Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 30
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CAPITULO 30

Torrija entra derrapando y se abalanza sobre mí gimiendo como si hiciera un siglo que no nos vemos. Le acaricio la cabeza por inercia, totalmente descolocada, mientras mi mente intenta procesar lo que está pasando. Ahora no joder. ¿Qué hace Marcos aquí? Me va a joder la cita con Gato Negro.

Detrás de él, Marcos aparece en el umbral de La Resistencia . Al verme, me esboza una sonrisa tímida, pero en cuanto da un par de pasos hacia el interior, se frena en seco y sus ojos azules se abren de par en par, sorprendido al ver a todo el comité de bienvenida plantado en la barra.

Ignoro las fiestas y los lametazos desesperados que me da Torrija en las manos y camino hacia él con el ceño fruncido, sintiendo la mirada de mis amigos en mi espalda.

—Marcos, por favor, hoy no —le digo, intentando mantener una calma que no tengo— He quedado con alguien y...

Y entonces, sin decir una sola palabra, Marcos saca lentamente la mano que mantenía oculta detrás de su espalda y levanta El océano al final del camino ante mis ojos. Me mira con ternura y murmura:

—Lo sé, Tormenta.

El suelo desaparece bajo mis pies y las paredes de La Resistencia comienzan a dar vueltas a mi alrededor. Me quedo en shock, parpadeando como si acabase de ver un fantasma y solo acierto a decir:

—... ¿Tú?

Marcos traga saliva, visiblemente nervioso y se queda quieto esperando mi reacción. Me conoce. Sabe perfectamente la que se le viene encima, por lo que no le sorprende lo más mínimo cuando estallo, perdiendo los papeles y gritando indignada.

—¿Pero qué clase de broma es esta, Marcos? ¡¿Qué coño significa esto?!

—Te lo dije —escucho murmurar a Leo a mi espalda— Si es que no aprendes…

Me giro de golpe, con el corazón desbocado, y me encuentro a Sara paralizada junto a la barra. Se le desencaja el rostro, le empieza a temblar el labio inferior y solo acierta a balbucear, sin saber dónde meterse:

—Yo... Lara, yo…

Todo encaja de golpe. Siento una punzada de traición tan gélida y profunda que me inunda las venas entera, nublándome el juicio. Doy un paso ciego hacia ella, señalándola directamente con un dedo tembloroso por la rabia mientras se me saltan las lágrimas.

—¿Tú lo sabías?

Sara asiente despacio mirándome suplicante. No me lo puedo creer.

—Marcos vino a verme destrozado cuando volvió de Londres —confiesa entrelazando los dedos de sus manos de forma nerviosa— Me juró que había cambiado, que se había dado cuenta de que fue un imbécil contigo.

Sabía que si iba de frente no le ibas a escuchar ...

Y yo… yo lo siento mucho, de verdad. Solo quería que vieras que ha cambiado. Lo hice porque os quiero, Lara.

Hugo y Nuria intercambian una mirada y dan un paso al frente de manera instintiva, colocándose a mi lado como un escudo, pero dejando el espacio suficiente para no acorralarme.

La rabia me sube por el esófago mezclada con una sensación amarga de humillación que me nubla el juicio.

Me siento engañada, expuesta, estúpida. Han invadido mi intimidad de la forma más rastrera posible, desnudando mis pensamientos y mis debilidades.

Miro a la que se supone que era mejor amiga y luego a mi ex,  gritándoles a los dos sin importarme las miradas del resto de los clientes.

—¡Es una puta vergüenza! ¡Habéis estado jugando conmigo! —bramo, con los puños tan apretados que las uñas se me clavan en las palmas— ¡Os habéis reído de mí!

Me giro con violencia hacia Sara, con los ojos vidriosos por unas lágrimas traicioneras que me niego rotundamente a dejar caer.

—¿Y tú? ¡Mi supuesta amiga del alma! ¿Seguro que te lo has pasado en grande tomando notas para alguna de tus novelas, no? —le espeto con desprecio, buscando hacerle daño donde más le escuece— ¿Ya tienes suficiente material o esto también lo vas a utilizar?

—¡Lara, no! Yo solo… —intenta articular Sara, sin dar crédito.

Leo me mira con una mezcla de reproche y compasión, mientras suspira con pesadez.

—Te dije que esto te iba a estallar en la cara, Sara —le murmura en voz baja a su mujer, cruzándose de brazos.

Me vuelvo hacia Marcos como un miura, clavándole el dedo índice con saña en el pecho, descargando en él toda la furia y la humillación que me queman por dentro.

—¡Por eso no querías quedar! —le grito a Marcos a menos de un palmo de su cara, dándole un empujón rabioso en el hombro que lo hace tambalearse— ¡Por eso me dabas largas!

¿Querías seguir jugando conmigo? ¿Te has divertido viéndome confesar mis miedos mientras tú te reías detrás de un puto avatar? ¿Te has reído mucho, Marcos? ¡Dímelo!

Marcos no se defiende. No intenta apartar mi dedo de su pecho, ni busca ninguna excusa. Se queda quieto, sin moverse, encajando cada uno de mis gritos.

Cuando ya no me queda nada por echarles en cara, cuando noto que la furia me vacía por dentro dejando solo el temblor de mis manos, me derrumbo agotada en una silla y me tapo la cara con las palmas, sollozando sin poder evitarlo.

Marcos se acerca despacio y deja caer el libro sobre la mesa.

Inspira hondo y se agacha a mi altura, junto a la silla.

Con delicadeza, me aparta las manos de la cara, sujetándome las muñecas y me obliga a mirarlo.

—Sé que estás furiosa y tienes todo el derecho a mandarme a la mierda, Lara —empieza con la voz rota, sosteniéndome la mirada — Pero te juro que no utilicé a Gato Negro para manipularte.

Abrí el perfil porque estaba desesperado por que me escucharas y fue lo único que se me ocurrió.

No me enorgullezco de ello, pero en persona solo veías al capullo que te dejó tirada.

Ni siquiera me dabas la oportunidad de explicarme.

Necesitaba demostrarte que las cosas han cambiado…

Necesitaba que conocieras cómo pienso, sin rencor de por medio.

Suelto un hipido involuntario, limpiándome un lagrimón con la manga de la camisa y le miro fijamente, sintiendo cómo el cansancio me invade, obligándome a escuchar a pesar de mí misma.

—¿Y pensabas seguir así mucho tiempo? —le pregunto en un susurro entrecortado— ¿Escondido detrás de una pantalla? ¿Hasta cuándo, Marcos?

Marcos baja los ojos un segundo hacia el suelo y me acaricia el dorso de la mano con el pulgar antes de volver a levantar la mirada hacia mí.

—Hasta que supieras quién soy hoy, sin todo el ruido del pasado emborronándolo todo —admite en voz baja— Sé que la cagué. Sé el daño que te hice al irme, Lara. Estaba tan cegado con mi propia ambición y el miedo de no llegar a ser nadie, que volqué en ti mis frustraciones. Fui un egoísta.

Me quedo inmóvil. El pulso me retumba en la garganta mientras me sostiene la mirada con una honestidad que me desarma.

—Cuando llegué a aquel piso, sin ti, se me cayó encima —continúa, tragando saliva con dificultad—Me di cuenta de que mi vida sin ti no tiene sentido.

El éxito no vale una mierda si al llegar a casa no estás tú para celebrarlo.

No tardé ni tres días en comprender que lo importante no es triunfar, sino tener un lugar al que volver. Tenerte a ti.

Trago saliva con esfuerzo, incapaz de decir nada, sintiendo una opresión enorme que me estruja el pecho hasta dejarme sin aire.

—Intenté hablar contigo, pero estabas furiosa.

Y tenías toda la razón para estarlo. Pero cuando Sara me contó que Carmen estaba peor e intentabas que se recuperase a toda costa, por fin lo entendí.

Entendí lo que intentabas explicarme entonces y no supe ver.

Demostrar amor no es seguir ciegamente al otro para perseguir una oportunidad, es quedarse a sostener las cosas cuando se tuercen.

Fui un inmaduro, culpé a tus circunstancias de mis miedos y te perdí.

Y sé que me merezco que no me quieras volver a saber nada de mí.

Con un nudo en la garganta, veo cómo me va soltando las manos muy despacio, costándole romper el contacto. Se levanta abatido y recoge el libro de la mesa.

—Estás en tu derecho de odiarme. Hoy solo quería que supieras que GatoNegro era yo y que cada palabra que te escribí, era de verdad.

Marcos se da la vuelta y comienza a caminar despacio hacia la salida, con la cabeza baja. Sin exigencias, sin chantajes emocionales, sin esperar nada a cambio.

Me quedo en silencio, escuchando el murmullo de fondo del local.

Giro levemente la cabeza hacia un lado y veo a mis amigos que me miran expectantes; bajo la vista y veo a Torrija, tumbado a mis pies sin despegarse de mí…

Y vuelvo a girar el cuello para mirar a Marcos, que ya está a dos pasos de la puerta… a punto de desaparecer de mi vida.

Y en este instante, soy consciente de que en realidad no quiero que lo haga. Se me encoge el estómago solo de pensarlo.

Menuda idiota he sido. Llevo meses obcecada en huir de mi pasado, empeñada en buscar otras relaciones solo para demostrar a todo el mundo —y sobre todo a mí misma— que ya lo había superado…

y no es así. Quiero a Marcos. De hecho, nunca he dejado de quererle.

Pero cuando se fue,  sentí que yo no era tan importante para él si era capaz de seguir adelante sin mí. Y ahora está aquí. Por mí.

Además, he de reconocer que yo tampoco se lo puse fácil.

Yo también volqué mis miedos e inseguridades sobre él.

Marcos no es Javier. Que Javier me engañase en el pasado no quiere decir que Marcos lo hubiera hecho también.

Él estaba dispuesto a intentar pasar el mayor tiempo posible conmigo, a venir siempre que tuviera oportunidad pero…

. Yo me negué a intentarlo. Los dos cometimos errores.

Los dos tenemos nuestra parte de culpa. Y ahora que he aprendido a ponerme a mí misma en primer lugar, ya no tengo ninguna duda.

—Marcos —lo llamo con voz firme antes de que su mano abra la puerta.

Se frena en seco al escuchar mi voz. Su espalda se tensa un segundo y gira despacio, mirándome con cautela, como si no se atreviera a hacerse ilusiones.

Doy dos pasos hacia él, acortando la distancia con decisión.

—Lara... —murmura él en un susurro, pasando la mano por su nuca y negando suavemente, buscando las palabras adecuadas— Escúchame, por favor.

No quiero que esto cambie tu decisión. Ni que te plantees volver conmigo solo porque Gato Negro te haya gustado.

Sé perfectamente que te bastas sola, que eres la mujer más independiente de todo Madrid y que has ganado ese ascenso tú sola.

Si he venido hoy, es porque me lo pediste.

Siento una calidez inmensa extendiéndose por mi pecho, desarmando la última grieta que quedaba dentro de mí. La forma en que me mira, reconociendo mi luz sin intentar apagarla, me confirma que las cosas han cambiado.

Sonrío frente a él, mirándolo fijamente a esos ojos azules que tanto me conozco, con la absoluta certeza de lo que quiero.

—No quiero volver con el Marcos que se marchó, ya te lo dije —digo con suavidad alzando la mano para rozarle la mejilla con la yema de los dedos— Tampoco quiero convertir a Gato Negro en una excusa. Si hacemos esto... quiero que nos conozcamos de nuevo.

Una sonrisa enorme se dibuja de golpe en sus labios, iluminándole la cara por completo.

Marcos da el último paso que nos separa, rodea mi cintura con los brazos y me pega a su pecho con un tirón firme.

Apoya su frente contra la mía, acercándose a mi boca y me coge la cara entre sus manos como si fuera lo más valioso del mundo.

—Entonces no volvamos —susurra sobre mis labios, erizándome la piel— Empecemos.

Sin dudarlo ni un segundo más, lo beso.

Es un beso lento y profundo. Un beso que transmite alivio y perdón.

Mis manos suben en un acto reflejo por sus hombros, enredándose en su pelo mientras lo atraigo más hacia mí, queriendo borrar en un segundo los meses que hemos estado separados.

Marcos suelta un suspiro ahogado contra mi boca, apretándome con firmeza contra su pecho, como si por fin hubiera encontrado el único lugar al que pertenece.

A nuestra espalda, rompiendo el hechizo del momento, se escucha el silbido de victoria de Hugo, el aplauso emocionado de Nuria y un sollozo de alivio de Sara, seguido del ladrido alegre de Torrija , que corre a enredarse entre nuestras piernas.

Pero nosotros no nos separamos. Nos quedamos abrazados en mitad de La Resistencia , acurrucados en nuestra propia burbuja, mirándonos a los ojos con las mejillas empapadas sin poder dejar de sonreír, sabiendo que este capítulo ha terminado...

y que nuestro verdadero viaje acaba de empezar.