CAPITULO 29
Llevo media hora de pie frente al espejo, lo que no es nada nuevo en mí, pero esta vez es distinto.
Esta vez, para variar, no hay un montón de modelitos esparcidos por encima de la cama, ni estoy sufriendo por si el escote es demasiado atrevido para una primera cita o si el color de la tela me hace parecer pálida.
Solo me he puesto unos vaqueros de tiro alto que me sientan genial, una camisa blanca y mis zapatillas preferidas. Hoy no necesito aparentar nada.
Me miro a los ojos en el reflejo con la barra de labios en la mano y sonrío sola. Qué fuerte. Por fin voy a descubrir qué cara tiene la mente que me ha embaucado durante semanas.
Cuando voy a darme el último retoque, el móvil empieza a vibrar sobre el lavabo y, al mirar la pantalla y ver el nombre de la residencia, el pulso se me acelera. Joder. ¿Y ahora qué? Desbloqueo con el pulgar y pongo el altavoz mientras intento mantener la calma.
—¿Sí? Hola, Maite —digo forzando una voz tranquila.
—Hola, Lara, cariño. Siento muchísimo molestarte un sábado por la tarde, de verdad.
Pero es que me cojo unos días libres y necesito dejar esto cerrado…
—me saluda apurada— Es que... verás, Marcos no me coge el teléfono y me comentan desde administración que al copiar el número de la cuenta nueva, han debido de bailar un dígito sin querer y se ha devuelto el recibo de este mes.
Era para ver si tienes el número a mano para pasárnoslo, por favor.
Me quedo paralizada con la barra de labios suspendida en el aire a unos centímetros de mi boca, mirando mi reflejo.
—Espera, Maite, no te entiendo. ¿Qué recibo?—consigo articular, sintiendo cómo se me seca la garganta— La cuota de la residencia la he pagado la semana pasada… y no me ha llegado nada de que haya sido devuelta.
Al otro lado de la línea se produce un silencio incómodo.
—Sí, sí, la cuota está pagada no te preocupes. Es el recibo de la terapia cognitiva —continúa Maite intentando sonar conciliadora— El terapeuta es externo al centro y la cuota básica de la residencia no la cubre…
—Pero… ¿Y todo este tiempo?
—El resto está pagado, solo se ha devuelto este recibo.
¿Lo sabías verdad? —murmura Maite, bajando el tono con un apuro tremendo— Ay, Dios...
Lara, no me digas que tú no sabías nada de esto.
Siempre se ha cobrado en la cuenta que nos dio Marcos el año pasado, pero ahora al cambiar de banco…
No sé si he metido la pata, pensaba que lo habíais hablado.
— Sí, sí, claro, perdona—miento a la desesperada tragándome el nudo que me asfixia— Me has pillado un poco liada y de entrada no sabía de qué me hablabas… Ahora mismo no tengo el número a mano, pero no te preocupes, te llamo mañana sin falta y te lo doy…
Cuelgo el teléfono un par de minutos después, apenas sin ser consciente de cómo me he despedido de ella y me quedo mirando fijamente mi reflejo en el espejo, sintiendo una sacudida que me recorre la espalda.
No me lo puedo creer. Mi tía lleva más de un año con la terapia.
Mientras yo llevo semanas intentando convencerme a mí misma de que lo correcto es avanzar, mirar hacia otro lado y borrarle de mi vida llamándole egoísta de mierda por haberme dejado sola...
Marcos ha estado cuidando de mi tía y pagando esa terapia de su propio bolsillo.
En ningún momento me contó que la había contratado él, solo me dijo que se lo habían propuesto los médicos con la esperanza de que funcionase.
Se lo ha callado todo este tiempo, incluso cuando le mandé a paseo en el Botánico.
Respiro hondo y me guardo el teléfono en el bolsillo. Mañana le llamo para aclararlo. No voy a dejar que se haga cargo él. No tiene sentido.
Me dirijo a la entrada para coger las llaves y, al pasar, miro el reloj del salón. Queda poco más de una hora para las ocho. Es el momento de la verdad.
Empujo la puerta de madera de La Resistencia y, nada más entrar, noto que el ambiente está cargado de una energía extraña, como si todos se hubieran puesto de acuerdo para contener la respiración.
Me encamino hacia la barra y me quedo de piedra al ver el despliegue que se ha montado.
Es alucinante. No solo está Nuria colocando copas con un ritmo inusualmente acelerado, sino que Hugo está sentado en un taburete, dándole golpecitos impacientes a su cerveza.
Y, sentados en la mesa del rincón están Sara y Leo.
Los quiero mucho a todos pero, me le van a espantar. Qué panda de cotillas…
—¡Hombre, por fin! —exclama Hugo, levantando su vaso en plan saludo en cuanto me ve— Solo faltan veinte minutos para las ocho. Ya empezaba a pensar que te ibas a echar atrás.
—¿Yo? Ni de coña, vamos —le digo, intentando que no se me note lo nerviosa que estoy—De hoy no pasa. Estoy deseando saber por qué se empeña en esconderse. Lo que no me esperaba era encontrarme aquí a todo mi club de fans.
Nuria me desliza una Coca-Cola con hielo y limón sin que se la tenga que pedir, guiñándome un ojo con una sonrisa canalla.
—Tía, comprenderás que nos has creado más expectación que la final de la Champions. No nos lo podíamos perder. Además, así estamos cerca por si necesitas apoyo moral…
—Ay calla, calla. No mientes a la parca— me estremezco, haciendo el gesto de los cuernos con la mano derecha mientras toco las barra para ahuyentar el mal fario— Ya solo me faltaba tener que activar el código de rescate.
Giro la cabeza hacia la mesa del rincón y arrugo el entrecejo, intrigada.
Sara está sentada al lado de Leo y discuten en voz baja.
Sara le lanza una mirada asesina a su marido mientras destroza una servilleta de papel en tiras minúsculas con rabia, dejando una montaña de confeti blanco sobre la mesa.
Leo la observa de reojo, resignado. Me levanto de la banqueta y me acerco a su mesa, extrañada por el mal rollo que desprenden.
—Sara, ¿qué te pasa? —le pregunto directamente, apoyando una mano en el respaldo de su silla.
—Nada, Lara, no me pasa nada. —suelta con un tonito sarcástico que no se cree ni ella, mientras fulmina a Leo con la mirada— Es que aquí mi querido esposo ha decidido que hoy es un día fantástico para darme la turra y cuestionar todas mis decisiones. Como siempre.
Leo suelta un suspiro y me dedica a mí una sonrisa forzada, antes de rebatirla en voz baja.
—No es eso, Sara, no le des la vuelta. Pero me preocupa que esto te pueda estallar en la cara —intenta defenderse Leo, poniéndole una mano en el hombro que ella aparta molesta.
—Ya... bueno, pues no lo pagues con las pobres servilletas, que las estás matando. Cuando quieras, ya me lo contarás… —replico mirándola a ella con el ceño fruncido.
Qué raros están todos hoy, de verdad. Más vale que no haya vuelto a tener problemas con Leo ¡Porque le capo!
—Oye, Lara —me llama Hugo, girándose en el taburete y desviando la mirada hacia la puerta de entrada — ¿Y cómo vamos a saber que es él? ¿Te ha dicho cómo va a venir vestido o algo?
—No, no me ha dicho nada —respondo, dándole un trago a mi vaso— Solo sé que tiene que traer en la mano el libro de Neil Gaiman, el que me regalaron en Mallorca. Es nuestra señal.
Nuria suelta una carcajada detrás de los grifos de cerveza, rompiendo un poco la tensión del ambiente.
—Ay, por favor, solo espero que no sea otra cita de las tuyas —dice Nuria, apoyando los codos en la barra y mirándome con guasa— A ver si el Gato Negro este no quiere mostrar su cara porque es otro Fermín 2.0
Hugo rompe a reír y yo le lanzo una mirada de odio fingido a mi amiga, aunque me cuesta mantener el tipo.
—¡Oye! Un respeto a Fermín, pobre hombre —me defiendo, aunque se me escapa la risa al recordar al sanitario tocapiés.
—Sí, pobre hombre, pero Nuria me ha contado que casi te da un síncope cuando le viste aparecer —remata Hugo, partiéndose de risa— El masaje bien, ¿no?
—Que mala gente sois, de verdad, no tenéis vergüenza —protesto, aunque la broma me viene de perlas para rebajar los nervios.
De repente, el silencio vuelve a caer sobre la barra.
Hugo desvía la mirada hacia la ventana que da a la entrada.
Nuria se queda quieta con el trapo en la mano.
Al fondo, escucho el crujido del taburete de Leo al moverse.
Todos, absolutamente todos, miramos a la vez hacia la puerta.
Un chico con chaqueta vaquera pasa por delante de largo, hablando por teléfono, sin hacer amago de entrar.
Suelto despacio el aire que estaba reteniendo sin darme cuenta, notando cómo la adrenalina me corre por las venas.
—Falsa alarma, señores —murmura Hugo, dándole otro trago a su caña—. Joder, me va a dar un parraque a mí también como sigamos así. ¿Qué hora es?
—Las ocho menos cinco —responde Nuria, girando el cuello para mirar el reloj de pared que cuelga sobre las botellas de ginebra— El tío está apurando el tiempo. Se va a hacer desear hasta el último minuto, ya verás.
Miro de reojo hacia la mesa de Sara. Sigue de morros y ha empezado a destrozar otra servilleta, mientras Leo le aparta el vaso de agua para que no lo vuelque con los aspavientos que está haciendo.
Es todo rarísimo, Sara suele ser la que monta el jaleo, la que me grita que vaya a por todas y la que me anima.
Que esté así, me está empezando a preocupar, pero no tengo tiempo de ponerme a mediar en una crisis matrimonial ahora mismo, porque el minutero del reloj sigue avanzando implacable.
—¿Y si no viene? —pregunta Hugo en voz baja, tocándome el brazo con suavidad— ¿Qué vas a hacer?
Me muerdo el labio inferior, con la mirada fija en el recorrido lento de las burbujas de mi Coca-Cola.
—Si no viene —digo con la voz firme, aunque por dentro sienta un vértigo tremendo— Significará que para él esto solo era un juego.
Y yo ya no estoy para juegos. Si no cruza esa puerta, me joderá mucho, pero Nuria me pondrá un cóctel bien cargado, me iré a mi casa y seguiré con mi vida sin más. No pasa nada. El mundo sigue girando.
Nuria me mira con una mezcla de orgullo y ternura, asintiendo en silencio, mientras Hugo me aprieta el brazo con cariño en señal de apoyo.
—Esa es mi chica, con un par —murmura Hugo esbozando una sonrisa de lo más reconfortante— ¿Al menos te has asegurado de que este venga solo? No vaya a ser que le pase como a... ¿cómo se llamaba el muchacho aquel?
Nuria y yo cruzamos las miradas y respondemos al unísono pegando un grito:
—¡Ismael! —bramamos a la vez, antes de estallar en una carcajada que hace que varias personas se giren a mirarnos con curiosidad.
—Eso, Ismael —se parte Hugo de risa dando un manotazo a la barra— El que se trajo a toda su familia.
—A ver, por favor —Nuria agita las manos en el aire en plan dramático, metiéndose de lleno en el papel— Esa relación estaba abocada al fracaso desde el primer minuto. Lara no tiene tierras de regadío que aportar a la dote, era un fracaso antes de empezar.
Hugo rompe a reír a carcajadas y yo me quedo mirando a los dos con la boca abierta.
—Espera, espera... —pestañeo, apuntando a Hugo con el dedo— ¿Cómo sabes tú lo de Ismael?
—Porque Nuria me tiene al día, querida —me guiña un ojo Hugo, dándole un trago a su caña— Sé más de lo que te piensas.
—¡Nuria! —le lanzo una mirada fulminante a mi amiga, que se encoge de hombros sin un ápice de remordimiento mientras limpia un vaso.
—Hija, es que tus citas son para contarlas —se defiende ella con guasa— Pero oye, de verdad, estate tranquila. Yo, por si acaso, esta noche ya he cerrado la puerta del cuarto de baño con llave. Te aseguro que por ahí no se te escapa nadie hoy.
Me río por no matarla, pero la fulmino con la mirada acordándome al instante de la cita con el Boquerón, aquel intensito que terminó huyendo por la ventana del baño emplumándome la cuenta a mí. Hay que reconocer que he tenido mala suerte. Menuda fauna me ha tocado.
En ese momento, escucho arrastrar unas sillas al fondo. Leo y Sara se levantan de su mesa y se acercan a la barra, colocándose justo detrás de nosotros.
—Y menos mal que aquí en no hay reservados —añade Leo con una sonrisa enorme, metiéndose las manos en los bolsillos— Así esta noche me ahorro tener que ir a rescatarte…
Todos en la barra estallamos en una carcajada al recordar el mítico rescate de Leo haciéndose pasar por mi marido celoso y desquiciado para sacarme de aquella cita del escape room . Hugo se dobla literalmente de la risa sobre la barra y Nuria casi tira la coctelera al suelo.
Todos nos reímos, menos Sara que me doy cuenta de que se limita a poner los ojos en blanco y a hacer una mueca de reproche mirando a su marido.
Aprovechando que Hugo y Leo siguen comentando la jugada entre risas, me inclino un poco hacia ella y le hablo en un susurro bajito.
—Sara... ¿seguro que estás bien? ¿Ha pasado algo con Leo?
Mi amiga abre la boca, pero no le da tiempo a articular ni una sola palabra.
—¡Que viene! —el grito ahogado de Hugo nos pone en tensión a todos de golpe.
Las ocho en punto. Ni un segundo más, ni un segundo menos.
Se hace un silencio sepulcral. Nadie habla.
Nadie se mueve. Hasta la música parece desvanecerse.
El tiempo se ralentiza mientras la puerta comienza a abrirse muy despacio hacia el interior.
La campanilla de la entrada rasga el aire con un tintineo.
Todas las miradas de la sala se dirigen expectantes, hacia la puerta que comienza a abrirse de par en par, y mi corazón golpea con tanta fuerza que puedo escuchar el eco retumbando en mis oídos.
Nuria es la primera en reaccionar, soltando el trapo con mala leche sobre la barra y bufando indignada.
—Ahora no, no me jodas.
Me levanto de golpe caminando a zancadas hacia la entrada. No puede ser. Esto tiene que ser una broma de mal gusto.
Ahora no, por favor.