EPILOGO
Me apoyo en el respaldo de la silla en La Resistencia , saboreando despacio «La Tormenta Perfecta» , el nuevo invento coctelero de Nuria.
De fondo suena Pequeña gran revolución de Izal .
Miro de reojo a Marcos, que está a mi lado trasteando con los objetivos de su cámara y no puedo evitar sonreír.
Me encantan los sábados. Es el día que dedicamos para disfrutar el uno del otro sin estar sumergidos en la rutina.
Y más los que empiezan como hoy… cuando Marcos decide que la mejor forma de despertarme no es trayéndome un café a la cama, sino meterse entre las sábanas para devorarme hasta dejarme sin aliento.
—¿En qué piensas, Tormenta? —me pregunta con esa mirada azul que me tiene tonta perdida.
—En mi tía Carmen —admito en voz baja, girando la copa entre los dedos— Ayer me pasé por su casa buscando algo que pueda llevarle la semana que viene.
Pero no se me ocurre el qué. Ya hemos probado con fotos, música, ropa…
Y no hay forma, no reacciona. Pero tiene que haber algo.
Algo que vuelva a activar la chispa de los recuerdos en su cabeza.
Marcos deja la cámara sobre la mesa y me coge de la mano, apretándome los dedos con delicadeza mientras me sonríe.
Los dos sabemos perfectamente cómo funciona esto.
No va a curarse. Su mente se sigue apagando despacio, empañándose cada día un poco más y no hay vuelta atrás.
Pero cada vez que pienso que no merece la pena seguir intentándolo, que es una batalla perdida, me obligo a recordar la tarde en la que vio entrar a Marcos a su habitación después de tantos meses sin verle y le reconoció.
Aquel momento de lucidez, verla sonreír así y escucharle decirnos cuánto se alegraba por lo felices que nos veía juntos...
ese recuerdo es mi mejor regalo. Sé que esas grietas de lucidez son cada vez más raras, pero ese instante es el que me da la fuerza necesaria para seguir yendo cada semana, para seguir intentándolo, para abrazarla y sujetarle la mano aunque ella ya no sepa muy bien quién soy yo.
Porque lo importante no es que te recuerden, sino estar ahí para la otra persona cuando su suelo se tambalea.
—No te preocupes, mañana nos acercamos y buscamos en su habitación —murmura Marcos, acercándose para darme un beso suave en la sien— Seguro que algo se nos ocurre.
—Vale —respondo sonriendo— ¿Pero ahora me devuelves mis manos por favor? El cóctel está buenísimo y así no puedo beber…
—Esta mañana no tenías tanta prisa para que te las soltara…—me susurra, haciéndome enrojecer antes de soltarme con un guiño.
El sonido de mi risa se funde con el tintineo de la campana de la entrada.
La puerta de La Resistencia se abre de golpe y Sara entra como un torbellino, con una sonrisa gigante de oreja a oreja en la cara. Al localizarnos, se acerca corriendo hacia nosotros, sosteniendo contra su pecho un paquete envuelto en papel de seda fucsia.
—¡Ya está aquí! —exclama Sara sin aliento, dejando el paquete sobre la mesa con un golpe triunfal— ¡Ya ha llegado! ¡Os va a encantar!
Me quedo mirando el paquete que reposa junto a mi cóctel, mientras Sara me observa sin pestañear, mordiéndose el labio inferior.
—¡Pero cógelo! —me insiste, dándole un golpecito impaciente al envoltorio— ¡Venga, espabila, que es para ti!
Parpadeando un par de veces sin entender a qué viene tanto misterio.
—¿Para mí? —pregunto, arrugando el entrecejo mientras desvío un segundo los ojos hacia Marcos, que sonríe de lado como si él ya supiera lo que es— Pero si no es mi cumpleaños…
—Que lo cojas y lo abras ya, pesada —se ríe ella, dándome un empujón cariñoso en el hombro para que reaccione.
Rasgo el papel de seda con curiosidad y al retirar la última capa, descubro la portada texturizada y brillante de una novela. Leo las letras grandes del título y me echo a reír.
Diario de una amiga sin talento para ligar.
Me giro hacia mi mejor amiga, que me observa expectante, conteniendo el aliento con una sonrisita pilla y los ojos brillantes por la emoción.
—Quiero que el primer ejemplar sea para ti —dice Sara dándome un apretón cariñoso en el brazo— Te lo has ganado, Lara. Al fin y al cabo… es tu historia.
—¡Pero serás cabrona! —le espeto, soltando una carcajada que resuena en todo el bar— ¿Cómo que sin talento? Oye, un respeto. Yo tengo muchísimo talento para todo. Si no lo tuviera, te aseguro que no estaría donde estoy...
Que es justo donde quiero estar.