra y yo me quedo en la mesa contemplando mi propio libro, Diario de una chica con talento para el desastre .

Paso los dedos por la portada satinada sintiendo una mezcla extraña entre orgullo y vértigo.

Parece mentira que lo haya escrito yo. Tengo la sensación de ser una impostora aunque ya lleve tres meses publicado. ¿Y si fue un golpe de suerte?

Saco el móvil del bolso para inmortalizar el momento y mandarle la foto a Lara, pero veo que me queda solo un dos por ciento de batería y tengo un mensaje de Leo:

¨ Las gemelas están bien. Alma se ha dormido y Vera está tranquila intentando comerse su conejito. Está todo controlado, no te preocupes por nada. Mucha suerte¨

Lo leo dos veces sonriendo como una idiota, porque me encanta que haya tenido el detalle de escribirme para decirme exactamente lo que yo necesitaba sin que se lo haya pedido, pero antes de que pueda contestarle, el móvil parpadea agonizante y se apaga en mi mano.

Me quedo mirando la pantalla en negro pensando que quizás es una señal del destino para que me centre en lo que he venido a hacer y aprenda a separarme de ellas un par de horas sin volverme una histérica.

Cuando Carla regresa con los dos cafés y se sienta enfrente, empieza a charlar conmigo de cosas intrascendentes para relajar el ambiente antes de empezar a grabar el vídeo para sus redes.

Y yo, que se supone que he venido aquí para hablar de mi libro y de mi voz como autora; yo, que tengo el superpoder de hablar por los codos en los momentos más inoportunos, abro la boca y empiezo a soltar de carrerilla cómo le mandé aquel audio incendiario a mi jefe insultándole y cómo, por carambolas del universo, esa metedura de pata le abrió la puerta a Leo para entrar en mi vida y ponerla del revés.

Le cuento cómo nos enamoramos casi a traición, cómo escribí el libro mientras lo vivía, cómo me casé y la llegada de las gemelas que todavía hoy no conseguimos distinguir.

Sigo imbatible, sin que ella me lo haya preguntado, revelándole que hace cuatro meses tuvimos que claudicar y mudarnos a un chalet en una urbanización de las afueras porque mi querido y amado piso era solo de un dormitorio y dos bebés requieren más metros cuadrados de los que yo pensaba en un principio.

Le detallo el drama de Oreo, mi gato, que ha procesado la mudanza y la pérdida de su territorio soberano como quien procesa un divorcio traumático, por etapas y malamente.

Sé que estaréis pensando que no es ni medio normal soltar todo esto de carrerilla a alguien que acabo de conocer, pero algo en su forma de mirarme, con la pajita de su frapuccino entre los labios y asintiendo con interés, me hizo soltarme.

O eso, o que tengo tanto sueño que si me apoyo en una pared, me quedo dormida de pie, lo que tampoco ayuda.

Carla no me interrumpe en ningún momento, solo asiente despacio mientras yo sigo hablando sin parar.

Y es que hace muchísimo tiempo que no estoy con un adulto que me escuche sin interrumpir, sin que nadie grite, llore desconsoladamente, gatee directo hacia un enchufe o decida que las cortinas son comestibles.

Más que una entrevista, ha pasado a ser una terapia gratuita.

La compenetración es tal, que termino cruzando la línea de lo socialmente tolerable y le cuento que esta mañana Leo estaba apoyado en la encimera de mármol blanco de la cocina, recién duchado y sosteniendo a Vera contra su pecho mientras yo buscaba las llaves del coche por todo el salón.

Descalzo.

Con el pelo alborotado aún mojado.

Con la camiseta negra de algodón pegada a su pecho todavía húmedo.

Marcando esos abdominales que…

Madre mía. Hay hombres que te atraen y luego existen especímenes, como mi marido, que consiguen que quieras desnudarlos inmediatamente en cualquier superficie disponible.

Se supone que la convivencia y la rutina te inmunizan contra el deseo salvaje.

Pues no. Es un mito, creedme. El deseo sigue ahí, latente y hambriento, esperando agazapado para saltar sobre ti en el momento más inoportuno.

Noto un calor traidor escalando por mi cuello hasta la mandíbula solo de recordarlo. A este ritmo, en veinte minutos voy a estar enseñándole fotos de mi última fiesta con Lara borracha y contándole mis traumas de la adolescencia con la ortodoncia…

Por suerte, paro a respirar y Carla aprovecha para encajar su móvil en el trípode, enciende el anillo de luz ajustando el ángulo y pulsa el botón de grabar.

El destello blanco y cegador del led me golpea las pupilas, recordándome que tengo unas ojeras que llegan hasta Despeñaperros y que la luz intensa no me va a favorecer en absoluto.

—Ahora sí —dice sin dejar de sonreír—. Hablemos de tu segundo libro.

Ah.

El segundo libro.

Ese pequeño demonio responsable de mis noches en vela y mi maravilloso, profundo y absoluto bloqueo creativo.

Tengo un documento de Word en barbecho desde hace semanas con una sola página escrita y un arsenal de notas absurdas en el móvil tipo hacer escena de alto voltaje en la cocina sin que parezca porno. Una genialidad, vamos. El Nobel de Literatura me está esperando.

Hasta Elena, mi editora, me mandó ayer un correo cuyo asunto era, literalmente «Tic, tac, Sara». Dejándome claro que el reloj de mi carrera literaria va a estallar y no tengo nada que ofrecerle.

Miro a Carla mientras ella espera al otro lado del anillo de luz, que le ilumina media cara y siento exactamente el mismo vértigo que sufres cuando bajas una escalera a oscuras por la noche.

Ese segundo terrorífico en el que crees que todavía queda otro escalón más, das el paso, tu pie se hunde en el vacío y el corazón te da un vuelco.

Porque la verdad es que no tengo ni puñetera idea de qué coño estoy haciendo.

Ni con la novela.

Ni con mi vida.

Ni con nada, en realidad.

Pero despliego mi mejor sonrisa. Una sonrisa amplia, simétrica y completamente fingida porque a estas alturas ya he aprendido que sonreír falsamente mientras tu cerebro improvisa a la desesperada, es la única habilidad social que de verdad sirve para algo.

—Bueno, Carla…—arranco cruzando los dedos de los pies dentro de los zapatos—Ya sabes que las segundas partes siempre se hacen esperar un poquito más, porque quieres dar a las lectoras algo que esté a la altura…

*****

Hay mañanas que amanecen torcidas y, aun así, una se calza los zapatos, se pinta la raya del ojo y sale por la puerta. No porque crea que todo va a salir bien, sino porque a veces, el simple hecho de salir ya es el principio del milagro.