Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2) CAPITULO 1
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Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2)

Diario de una chica con talento para enredar el momento (Talento para el desastre 2)

Por Clara Lane S.

© inepub.com

CAPITULO 1

Llego tarde y huelo a vómito.

Tampoco quiero dramatizar, porque no es ese olor que entra en una habitación antes que tú y obliga a la gente a abrir ventanas a la desesperada, pero llevo quince minutos olisqueándome discretamente el hombro cada vez que paro en un semáforo, inclinando la cabeza hacia la derecha con disimulo, preguntándome si las tres pulverizaciones agresivas de colonia han conseguido disimular algo o si lo único que he conseguido es oler ahora a vómito de bebé con notas de Loewe.

No es precisamente la imagen profesional que me gustaría transmitir el día que tengo la entrevista más importante de los últimos tres meses.

Cuando una mañana empieza así, lo lógico sería volver a la cama, cerrar la puerta, apagar el móvil y pedir que alguien pare el mundo, que hoy te bajas.

Pero yo no he tenido el valor necesario, así que aquí estoy, corriendo por Velázquez con un vestido azul marino que no es el que tenía preparado para hoy—y que, para colmo, me aprieta porque no he vuelto a mi talla ni de lejos—el pelo recogido en lo que esta mañana fue un moño y ahora es más bien un nido de pájaros y el bolso abierto soltando migas de pan a mi paso porque hace un momento he perdido una barra de labios al cruzar Goya y dos calles antes, en el cruce con Jorge Juan, un chupete.

Miro la hora en el móvil y acelero todavía más.

Llego dieciocho minutos tarde a una entrevista con una booktoker que tiene cuarenta mil seguidores en Tiktok, la piel perfecta y, seguramente, tiempo para exfoliarse la cara más de una vez por semana, mientras yo ayer me pasé una toallita desmaquillante del Mercadona y lo consideré autocuidado de alto nivel.

Una toallita que arrastré por mis ojeras moradas mientras contenía un bostezo que casi me desencaja la mandíbula. Ese es mi glamour actual.

La culpa, técnicamente, es de Alma. Bueno, y mía por pensar que algo me podía salir bien, porque las mañanas con dos gemelas de seis meses son una gincana organizada por Satanás, solo que con leggins manchados de leche y sin premio final.

Leo dice que exagero, pero él no estaba delante esta mañana, así que puede ahorrarse su opinión.

Esta mañana yo lo tenía todo organizado, o eso creía.

Leo estaba encerrado en el despacho desde las ocho con una llamada de un cliente y Carmen, mi suegra, tenía que llegar a las nueve y media para quedarse con las niñas mientras yo tenía la entrevista.

Estaba todo controlado, al menos hasta que Carmen ha llamado a las nueve y diez bastante apurada.

—Sara, lo siento muchísimo pero hoy no puedo ir.

Me ha surgido un imprevisto de última hora, perdóname.

¿Leo se puede apañar solo verdad?—tardé un poco más de la cuenta en responder porque Carmen no suele dejarnos tirados…

y porque de fondo me pareció escuchar música que no era precisamente su habitual Radio Nacional.

—¿Un imprevisto? Pero…¿está todo bien?

—Sí, sí, no te preocupes, pero no lo puedo cambiar. Te lo explico luego, ¿vale? Lo siento de verdad.—y colgó sin más dejándome con la palabra en la boca y el pitido del teléfono resonando en mi oído.

Me quedé con el teléfono en la mano mirando a Oreo, que observaba la situación desde el respaldo del sofá.

—¿Y ahora qué hacemos, Oreo?

Pero mi gato, lejos de colaborar, se limitó a dedicarme un parpadeo lento y silencioso de a mí que me cuentas, no es mi problema , antes de volver a cerrar los ojos con toda la tranquilidad del mundo.

Estoy bastante segura de que si un día me da un ataque de ansiedad en el salón, se limitará a abrir un ojo para comprobar que sigo respirando y asegurarse de que alguien va a llenarle el comedero, antes de volver a dormirse.

Lo que ha pasado después ha sido, técnicamente, culpa mía, aunque en ese momento mi cerebro no interpretó las señales a tiempo.

Alma, una de mis gemelas de 6 meses, llevaba unos minutos revolviéndose en mis brazos, frunciendo el ceño con cara de pocos amigos mientras yo intentaba convencerla de que el biberón no era una falta de respeto hacia su persona.

Alma, que ha heredado de mí tanto los ojos como la capacidad para convertir cualquier situación cotidiana en un incendio de tercera categoría, ha cogido el biberón, lo ha mirado fijamente con cara de esto qué mierda es, y, cuando he intentado volver a dárselo —porque una madre insiste incluso cuando debería tirar la toalla— ha evaluado sus opciones disponibles, calibrando el alcance del daño y ha elegido la opción nuclear.

Vamos, que me ha vomitado encima.

No digo que haya sido algo personal… aunque tampoco lo descarto. Y con tan mala suerte que lo ha hecho encima del vestido beige que tenía pesado llevar hoy, que encima, para rematar la jugada, ni siquiera es mío, es de Lara.

Me lo trajo hace una semana y me lo prestó bajo amenazas, agarrándome del brazo con su manicura recién hecha para que no tuviera ninguna duda.

—Como me lo manches, te mato. Hablo en serio.

Pues nada. Muerta estoy, porque esa mancha no sale ni con plegarias a San Google; Se va a quedar ahí para siempre, como Hacienda o la canción del Cola Cao.

Desde la hamaca, Vera observaba a su hermana con los ojos como platos y la boca abierta, como diciendo tía, te has pasado .

Vera ha salido a Leo, gracias a Dios, porque dos Almas en esta casa y nos tienen que ingresar a todos.

Vera es observadora y tranquila, una bendita en comparación con el Gremlin en que se convierte su hermana cuando tiene sueño, hambre o, simplemente, ganas de dar guerra.

Para que no haya ninguna duda de la diferencia, Vera podría ser un disco de música chili out para plantas y Alma un concierto de rock a las tres de la mañana.

Oreo completó el cuadro desde el respaldo del sofá con una mirada resignada que claramente significaba que esto se nos había ido de las manos y esta casa ya no tenía arreglo.

Y sinceramente, no puedo culparle.

Después de este maravilloso comienzo he ejecutado la coreografía que, por desgracia,  ya me sé de memoria: limpiar a Alma con toallitas a toda prisa mientras ella no deja de protestar a pleno pulmón, frotarme el hombro con un paño húmedo consiguiendo extender solo la desgracia, llamar a Leo para que saliera del despacho y emplumarle las gemelas mientras él todavía tenía el teléfono en la mano, cambiarme de ropa a la velocidad de la luz cogiendo lo primero que pillo, sacarle a Vera el conejito de la boca —porque Vera se mete en la boca absolutamente todo y cuando digo todo es TODO, incluyendo las pelusas que mi aspiradora no llega a succionar—, coger el bolso, salir a la calle y volver a entrar treinta segundos después porque me había olvidado el cargador encima en la cocina. Como pollo sin cabeza, básicamente.

Cuando por fin conseguí llegar hasta la puerta, Leo se acercó rodeándome con los brazos por la cintura y me dio un beso largo y tranquilo, de los que últimamente escasean en nuestra relación.

—Mucha suerte. Lo vas a hacer genial.

Murmuré un gracias contra su boca pensando que hacía demasiados días que no teníamos un rato para nosotros solos, donde nos pudiéramos besar sin una niña llorando cerca, pero llegaba tarde, muy tarde, así que le di otro beso rápido y salí disparada.

Dicen que hay gente que medita por las mañanas para empezar el día en calma, pero yo a estas alturas ya considero un éxito salir de casa con el sujetador puesto.

Me faltan tres minutos para llegar a la cafetería y me siento fatal, sobre todo porque Carla, la Booktoker, ha tenido la deferencia de aceptar reunirse conmigo en lugar de con alguien con más experiencia, más libros publicados y menos desastre que yo.

Acelero el paso y saco el móvil para dictarle a Siri una idea para mi segunda novela que se me acaba de ocurrir —una escena que tiene que ver con conseguir una meta pasando por una conversación incómoda que todavía no sé muy bien cómo escribir—pero Siri ha entendido meta como teta y ahora mi nota dice conseguir una teta pasando por una conversación incómoda.

Lo dejo así porque a lo mejor de ahí sale un superventas, como Ayuso con la fruta, que tampoco sería lo más raro que se ha visto este año.

Reconozco la cafetería desde lejos. Es uno de esos sitios que ahora están de moda y se autodenominan de especialidad , lo cual quiere decir, traducido al castellano, que el café cuesta cinco euros y te lo sirven en un objeto de cerámica que parece sacado de la sección de arte contemporáneo del Reina Sofía.

Plantas colgando del techo, mesas minimalistas de madera clara, lámparas que parecen carísimas y gente muy chic escribiendo en MacBooks mientras fingen, con poco éxito, que no escuchan las conversaciones de las mesas de al lado.

Era de imaginar, porque es exactamente el tipo de sitio donde una booktoker con cuarenta mil seguidores quedaría para hacer fotos preciosas que van a salir en TikTok, en Instagram y posiblemente en mi epitafio.

Veo a Carla a través del cristal, está sentada en la mesa del fondo, con el móvil sobre un trípode minúsculo, el anillo de luz preparado y mi novela encima de la mesa con un montón de post-it de colores fluorescentes asomando por los bordes.

Lleva puesta una americana oversize de un color beige precioso.

El mismo color del vestido maldito de Lara que ahora descansa en paz. Esto es una señal del universo, seguro.

Me detengo un segundo en la puerta e inclino la cabeza hacia el hombro derecho por última vez.

No noto nada, o quizá mi olfato ya ha muerto, pero ya no hay nada que hacer.

Suelto un suspiro, me recoloco el bolso y empujo la puerta acristalada haciendo sonar una campanilla que anuncia mi humillante entrada.

Carla está mirando la hora, pero cuando levanta la vista, me ve cruzar la cafetería esquivando una silla por el camino y sonríe con una generosidad que francamente no me merezco en este momento.

—Perdona, perdona, perdona de verdad. Lo siento muchísimo.